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Un príncipe belga contrajo COVID-19 después de asistir a una fiesta ilegal en España

Se trata de Joachim, sobrino del rey Felipe I, quien viajó a la ciudad de Córdoba para reunirse con amigos sin cumplir las normas de cuarentena vigentes.

El príncipe Joachim, sobrino del rey Felipe de Bélgica, dio positivo por el coronavirus después de asistir a una fiesta en la ciudad española de Córdoba que supuestamente rompió las reglas de cierre, anunciaron la familia real y la policía española. La corte belga confirmó que el príncipe, de 28 años, viajó a bordo de un vuelo comercial el 24 de mayo con permiso para ingresar a España dados sus intereses comerciales en el país. Cerca de 27 mil personas fallecieron por COVID-19 en ese país.

Joachim, hijo de la princesa Astrid (hermana del rey) y del archiduque Lorenzo de Austria, es noveno en la línea del trono belga. Al llegar a España, Joachim sistió a una reunión de cerca de treinta personas sin haber cumplido con el estricto aislamiento social necesario para quienes lleguen a un lugar, y ahora debe someterse a cuarentena después de dar positivo por COVID-19. Los medios belgas dicen que el joven asistió a la fiesta por su relación con la ciudadana española Victoria Ortiz Martínez-Sagrera.

La noticia surgió después de que la policía española dijo que estaban investigando si una fiesta en la ciudad andaluza a la que supuestamente asistía el príncipe belga violó las reglas de confinamiento social. A las 27 personas que asistieron a la fiesta, casi el triple del máximo de 10 personas permitidas por el gobierno de España, se les dijo que cumplieran con cuarentena de dos semanas y podrían enfrentar multas entre 600 y 10.000 euros, de acuerdo con las leyes extraordinarias vigentes en España para enfrentar el brote de COVID-19.

“Hasta la fiesta privada en Córdoba, el príncipe Joaquín se adhirió estrictamente a las reglas de reclusión. Vivía en autoaislamiento en la casa paterna (villa Schonenberg en Laken con sus padres) y domingo pasado viajó a Madrid”, dijo el periodista Wim Dehandschutter, del diario belga Het Nieuwsblad. “El Palacio no pudo decir cómo Joachim podría volar de Bruselas a Madrid, ya que solo son posibles los movimientos esenciales. Según mi información, dio la razón por la que está haciendo una pasantía en Córdoba”, agregó.

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Los secretos del palacio de Kensington (parte 2): la corte de las peleas familiares

Sede de intrigas cortesanas de alto vuelo, el actual hogar de los duques de Cambridge alguna vez pretendió ser el Versalles de Inglaterra y tiene una interesante y curiosa historia.

Lea la primera parte de la serie: Kensington, del holandés asmático al rey infiel

El rey Jorge II, como su padre, desarrolló una fuerte aversión hacia su hijo y heredero, el príncipe Federico y el Palacio de Kensington, en Londres, fue el escenario de la disputa cortesana que escandalizó al siglo XVIII. Parte del problema era que, después del nacimiento de Federico en Hannover, simplemente él y su esposa, la reina Carolina, lo dejaron allí para partir a Londres y no  volvieron a verlo hasta que el niño llegó a los 21 años. En lo que respecta a su padre, el príncipe no podía hacer nada bien, y lo llamaba “el bastardo”.  Federico se casó a los 29 años, el momento oportuno para la venganza. Durante semanas, Federico y su esposa Augusta enfurecieron a la reina Carolina al, por ejemplo, llegar deliberadamente tarde al oficio religioso capilla de Kensington y, poara llegar a sus asientos, tuvieron que pasar junto a ella, lo que significaba que la reina tenía que levantarse.  Esto continuó hasta que Carolina no pudo soportarlo más: le dijo a su hijo y a su esposa que tendrían que usar una entrada alternativa y Federico vio esto como un desagradable desaire y se negó a volver a asistir a la capilla. 

Temeroso de que el Príncipe de Gales estableciera una corte alternativa, como lo había hecho él en su juventud, Jorge II continuó permitiendo que Federico asistiera a la corte en Kensington, pero para alegría de los cortesanos ambos se ignoraban y el trato entre padre e hijo fue nulo hasta que, en 1736, Federico hizo algo por lo que el rey nunca lo perdonó. La princesa de Gales se había puesto de parto en el palacio de Hampton Court y, sin el permiso de su padre, Frederick arrastró a su esposa fuera de la cama, pidió un carruaje y condujo toda la noche para que el bebé naciera en el palacio de St. James’s (Londres) lejos de sus odiados padres que habrían insistido en estar presentes en el nacimiento. 

LOS HIJOS DE JORGE II

Cuando el rey y la reina se enteraron, corrieron por Londres para alcanzarlos a ambos. No solo estaban furiosos porque la pareja se había ido sin permiso, sino que sospechaban que se habían escapado para darse tiempo para encontrar un bebé varón sano. Se calmaron solo cuando descubrieron que la princesa Augusta había dado a luz a una niña, pero el rey guardó rencor eterno hacia su hijo y su nuera por haber abandonado una de sus casas sin su permiso. Inmediatamente escribió a sus ministros, cortesanos y otros miembros de su familia para advertirles que si alguien tenía relación con los príncipes de Gales ya no se les permitiría entrar en presencia del rey. 

Lo que más le molestaba a Jorge II era que su hijo mayor algún día se sentaría en el trono y por eso cuando Federico murió en 1751, de un absceso pulmonar, ni el rey ni la reina pudieron oculta su alegría. Poco después murió el rey, y la corona pasó debidamente al hijo de 22 años de Federico, que se convirtió en Jorge III.  Quizás porque sus recuerdos de Kensington no eran del todo felices, el nuevo y joven rey hizo que la enorme mansión londinense de Buckingham House se convirtiera en su palacio. El Palacio de Kensington fue abandonado lentamente y solo unos pocos viejos cortesanos se quedaron allí para vigilar los tesoros que aún conservaba. 

EL PRÍNCIPE FEDERICO Y SU FAMILIA

Los magníficos salones de Kensington se humedecieron y finalmente se convirtieron en un acumulamiento de polvo, muebles rotos y cuadros abandonados, hasta que alguien notó que había suficientes apartamentos habitables para la enorme familia de Jorge III y su esposa, la reina Carlota (quienes tuvieron 16 hijos) y sus parientes más cercanos, tíos, primos lejanos, cortesanos retirados y aristócratas despreciables. Una de ellas fue la hija de Jorge III, Isabel, que se casó a los 48 años con Frederick, Landgrave de Hesse-Homburg, un viudo alemán masivamente obeso conocido como “Humbug”.  Apestaba tanto, se decía, que tuvo que ser obligado a lavarse inmediatamente antes de la boda, y cuando él y su novia se fueron en su carruaje él vomitó sobre ella. Otro residente fue el padre de la reina Victoria, el duque de Kent, que acumuló deudas espantosas. 

Cuando el duque de Kent murió en 1820, cuando su única hija tenía solo un año de vida, todos sus muebles y posesiones valiosas fueron retirados por los acreedores del palacio de Kensington. Su viuda pidió prestado suficiente dinero para comprar todo, así que todo el lote tuvo que ser llevado de vuelta al palacio unas semanas más tarde. La futura reina Victoria vivió allí hasta que se convirtió en reina a los 18 años, sometida a un estricto programa educativo por parte de su madre y del secretario sir John Conroy, un hombre ambicioso que hizo infeliz la infancia de la princesa y dejó amargos recuerdos en ella.

