En la grotesca corte de Ana de Rusia, los enanos, los deformes y los paralíticos eran los reyes

La enorme y opulenta emperatriz Ana Ivanovna de Rusia (1693-1740) fue dueña de un muy particular sentido de la diversión. La fea y brutal autócrata se autodefinía como  una experta en diversión que odiaba la lectura, el ballet o la música, pero que amaba las luchas cuerpo a cuerpo, las bromas pesadas y los juegos violentos.

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Así se vivía la Navidad en la corte de los zares de Rusia

Escribe Alexander Feldberg para RBTH

La tradición de celebrar la Navidad en casa — con un árbol y regalos — surgió en la corte rusa durante el reinado de Nicolás I (1825-1855), gracias a su esposa Alejandra Fiódorovna, de soltera princesa Charlotte, a quien estas fiestas en familia le recordaban a su Prusia natal. En Nochebuena se ponía el árbol, justo después de la misa, en la sala de Conciertos o en la rotonda del Palacio de Invierno. Se decoraba un árbol para cada miembro de la familia, cerca del cual había una mesa con regalos cubierta con un mantel blanco.

Los árboles de navidad se seguían poniendo también tras la muerte de Nicolás I. Lo único que cambió fue el lugar de celebración: con Alejandro II, que reinó entre 1855 y 1881, se solía hacer en el salón Dorado del Palacio de Invierno; su hijo Alejandro III, cuyo reinado fue entre 1881 y 1894, prefería el palacio de Gátchina, donde los árboles se ponían en el salón Carmesí o en el Amarillo. “Al principio su Majestad siempre nos reunía en las cámaras interiores, —escribía una dama de honor de la corte imperial, la baronesa María Fredericks. —Allí, cerca de las puestas cerradas […] se peleaban y se daban empujones todos los niños, incluidos los de los zares, para ver quién llegaba primero a la anhelada sala. La emperatriz salía la primera para volver a examinar todas las mesas, mientras a nosotros el corazón no nos cabía en el pecho de la alegría y la impaciencia. De repente se escuchaba un toque, las puertas se abrían y nosotros entrábamos corriendo y armando mucho alboroto a una sala llena de incontables velas. La propia emperatriz nos llevaba a cada uno a nuestra mesa y nos daba los regalos”.

Durante el reinado del último zar, Nicolás II, la Navidad se celebraba en el palacio de Alejandro, en la Villa de los zares. Lo que no cambiaba era la espera de los pobres niños ante las puertas cerradas, la cual fue descrita por la hija de Alejandro II, la gran princesa Olga Alexándrovna: “Almorzábamos en la habitación contigua a la sala de banquetes. Las puertas de la sala estaban cerradas, y frente a ellas montaban guardia los cosacos de la escolta. […] Todos […] estábamos esperando lo mismo: el momento en que se llevaran los postres que ya nadie quería y los padres se levantaran de la mesa para ir a la sala de los banquetes. Sin embargo, tanto los niños como todos los demás teníamos que esperar hasta que el emperador hiciera sonar la campanilla. Tras esto, olvidándonos de la etiqueta y los modales, todos nos apresurábamos hacia las puertas de la sala de los banquetes. Las puertas se abrían de par en par y nosotros nos adentrábamos en un reino mágico”.

Regalos reales

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ACUARELA DE LA GRAN DUQUESA OLGA ALEJANDROVNA.

De la entrega de los regalos para los árboles de palacio se encargaban los confiteros petersburgueses. Estos paquetes no impresionarían a un niño de hoy día: en 1880 cada uno recibía dos cucuruchos con dulces, dos mandarinas y dos manzanas. Para los grandes príncipes se añadía también una caja de ciruelas pasa, y para el emperador Alejandro II, una caja de albaricoques.

Aunque los regalos más importantes son los que los miembros de la familia imperial se hacía. Los padres de dichas familias intentaban estimular a sus hijos. Así, el menor de la familia de Nicolás I, el gran duque Miguel Nicolaievich, recibió un violonchelo, instrumento que siempre había soñado tocar. En 1843 a su hermana Olga le regalaron “un fantástico piano de cola de marca Wirth”.

La sala realmente recordaba a un bosque mágico: en ella se hallaban seis árboles de Navidad para los miembros de la familia, y muchos más para los familiares y el personal de la corte. Todo ellos estaban decorados con velas encendidas y frutas y juguetes tanto dorados como plateados.

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ACUARELA DE LA GRAN DUQUESA OLGA ALEJANDROVNA.

Los niños solían comprar regalos a sus a padres con el dinero de sus ahorros o hacer algo a mano. “El regalo que siempre le hacía a mi padre estaba hecho con mis propias manos: unas suaves zapatillas rojas bordadas a punto de cruz blanco. ¡Me encantaba verlo con ellas puestas!”, recordaba la gran duquesa Olga sobre su presente a Alejandro III.

