El destino de los asesinos del último zar de Rusia y su familia

Escribe Yan Shenkman / Russia Beyond

En 1918 los bolcheviques fusilaron a los once miembros de la familia Romanov. Los principales implicados en aquel pelotón de ejecución ostentaron una posición respetable dentro de la sociedad soviética.

A día de hoy, 100 años después del asesinato de la familia real rusa, no se sabe a ciencia cierta cuántos asesinos estuvieron involucrados en el regicidio. Según una versión, fueron ocho los implicados en el regicidio. Conforme a otra, el número se eleva a once, tantos como víctimas de la matanza. Los que desempeñaron un papel más relevante en el pelotón de ejecución fueron Yákov Yurovski y Medvédev-Kudrin.

Posteriormente escribieron unas memorias en las que describieron en detalle la noche del asesinato. Ambos se sentían orgullosos de su papel en la historia. Los dos, hasta el final de sus vidas, ostentaron altos cargos de la administración y disfrutaron de una posición respetable en el seno de la sociedad soviética.

En 1918, Yákov Mijáilovich Yurovski (1878-1938) era comandante de la casa Ipátiev, en Ekaterimburgo (Sverdlovsk, en tiempos soviéticos), donde mantenían bajo arresto a la familia real, y presidió el pelotón de fusilamiento que acabó con la vida del último emperador de Rusia, junto con su esposa y sus cinco hijos.

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El sótano de la casa de Ipatiev trás la ejecución de la familia Romanov.

Según Yurovski, él disparó mortalmente contra el zar. La participación de este, que era judío, en el regicidio permitió afirmar después a los nacionalistas que “a nuestro padrecito el zar lo mataron los ‘inorodtsy’ (habitantes no rusos durante el zarismo)”. En realidad, los ‘inorodtsy’ eran sólo dos: él y el fusilero letón Tselms, cuya participación en el asesinato no está definitivamente probada.

Yurovski, de profesión joyero, se propuso encontrar los diamantes de la familia real en la noche de la ejecución. Y, en efecto, los encontró: después de registrar los cadáveres descubrieron que entre la ropa de las hijas del zar habían cosido abundantes joyas (pesaban más de ocho kilos).

Yurovski entregó todos los objetos de valor al comandante del Kremlin de Moscú. Los primeros bolcheviques eran gente bastante desinteresada en el plano material, pero de una crueldad infinita.

En la hoja de servicios de Yurovski, figuran los cargos de presidente de la Cheká provincial de los Urales, Jefe del Tesoro del Estado Soviético (Gosjran) y director del Museo Politécnico de Moscú. Todos ellos eran puestos de muy alto rango y de importancia estratégica en los primeros años del gobierno soviético.

Murió en el hospital del Kremlin cuando ser atendido allí era un privilegio reservado a muy pocos, especialmente destacados funcionarios del Estado. El diagnóstico: una úlcera péptica. Según testigos presenciales, su agonía fue dolorosa.

Una cuestión de orgullo y la redacción de las memorias

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Algunos de los asesinos del zar eran amigos entre sí y se veían a menudo. Yurovski, Goloschekin y Medvédev, todos ellos participantes en la ejecución, a veces rememoraban el crimen mientras tomaban una taza de té.

Les gustaba hablar especialmente de quién había sido el primero en disparar aquella noche. Una vez, Yurovski llegó al encuentro con aire triunfal. Había recibido un libro publicado en Occidente, donde, blanco sobre negro, se leía que él era el asesino de Nicolás II. Estaba pletórico de felicidad.

Mijaíl Aleksándrovich Medvédev-Kudrin (1891-1964) también ocupó cargos de relevancia después de la revolución. Durante un tiempo fue ayudante del jefe de la 1ª Sección Especial del NKVD de la URSS.

En 1930, se dedicó a dar charlas sobre el regicidio en los institutos superiores provinciales. A finales de la década de 1950 se le asignó una pensión personal de 4.500 rublos, una cifra alta para la época.

En un encuentro con estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad Estatal de Moscú (MGU) rememoró con sumo placer cómo, en 1918, él y sus compañeros bolcheviques ahorraron cartuchos y remataron con bayonetas a los enemigos de la clase trabajadora.

Medvédev alcanzó el rango de coronel. Antes de morir dejó escritas unas memorias detalladas sobre el asesinato de la familia real rusa. El manuscrito, titulado “Torbellinos hostiles”, estaba dirigido al entonces dirigente de la URSS, Nikita Jruschov, pero nunca se publicó.

En esas memorias impugna el papel dirigente de Yurovski y se atribuye el mérito principal en la aniquilación de la familia del zar. Medvédev fue enterrado con honores militares en el cementerio de Novodévichi, la necrópolis más prestigiosa de Rusia. En su testamento, Medvédev legó la pistola Browning con que mató a Nicolás II a Nikita Jruschov.

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Después de la muerte de Medvédev, su hijo convenció al de Nikulin para que grabaran sus testimonios sobre los acontecimientos de la noche del regicidio en un estudio de radio. Se cree que Nikulin fue un mero testigo que identificó los cadáveres de los miembros de la familia Romanov.

No obstante, su hijo declaró al respecto: “Me acuerdo de que, en 1936, cuando yo todavía era pequeño, Yákov Mijáilovich Yurovski vino a vernos y escribió algo… Recuerdo que estaba precisando algunos datos con mi padre, a veces, por lo que recuerdo, discutían… Sobre quién fue el primero en disparar contra Nicolás II… Mi padre decía que era él quien había disparado primero, pero Yurovski lo rebatía, afirmaba que había sido él…”.

Otro miembro del pelotón de ejecución, Radzinski, grabó sus recuerdos en un magnetófono: “Un hombre bajó al agua con cuerdas y sacó los cadáveres. El primero que sacaron fue el de Nicolás. El agua estaba tan fría que los rostros de los cadáveres estaban sonrojados, como si estuvieran vivos… El camión se atascó en un lodazal, y a duras penas avanzábamos… Y de pronto tuvimos una idea y actuamos en consecuencia… Decidimos que no encontraríamos un lugar mejor…

“Excavamos en el lodazal… sumergimos los cadáveres en ácido sulfúrico… Los desfiguramos… Cerca había una vía férrea… Llevamos las traviesas podridas para camuflar la tumba. Enterramos en el lodazal sólo a algunos de los ejecutados, a los otros los quemamos… Quemamos el cadáver de Nicolás, me acuerdo… Y el de Botkin también… Y creo que el de Alexis…”.