El duque intelectual

A partir de entonces, el palacio de Kensington fue utilizado como “depósito” de cortesanos y parientes, entre ellos el tío favorito de la reina Victoria, Augusto, duque de Sussex. Excéntrico pero muy culto, fue adicto en sus últimos años a comer helado y sopa de tortuga, y gastó casi todo su dinero recolectando Biblias viejas y otros libros raros para su inmensa colección. Por la noche, incapaz de dormir debido a su asma, deambulaba por los pasillos y jardines de Kensington con una gran gorra negra y un vestido largo. Durante la última década de la vida del duque, sus muchas habitaciones en Kensington, incluidas sus seis bibliotecas, tuvieron que dejar sus puertas interconectadas permanentemente abiertas para que su colección de pájaros cantores pudiera salir de las jaulas para volar como quisieran en e interior del palacio. 

Cada día, uno de los sirvientes del duque de Sussex pasaba casi todo su tiempo dando vueltas por pasillos, salones y alcobas y ajustando la vasta colección de relojes que poseía este hijo de Jorge III.  El resultado fue que cada hora (y en muchos casos, cada media hora y cada cuarto de hora) su apartamento se llenaba de campanadas, gongs, melodías musicales, himnos militares. Cuando murió en 1843, el duque había recolectado más de 5.000 Biblias, en las cuales su interés probablemente era más académico que espiritual. Un hombre que compró uno de sus libros de oraciones se sorprendió al encontrar una nota en la escritura a mano de Augusto: “No creo una sola palabra”.

Los secretos del Palacio de Kensington (parte 1): del holandés asmático al rey infiel

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Publican las cartas privadas de dos princesas inglesas de la Era Georgiana

Los documentos arrojan luz sobre muchos temas importantes como el género, la salud, la cultura material y la política.

Los Archivos Reales británicos publicaron en Internet una serie de documentos que totalizan unas 19.000 páginas pertenecientes a las princesas Carlota de Gales (1796-1817) y la princesa María, duquesa de Gloucester (1776-1857), dos mujeres clave en el corazón de la familia del rey Jorge III.

Los documentos de la Carlota, nieta de Jorge III e hija de Jorge IV, comprenden cartas dirigidas a ella, enviadas por ella y sobre ella con un total de más de 3.000 páginas, de las cuales tres cuartos nunca fueron reveladas anteriormente. Era la joven y glamorosa princesa de la Gran Bretaña de principios del siglo XIX, la única hija legítima del Príncipe Regente, por lo que las esperanzas de la nación descansaban sobre sus hombros. Sin embargo, nunca llegó a ser reina de Gran Bretaña ya que murió en el parto con solo 21 años, y su hijo también murió. La publicación de estos documentos permite el acceso a fuentes que iluminan esta historia trágica, que trastornó el destino de la dinastía Hannover.

Los documentos revelan que Carlota fue una mujer muy apasionada tanto en sus romances como en sus intensas amistades (sus cartas a Lady Burghursh son muy efusivas). También fue muy luchadora y de fuerte voluntad, como lo demuestran sus cartas sobre su noviazgo con el príncipe Guillermo de Orange y aquellos en los que deseaba liberarse de las restricciones de su padre. También muestran que era muy cariñosa y que estaba preocupada por el bienestar de los demás, ya que hay algunas cartas a George Sanders, un pintor de miniaturas, en las que que principalmente le pregunta por su salud. También muestran el conflicto que mantuvo procurar ser leal tanto a su padre, como a su madre, Carolina de Brunswick, cuya separación fue uno de los escándalos reales del siglo XIX.

CARLOTA DE GALES
MARÍA, DUQUESA DE GLOUCESTER

“Un tema clave en esta colección fue la educación de Carlota de Gales, que fue un asunto de considerable importancia para el presunto heredero”, dijo la Royal Collection, encargada del patrimonio de la corona británica. “Solo coincidía con el desafío de encontrar un marido adecuado para una futura reina del Reino Unido”, explican. Los documentos también incluyen páginas de sus diarios personales y libros de oración, su correspondencia con su tía, la reina Charlotte de Württemberg, y los registros de gastos domésticos.

La princesa María, la cuarta hija de Jorge III, se casó con su primo primo Guillermo Federico, duque de Gloucester y Edimburgo, y vivió hasta mediados del siglo XIX. Sus documentos, ahora publicados en su totalidad por primera vez, comprenden unas 800 cartas de toda su vida, que iluminan su papel como observadora y comunicadora de los desarrollos familiares, sociales y políticos. Poco más de la mitad de las cartas son correspondencia con su padre y su hermano Jorge IV, quien la quería mucho. Además, se incluyen las cartas que envió a su nodriza y dama de compañía, Miss Anna Maria Adams. Los documentos lanzados por la Royal Collection también incluyen una serie separada de más de 1.000 informes redactados casi a diario de la princesa María a su hermano, el Príncipe Regente, sobre la salud de su padre desde 1812 hasta al menos 1814.

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Isabel II, socialmente aislada con su esposo y los 25 fantasmas del castillo de Windsor

Ubicado a 40 kilómetros de Londres, Windsor no solo es la residencia favorita de la reina, sino también la residencia real más “embrujada”.

La reina británica, Isabel II, se encuentra actualmente aislada en el Castillo de Windsor con el príncipe Felipe a causa de la pandemia del coronavirus, pero podrían tener algunos compañeros de confinamiento bastante espeluznantes. Se dice que el Castillo de Windsor, ubicado a unos 40 kilómetros de Londres, no solo es la residencia favorita de la monarca, sino también la residencia real más “embrujada” con hasta 25 fantasmas reportados a lo largo de la historia. Incluso la propia reina, junto con su hermana Margarita, afirmaron haber visto el espectro de la reina Isabel I, fallecida en 1603.

Según el sitio web turístico Visit Britain, se afirma que la figura fantasmal de Isabel Tudor “a menudo se ve en la biblioteca” y “sus pasos se pueden escuchar en las tablas desnudas del piso, antes de que aparezca su presencia llamativa”. Otro fantasma que se dice que habita en el famoso castillo es el “rey loco” Jorge III, quien reinó casi 60 años entre 1760 y 1820. Algunos testigos dijeron que han visto su fantasma “mirando con nostalgia fuera de la habitación debajo de la biblioteca, donde estuvo confinado durante sus varios episodios de demencia”.

En Windsor, fortaleza normanda construida por el rey Guillermo el Conquistador hace más de 900 años, vivieron desde entonces todos los monarcas. Allí, Jorge III fue recluido durante los muchos años en los que fue víctima de los ataques de demencia, y también su nieta, la reina Victoria, se escondió de la vista pública tras el golpe devastador que sufrió con la muerte de su marido, el príncipe Alberto, fallecido en el mismo castillo. Isabel II y la princesa Margarita compartieron el confinamiento tras sus murallas durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Una veintena de reyes y reinas están sepultados en la capilla real de San Jorge.

Windsor ha sido testigo también del horror. A su interior llegó una noche de intensa nevada, la del 7 de febrero de 1649, el cadáver de Carlos I de Inglaterra, Escocia e Irlanda, decapitado por los partidarios de Oliver Cromwell. En un gesto compasivo que le honra, este líder revolucionario permitió que la cabeza del rey se cosiera a su cuerpo para que su familia pudiera rendirle los debidos respetos al darle sepultura en la cámara acorazada del también rey Enrique VIII, en la capilla.

Otro fantasma que se dice que ronda el castillo es el del rey Enrique III, a quien se ha escuchado “cojear” en los claustros del decanato, ubicado cerca de la histórica capilla de San Jorge. Se dice que a veces se puede escuchar el “sonido de su pierna ulcerada golpeando el suelo mientras camina”, dice el mencionado sitio. Mientras tanto, en los terrenos del Windsor Great Park muchas personas dijeron haber visto al espeluznante fantasma de Herne, que era un cazador de Ricardo III, fallecido hace 800 años. La leyenda cuenta que aquellos que se topan con su espíritu serán golpeados por la desgracia.