Y como regalo más extravagante cabe mencionar el revólver Smith & Wesson Nº38 con pistolera y una centena de balas que Alejandro III recibió por parte de la emperatriz María Feodorovna. Era un momento, por cierto, de inquietud (diciembre de 1881), pues no habían pasado ni nueve meses desde que habían asesinado a Alejandro II en el mismo centro de San Petersburgo.

Quizás ese fue también el motivo por el que la emperatriz regaló a cada uno de sus hijos, Nicolás y Jorge, un bonito cuchillo inglés. Asimismo, el regalo más original fue el que le hicieron sus parientes a la gran duquesa Alejandra Nicolaievna para la Navidad de 1843. Al entrar a la sala de conciertos del palacio de Invierno, descubrió atado a un árbol… a su prometido, el príncipe Federico de Hesse-Kassel, con quien llevaba medio año prometida. Había llegado a San Petersburgo la noche anterior (la boda estaba prevista para enero), pero su llegada se había mantenido en secreto.

Árboles benéficos

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ACUARELA DE LA GRAN DUQUESA OLGA ALEJANDROVNA.

Los Romanov tampoco se olvidaban de sus súbditos: Nicolás I organizó una lotería para las damas de honor, tutores, niñeras, criados y demás habitantes de palacio. Cada uno cogía una carta de una baraja, luego el emperador iba nombrando cartas cuyo poseedor recibía un regalo de manos de la emperatriz (floreros, lámparas o vajillas de porcelana).

En 1866 la familia imperial instaló en el palacio Anichkov un árbol de Navidad para 100 niños pobres. Desde aquel momento los árboles de palacio para niños pobres se convirtieron en una tradición anual, y las “obligaciones representativas” de la familia imperial durante esta época del año no dejaba de crecer. Tal fue así que en 1907 el emperador Nicolás II visitó seis árboles solo en una Villa de zares: en hospitales, en una escuela de niñeras y en el cuartel de la guardia. Cada uno recibió una zamarra, zapatos, abrigos, ropa interior o un vestido. Tras el convite, el zarévich Alejandro (futuro Alejandro III) ordenó derribar el árbol para que los niños pudieran elegir un juguete de recuerdo.

De esta manera lo recuerda el jefe de la guardia imperial de palacio, Alexander Spiridovich: “En el centro de la habitación se puso un tablado con un árbol de Navidad gigante que llegaba al techo y que estaba decorado con numerosas lucecitas eléctricas. […] A las dos en punto llegó el emperador con todos sus hijos y la gran princesa Olga Alexándrovna. […] Los militares se iban acercando en orden a la mesa con regalos e iban sacando al azar un papel con números. Los príncipes, el zarévich y los oficiales encontraban regalos con los mismos números y se los llevaban a Olga Aleksándrovna, que posteriormente se los entregaba a los ganadores. […] La entrega de regalos le resultaba muy entretenida al zarévich. Lo que más feliz lo hacía era que alguien ganara un despertador. Los oficiales le daban cuerda y los hacían sonar, cosa que al zarévich le encantaba”.

R.B.T.H/S.C.

Un elefante que vivió a cuerpo de rey en la corte de Rusia

En 1736 la zarina Ana de Rusia recibió un regalo muy especial de parte del shah de Persia: un elefante. Amante de las diversiones, la emperatriz quedó encantada con el obsequio, y deseando que todo el mundo lo viera, lo hacía sacar a pasear por las calles de San Petersburgo con mucha frecuencia.

El palacio llegó a necesitar anualmente 24 toneladas de heno, 2,200 kg de arroz, 6 toneladas de harina, 450 kg de azúcar además canela, nuez moscada, dianthus, azafrán y otras especias para alimentar a la bestia (y algunos dicen que bebía unos 600 litros de vodka al año, lo cual no es muy creíble).

Cuando Ana descubrió que su mascota hacía trucos circenses, le dio un papel preponderante en la boda de dos bufones que se celebró en un palacio construido con hielo. A la zarina le divirtió mucho el espectáculo.

Bufones, enanos y otras diversiones de la corte zarista (Parte 1)

Pedro el Grande, zar de Rusia (1672–1725), fue muy cuidadoso a la hora de recopilar toda clase de curiosidades, desde los dientes de sus sirvientes hasta la cabeza de una de las damas de su esposa, la condesa María Pawlowna Hamilton, acusada de infanticidio.

Pero la colección más divertida de Pedro el Grande era la de enanos, a los que quería mucho y consideraba muy graciosos, y a los cuales de vez en cuando hacía conservar en formol o embalsamar para engrosar su colección de rarezas. Estos diminutos hombres constituían una verdadera institución dentro de la corte zarista desde hacía muchas décadas.