A principios de la década de 1980, a Yuri Andrópov, entonces jefe del KGB, le gustaba escuchar algunas tardes los testimonios de los regicidas. Según se dice, estas grabaciones se conservan todavía hoy en los archivos del Comité para la Seguridad del Estado.

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¿Fue un ritual el asesinato de los Romanov? Tres enigmas sobre de la muerte de la familia imperial

Escribe Alexéi Timoféichev / Russia Beyond

La Iglesia rusa ha declarado que el último zar ruso y su familia podrían haber sido víctimas de una “muerte ritual”, insistiendo en que se realice una investigación sobre el asunto. Además de la naturaleza del asesinato, hay al menos otros dos enigmas alrededor de la tragedia de Ekaterinburgo, en 1918.

1. “Un mensaje codificado”

Somos muy serios acerca de versión de un asesinato ritualista. Muchos miembros de la comisión de la Iglesia [por la investigación del asesinato de los Romanov] no tienen dudas de que el asesinato tuvo un carácter ritual“, declaró el obispo Tijon, un influyente funcionario de la Iglesia Ortodoxa Rusa, en una conferencia dedicada a la muerte de la familia real.

Esta declaración causó un gran revuelo, ya que algunos la interpretaron como una sugerencia de naturaleza antisemita sobre esos trágicos acontecimientos, por lo que el obispo Tijon ofreció algunas aclaraciones. Como señaló, “incluso después de su abdicación, el emperador siguió siendo una figura simbólica y sagrada“. “Los bolcheviques y sus diferentes partidarios no eran para nada ajenos a tipos de simbolismos completamente inesperados y variados“.

Él negó vehementemente cualquier interpretación antisemita de sus palabras. Pero la frase “asesinato ritual” estaba destinada a avivar estos comentarios a pesar de las objeciones del obispo. Se debe al hecho de que la versión del asesinato ritual se propuso poco después del asesinato y en aquel momento tuvo un claro sentido antisemita.

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El sótano de la casa de Ipatiev, donde la familia Romanov fue asesinada. La pared ha sido prácticamente desmontada por los investigadores del suceso, en busca de balas y otras pruebas. | Global Look Press

Se originó, de hecho, entre aquellos que en 1919 recibieron la tarea de investigar el magnicidio. Los investigadores procedían de las filas de los opositores políticos a los bolcheviques, los blancos. El periodista británico Robert Wilton, que estuvo cercano a la investigación, escribió en su libro, publicado años más tarde del luctuoso hecho, sobre “inscripciones cabalísticas” [es decir, las pertenecientes a los rituales esotéricos ocultistas originados en el judaísmo] que se encontraron en el sótano de la casa de Ekaterimburgo donde los Romanov fueron asesinados. Esas inscripciones eran: “1918 года” [año 1918], “148467878 р” y “87888”. Fueron documentadas en el curso de la investigación.

Los investigadores, sin embargo, no les prestaron mucha atención. No fue el caso del emigrado ruso Mijaíi Skariatin. A mediados de la década de 1920, declaró que había logrado descifrar estos símbolos. Afirmó que contenían un mensaje oculto: “Aquí, por orden de las fuerzas secretas, el zar fue sacrificado por la destrucción de Rusia. Todas las naciones están informadas sobre esto”. Las “fuerzas secretas” en este caso representaban a los judíos que supuestamente aspiraban a generar el caos para lograr la dominación mundial. Este “descubrimiento” fue luego popularizado por aquellos círculos en la emigración rusa que simpatizaban con los nazis.

2. Especulación sobre decapitaciones

 

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Los supuestos cráneos de los miembros de la familia de Niсolás II. | Anatoli Semiojin/TASS

Estrechamente relacionada con la historia de la “muerte ritual” es otra que aún se discute hasta el día de hoy, y es aún más horrible. Se refiere a lo que sucedió con los cadáveres de la realeza. Durante décadas no fueron encontrados. Este hecho se convirtió en un terreno fértil para la propagación de diferentes rumores y aterradoras leyendas.

El jefe de la comisión de investigación organizada por los blancos, Mijail Ditrij, escribió en 1922 que se especulaba que los miembros de la familia real habrían sido decapitados después de ser fusilados. Sus cabezas habrían sido sumergidas en grandes jarras y transportadas a Moscú, para ser entregadas a la cúpula soviética. Las investigaciones posteriores y la experiencia forense probaron que esta teoría era errónea.

Al mismo tiempo, la Iglesia aún no ha reconocido los restos encontrados en 1991 como los pertenecientes a los Romanov. Además, el Comité de Investigación de Rusia se ha comprometido a estudiar la versión del asesinato ritual. Por lo tanto, es demasiado pronto para esbozar todo lo que respecta a los asesinatos y las circunstancias que los acompañaron.

3. ¿Quién dio la orden?

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Casi cien años después de los crímenes, aún no se sabe quién dio realmente la orden de ejecutar a la familia real. ¿Fue decisión de Lenin o una iniciativa local de los bolcheviques radicales de Ekaterimburgo?

Los investigadores que creen en la primera teoría suelen referirse a los diarios de Lev Trotski de mediados de la década de 1930. Era la segunda persona en importancia por detrás de Lenin de la joven República Soviética y dejó escrito que le preguntó al socio de Lenin, Yákov Sverdlov, por lo que le había sucedió al zar. Según el fundador del Ejército Rojo, le informaron que el emperador había sido asesinado a tiros junto con su familia, ya que esa fue la decisión tomada en el Kremlin.

Trotski, famoso por haber recurrido a medidas extremadamente duras durante la guerra civil, insinuó en sus escritos que quedó sorprendido por la gravedad de esta acción. Sin embargo, de acuerdo con los protocolos existentes de la sesión del Gobierno, estaba presente en la reunión del 18 de julio [al día siguiente del asesinato], cuando los comunistas de alto rango fueron informados la ejecución del zar. Por lo tanto, tenía que saber qué le sucedió al monarca ruso y, por lo tanto, se pone en duda su testimonio.