Nadie sabe cuándo volverá Isabel II -de 94 años- a Londres. A pesar de los planes del gobierno del Reino Unido para comenzar a aliviar gradualmente las restricciones de bloqueo y distanciamiento social para mitigar los efectos del nuevo coronavirus, la monarca permanecerá en autoaislamiento “durante meses” junto a su esposo a Felipe -quien cumplirá 99 años el 10 de junio- en Windsor rodeada de un reducido grupo de asistentes y empleados que cumplen la misión de proteger a la anciana pareja de un posible contagio por coronavirus.

El regreso a los compromisos públicos podría considerarse inseguro para Isabel II, quien suspendió todos los compromisos públicos -incluidos los más importantes de la agenda real- en medio de la pandemia, residiendo ininterrumpidamente en Windsor desde el pasado 19 de marzo, una semana después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara que el coronavirus se había convertido en una pandemia sin control. La casa real cree poco probable que parece que a la reina se le permita regresar a sus actividades públicos normales en el futuro inmediato.

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El príncipe ruso que fue aborrecido por la familia imperial, declarado loco y exiliado

Escrito por Georgy Manaev / RBTH

La familia Romanov tenía un esqueleto en el armario. Sin embargo, ese ‘esqueleto’, el gran duque Nicolás Konstantinovich (1850-1918), estaba vivo y era una amenaza constante para la reputación de la familia imperial de Rusia, al punto de que fue declarado loco y desterrado a Tashkent, a más de 3.300 kilómetros de Moscí. ¿Por qué el primo de Alejandro III sufrió tal destino?

En enero de 2019, se descubrió un verdadero tesoro real en Tashkent: monedas, platos, joyas, por un valor de más de un millón de dólares. Eran tesoros de Nicolás Konstantinovich (1850-1918), nieto del zar Nicolás I, que nunca se encontraron en la época soviética. Mientras estaba exiliado en Tashkent, el miembro de la familia imperial no desperdició el dinero de la familia allí, por el contrario, se ganaba la vida trabajando, lo cual era bastante inusual para un Gran Duque. Por ello, fue uno de los Romanov más inusuales de la historia.

NICOLÁS CONSTANTINOVICH DE RUSIA

En Tashkent, la gente todavía habla bien de Nicolás Konstantinovich. El gran duque vivió allí hasta el final de su vida y logró hacer mucho por la ciudad. En primer lugar, introdujo la fontanería. También donó dinero para la construcción de un teatro dramático (hace mucho tiempo demolido) y el cine Khiva (que aún existe), y estableció becas para estudiantes uzbekos, que no tenían suficiente dinero para ingresar a las universidades rusas. Fue un empresario brillante: abrió estudios de fotografía y salas de billar, comenzó a vender kvas y a procesar arroz, estableció fábricas de jabón y fábricas de algodón de ciclo completo. Las ganancias de estos emprendimientos y otras empresas fueron destinados a satisfacer sus intereses personales y, afortunadamente para la población de Tashkent, esos eran bastante sanos.

Nicolás Konstantinovich, miembro honorario de la Sociedad Geográfica Imperial de Rusia, estaba bien versado en agricultura y sus necesidades. Su proyecto más famoso fue el riego de la Estepa Húngara, un desierto salino a las afueras de Tashkent. Con su propio dinero, el gran duque financió la construcción del canal de riego Romanovsky de 60 millas, lo que provocó el desarrollo agrícola de la zona, que continuó bajo el dominio soviético. Además, legó la mitad de su fortuna para las necesidades públicas de Tashkent.

El Gran Duque se refirió a su canal como Iskander-Aryk (arykes significa “corriente” en el idioma uzbeko), porque se llamaba a sí mismo Iskander, y desde 1899, por decreto del entonces emperador Nicolás II, la esposa del gran duque y todos sus descendientes comenzaron a llamarse Duques Iskander. Sin embargo, ninguno de ellos fue aceptado en el círculo de la familia real: Nicolás Konstantinovich (Nicola, como lo llamaron en su casa en su juventud), siempre fue un paria entre los Romanov. Cuando el emperador Alejandro II fue asesinado en 1881, Nicola le escribió a su primo, Alejandro III, pidiéndole que se le permitiera regresar a San Petersburgo “a rezar por las cenizas del monarca que venero”. La respuesta del zar a su primo fue: “No eres digno de inclinarte ante las cenizas de mi padre, quien fue cruelmente engañado. No olvides que nos deshonraste a todos. Mientras esté vivo, nunca volverás a Petersburgo”.

El gran duque y la bailarina

FANNY LEAR

De joven, Nicolás Konstantinovich se hizo famoso en su círculo familiar como el primer Romanov en graduarse de un establecimiento de educación superior, la Academia del Estado Mayor, con una medalla de plata. Un oficial brillante, comandante de escuadrón, alrededor de 1871, conoció a Harriet Blackford (1848-1886) en un baile. La bailarina estadounidense de 23 años, que se hacía llamar Fanny Lear, ya se había casado y estaba criando un hijo. Nicola se enamoró de ella y comenzó a organizar lujosas fiestas en su honor, que pronto se convirtieron en el tema de conversación de San Petersburgo.

El comportamiento de Nicola violaba varios principios de ética principesca. Según los estándares de la ultraconservadora familia imperial, Fanny era considerada una prostituta común. La asociación abierta con mujeres como esta y las apariciones públicas con ellas eran inaceptables para un gran duque ruso. Para romper este enlace, Constantino Nikolaievich, padre de Nicola y hermano del zar Alejandro II, enviaron a Nicola a integrar una fuerza expedicionaria a Asia Central, a Khiva, a los mismos lugares donde el gran duque más tarde sería exiliado. Después de haber mostrado un valor legendario y haber sido galardonado con la Orden de San Vladimir, Nicolás Konstantinovich regresó de la campaña militar y – reavivó su aventura con Fanny Lear con más pasión que antes. Junto con ella y su buen amigo Cornet Nikolai Savin, el gran duque viajó por Europa,

Los grandes duques y duquesas tenían sus ingresos privados: al nacer, sus padres tradicionalmente invertían una cierta cantidad en valores, cuyo interés reponía el capital personal de la descendencia real. Además, recibieron importantes sumas por sus gastos privados. Sin embargo, incluso eso no fue suficiente para el lujoso estilo de vida que disfrutaban Nicola y su novia, y el gran duque decidió violar un par de principios principescos más centenarios: cometió un crimen combinado con sacrilegio.

Una solución psiquiátrica

LA GRAN DUQUESA ALEJANDRA IOSIFOVNA

La madre de Nicola, la gran duquesa Alejandra Iosifovna, era famosa por su belleza y disposición alegre. Fue anfitriona de celebradas veladas musicales, en las que interpretó su propia música, principalmente marchas; y Johann Strauss le había dedicado un vals y una cuadrilla. Su pasión más excéntrica era su amor por las sesiones espiritistas. Como escribió la dama de compañía Anna Tyutcheva, Alejandra Iosifovna “celebró tantas sesiones y con tanta frecuencia que terminó teniendo un aborto espontáneo y casi perdió la cabeza”. Pero todo eso fue más tarde. Como mujer joven, Alejandra era la novia amada de Constantino, el segundo hijo de Nicolás I. El propio zar, amante de la música y conocedor de la belleza femenina, admiraba a su nuera y le regaló una reliquia familiar como regalo de bodas: un icono de la Virgen decorado con diamantes.

Tres de esos diamantes, como fue establecido por una investigación posterior, fueron robados por Nicolás Konstantinovich en una noche de abril de 1874, y más tarde empeñados por su ayudante. Las cosas se exacerbaron aún más por el hecho de que en el primer interrogatorio, Nicola juró en la Biblia que era inocente. Su padre escribió en un diario: “Sin remordimientos, sin confesiones, excepto cuando la negación ya no era posible, e incluso entonces arrancarlas de él, no hubo amargura y ni una sola lágrima. ¡Le suplicamos, por el bien de todo lo que todavía era sagrado para él, que aliviara su culpa con sincero arrepentimiento y confesión! ¡Nada funcionó!”

