En la grotesca corte de Ana de Rusia, los enanos, los deformes y los paralíticos eran los reyes

La enorme y opulenta emperatriz Ana Ivanovna de Rusia (1693-1740) fue dueña de un muy particular sentido de la diversión. La fea y brutal autócrata se autodefinía como  una experta en diversión que odiaba la lectura, el ballet o la música, pero que amaba las luchas cuerpo a cuerpo, las bromas pesadas y los juegos violentos.

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La solitaria vida de la hijas de Luis XV, las princesas que no tenían nombre

En el palacio de Versalles, la esplendorosa residencia de los reyes de Francia, en las primeras décadas del siglo XVII vivían nada menos que 5.000 personas, entre funcionarios, nobles, sirvientes y familiares del rey Luis XV y otros descendientes de Luis XIV. También había muchos animales, un pequeño zoológico y cientos de nobles que rivalizaban por quién tenía las mascotas, las pelucas, las joyas o los trajes más hermosos.

Pero si algo escaseaba en el majestuoso Versalles eran las risas de los niños. Los infantes estaban vetados en los palacios reales franceses porque lloraban, molestaban y hacían ruido. Salvo los pequeños de la familia real, que jamás contaban con la compañía de otros niños de su edad, cuando nacía un bebé -fuera hijo de una noble familia o de un guardia- inmediatamente era enviados lejos de la corte.

Los hijos de Versalles viajaban inmediatamente después del parto fuera de los límites del palacio real, a poblados cercanos como Villepreux, Noisy o lugares más lejanos. Muchos de ellos morían en el viaje. Las familias más ricas podían ubicar a sus bebés en palacios y con los mejores cuidados, ubicados con otras familias o institutrices que se encargaran de su educación o bien, entregados en adopción.

Aquellos niños que morían durante el parto eran sepultados de inmediato y tan secretamente que ni los padres asistían a las exequias. Los menores de tres años de edad parecían no ser dignos siguiera de ser bautizados o de una misa fúnebre.

Los niños de la familia real constituían la excepción, aunque sus vidas no eran felices. Criados en palacio, eran confiados a personajes que recibieron la responsabilidad de su educación, pero no aparecían nunca. Un pequeño rincón del inmenso parque de Versalles estaba reservado para sus juegos.

Luis XV y su esposa, la polaca María Lezcynska, sin dudas amaron a sus hijos. El rey, pese a estar muy ocupado con asuntos de Estado, con sus amantes o aburrido, disfrutaba de la presencia de sus niños durante unos minutos al día, al igual que la reina. Lo dijo la marquesa de Pompadour: “La ternura del rey por sus hijos es increíble y ellos responden con todo el corazón”. Pero la etiqueta versallesca era dura y nadie, ni el rey, podía romperla.

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La costumbre de ignorar a los niños de la realeza y la nobleza se mantuvo en los reinados sucesivos de Luis XV -el Bienamado- y de Luis XIV y María Antonieta, que perdieron la cabeza en la Revolución, y más aún si los infantes de la familia eran niñas. Entonces, los príncipes eran necesarios, pero las princesas no eran valiosas ni para Francia ni para ninguna otra monarquía europea a menos que fueran lo suficientemente atractivas para concretar un matrimonio político conveniente al país.

Siguiendo esta premisa, las princesas Teresa, Victoria, Sofía, Luisa y Adelaida fueron criadas de una forma muy descuidada. Luis XV y su esposa ni siquiera se molestaron en poner nombre a sus varias hijas, dándoselo al momento de su bautismo, que solía retrasarse hasta que tenían diez o doce años.

Mientras tanto, para identificarlas, se les daba un número que seguía el orden en que habían nacido, como si fueran ganado: “Madame Primera”, “Madame Segunda”, “Madame Tercera” y así, sucesivamente. En algunos casos, los padres recordaban que sus hijas no tenían nombre cuando ya eran mayores de edad.

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MADAME MARIA LUISA

La severa etiqueta de Versalles impedía que las niñas se acercaran a sus padres, que no las veían más que unos minutos al día y en presencia de su niñera, cuando iban a “hacer la corte al rey y a la reina”. Si alguna niña estaba enferma, no podía tener contacto con sus padre, y si corría peligro de muerte era inmediatamente sacada de Versalles porque nadie tenía permitido morir bajo el mismo techo en que vivía el rey.