Existen asimismo evidencias de que los bolcheviques inicialmente planearon llevar a juicio Nicolás II, por lo que no estaban interesados en su homicidio ilegal. Sin embargo, se argumenta que a mediados de julio de 1918 la situación cambió, Ekaterimburgo parecía estar a punto de ser tomada por los opositores bolcheviques, por lo que Lenin podría haber temido que el zar depuesto se convirtiera en elemento de unidad antibolchevique.

Sin embargo, como afirma el historiador Gгenrij Ioffe, esas fuerzas antibolcheviques no eran necesariamente monárquicas. “[Luchaban bajo] la bandera de la democracia, no por la restauración de la monarquía”. En este contexto, el zar no era útil en absoluto, y tampoco era una “figura sagrada y simbólica”, como argumentó el obispo Tijon. “El mismo Nicolás y toda la dinastía estaban muy comprometidos antes de la revolución… nadie pensaba seriamente en su regreso“, sostiene Ioffe. Esto hace que sea más probable que la orden que autorizó el asesinato de Nicolás y su familia fuese dada por los comunistas locales.

Resurgen las esperanzas de hallar la tumba de Miguel de Rusia a 100 años de su ejecución

Un siglo después de su muerte, surgieron nuevas esperanzas de encontrar los restos del gran duque Miguel Alejandrovich de Rusia, el hermano del último zar Nicolás II. Un equipo estadounidense-ruso está cavando en sitios en la región de Perm (Siberia) con la esperanza de encontrar los restos del gran duque y su secretario Nicholas Johnson, asesinados por los bolcheviques en la noche del 12 al 13 de junio de 1918. Se cree que mientras Johnson agonizaba, Mikhail dijo a los asesinos: “Déjenme decir adiós a mi amigo”. Momentos después, él también estaba muerto.

Miguel era el hermano menor de Nicolás II, quien abdicó el trono absoluto de Rusia en medio de la agitación revolucionaria del año anterior en una proclama del 15 de marzo de 1917. No lo hizo a favor de su joven y enfermizo hijo, el hemofílico zarevich Alexei, que entonces tenía 12 años, sino que se lo ofreció a Miguel. Un día después, el zar interino no rechazó -como a menudo se cree- totalmente la corona.

En cambio, consciente de la “pesada tarea” que Nicolás II le había encomendado, emitió una declaración escrita por Johnson en la que afirmaba que la aceptaría solo si era “el deseo de nuestro gran pueblo” demostrado “por medio de un plebiscito, a través de sus representantes en la Asamblea Constituyente”. Mientras tanto, dijo, los rusos deberían “obedecer” al gobierno provisional.

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Con la Primera Guerra Mundial agotando los recursos de Rusia, y los bolcheviques rugiendo por el poder, la Asamblea Constituyente que él concibió nunca se celebró, así que en realidad fue zar por solo un día o incluso unas pocas horas antes de que el país se convirtiera en una república. Pero la venganza rusa contra los Romanov avanzaba a paso firme.

Inicialmente, el gran duque Miguel fue exiliado al palacio de Gatchina, donde había pasado su infancia, y desde agosto de 1917, fue puesto bajo arresto domiciliario. Su fiel secretario Johnson estuvo con él todo el tiempo y lo acompañó hasta la región de Perm, en marzo de 1918, cuando los bolcheviques decidieron su exilio.

Los buscadores creen “con un alto grado de probabilidad” que encontraron el punto exacto donde se ejecutó a los dos hombres, y la siguiente tarea es localizar el sitio del entierro. Un oficial de Perm dijo: “Se establecerá una zanja de prueba para determinar el nivel de la tierra en 1918. Durante las excavaciones, se usarán diversos métodos científicos para identificar anomalías que pueden indicar la ubicación de los restos humanos“.

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En 2009, el gran duque Miguel y su sirviente fueron rehabilitados oficialmente, ya que anteriormente se los había calificado de “Enemigos del Pueblo Ruso”.El análisis de los viejos materiales de archivo lleva a la conclusión de que estas personas fueron objeto de persecución en forma de arresto, exilio y vigilancia por parte de la Cheka sin ser acusados ​​de ningún delito específico, por su clase y condición social“, dijo el gobierno ruso en aquel momento.

El último emperador sería el primer Romanov en morir. A la medianoche del 12 de junio de 1918, Miguel Romanov fue golpeado por la primera bala, luego Johnson recibió un disparo y resultó mortalmente herido, de acuerdo con las versiones de los revolucionarios. Después de ir en ayuda de Johnson, el herido gran duque recibió un disparo a quemarropa en la cabeza.

Antes de enterrar a Miguel y a Johnson, los verdugos despojaron sus cuerpos de sus ropas y pertenencias, las guardaron y las llevaron a la ciudad de Motovilija, al parecer como prueba de que habían cumplido con la “honrosa” misión que les habían encomendado. Lenin aprobó la acción al enterarse de lo sucedido.

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Les habían dicho que no tocaran los efectos personales, pero resultaron muy tentadores. El reloj antiguo del secretario fue robado por su asesino, Andrei Markov. Años más tarde, dijo: “Lo tomé como un recuerdo de él después de que lo mataron a tiros. Desde ese momento, no me lo quité. No ha requerido ningún trabajo de reparación“.

Lo peor sucedió después. El régimen informó que el gran duque Miguel había desaparecido, que quizás se había fugado o había sido “secuestrado por personas desconodidas con uniforme militar” para evitar reconocer la barbarie. Se montó, incluso, una búsqueda simbólica por la región y se arrestó a personas relacionadas con Miguel, acusadas falsamente de matarlo.

Cinco semanas después matarían al zar Nicolás II, a la zarina Alejandra, a sus cinco hijos y a todos los Romanov que estuvieran al alcance del Soviet de los Urales. En total, 18 miembros de la Familia Imperial fueron ejecutados.

La tragedia de Ella de Rusia: la princesa más bella de Europa, santa y mártir

Isabel de Hesse-Darmstadt, apodada “Ella” por su familia y rebautizada Elizaveta en Rusia, nació siendo una princesa alemana; fue la segunda hija del gran duque Luis IV de Hesse-Darmstadt y de la princesa Alicia de Inglaterra.