La historia se discutió ampliamente en San Petersburgo, por lo que fue necesario explicar de alguna manera el comportamiento del gran duque y la corte encontró una solución aparentemente fácil: se decidió anunciar públicamente que Nicola estaba loco, es decir, que era un cleptómano. La decisión estaba, por así decirlo, al alcance de la mano: durante mucho tiempo se consideró que la madre del gran duque, Alejandra Iosifovna, se había vuelto completamente loca con sus sesiones interminables y ello fue considerado un antecedente. Se convocó un consejo de médicos encabezado por el famoso psiquiatra ruso Ivan Balinsky, quien examinó a Nicola y habló con él.

Como señala el profesor Igor Zimin, el diagnóstico provisional del 12 de agosto de 1874 declaró: “No encontramos […] que su alteza muestre signos de cleptomanía, pero el paciente […] ha desarrollado claramente una forma hereditaria de locura”. De hecho, Nicolás Konstantinovich nunca recibió un diagnóstico específico: frases como “un trastorno mental doloroso” o “anemia y un colapso nervioso completo” eran demasiado vagas. Al final, la decisión fue tomada por el propio Alejandro II. El 11 de diciembre, se emitió un decreto oficial que declaraba que el gran duque “sufre un trastorno de las habilidades mentales”, tras lo cual fue puesto formalmente bajo el cuidado de su padre pero, de hecho, estaba bajo la supervisión del Ministro del Interior. Estaba prohibido mencionar su nombre en documentos oficiales, y su herencia fue transferida a sus hermanos menores. También fue despojado de todos sus rangos y premios y fue eliminado de las listas de su regimiento.

A sus 24 años, Nicola enfrentó el destierro de toda la vida de San Petersburgo. Sin embargo, conservó su título y continuó siendo incluido como miembro de la familia imperial hasta 1917. Además, recibió 12.000 rublos al año por su sostén. Pero ese dinero era solo una gota en el océano de su fortuna. Al final de su vida, sus ingresos anuales ascendían a 1,4 millones de rublos, ya que todas sus empresas comerciales eran altamente rentables. Entonces, ¿estaba realmente loco?

¿Estaba loco el gran duque Nicolás Konstantinovich?

EL GRAN DUQUE CONSTANTINO, PADRE DE NICOLÁS

En su libro Médicos en la Corte Imperial de Su Majestad, el profesor Igor Zimin consultó con los psiquiatras actuales. Según el psiquiatra Nina Vanchakova, el gran duque puede haber estado sufriendo un trastorno bipolar. Además del robo de los diamantes, que no pudo explicar a nadie, su vida estuvo llena de otras acciones impulsivas. Después de ser declarado loco, Nicolás vivió en 10 lugares diferentes, incluidos Samara, Crimea, la provincia de Vladimir, Uman (cerca de Kiev), cerca de Vinnitsa en la provincia de Podolsk, y luego Orenburg. Como miembro honorario de la Sociedad Geográfica Imperial de Rusia, escribió artículos de investigación sobre Asia Central, que había planeado desarrollar desde la época de la campaña de Khiva.

En 1878 en Orenburg, se casó con una mujer noble, Nadezhda von Dreyer, y dos años más tarde fue llevado más cerca de San Petersburgo, a Sablino: parecía que su padre, Constantino Nikolaievich, casi había persuadido a su hermano Alexander para que perdonara a su sobrino. Comenzó a ser visitado por psiquiatras nuevamente. Pero en marzo de 1881, el zar fue asesinado, y Alejandro III no mostró intención de prestar atención a las súplicas de su tío y “perdonar” a su primo. No permitió que Nicolás Konstantinovich asistiera al funeral del difunto zar, y en respuesta Nicolás Konstantinovich se negó a jurarle lealtad. Ese fue un escándalo aún más grande que el robo de los diamantes: la oposición política podría darle a Nicola la reputación de mártir y disidente. Es por eso que una vez más fue certificado como loco.

Al principio, Nicola fue puesto en una fortaleza, por razones políticas. Luego se recomendó que lo enviaran a una gran ciudad, donde sus payasadas podrían explicarse fácilmente como locura. Nicola fue enviado a Tashkent acompañado por Nadezhda Iskander porque, aunque su matrimonio, cuya noticia había llegado a San Petersburgo, fue oficialmente disuelto por el Santo Sínodo, esto no detuvo a la pareja.

Nicolás Konstantinovich vivió en Tashkent hasta su muerte en 1918. Entonces, ¿qué otras excentricidades cometió, este hombre que estaba ocupado regando estepas, un ex ladrón que inició docenas de negocios exitosos? Según las memorias del primer ministro Sergei Witte, “en la región fue reconocido como una persona inteligente y relativamente cercana”. Al mismo tiempo, no dejó de ser un dolor de cabeza para las autoridades: por ejemplo, una vez que visitó a un nihilista exiliado y lo invitó a entrar a una reunión política secreta con él contra el gobierno. En 1895, se casó con la hija de un cosaco, Daria Chasovitina, con quien tuvo tres hijos (para entonces, Nadezhda y sus hijos se habían mudado y vivían en San Petersburgo).

Después de la muerte de Alejandro III, cuando la relación de Nicola con la corte comenzó a mejorar, conoció a Valeria Khmelnitskaya, una colegiala de 15 años de una familia noble, comenzó a vivir con ella e intentó casarse con ella, a pesar de tener una esposa viva, Nadezhda Iskander. Fue nuevamente examinado y declarado loco. Para separar al gran duque de la joven Valeria, fue transferido a Tver y luego a las provincias bálticas. Cuando Khmelnitskaya ya no era un problema (se casó), el gran duque fue devuelto a Tashkent. Sus relaciones extremadamente impulsivas con las mujeres eran un tema constante de chismes en Tashkent: la visión cínica del gran duque era que siempre era una cuestión de precio.

En el momento de la Revolución de febrero de 1917, Nicolás Konstantinovich todavía estaba vivo tras haber presenciado a lo largo de su vida (y trastornado) cuatro reinados de su dinastía en Rusia. Levantó una bandera roja sobre su residencia y envió un telegrama de felicitación al nuevo primer ministro, Alexander Kerensky, su viejo amigo. Más tarde visitó a su esposa Nadezhda en San Petersburgo y participó en el bautismo de su nieta Natalya, y luego regresó a Tashkent con Nadezhda, quien se quedó con él hasta su muerte. El “Gran Duque Iskander” murió el 14 de enero de 1918 de neumonía.

“Valores familiares”

NICOLÁS CONSTANTINOVICH CON SU ESPOSA, NADEZHDA

¿Por qué Alejandro III no quería perdonar a su primo, y por qué sus propios hermanos, los grandes duques Constantino y Dimitri, se manifestaron en contra de su rehabilitación? La cuestión es que Nicolás Konstantinovich, de hecho, repitió el delito menor de su padre, que engañó abiertamente a su esposa Alejandra Iosifovna, y también con una bailarina, Anna Kuznetsova. No trató de ocultarlo, incluso de su esposa. Habiendo permitido gentilmente a los hijos de Constantino Nikolaievich de este enlace tener títulos nobles y llevar el patronímico de su padre (pero no su apellido, eran conocidos como Knyazevs), el emperador Alejandro III odiaba a su tío; después de todo, su propio padre, Alejandro II, había tenido también engañó cínicamente a su madre con la princesa Catalina Dolgorukova. Alejandro II había establecido abiertamente a su amante en el Palacio de Invierno, y después de la muerte de su esposa en 1880, se casó con ella, sin esperar siquiera a que transcurriera un año de luto.