Según el historiador Sebag Montefiore, “los enanos y los fenómenos eran considerados mascotas de buena suerte” en Rusia. En las demás cortes reales de los siglos XVI y XVII, los enanos eran una presencia corriente. Los monarcas y príncipes de Europa apreciaban el ingenio y la franqueza de los enanos, que contrastaba con la actitud servil y aduladora de los cortesanos, y especialmente las princesas, reducidas a una vida de soledad y aburrimiento, derrocaban afecto hacia sus enanos y se divertían con sus extravagancias.

El emperador Miguel de Rusia, un gran amante del entretenimiento, solía pasar sus horas libres admirando el espectáculo que cada día le ofrecía su grupo personal de acróbatas, payasos y enanos en su Palacio Potesgny, y su amigo favorito era un enano llamado Mosiaga. Su hijo y sucesor, el zar Alexis, decidió dar un aspecto más sobrio y aburrido a la corte rusa, prohibiendo el uso de instrumentos musicales, del tabaco, de las bebidas alcohólicas, jubiló a todos los enanos que su padre mantenía y los sustituyó por una servidumbre de respetables monjes y lisiados. Sin embargo, los enanos continuaron teniendo un papel preponderante a la hora de entretener a los monarcas. Estos hombrecitos formaron parte de la vida de Pedro el Grande desde que era muy pequeño y las crónicas cuentan que un numeroso grupo de enanos escoltaba la carroza del príncipe en las ceremonias oficiales montando caballos en miniatura.

Después de su coronación, en 1682, Pedro I convirtió a los enanos en su más grande fuente de diversión: “Hasta el final de sus días se deleita contemplando a enanos y tarados a los que hace vestirse con ropaje en exceso grande y chillón, a los que obliga a arrastrarle sobre cualquier objeto que se deslice — alfombra, trineo o pequeño carruaje — , mientras ladran, relinchan, rebuznan, cacarean o ventosean (el Zar encuentra especialmente divertido esto último). No hay banquete en el que no pida que un enano aparezca del interior de una tarta, lo que le hace llorar de risa”. Pero también los quería mucho y solía recompensarlo de formas que asombraban a la nobleza moscovita.

En 1710, días después de oficial como anfitrión en la boda de su sobrina, la gran duquesa Ana, Pedro el Grande se deleitó celebrando la boda de su enano favorito, Iakim Volkov, con el mismo esplendor y la misma elegancia. Para lograr su cometido, Pedro ordenó que “enanos y enanas que residieran en las casas de los boyardos de Moscú fueran congregados y enviados a San Petersburgo”. Cuando llegaron, los enanos, que “tenían jorobas gigantescas y piernas diminutas, otros grandes barrigas y piernas cortas y retorcidas como las patas de un tejón”, fueron encerrados “como si fueran cabezas de ganado”, antes de ser repartidos entre los nobles que debían engalanarlos para la boda. El embajador holandés dejó constancia de este gran espectáculo:

Un enano muy pequeño marchaba a la cabeza de la procesión, asumiendo el papel de mariscal (…) guía y maestro de ceremonias. Le seguían la novia y el novio, vestidos pulcramente. Luego venía el Zar y sus ministros, príncipes, boyardos, oficiales y demás; por último desfilaban todos los enanos en parejas de ambos sexos. Entre todos eran setenta y dos. El Zar, en señal de respeto, sujetaba la cola de la novia como es tradición en Rusia. Cuando terminó la ceremonia la comitiva fue (…) hasta el palacio del príncipe Menshilkov (…) Varias mesas diminutas se colocaron en medio del recibidor para los recién casados y el resto de los enanos, a quienes se les vistió espléndidamente según los dictados de la moda alemana (…) Tras la cena, los enanos bailaron al modo ruso, lo que duró hasta las once de la noche. Es de imaginar lo que el Zar y el resto de su compañía se divertían con las travesuras, gestos y extrañas posturas de los pigmeos, la mayoría de los cuales eran de tal tamaño que sólo de verlo producía risa (…) Cuando se acabaron estas diversiones, el nuevo matrimonio fue transportado a la casa del Zar y acostado en sus propios aposentos”.

 

Continúe leyendo | Bufones, enanos y otras diversiones de la corte zarista (Parte 2)

El gran baile de los Romanov que inspiró a “Star Wars” y a un juego de naipes

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A finales de febrero de 1903 se celebró en el Ermitage un lujoso baile de disfraces que resultó ser el último de la Rusia zarista. Hoy en día podemos encontrar referencias a este evento en una baraja de cartas y hasta en Star Wars.
Fue la mascarada más lujosa de todo el reinado del último zar ruso, Nicolás II. Estaba dedicada al 290º aniversario de la dinastía Románov y duró dos días. El primer día se ofreció un concierto con cena y bailes, y la mascarada se celebró el segundo día y pasó a la historia gracias a un álbum de fotografías en las que hasta el día de hoy siguen inspirándose muchos artistas.