Cuando llegó a Rusia para contraer matrimonio fue conocida como la princesa más hermosa de Europa y durante el resto de su vida ayudó a los pobres. Por su labor, fue canonizada como santa de la Iglesia ortodoxa tras su muerte durante la Revolución rusa. Este año se cumple un siglo de su ejecución.

La vida de Isabel (1864-1918) estuvo marcada por la tragedia de principio a fin. En 1873 su hermanito menor, Federico, enfermo de hemofilia, falleció al caer desde una ventana a la edad de tres años. Cinco años más tarde, en noviembre de 1878 una terrible epidemia de difteria asoló el ducado de Hesse y no pasó por alto a la familia ducal.

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La princesa María, la hija pequeña de la familia, falleció pocos días después de serle diagnosticada la enfermedad. La princesa Alicia, en su papel de madre abnegada, se encontraba consolando a su hijo Ernesto, contagiado también, y le dio un beso en la mejilla. Aquel gesto condenó a Alicia, quien falleció de difteria pocos días después, el 14 de diciembre de 1878. Su hija Ella tenía 14 años.

Isabel fue muy religiosa desde su infancia y participaba junto a su madre en acciones de carácter caritativo. Aunque al superar la adolescencia la princesa alemana llevaba una vida solitaria y no parecía estar interesada en el matrimonio, era necesario para la corte ducal de Hesse que se casara con un importante príncipe europeo y el elegido fue Sergei Alexandrovich, el quinto hijo del zar Alejandro II de Rusia.

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Uno de los muchos pretendientes que tuvo fue el káiser Guillermo II de Alemania, quien nunca olvidó su belleza hasta el punto de haber intentado rescatarla de Rusia cuando estalló la revolución. Obediente al destino que todo el mundo había planificado para ella, Isabel viajó a Rusia y, a la edad de veinte años, se comprometió con Sergei y se convirtió a la fe ortodoxa, contra las objeciones de su padre, adoptando un nuevo nombre, el de Elizaveta Fiodorovna Romanova.

Desde el primer día de su nueva vida en Rusia, Elizaveta hizo todo lo que pudo para conocer el idioma y las tradiciones de Rusia, y muy pronto llegó a conocer ambas cosas a la perfección, lo que le granjeó popularidad tanto en la corte como entre los súbditos del emperador. Su hermana menor, Alix de Hesse, se casó en 1894 con el zar Nicolás II pero por su carácter, melancolía y fanatismo religioso, nunca llegó a ser querida por los rusos.

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Como esposa del gobernador general de Moscú (cargo que Sergei ocupó desde 1891), Elizaveta organizó la Sociedad Caritativa Elizaveta en 1892. Las actividades de la sociedad pronto se extendieron a lo largo de toda la provincia de Moscú. En todas las parroquias de la capital se crearon Comités Isabelinos. Además de eso, Elizaveta dirigía el Comité de Mujeres de la Cruz Roja.

Tras el comienzo de la guerra ruso-japonesa, Elizaveta organizó el Comité Especial de Ayuda a los Soldados, bajo cuyos auspicios fue creado un centro de donación en el Gran Palacio del Kremlin: en el mismo se almacenaba vendajes, se cosía ropa, se reunían paquetes postales, y fueron creadas iglesias ambulantes. Pero la crisis política, militar, social y económica del imperio era insostenible.

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Caos, huelgas, protestas y ataques terroristas hicieron estallar la Revolución. El gran duque Sergei consideraba que se debían tomar medidas más severas contra los revolucionarios, sin embargo presentó su renuncia. A pesar de ello, el Comité de Combate Revolucionario-Socialista lo sentenció a muerte y el 18 de febrero de 1905 fue asesinado por la explosión de una bomba lanzada por Iván Kaliáiev.

Poco tiempo después de la muerte de su esposo, Elizaveta vendió sus objetos de valor, habiendo antes devuelto al tesoro público la parte de estos pertenecientes a la dinastía Romanov, y destinó el dinero a compra de una propiedad en la calle Bolshaya Ordinka, con cuatro casas y un espacioso jardín en donde estableció el Convento de Santa Marta y Santa María (Marfo-Mariinski) en el año 1909.

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Una vez establecida en el convento, la gran duquesa comenzó a llevar una vida de asceta: por las noches cuidaba de los heridos graves y durante el día leía del Libro de los Salmos; día tras día trabajaba junto a las hermanas caminando por distritos más pobres de Moscú. Además, visitaba el Mercado de Jitrov, el lugar más peligroso de Moscú en aquellos tiempos, para rescatar de allí a los niños desprotegidos.

Cuando los bocheviques llegaron al poder en 1917 y derrocaron al zar Nicolás II, Elizaveta se negó a abandonar Rusia. En la primavera de 1918 la gran duquesa fue arrestada y trasladada desde Moscú al exilio en la ciudad de Perm y luego, en mayo del año 1918, llevada a Ekaterimburgo donde se reunió con otros miembros de la familia imperial.

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Dos meses después, Elizaveta y el grupo de miembros de la familia imperial que la acompañaba en el cautiverio fueron enviados a Alapáyevsk, en compañía de los grandes duques Ivan, Constantino e Igor Constantinovich, el gran duque Sergei Mihailovich y el príncipe Vladimir Paley. La noche del 18 de julio de 1918, todos fueron arrojados a una mina abandonada, tiroteados y abandonados. Algunos testigos dicen que durante varios días se oyeron los cantos religiosos de la gran duquesa herida de muerte.

En 1992 la Iglesia ortodoxa rusa canonizó a la Elizaveta como Santa y mártir. Los restos de la gran duquesa salieron de Rusia en 1917 y se conservaron durante décadas en la Iglesia de Santa María Magdalena de Jerusalén. Desde allí, en 2009, una parte de su cuerpo, los dos húmeros depositados en una caja de cristal, fueron llevados al Convento de Marta y María al cumplirse un siglo de su fundación.

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Las joyas de la corona rusa: historias de poder, amor y sangre

La corte imperial rusa fue una de las más ricas de Europa. Diamantes, rubíes y zafiros brillaban esplendorosamente y creaban un aura de superioridad, algo sobre lo que los embajadores y monarcas europeos escribieron en sus memorias después de ser recibidos por los zares rusos. El portal Russia Beyond recuerda cinco de las historias más misteriosas relacionadas con los tesoros de la Corona Rusa.