En la segunda mitad del siglo XIX, la familia imperial rusa vivía rodeada de escándalo y odio mutuo. Fueron estas personas las que declararon a Nicolás Konstantinovich, que no sintió remordimiento por el robo mientras que su pobre madre, que había dado a luz a seis hijos en un matrimonio legal, fue considerada una espiritualista enloquecida. Tres años antes de su muerte, Constantino Nikolaievich sufrió un derrame cerebral. Estaba parcialmente paralizado y tenía dificultades para hablar. A pesar de su relación, por decirlo suavemente, complicada, su esposa lo cuidó hasta su muerte. A Nicolás Konstantinovich no se le permitió venir a presentar sus últimos respetos a su padre.

Quién es la princesa Alejandra, la “heroína no reconocida” de la familia real británica

Popular en los 60, es poco conocida por las nuevas generaciones, pero inmensamente valorada por su prima, la reina Isabel II.

La princesa Alejandra es uno de los personajes menos conocidos de la familia real británica, pero hace medio siglo era una de las royals más famosas del mundo. Su boda de 1963 con el empresario Sir Angus Ogilvy, de orígenes nobles, fue transmitida por televisión a aproximadamente 200 millones de personas en todo el mundo, cuando la joven princesa era reconocida por su belleza y su elegancia. Prima hermana de la reina Isabel II y dama de honor en su boda con el duque de Edimburgo en 1947, la princesa es también una de las mejores amigas de la monarca y reconocida por su dedicada labor como representante de su majestad y de muchas organizaciones de beneficencia. Alguna vez apodada la “heroína no reconocida” de la familia Windsor, Alejandra ha llevado a cabo miles de actividades oficiales a lo largo de los años.

Ahora con 83 años, se rumoreaba que se estaba preparando para renunciar a la vida pública el año pasado, para dar paso a la generación más joven, rumores rechazados por la casa real. Con menos miembros de la realeza de primera línea disponibles, después de que los Sussex se autoexiliaran a Los Ángeles y el príncipe Andrés tuviera que dar un paso al costado por el escándalo de Jeffrey Epstein, no es de extrañar que la princesa Alejandra volviera a ocupar un sitio especial en la casa real durante la pandemia del coronavirus. Esta semana apareció junto al príncipe Carlos, los duques de Cambridge y la princesa Ana, entre otros, en una videoconferencia realizada por la familia real en homenaje a las enfermeras de todo el mundo en el Día Internacional de la Enfermera.

Actualmente, Alejandra ocupa el puesto 53 en la línea de sucesión al trono británico, pero cuando nació la princesa Alexandra Helen Elizabeth Olga Christabel de Kent en 1936, era la sexta. Fue bautizada con el nombre de su bisabuela, la reina Alejandra, una gran belleza danesa que se ganó el corazón de los ingleses. Su padre, el duque de Kent, era uno de los hermanos menores de Jorge VI, quien había muerto once meses antes; Su madre, la princesa Marina de Grecia y Dinamarca, era una gran figura glamorosa, hija del príncipe Nicolás de Grecia y la gran duquesa Elena Vladimirovna de Rusia, nieta del emperador Alejandro II de Rusia. El nacimiento de Alejandra, en la Navidad de 1936, pasó casi desapercibido porque la monarquía aún no se recuperaba de la tormenta causada, dos semanas antes, por la abdicación de Eduardo VIII, tío de Alejandra.

“Si eres un observador real parado en la calle, no hay nadie a quien te gustaría ver más que ella”, dice Hugo Vickers, biógrafo de la Reina Madre y la Duquesa de Windsor. “Ella es una especie de tesoro nacional. Es el artículo genuino, es la más real de todos: es la hija de un príncipe británico y una princesa con sangre real griega y rusa”. Alejandra y sus hermanos, Eduardo (duque de Kent) y el príncipe Miguel de Kent, cobraron protagonismo cuando eran apenas unos niños en 1942, cuando su padre, piloto de la Real Fuerza Aérea, murió en un accidente de aviación en Escocia, a los 39 años. “Fueron muy bien criados por su madre viuda”, dice Vickers. “La princesa Marina era muy conocida. Fue tan trágico para ella convertirse en una viuda tan joven, con solo 35 años, era realmente encantadora. Tenía solo 61 años cuando murió [de un tumor cerebral]. Hubo mucha pena entre el público en general”.

Desde finales de la década de 1950 en adelante, la princesa Alejandra fue un integrante muy activo de la Casa de Windsor, que realizaba alrededor de 120 compromisos al año; aunque ahora sus compromisos públicos son más esporádicos a causa de su edad, la princesa sigue siendo mecenas o presidenta de más de 100 organizaciones. Siendo joven, realizó misiones diplomáticas clave, como a Japón en 1961: fue precursora en la restauración de las relaciones diplomáticas con el país después de la guerra, lo que llevó a la visita de estado del emperador Hirohito en 1971 y la de Isabel II a Japón en 1975. “Ella nunca ha hecho nada más que deberes reales toda su vida: no había tantos miembros de la familia real cuando comenzó a trabajar”, dice Vickers.

Cuando la princesa se casó con Angus Ogilvy, hijo del conde de Airlie, en 1963, fue la gran noticia del año. Se casaron en la Abadía de Westminster, con una procesión de carruajes de cristal por las calles de Londres, un lujoso baile en el Castillo de Windsor la noche anterior y una recepción en el Palacio de St. James después de la ceremonia para los numerosos invitados internacionales, todos ellos emparentados con Alejandra y su madre. Entre ellos se encontraban la reina viuda Victoria Eugenia de España y su nieto, el joven y soltero príncipe Juan Carlos de Borbón, y la princesa Sofía de Grecia, que acompañó a su hermano Constantino, último rey de Grecia.

De personalidad tímida, Alejandra heredó el encanto de su madre, pero también la dignidad real que caracterizó a su abuela, la reina María. Estas cualidades son valoradas por la reina Isabel II, quien le otorgó la Orden de la Jarretera en 2003 en agradecimiento por su compromiso con la monarquía, y le organizó una gran fiesta en el Palacio de Buckingham en 2016, cuando cumplió 80 años. Robin Baird-Smith, director editorial de Bloomsbury Continuum, conoció a la princesa recientemente cuando publicó un libro de su nuera, Julia Ogilvy: “Me la presentaron y la encontré encantadora, ingeniosa y aguda. En una conversación, ella es encantadora y atenta. De hecho, esta no fue la primera vez que la conocí. Cuando tenía ocho años, la princesa Alejandra y la princesa Margarita asistieron a un espectáculo de vestimenta de Norman Hartnell en Hopetoun House, a las afueras de Edimburgo. Mi deber, en una falda escocesa, era entregarle a la princesa Alejandra un ramo de flores. Cuando subí al escenario, Margarita pensó que eran para ella y las tomó”.

El esposo de Alejandra murió en 2004. El hijo mayor de la princesa Alexandra, James Ogilvy, ahora diseñador de paisajismo, nació en 1964 y asistió a la escuela de preparación de Heatherdown junto a su primo, el príncipe Eduardo, nacido el mismo año. La única hija mujer de Alejandra, Marina Mowatt, es ahijada del príncipe Carlos y era un habitual en la prensa en los años noventa: “Si ella no hubiera existido, los tabloides la habrían inventado”, señaló el historiador, Sir David Cannadine, recordando que la joven causó una gran sorpresa cuando quedó embarazada de su novio, el fotógrafo Paul Mowatt, en 1989. Se casaron en 1990, la novia vestía de terciopelo negro, después del nacimiento del bebé, aunque la unión terminó en divorcio después de la llegada de Christian, tres años después.