Gran duquesa Isabel Fiódorovna
A los 390 invitados se les propuso que llevaran vestidos tradicionales rusos del siglo XVII. Los bailes, acompañados por los miembros de la orquesta del palacio vestidos de trompetistas rusos, duraron hasta la una de la madrugada.

Gran duque Andréi Vladímirovich
Además de los valses y mazurcas tradicionales, durante aquella velada se bailaron rondas y danzas rusas ideadas a propósito para la ocasión por el bailarín Feliks Kshesinski, padre de la legendaria bailarina rusa Matilda Kshesinska.
Este grandioso acontecimiento fue recordado sobre todo por los lujosos vestidos de estilo ruso: las damas de la corte se pusieron prendas tradicionales rusas, sarafanes y kokoshniki bordados con piedras preciosas, y lucieron sus joyas familiares, mientras que los caballeros se exhibieron en exuberantes caftanes y sombreros de piel de boyardos, cetreros y militares.

Zar Nicolás II
Nicolás II hizo su aparición en un vestido del zar ruso del siglo XVII el zarívich Alexéi Mijáilovich de brocado de oro, y la emperatriz Alexandra Fiódorovna deslumbró a todo el mundo vestida como la primera esposa del mismo zar, la zarina María Ilínichna: en un vestido de brocado con un acabado satinado de plata y perlas y con brillantes y esmeraldas en la corona.
Una esmeralda gigante decoraba el pecho de Alexandra Fiódorovna. Todas estas joyas las reunió para la emperatriz el joyero de la corte Carl Fabergé. Según los precios actuales, el atuendo habría costado un mínimo de 10 millones de euros. Más tarde, la bailarina Tamara Karsávina recordaría: “Con aquella corona tan pesada, la emperatriz parecía un icono bizantino”.

Gran duque Borís Vladímirovich
Las salas del Palacio de Invierno no volvieron a ver aquella grandeza, en sus espejos no volvió a reflejarse el brillo cegador de semejante cantidad de joyas. “Mientras nosotros bailábamos –recordaba más tarde el gran príncipe Alexander Mijáilovich- en San Petersburgo había huelgas de trabajadores y unos nubarrones cada vez más espesos se cernían sobre el Extremo Oriente”.

Gran duquesa Xenia Alejandrovna
Mientras tanto, el gran príncipe Alexander Mijáilovich escribía sobre los vestidos: “Xenia (su esposa) llevaba un vestido de boyarda suntuosamente decorado con joyas que le iba muy bien… Yo llevaba un traje de cetrero compuesto por un caftán blanco y dorado, decorado en el pecho y en la espalda por águilas doradas, una camisa de seda rosa, una bombacha azul y unas botas de tafilete amarillas. El resto de los invitados se dejaron llevar por sus fantasías y sus gustos, aunque siempre dentro de la época del siglo XVII”.

Gran duque Alexánder Mijáilovich
La guerra ruso-japonesa, que comenzó un año después, y más tarde también la Revolución Rusa de 1905, junto con la crisis económica mundial, fueron el principio del fin del Imperio ruso, y la corte de San Petersburgo dejó de preocuparse por los bailes.

Gran Duque Miguel Alejandrovich
Sin embargo, el recuerdo de este “baile ruso” de 1903 se quiso conservar también durante la época soviética. En 1913, para celebrar el 300º aniversario de la dinastía Romanov se editó una baraja de cartas llamada “Estilo ruso” que sigue reeditándose hoy en día. Las cartas “Estilo ruso” sobrevivieron al imperio y a los Romanov y se convirtieron en la baraja de cartas más popular de la URSS. Millones de ciudadanos soviéticos, jugando a las cartas en su dacha o en la playa, apostando en el famoso juego préferance, ni siquiera sospechaban que lo que sostenían en las manos era el recuerdo del último baile de disfraces del Imperio Ruso.
Entre ellas vemos a la sota de tréboles vestida como el gran príncipe Miguel Alexandrovich, o a la de diamantes como el gran príncipe Andrés Vladimirovich. La dama de tréboles copia el vestido de la gran princesa Isabel Feodorovna y la dama de diamantes recuerda a la hermana del zar, Xenia Alexandrovna, vestida de boyarda. Curiosamente, en esos dos vestidos (los de boyardas rusas con el típico tocado ruso llamado “kokoshnik”) se inspiró la diseñadora del vestuario de “Star Wars” cuando creó el vestido de viaje dorado de la reina Amidala.