El Gorro de Monomakho

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Este es el objeto más antiguo de todas las insignias zaristas conservadas. Las planchas de oro de la corona están decoradas con más de 40 piedras: esmeraldas, zafiros, rubíes y perlas, y el borde está hecho de piel de marta. Los zares apoyaron la leyenda de que el gorro había sido un regalo del emperador bizantino Constantino a su nieto, el príncipe de Kiev, Vladimir Monomakh, que gobernó durante el siglo XII.

Originalmente había venido de Babilonia, donde se encontró entre los tesoros de Nabucodonosor. Los príncipes kiev lo transmitieron a los príncipes de Vladimir, quienes a su vez lo entregaron a los príncipes de Moscú, quienes unieron los principados en una sola nación. El concepto de que Moscú era la Tercera Roma estaba así justificado y se hizo hincapié en el poder de los príncipes de Moscú.

Una teoría más realista dice que el gorro, que tiene la forma del tocado asiático tradicional, fue hecho a finales del siglo XIV por maestros asiáticos y regalado al príncipe moscovita Iván Kalita por su lealtad. A partir de entonces, la “gorra de oro” siempre fue legada del padre a hijo mayor. Los zares rusos lo usaban solo una vez durante sus vidas: cuando eran coronados. Se utilizó por última vez en 1682, en la coronación de Ivan V.

El Diamante Orlov

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Durante la mayor parte del siglo XVIII, Rusia fue gobernada por mujeres, y durante este tiempo la corte del imperio realmente brillaba, literalmente. Catalina “La Grande” era conocida por su amor por las joyas. No es de extrañar que durante su reinado la corte rusa llegó a poseer una de las piedras más famosas del mundo, el Diamante Orlov, que en 1774 se convirtió en parte del cetro real.

Según la leyenda, su amante, Grigory Orlov, le entregó la piedra de 189,62 quilates a Catalina. Otra teoría dice que la emperatriz secretamente compró la piedra con dinero de las arcas reales. El diamante fue encontrado en las minas de Golkonda, India en el siglo XVII y fue propiedad de los Grandes Mughals. A mediados del siglo XVIII, el gobernante persa Nader Shah capturó Delhi y se llevó la piedra junto con otros tesoros.

El diamante se incrustó en el ojo de la estatua de la deidad Ranganatha en un santuario hindú, pero fue robado por un soldado francés. Se había convertido al hinduismo para llevar a cabo el atraco y sirvió en el santuario hasta ganarse la confianza de los brahmanes. Gracias al francés, el diamante apareció en Londres, donde cambió de manos varias veces antes de terminar en la colección del joyero de Catalina la Grande, Ivan Lazarev, quien se lo vendió a la emperatriz.

El Diamante del Shah

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Otro diamante único apareció en Rusia debido a circunstancias más trágicas y sangrientas. En 1829, un príncipe persa se lo llevó al zar Nicolás I como compensación por la destrucción de la embajada rusa en Teherán y por el asesinato de Alexander Griboyedov, diplomático y autor de “Woe from Wit”. El gran diamante de 88.7 quilates no tiene facetas, solo está pulido, y la ranura en la parte estrecha demuestra que fue trabajado por un maestro.

La historia comenzó en una mina india a mediados del siglo XV. Los nombres de los gobernantes que lo poseyeron en varios períodos están tallados en sus tres facetas: Nizam Shah (quien lo llamó “El dedo de Alá”), el gobernante Jahan Shah, y el persa Fath Ali Shah). Curiosamente, cada vez que se tallaba un nombre, las guerras y la agitación aparecían y el diamante intercambiaba las manos.

El último apellido fue grabado en ella en 1824, después de lo cual el ejército del sha fue destruido en la guerra ruso-persa. De conformidad con el tratado de paz, el territorio de Armenia oriental se le dio a Rusia y el sha tuvo que pagarle al emperador ruso 20 millones de rublos en plata. Y aunque el diamante es famoso por ser una compensación por la sangre de un emisario ruso en Teherán, los historiadores creen que el emperador lo recibió como un pago de indemnización.

La Tiara Vladimir

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La historia de la diadema de diamantes con las perlas en forma de gota, que a menudo utiliza la reina británica Isabel II, comenzó en el Imperio ruso en el siglo XIX. En 1874, el gran duque Vladimir Alejandrovich, hermano menor del emperador Alejandro III, se lo regaló a su novia, la duquesa María de Mecklenburg-Schwerin, para su boda. Fue hecho por el joyero de la corte Carl Edvard Bolin y se hizo conocido como “Tiara Vladimir”.

Después de la Revolución, la gran duquesa se escondió en Kislovodsk y, de milagro, gracias a la ayuda del diplomático y anticuario inglés Albert Stopford, pudo llevarse su dinero y joyas del depósito de San Petersburgo antes de sacarlos a escondidas de Rusia en 1920. Después de la muerte de la duquesa, su hija vendió las joyas a la reina inglesa María de Teck, consorte del rey Jorge V. Más tarde, Isabel II heredó la tiara de su abuela.

Las joyas de la última emperatriz

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La esposa del emperador Nicolás II, Alejandra Feodorovna, poseía una magnífica colección de joyas. Tenía objetos únicos como un broche de Faberge en forma de una rosa de té con diamantes de colores y una lanza de dos metros hecha de perlas perfectas del tamaño de una uva. Cuando en 1917 los bolcheviques trasladaron a la familia real a Siberia, la emperatriz y sus hijas se llevaron algunas de las joyas, escondieron los collares bajo sus ropas, reemplazaron los botones con diamantes y cosieron todo lo demás en el forro de sombreros, cinturones de terciopelo, y ropa interior. Después de que la familia fue ejecutada, todas las joyas fueron tomadas por los bolcheviques.

Entre 1925 y 1926 se publicó un catálogo ilustrado del tesoro de diamantes. Incluía las joyas y regalias reales. La publicación de cuatro partes se tradujo a los principales idiomas europeos y se distribuyó entre los posibles compradores. En octubre de 1926, un representante de un sindicato angloamericano – Norman Weis – compró casi 10 kg de las joyas reales, pagando solo £ 50,000 libras. Vendió algunos de ellos a “Christie’s”, pero subastó las principales obras maestras en la subasta de joyas estatales rusas en Londres en marzo de 1927. Entre los 124 lotes había una corona imperial de bodas, una diadema con orejas y el ramo de rubíes del joyero de Catalina la Grande.