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Los secretos del Palacio de Kensington (parte 1): del holandés asmático al rey infiel

Convertido en un “depósito de tías” durante un tiempo, el hogar de los duques de Cambridge alguna vez pretendió ser el Versalles de Inglaterra y tiene una interesante y curiosa historia.

Eduardo VII llamó al famoso Palacio de Kensington “el depósito de tías”, porque muchas de sus parientes más longevas fueron recluidas en su vasto laberinto de grandes apartamentos. Allí han vivido las tías solteronas de la reina Victoria en el siglo XIX, los parientes pobres a principios del siglo XX y posteriormente los familiares lejanos de la familia real, como la princesa Alicia, la nieta más longeva de Victoria, la sofisticada princesa Marina de Grecia, la princesa Diana de Gales en sus últimos años, Meghan Markle y, además, otros personajes de sangre azul a quienes los libros de historia han olvidado. Para calificar, sin embargo, los residentes de este palacio londinense ni siquiera necesitaban estar distantemente relacionados con la Familia Real británica.

A lo largo del siglo XX, innumerables cortesanos de sangre azul, algunos bastante antiguos, se aferraron a sus apartamentos de gracia y favor. Ron Wilson [no es su nombre real], que trabajaba como sirviente en el palacio en la década de 1960, con frecuencia se sentía desconcertado por el hecho de que muchos de los habitantes parecían completamente desconocidos entre sí.

“Hubo residentes bien conocidos como la princesa Alicia, que estaba completamente chiflada en la forma en que solo las viejas mujeres aristocráticas pueden ser”, recordó. “Pero también había otras personas mayores con acentos maravillosamente recortados por todo el lugar. Siempre hablaban con una voz dominante, por lo que nadie pensó en cuestionarse si deberían haber estado allí. (…) Algunos estaban bastante enojados. Recuerdo que una anciana me tomó del brazo una noche y comenzó a hablarme sobre un baile al que había ido antes de la guerra. Pensé que se refería a la Segunda Guerra, pero rápidamente me di cuenta de que se refería a la Primera Guerra Mundial”.

“Incluso me chismorreó en voz baja sobre el apetito sexual de Eduardo VII. Ella se acercó a mí y me dijo: ‘El pequeño bastardo apenas se bañó en su vida. Absolutamente apestoso. Y sabes, solo estuvo con mujeres que habían tenido en sus manos a todos los hombres de Londres”. Yo sonreía y escuchaba. Fue muy incómodo porque, como sirviente, podría haber sido despedido por hablar con ella; Sin embargo, si me hubiera alejado bruscamente, ella podría haberme despedido de todos modos. Todavía no tengo idea de quién era”, recordó el empleado.

Los olores del palacio

El Palacio de Kensington debe su existencia al hecho de que el rey Guillermo III sufría de asma. Deseoso de alejarse de su húmedo en el Whitehall de Londres, pagó alrededor de £ 20.000 en 1689 por una hermosa casa, ubicada en campos y prados, y luego gastó otras £ 92.000 para ampliarla. Varios cientos de cortesanos se mudaron con el rey y su esposa, la reina María II, aunque a muchos les molestaba tener que abandonar el centro de la ciudad. Nadie se molestó en llevar un control de quiénes eran todos los que se mudaron de Whitehall a Kensington y, de hecho, si un completo extraño sonaba como un refinado caballero fácilmente podría ser admitido en las habitaciones más grandiosas de la corte.

A nadie le preocupaba que un extraño pudiera intentar asesinar al rey y la pena por tal intento fue tan aterradora que se asumió que nadie se atrevería jamás. “Del mismo modo que los bien vestidos y confiados podían abrirse paso ante la presencia del rey, los amigos de los sirvientes podían abrirse camino hasta las cocinas de Kensington para conseguir almuerzos o cenas gratis”, relata el historiador Tom Quinn en su libro Kensington Palace: An Intimate Memoir From Queen Mary To Meghan Markle. “¿Quién iba a saber quiénes eran ellos, cuando no solo los cortesanos sino también algunos de los sirvientes superiores tenían sus propios equipos de sirvientes? A todos se les pagaba una miseria porque se suponía que robarían prácticamente cualquier cosa que no estuviera clavada. Incluso en la coronación de un rey, la comida, los cubiertos, los vasos, el empavesado y las mesas en las que se había servido la fiesta eran robadas al final del día”.

En las primeras décadas de existencia del palacio de Kensington, su grandiosidad contrastaba con la precaria situación sanitaria. Los cortesanos y sirvientes solían hacer sus necesidades en las habitaciones, en cubos que guardaban en los refinados muebles o detrás de las chimeneas. En esa época esto no se consideraba una conducta apropiada, pero la enorme cantidad de residentes significaba que los olores se volvieron abrumadores. Finalmente, hubo que levantar letreros en las habitaciones clave que decían: “No orinar”.

El tormento de la reina Ana

La reina Ana, última soberana de la dinastía Estuardo y sucesora de Guillermo III, fue la siguiente ocupante de Kensington. Su relación con Sarah, duquesa de Marlborough, es ampliamente conocida después de la película La Favorita (2018). Durante años, las dos mujeres se escribieron cartas de amor usando seudónimos; Sarah era la “Señora Freeman” y Ana era la “Señora Morley”. Pero la duquesa, que había sido amiga de la princesa Ana desde la infancia, permitió que la familiaridad generara el desprecio y el maltrato, y se convirtió en un mujer absolutamente controladora de la dócil princesa. Cuando Ana, ya coronada reina, no pudo soportar que le hablaran como si fuera una idiota, despidió a su amiga de la corte y nunca más volvió a hablar con ella. Ella se había vuelto popular entre sus súbditos y había revivido una antigua tradición real que el fastidioso Guillermo III había eliminado: tocar la piel de las personas que padecían escrófula, una condición que causaba la inflamación de los ganglios linfáticos. A pesar de que no hay evidencia de que su toque tuviera poderes mágicos, miles de súbditos se congregaban a las afueras del Palacio de Kensington con la esperanza de ser curados por la reina.

Alejada de Sarah, viuda y con todos sus hijos muertos, la reina Ana se refugió en la comida, especialmente el chocolate, y cuando murió en 1714, estaba tan gorda que su ataúd era casi cuadrado. Como murió sin un heredero, el trono pasó a su pariente protestante más cercano, el príncipe alemán Jorge de Hannover, hombre pequeño y malhumorado con una historia muy oscura a cuestas: por motivos monetarios, se había casado con una joven amante de la diversión llamada Sophia de Celle, pero su relación rápidamente se volvió amarga. Desde el principio, Jorge dejó en claro que prefería mucho a su amante, Melusine, con quien tendría tres hijas, y estalló de furia cuando Sofía tomó un amante. La familia real arregló la desaparición del amante, el conde Philip von Konigsmark, quien según los historiadores fue arrojado a un río o cortado en pedazos y enterrado debajo de las tablas del piso del castillo de Jorge en Hannover. En cuanto a Sophia, estuvo encerrada en un castillo durante los siguientes 30 años y no se le permitió ver a nadie, ni siquiera a sus hijos.

La Jirafa y el Elefante

En 1714, el nuevo rey de Inglaterra llegó al palacio de Kensington sin su consorte y, durante su breve reinado, demostró tener cero interés en su nuevo reino. Nunca aprendió a hablar inglés con fluidez y regresó a Hannover para descansar tanto como pudo. “¿Sintió que algunos de sus cortesanos lo despreciaban? Ciertamente, Jorge I no tenía ninguna de las cualidades que admiraban: no era ingenioso ni buen conversador ni particularmente cortés. Muchos se burlaron de él por tener una amante extremadamente gorda y extremadamente delgada”, escribe Quinn. Melusine Schulenburg, la delgada, era conocida como la Jirafa o el Maypole; y Charlotte Kielmansegg, la gorda, era conocida como el Elefante aunque como era en realidad la media hermana de Jorge parece poco probable que su relación con ella fuera sexual.