Cuando el número de hijas de Luis XV subió a siete, los monarcas se vieron en la necesidad, a pesar de su tierna edad, de disponer de una pequeña corte y numerosa servidumbre, pero los gastos serían demasiado grandes. Se resolvió entonces enviar a las cinco hijas menores a un convento a fin de ahorrar dinero.

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MADAME ADELAIDE

Algunos historiadores aseguran que no fueron motivos financieros los que condujeron a Luis XV, que adoraba a sus hijas, a enviarlas a un convento. Aseguran que en realidad quería alejarlas de la viciada atmósfera palaciega, donde reinaban todavía la promiscuidad, la violencia, las adicciones, los celos, las rivalidades y el desenfreno.

La mayor de las princesas no tenía más que siete años cuando se decidió su traslado, y era la favorita de su madre, la cual, sin embargo, nunca se atrevió a contradecir el deseo del rey. Sin embargo, enseñó a la niña el papel que debía representar para conseguir de su padre que la dejaran en Versalles y en efecto, antes de la fecha señalada para abandonar el palacio, Madame Tercera se arrojó a los pies del rey y, envuelta en llanto, consiguió lo que deseaba.

Las otras cuatros princesas fueron puestas en un carruaje con su aya al convento de Fontevrault, a trece días de viaje, de donde no salieron sino hasta cinco años más tarde. La abadesa del lugar, Madame de Montemart, acondicionó para ellas una pequeña residencia llamada el Petit Bourbon, rodeada de jardines, para que vivieran de la forma más cómoda posible. Una de ellas murió allí y de todas las hijas de Luis XV, solo una se casó: fue Isabel, que en 1735 contrajo matrimonio con el duque de Parma.

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MADAME ENRIQUETA

En 1750 fue muy comentada la anécdota que involucró a una de las hijas de Luis XV, ‘Madame Seconde’ -o Enriqueta-, quien según la condesa de Charon era “una princesa pura como el capullo de una rosa” y que “jamás mirada de paje o de mosquetero osó posarse sobre este tesoro de pudor”.

La misma condesa contó que una noche se oyeron gritos en la alcoba de la princesa que alarmaron a doncellas y guardias que, al ingresar por la fuerza, encontraron a la princesa en el suelo y sobre ella un apuesto joven que había intentado violarla infructuosamente.  Los guardias actuaron pero pronto descubrieron que el violador estaba dormido. Le pusieron una manta y cuando despertó, no entendía nada. Era sonámbulo. Según la condesa, el rey “ordenó que se limitarán a dejar encerrado bajo llave por las noches al andariego, agregando bondadosamente que nadie es culpable cuando duerme“.

Hay que decir que los hijos varones de la familia real francesa no corrían con más suerte que las mujeres. Unas horas después de nacer, cada niño era separado de la madre y entregado al cuidado de la gobernanta de los ‘Hijos de Francia‘, quien lo cuidaba en un apartamento palaciego especialmente destinado al bebé, con una cura dorada y lejos del cariño de su madre. Los varones eran criados mujeres durante sus primeros seis años de vida, con lazos en el pelo y faldas de encaje hasta que eran enviados al mundo todavía más estricto “de los hombres”.

La joya mágica y empeñada: la apasionante historia de la corona de los reyes de Hungría

Un 30 de noviembre, pero de 1916, Hungría presenció la coronación del último de sus reyes. Aquel día, la santa corona de oro de San Esteban -en húngaro, ‘Magyar Szent Korona’-, la preciada reliquia nacional húngara, se posó por última vez en su historia sobre la cabeza de un hombre ungido, Carlos I de Habsburgo, último rey húngaro.