El día que Pedro el Grande le regaló a su esposa la cabeza de su amante

Harto de su santurrona y aburrida esposa, el zar Pedro I de Rusia la repudió y la encerró en un convento para casarse con Martha Skavronskaya (1684-1727), una joven livonia que ejercía como prostituta del ejército ruso. En los tiempos en que ejerció esta profesión, fue apodada “la cantimplora sexual”, porque se acostó con medio ejército, incluido el príncipe Menshikov, el mejor amigo de Pedro. Fue Menshikov, sorprendido ante las mágicas artes corporales de Martha, quien se la presentó al emperador.

El monarca quedó encandilado ante aquella mujer, fornida, sin dientes y con aspecto de cantinera, que tuvo desde entonces el poder de calmarlo con sus caricias en sus frecuentes arrebatos de cólera. Según se decía entonces en la corte rusa, “al Zar le gustan las mujeres de muchas carnes y pocas luces”. “No quiero que mueras sin haber sido amada”, le dijo Pedro. La boda se celebró en 1707 y Martha, bautizada en la fe ortodoxa, recibió el nombre de Catalina.

Lo que Pedro no pudo imaginar es que el matrimonio no calmaría la fogosidad de la antigua prostituta, que siguió coleccionando amantes, esta vez de mayor alcurnia. En 1724 llegaron a Pedro los rumores de que Catalina mantenía una relación con el atractivo Willem Mons, de treinta años de edad y hermano de la encantadora Anna Mons, a quien Pedro I había amado apasionadamente en su juventud.

En la espléndida nueva corte de Catalina, Mons destacaba entre todos los demás hombres porque le encantaba ponerse sombreros de plumas, trajes de terciopelo y fajas plateadas, y era objeto de burlas por ennoblecer su apellido y transformarlo en “Moens de la Croix”. El joven seductor era hermoso, alegre, cortés, un poeta, que usaba anillos, pelucas relucientes y ricos perfumes.

Mons pagaba su altísimo estilo de vida con los sobornos que recibía por permitir el acceso al entorno de la emperatriz consorte. Según el embajador francés Jean-Jacques Campredon, Mons era “uno de los hombres más atractivos que he visto” y “sus relaciones… eran públicas y notorias”. Todo el mundo opinaba que “Katherinushka”, la “amiguita del corazón” del zar estaba perdida.

Soy el esclavo de vuestra gracia

“En la corte todos lo saben desde hace tiempo”, escribe Henry Troyat. Los diplomáticos mencionan la cosa incidentalmente en sus despachos. Sólo el zar, cagado por la confianza que le inspira su esposa, ignora la intriga que ella ha iniciado (…) Las cartas de amor que Mons escribe a la emperatriz están firmadas con un nombre de mujer y dirigidas a una dama Soltikov”. “Soy el esclavo de Vuestra Gracia”, decía una carta de Mons encontrada entre sus papeles, “y fiel solo a vos, soberana de mi corazón”.

Atento a los rumores cortesanos, Pedro ordenó a la policía detener a un subalterno de Mons, quien fue torturado hasta confesar toda la verdad del romance ilegal de la consorte. La confirmación del romance adúltero de su esposa enfureció a Pedro. Como represalia, el zar ordenó encarcelarlo, torturarlo y ejecutarlo sin comprobar siquiera la veracidad de aquellos rumores para luego colocar la cabeza decapitada del finado en el dormitorio de Catalina. De esta forma, la mirada sin vida de su amante le recordaría constantemente lo mucho que le convenía no volver a engañar al emperador de Rusia.

“Pedro la lleva, en trineo, al lugar del suplicio, donde todavía están expuestos la cabeza y el cuerpo de Mons”, escribe Troyat. “Al pasar, el vestido de la emperatriz roza el cadáver de piernas colgantes, atado a la rueda. Catalina mira este maniquí decapitado y no se inmuta. Algunos testigos pretenden incluso que sonríe, con mucha gracia. Tanta sangre fría exaspera al zar (…) Por la noche, al entrar a su habitación, Catalina descubre, sobre una mesa, en un balde lleno de alcohol, la cabeza de su amante, con los ojos desencajados, la boca torcida. Sin mostrar la menor sorpresa realiza sus ocupaciones, bajo la mirada vidriosa. Pedro reconoce que nada puede sacudir los nervios de acero de su esposa”.

Pablo I, el emperador loco de Rusia que tenía miedo hasta de su sombra

Pablo I, zar de Rusia entre 1796 y 1801, fue uno de los personajes más detestados de la dinastía Romanov. Joven prometedor, al principio, se ganó el odio de la nobleza y se gobernó de forma paranoica. Fue criado por una docena de viejas nodrizas y su tía, la emperatriz Isabel, prohibió que sus padres se acercaran a él. Esto nos lo relata el historiador Henry Troyat:

“Ante el menor ruido sospechoso, se sobresaltaba y corría a refugiarse tras un mueble, una cortina o en su cama. Para distraerlo, las sirvientas que lo cuidaban le contaban cuentos de hadas llenos de aventuras sobrenaturales. Gracias al contacto con ellas, Pablo se familiarizó con todas las supersticiones populares. Muy pronto supo todo acerca de diablos, gnomos, brujas y duendes. En todas partes veía presagios y amenazas”.

El zar Pablo veía a Isabel como una amenaza y creía que su corte ocultaba intenciones maléficas. Para añadir más dramatismo, odiaba a su madre. En 1762, Pedro III murió y Catalina II ascendió al poder. Para entonces, el heredero del trono estaba seguro de que su madre había mandado a matar a su padre para quedarse con todo el poder y a este tormento debió sumarse el rumor (fuerte rumor) de que sus padres, que se odiaban, jamás habían tenido intimidad y que, por tanto, él no era hijo de Pedro sino de alguno de los muchos amantes de Catalina.

Hasta en Francia se hablaba de “la dudosa filiación” del zarevich y esto lo volvía loco. Perseguido por estos fantasmas, el inteligente, erudito y experto Pablo demostró desde entonces, y cada vez con mayor intensidad, ser dueño de una doble personalidad. “Tiene una mente vivaz, pero hay en su cabeza un mecanismo que pende de un hilo. Si este hilo se rompe, ¡adiós a la razón y el sentido común!”, escribió uno de sus profesores.