Tanto Charlotte como Melusine recibieron habitaciones suntuosas dentro del palacio de Kensington cerca de las alcobas del rey y fueron tratadas como reinas. Además de cazar y atender a sus amantes, el otro interés permanente de Jorge I radicaba en escupir a su hijo, también llamado Jorge. Lo odiaba y el sentimiento era mutuo, aunque nadie sabe exactamente por qué. Sin embargo, parece una suposición razonable que el Príncipe de Gales nunca perdonó a su padre por desterrar a su madre a un castillo solitario y prohibirle reencontrarse con sus hijos. Con sensatez, el joven príncipe estableció una corte alternativa en Leicester Square, que pronto atrajo a cortesanos nobles y decentes. A veces, sin embargo, padre e hijo se vieron obligados a encontrarse, como cuando el joven príncipe se decidió por una novia. Cuando la princesa Carolina de Ansbach le fue presentada al rey, el monarca asintió con la cabeza, se inclinó y luego le levantó las faldas.

Como parte de la feroz guerra mantenida entre padre e hijo, Jorge I hizo que sus nietos viviera con él en Kensington y, durante toda su infancia, solo se les permitía ver ocasionalmente a sus padres. Fuera de ello, los nietos de Jorge I tuvieron una educación agradable, tuvieron sus propios cortesanos e incluso Haendel, un visitante frecuente del Palacio de Kensington, les enseñó a tocar el clavecín. El palacio ya era el centro del poder, albergaba a más de 1.000 personas y tuvo que comenzar a usar las escaleras y los pasillos de los sirvientes para evitar a sus cortesanos. El rey murió, probablemente de un derrame cerebral, en 1727 en su amada Alemania y pocas personas de la corte en Kensington tuvieron buenos recuerdos de él: acostumbrado a salirse con la suya con todos, era propenso a los berrinches explosivos, con frecuencia se arrancaba la peluca y la pateaba por la habitación.

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Una monarquía vía Zoom: la pandemia podría mantener a Isabel II recluida “indefinidamente”

Los expertos están seguros de que la reina británica no será vista en público durante un largo tiempo, lo que podría ser un paso más hacia el retiro definitivo.

A medida que la pandemia de COVID-19 continúa extendiéndose por el mundo y la búsqueda de una vacuna continúa cada vez más intensamente, diversos informes que citan a funcionarios de la casa real británica sugieren que la reina Isabel II podría permanecer en el Castillo de Windsor indefinidamente, con una ausencia de sus deberes habituales que podría durar muchos meses. Una situación inédita en sus 68 años de su reinado.

A pesar de los planes anunciados por el gobierno del Reino Unido para comenzar a aliviar gradualmente las restricciones de bloqueo y distanciamiento social para mitigar los efectos del nuevo coronavirus, la monarca británica permanecerá en autoaislamiento “durante meses” junto a su esposo el príncipe Felipe (de 98 años) en el castillo ubicado a unos 40 kms de Londres y rodeada de un reducido grupo de asistentes y empleados, publicó el diario The Sun.

El regreso a los compromisos públicos podría considerarse inseguro para Isabel II, que cumplió de 94 años y suspendió todos los compromisos públicos -incluidos los más importantes de la agenda real- en medio de la pandemia, residiendo ininterrumpidamente en Windsor desde el pasado 19 de marzo, una semana después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara que el coronavirus se había convertido en una pandemia sin control.

Andrew Morton, autor de varias biografías sobre la familia real británica, mencionó el temor imperante en palacio por lo poco probable que parece que a la reina se le permita regresar a sus actividades públicos normales en el futuro inmediato. En su lugar, habrá comunicados, llamadas telefónicas con el primer ministro, videollamadas con miembros de su familia y transmisiones de TV que ofrecerán a la población del Reino Unido la oportunidad de ver la reina. Este retiro sería comparable con el que realizó la reina Victoria tras la muerte de su marido en 1840.

“Es terriblemente triste, pero no puedo ver cómo la reina podría reanudar su trabajo habitual. Covid-19 no desaparecerá pronto y estará con nosotros durante meses, si no años. Sería demasiado arriesgado para la reina comenzar a reunirse con gente de manera regular. ¿Cómo puede llevar a cabo interversiones, reunirse con embajadores, hacer caminatas y visitar lugares sin conocer gente a corta distancia?” dijo Morton.

Según los informes, los cortesanos se están preparando para mantener a la reina aislada del mundo exterior hasta al menos después del verano boreal, aunque se cita a fuentes que dicen que Isabel II es reacia a reducir el ritmo o dejar de trabajar. No obstante, la monarca se inclina por aceptar el consejo del gobierno que se extiende a las personas en su categoría de edad en medio de una pandemia que afectó y mató especialmente a los mayores de 60 años en Europa.

“Si se comete un error, podría ser fatal y pondría en peligro al príncipe Felipe”, dijo Morton. “El príncipe Carlos, por supuesto, tiene más de 70 años, pero ha tenido el coronavirus y probablemente tiene inmunidad ahora. El discurso de la reina el mes pasado fue brillante y unió al país. Para citar a Churchill, era su mejor momento, pero a partir de ahora tal vez solo la veremos en enlaces de video”, opina el biógrafo real.

Según los informes, se tomaron precauciones de seguridad extraordinarias para evitar cualquier contacto con personas fuera del círculo íntimo de la monarca cuando grabó su mensaje por la pandemia de COVID-19 y el discurso que pronunció el Día de la Victoria en Europa. A partir de ahora, dice Morton, “tendremos una monarquía vía Zoom, ella será Su Majestad la pantalla… La manera delicada de hacer las cosas creadas por la Princesa Diana se ha detenido en seco. Volveremos a los días de guantes blancos y distanciamiento, lo que hace que la realeza sea más remota”.

La reina ha estado recibiendo actualizaciones sobre el curso parlamentario y ministerial a través de sus cajas rojas y realiza en una llamada semanal al primer ministro Boris Johnson, informa The Sun. Otros miembros de la familia real, como el príncipe Carlos y su esposa Camilla, los duques de Cambridge, el príncipe Andrés y la princesa Ana han estado desempeñando sus funciones por teléfono y por videollamadas. “La reina continúa ocupada y seguirá los consejos apropiados sobre compromisos”, dijo un portavoz.

El Palacio de Buckingham estará cerrado a los turistas durante el verano en lo que se cree que es la primera vez en 27 años, desde 1993, a causa de la pandemia, que también afectó la celebración de todos los eventos sociales tradicionales que involucran a la reina, como el Trooping the Color, las fiestas de verano en el jardín del palacio, el Chelsea Flower Show, las carreras de Epson Derby y Royal Ascot. Otros eventos cancelados o pospuestos incluyen una visita de estado de Sudáfrica, la boda de la princesa Beatriz y Edoardo Mapelli Mozzi, y ceremonias de condecoraciones.

Obituario: Badiya bint Alí, la última princesa de Irak que sobrevivió al sangriento golpe de 1958

Descendiente del Profeta del Islam, Mahoma, la princesa era miembro de la monarquía hachemita establecida en Irak por el rey Faisal I en 1921. Su sobrino fue el último rey iraquí.

Badiya Bint Ali, una princesa iraquí que sobrevivió al sangriento golpe de Estado de 1958 que terminó con el gobierno de su familia, murió a los 100 años en el exilio en Londres este 9 de mayo. Nacida en Damasco en 1920, la princesa era la tía del rey Faisal II de Iraq, el último rey de Iraq, que fue asesinado junto a su familia, incluido el hermano de la princesa Badiya, el príncipe heredero Abd al-Ilah, en la revolución que derrocó a la monarquía y estableció a Irak como una república. El presidente de Irak, Barham Salih, envió sus condolencias al hijo de la princesa Badiya, el príncipe Ali Bin Al-Hussein, quien se considera el heredero legítimo del trono de Irak y aboga por reinstalar la monarquía del linaje hachemita (descendiente del profeta Mahoma) en el país.