La coronación del primer rey de la Hungría medieval, San Esteban (Itsvan) ocurrió en una fecha inolvidable, en el año 1000, cuando millones de persona de todo el mundo temían el fin del mundo. La corona recibió el nombre de parte del Papa Silvestre II, quien la obsequió a Esteban buscando que éste convirtiera a su reino del paganismo al catolicismo. Con la gran particularidad de tener torcida la cruz que le sirve de cimera, es una obra de rara perfección, de oro fino y con una multitud de perlas y de piedras, además de esmaltes, representando a la Virgen, a Jesucristo, a los Apóstoles.

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En 1072, el emperador de Oriente, Miguel Ducas, regaló al rey de Hungría una corona abierta, también muy rica, de estilo bizantino, y veinte años después las dos diademas fueron soldadas de modo que formaron una sola corona. A los ojos de los húngaros, la santa corona no es como un emblema de la realeza, sino en cierto modo la realeza misma, como si el toque santo de la corona convirtiera a un sapo en un príncipe.

Los reyes no eran verdaderos soberanos ni se consideraban como legales y definitivos sus actos, sino después de haber sido coronados. Si un rey moría entre su elección y su coronación, aunque cuando fuese combatiendo por Hungría, se anulaban sus actos y se borraba su nombre de la lista de reyes. En el acto de la coronación, se ponía la corona sobre el hombro derecho a la esposa del rey y sobre la frente a las reinas reinantes, las cuales no tomaban el título de reina, sino de rey.

El archiduque Otto, hijo del emperador Carlos, se refirió a la “mística” de la corona: “Hungría es un país muy especial desde este punto de vista, porque es el único, que yo conozca, donde el verdadero jefe de Estado es una reliquia histórica, la Corona de San Esteban, que no puede cambiar su punto de vista. El rey, en Hungría, es servidor de la Corona. Si jura lealtad, a la corona, debe asumir las consecuencias que se derivan de ese juramento inalterable”.

Para los húngaros la corona ha sido el símbolo milenario de la soberanía y de la independencia, del que era indispensable estar en poseción para reinar. En toda la historia solo hubo un rey que no se hizo coronar, por considerar la ceremonia poco seria para un monarca que comulgaba con la doctrina del absolutismo ilustrado, con cierto matiz de enciclopedista. Se trata de José II, hijo de María teresa y la desdichada María Antonieta. En la historia húngara figura como “el rey con sombrero”, o sea no coronado, y, como tal, no tuvo nunca la misma consideración, iguales derechos ni idéntico prestigio que sus sucesores o sucesores.

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Encerrada en una triple arca de hierro, detrás de murallas y rejas, bajo la guardia de una milicia numerosa y bien armada, dos prefectos eran responsables de cuidarla día y noche delante de la puerta del santuario del castillo de Budapest. Tales precauciones no fueron, sin embargo, lo suficientes para impedir ciertas aventuras que sufrió la santa corona durante las innumerables revueltas políticas de los siglos últimos siglos.

Los aspirantes al trono se disputaban sangrientamente la posesión de este preciado talismán, cuyo contacto dejaba sobre la frente el signo indeleble de la realeza. Fue robada multitud de veces de su santuario, entregada por traición, sacada fuera del reino de Hungría, vendida y vuelta a comprar, perdida y vuelta a encontrar, y el relato de sus aventuras llenaría un libro completo.

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Una vez la perdió en el camino un candidato nómada que se la había llevado oculta en un barril. Otra vez, en 1440, la emperatriz Isabel, madre de Ladislao el Póstumo, la robó para empeñarla en manos del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico III, el cual dio a cambio un papel como los que se expiden en las casa de empeño de la actualidad.

Cuando la causa nacional fue vencida, Kossuth y los otros jefes de la república, antes de expatriarse, enterraron piadosamente la corona al pie de un árbol, en un paraje solitario, para evitar que Austria la tomara. Pero un traidor la entregó por dinero, y el gobierno austríaco devolvió la corona solemnemente al castillo de Budapest.

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La joya, reverenciada por los húngaros como símbolo de su nacionalidad y tradición cristiana, fue llevada de Hungría durante la Segunda Guerra Mundial y entregada al ejército norteamericano para ser salvaguardada de las fuerzas soviéticas que habían tomado Budapest. Permaneció oculta en las cámaras acorazadas de Fort Knox hasta su devolución a Hungría en 1987.