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En 1796, al morir su madre Catalina II, Pablo se convirtió en el nuevo zar y celebró en la intimidad la partida de su madre. De repente los rusos eran gobernados por un hombre maniático e insoportable. El zar se levantaba a diario a las 5 de la mañana y obligaba por ley a todos sus súbditos a imitarlo a pesar de los inclementes inviernos rusos.

Preocupado por imponer a toda la sociedad ‘civilizada’ de Rusia la moda de su preferencia en cuanto a vestimenta”, relata Troyat, “Pablo publicó una serie de ordenanzas que describían el uso de peluca, coleta empolvada, tricornio, calzado con hebillas y prohibió en forma expresa las botas campana, los pantalones largos, los zapatos y medias adornados con nudos y cintas, así como los sombreros redondos”.

Además, impuso a sus súbditos la orden de apagar las luces a las 10 de la noche e irse a dormir y había castigos rigurosos para quienes no lo hicieran. En 1800 otro decreto prohibió al público de los teatros aplaudir antes que el zar y, aunque hiciera una temperatura de -40°, se prohibió en toda Rusia el uso de abrigos con pieles.

Un ejército de 200 emisarios fue lanzado a las calles de San Petersburgo con la orden imperial de encarcelar a quienes usaran abrigos o no calzaran los sombreros reglamentarios. Para entonces Pablo no confiaba ni en su esposa. “Nuestra existencia no es alegre, ya que nuestro querido señor no lo está y tiene en el alma un fondo de tristeza que lo corroe”, escribió la zarina María en marzo de 1801.

Con la vieja nobleza, parte del ejército y los nostálgicos de Catalina la Grande en su contra, vio cómo sus premoniciones sobre su asesinato comenzaban a cumplirse. En la noche del 11 de marzo de 1801, un grupo de ex funcionarios ingresó al Castillo Mijailovsky para ejecutar al zar.

Como Pablo tenía miedo de ser asesinado, como su padre, noche tras noche se encargaba de encerrar con llave a su esposa y luego encerrarse a sí mismo en su propia habitación accediendo mediante una escalera secreta y ocultando las llaves en un lugar aún más secreto. Pero no fue suficiente. Los conspiradores encontraron al zar oculto tras las cortinas, como cuando era niño, y como se resistió a firmar su abdicación, fue ejecutado en el instante. Curiosamente, el zar que tenía miedo de morir había intentado escapar hacia la alcoba de su esposa… pero no encontraba la llave.

Por qué el rey Jorge V de Inglaterra no salvó a su “querido primo” Nicolás II de su trágica muerte

La Revolución de Octubre -que se inició el 7 de noviembre de 1917, según el calendario gregoriano- vio el comienzo de la guerra civil. El entonces zar de Rusia, Nicolás II, su esposa Alejandra Feodorovna (nieta de la reina Victoria de Inglaterra), sus cinco hijos y otros muchos miembros de la familia Romanov fueron tomados como rehenes y luego asesinados por los revolucionarios bolcheviques en julio de 1918. Las fotos tomadas antes de la tragedia rusa muestran que Nicolás II y al entonces rey británico Jorge V, que eran primos hermanos, tenían un vínculo estrecho. Sus madres, la zarina María Feodorovna y la reina Alejandra, eran hermanas. “Nicky” y “Georgie”, casi de la misma edad y con un gran parecido físico, habían pasado mucho tiempo de sus vidas juntos.

Sin embargo, cuando el zar fue derrocado en marzo de 1917, el monarca británico fue acusado de no hacer nada. Nicolás II abdicó por sí mismo y por su hijo, el zarévich Alexis, en marzo de 1917. Acto seguido, los revolucionarios pusieron a la familia imperial bajo custodia y a medida que pasaron los meses la vigilancia se hizo más estricta. Todos sabían que los Romanov no sobrevivirían al cautiverio. Según la historiadora británica Catherine Merridale, autora de “Lenin on the Train“, al principio Jorge V había intentado en el más absoluto secreto proporcionar a su primo un pasaje seguro a Gran Bretaña mientras este estuvo prisionero con su familia durante casi un año. En su libro, Merridale alega que los británicos tenían un plan ultrasecreto para rescatarlo en las primeras semanas de la Revolución a cargo del embajador británico, Sir George Buchanan. Este plan era apoyado por el primer ministro, David Lloyd George.

En un giro totalmente inesperado, Jorge V retiró su invitación oficial de asilo por motivos personales y diplomáticos. Según el biógrafo real Theo Aronson, la impopularidad de Nicolás II –y especialmente la de su esposa, acusada de progermana- forzó a Jorge V a abandonar a su primo por temor a que su presencia pudiera provocar un levantamiento obrero similar en Gran Bretaña. “Jorge V se dio cuenta de que, para la mayoría de sus súbditos, el zar era un tirano sangriento… que no era el momento de que un monarca constitucional, temeroso de su propia posición, extendiera la mano de la amistad a un autócrata”, explica Aronson. “Así que la familia imperial rusa quedó a su suerte”.

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El primer ministro, Lloyd George, se presenta ante el rey y le declara que el país es hostil a la idea de cobijar al zar y a su familia“, escribe el historiador Henry Troyat, experto en la dinastía Romanov. “En el caso de que esos huéspedes indeseables desembarcaran en territorio ingles, podían estallar disturbios en las concentraciones obreras. (…) Hacia fines del mes de junio [de 1917], sir George Buchanan va al encuentro del ministro Tereschenko (…) y le anuncia, con lágrimas en los ojos, que, por consideraciones de política interna, su gobierno rehúsa conceder asilo al ex emperador. El hecho de que Nicolás sea primo del rey de Inglaterra y de que Alejandra Feodorovna sea la nieta preferida de la difunta reina Victoria, no ha bastado para vencer el rigor de Lloyd George. La tradición es burlada. Nicolás es abandonado por los que ayer se decían sus amigos“.