La dinastía fue fundada por el príncipe Hussein bn Ali, quien se proclamó a sí mismo Rey del Hejaz -en Arabia occidental- después de que lanzó la revuelta árabe respaldada por los británicos contra el Imperio Otomano en 1916 durante la Primera Guerra Mundial. Hussein no logró su ambición de ser rey de un estado árabe más grande y fue expulsado del Hejaz por el rey Abdulaziz Bin Saud, el fundador de Arabia Saudita, en 1924, después de unir a sus partidarios y de ser ampliamente acusado de administrar mal la peregrinación a las ciudades santas del Islam. Sin embargo, sus hijos Abdullah y Faisal asumieron los tronos de los estados recién creados de Jordania e Irak, respectivamente.

La coronación de Faisal I como rey de Irak en 1921 estableció la monarquía hachemita iraquí. Ese monarca fue una figura clave en la revuelta árabe y había sido proclamado previamente como rey de la monarquía de corta duración en Siria, antes de ser derrocado por los franceses. Gobernó Irak durante 12 años antes de su repentina muerte en 1933, a los 48 años. La causa oficial de la muerte fue un ataque al corazón, pero algunos especularon que había sido envenenado. Fue sucedido por su único hijo, Ghazi I bin Faisal, que tuvo un hijo con su prima y esposa, la reina Aliya Bin Ali, hermana de la princesa Badiya.

Ghazi I gobernó durante solo seis años hasta que murió en un sospechoso accidente automovilístico, supuestamente orquestado por el primer ministro pro británico Nuri Said, quien entró en conflicto con Ghazi por sus políticas anti británicas. El único hijo del rey Ghazi y la reina Aliya, Faisal II, tenía solo tres años cuando su padre murió, por lo que el tío Abd al-Ilah al Faisal, hermano de Badiya, se desempeñó como regente desde 1939 hasta 1953, cuando llegó a la mayoría de edad.

El joven rey sería derrocado cinco años más tardeen un golpe liderado por el coronel Abd Al-Karim Qasim, conspiró para derrocar a la monarquía pro británica y alinear a Irak con las fuerzas nacionalistas árabes y antioccidentales. El rey, junto con Abd al-Ilah, el primer ministro Said, y varios otros miembros de la familia real iraquí, incluida la hermana de Badiya, la princesa Abadiya y la cuñada, la princesa Hiyam, fueron alineados contra una pared y asesinados a tiros. Posteriormente sus cuerpos fueron mutilados las multitudes alegres desfilaron con esos restos por la ciudad.

La princesa Badiya perdió a gran parte de su familia durante el golpe de estado de 1958, y podría haber sido asesinada, si no fuera por una combinación de suerte y la ayuda de la embajada de Arabia Saudita. Afortunadamente, no estaba en el palacio de Al Rihab cuando los hombres del coronel Qasim perpetraron el golpe. Con tiempo a favor, la princesa, su esposo, Sharif Al-Hussein Bin Ali y sus tres hijos, la princesa Badiya llegaron a la embajada saudita en Bagdad y se refugiaron allí durante un mes después de que el rey Saud de Arabia Saudita insistiera directamente en que la embajada garantiza que la familia saliera del país de manera segura.

La princesa huyó a Egipto, y luego a Suiza, antes de establecerse en el Reino Unido, donde pasó el resto de su vida. Públicamente apoyó a su hijo Ali Bin Al-Hussein, quien se opuso a la dictadura de Saddam Hussein y abogó por el regreso de la monarquía iraquí consigo mismo como rey. Al anunciarse su fallecimiento se rindieron homenajes como el del primer ministro iraquí, Mustafa Al-Kadhimi, quien dijo que “con la muerte de la princesa Badiya, hija del rey Ali, se terminó un capítulo brillante e importante en la historia moderna de Irak”. “La princesa fallecida era parte de una escena cultural y política que representaba bien a Irak. Que su familia obtenga paciencia y soledad por su pérdida y que Dios bendiga y perdone su alma”.

El nacimiento del príncipe de Luxemburgo alegra a la realeza en plena crisis por el coronavirus

El niño, futuro monarca, será bautizado con los nombres de Carlos Juan Felipe José María Guillermo.

Con el trasfondo trágico de la pandemia del coronavirus, que en Luxemburgo mató a más de un centenar de personas, el país recibió este domingo la feliz noticia del nacimiento de un futuro soberano, el príncipe Carlos Juan Felipe José María Guillermo (Charles Jean Philippe Joseph Marie Guillaume). El niño, primer hijo del gran duque hereditario Guillermo y la gran duquesa hereditaria Estefanía, es el quinto nieto de los actuales soberanos de Luxemburgo, Enrique y María Teresa, y nació por cesárea poco después de las 5 de la mañana de este 10 de mayo en la Maternité Grande-Duchesse Charlotte, de la capital del gran ducado.

“El gran duque hereditario y la gran duquesa hereditaria se complacen en anunciar el nacimiento de su hijo. Hoy, domingo 10 de mayo de 2020, nació en la Maternité Grande-Duchesse Charlotte a las 5.13 de la mañana. El niño se llama Charles Jean Philippe Joseph Marie Guillaume y nació con un peso de 3,190 kg y un tamaño ajustable a 50 cm. Tanto la madre como el bebé están bien”, dice el comunicado oficial emitido por la Corte Gran Ducal.

“Es un día maravilloso para mi esposa y para mí”, declaró el príncipe Guillermo pocas horas después de haberse convertido en padre por primera vez. “Estamos felices de compartirlo con nuestros compatriotas (…) que han estado esperando este momento durante mucho tiempo, como nosotros, especialmente en tiempos que quizás sean más difíciles para nuestro país, nuestra población y las familias que no no se han visto en mucho tiempo”. “Tenemos un pensamiento especial para todas estas familias que pronto se reunirán. Les deseo la misma felicidad”.

El príncipe Carlos es el quinto nieto de los grandes duques Enrique y María Teresa.

A las 12 del mediodía del domingo, el ejército disparó 21 tiros de saludo sobre la meseta de Rham.

Los grandes duques Enrique y María Teresa, a quienes no se les permitió visitar el hospital en persona debido a las restricciones vigentes por la pandemia, se comunicaron con su hijo a través de una llamada de Skype para saber sobre el estado de la madre y su hijo. El príncipe Carlos (que en Luxemburgo se pronuncia “Charel”) es desde hoy el segundo en la línea sucesoria al trono luxemburgués. Antes que él habrán reinado Adolfo IV (1890-1906), Guillermo IV (1906-1912), María Adelaida (1912-1919), Carlota (1919-1964), Juan (1964-2000), el actual gran duque Enrique (desde 2000) y el futuro gran duque, Guillermo.

Cuando se anunció que su madre estaba embarazada, no se reveló el género del bebé, pero estaba claro que sería el heredero el trono independientemente de su sexo. Esto ocurre gracias través a la ley que entró en vigor en 2011 que indica que el primogénito del monarca es el primero en la línea de sucesión al trono, independientemente del género. En el pasado, solo las mujeres llegaban a la jefatura del estado del Gran Ducado, en la medida en que ningún sucesor masculino directo podría asumir esta tarea. Sucedió en 1912, al morir el gran duque Guillermo IV, quien fue sucedido por la mayor de sus cinco hijas, María Adelaida.

Los grandes duques hereditarios, Guillermo y Estefanía, se casaron en 2012.

El niño, como su padre y abuelo, vivirá en el Castillo Fischbach, el hogar de Guillermo y Estefanía.