El rey cría que el ofrecimiento de asilo provocaría las iras de la bancada socialista en la Cámara de los Comunes”, explica el biógrafo real Donald Spoto, proyectaría dudas sobre su propio patriotismo, alentaría las formas extremas del republicanismo e incluso podía ser el catalizador de una revolución violenta en Londres. Por supuesto, no podía haber previsto el destino final de los Romanov (…). En una suerte de trágica ironía, su nueva familiaridad con las sutilezas políticas y las maquinaciones más duras fue el factor que en definitiva tiñó las manos del rey con la sangre de los Romanov, los parientes a quienes según había afirmado antes tanto amaba”.

El príncipe Michael de Kent, nieto de Jorge V y primo de la reina Isabel, afirmó en una entrevista en 2010 que, a pesar de que Gran Bretaña rechazó una solicitud de asilo para el zar, el rey confiaba en poder rescatar a su pariente. “Estuvieron muy cerca“, dijo el príncipe, considerado un experto en la historia de la dinastía rusa. “Quizás más que cualquier monarca británico, el rey Jorge sacrificó todas sus preferencias personales –y según se vio, incluso a algunos parientes- para atender lo que él creía eran las necesidades de la Corona”, explica Donald Spoto.

Según Spoto, cuando Nicolás II y Alejandra buscaron refugio en el extranjero, “el gobierno de Su Majestad estaba dispuesto a recibirlo. Pero Jorge se opuso a esta actitud humana”. El secretario del rey, lord Stamfordham “recibió instrucciones de escribir al Foreign Office que los monarca rusos serían ‘rechazados enérgicamente’ por el público y sin duda comprometerían la posición del rey”. Según Spoto, “Jorge insistió en que Nicky y Alix, como afectuosamente los llamaba en el seno de la familia, fuesen rechazados de manera que la monarquía pudiese evitar cualquier asociación con sentimientos impopulares prorrealistas”. Para ser justos con Jorge V, hay que reconocer que nunca supo que su decisión traería aparejada la ejecución de su “querido primo Nicky” y de toda su familia.

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La historia de la última Romanov nacida en Rusia que vivió y murió en Uruguay

Lejos de los ambientes cortesanos de San Petersburgo, en la capital uruguaya, Montevideo, hay un pedacito de la historia de la Dinastía Romanov, que reinó en Rusia durante tres siglos. La vida de Catalina (Ekaterina) Ioánnovna Romanova, la última princesa nacida en la corte zarista es un apasionante relato que une a Uruguay y Rusia.

Catalina, tataranieta del emperador Nicolás I (1825-1855), nació el 25 de julio de 1915 en Pávlovsk, uno de los principales palacios de la familia imperial. Sus ilustres antepasados no solo se destacaron por sus títulos nobiliarios, sino por sus logros militares, científicos y artísticos, según explica el autor Grígory Koroliov en el libro ‘Los rusos en el Uruguay: historia y actualidad‘.

Hija del príncipe Ioánn Konstantínovich y la princesa Elena Petrovna (hermana de Alejandro el Unificador, rey de Yugoslavia), “la princesa Ekaterina Románova era sobrina segunda y ahijada del último emperador ruso Nikolay II”, cuenta Koroliov. Catalina, cuyo título nobiliario completo era ‘Su Alteza Serenísima Princesa de Sangre Imperial’, en sus primeros años de vida compartió mucho tiempo con el heredero al trono, el zarévich Alexis, hijo de Nicolás II.

La vida de la princesa tuvo un quiebre el 18 de julio de 1918. En medio de la guerra civil que sucedió a la Revolución rusa, en la ciudad de Alapáevsk, su padre fue ejecutado junto a la Gran Duquesa Isabel, el Gran Duque Sergio Miháilovich, sus hermanos Konstantín e Igor Konstantínovich, el príncipe Vladímir Paley y la religiosa Várvara Yákovleva.

Para intentar salvar a su esposo, Elena Petrovna se hizo arrestar, por lo que estuvo detenida en Perm y luego en el Kremlin de Moscú. Más tarde, gracias a la intercesión de la embajada de Noruega, consiguió la libertad y el permiso para irse de Rusia mientras, paralelalemente, Catalina y su hermano mayor, el príncipe Vsévolod, eran sacados de Rusia por su abuela.

Al principio vivieron en Suecia donde a la pequeña princesa le enseñó a leer en ruso el ‘Padre Nuestro’ su abuela segunda, la reina griega Olga. Se les unió la madre de Catalina, que los llevó a su patria, Serbia. Allí vivieron ocho años. Había que darle a los niños una buena formación; para eso Elena Petrovna los trasladó primero a Francia y después a Gran Bretaña. En Inglaterra la famosa Ninette de Valois le daba clases de ballet a la princesa“, relata Koroliov.

Catalina manejaba para entonces con soltura la lengua inglesa, su idioma principal durante la mayor parte de su vida, así como el ruso. Del Reino Unido, viajaba con su madre con frecuencia a Italia, donde conoció a su futuro marido, el marqués Ruggiero Farace di Villaforesta. A pesar de ostentar el pretendiente un título nobiliario de menor rango, la princesa accedió cuando le pidió la mano.

En 1937, a los 22 años, Catalina se casó con Farace, diplomático de carrera. Del matrimonio nacieron tres hijos: Nicoletta (1938), Fiammetta (1942) y Giovanni (1943). Cuando tres décadas más tarde la Cancillería italiana envió a Farace como embajador en Montevideo, Catalina y sus hijos lo acompañaron.

Farace murió en 1970 de cáncer, acompañado de su esposa hasta los últimos días de su vida en Roma. Tras enviudar, Catalina se fue con su hija Fiammetta a los Estados Unidos, pero regresaba a Uruguay para pasar las Navidades con Nicoletta. Apasionada por la música clásica y el cine, la princesa tenía una vida social en la colectividad británica de Uruguay. Lejos de los recuerdos de la infancia en Pávlovsk, su vida transcurría entre la localidad estival de Punta del Este, a orillas del Atlántico, y el silencioso y elegante barrio de Carrasco.

En esta etapa, la princesa desarrolló “una cercanía espiritual” con el padre Vladimir Shlenev, sacerdote de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el extranjero. Así como ella, el religioso se crió entre inmigrantes blancos. “Ekaterina Ioánnovna amaba ardientemente a Rusia. Seguía con atención las noticias de nuestro país. Al final de su vida, durante mucho tiempo veía la BBC y, según su hija, siempre con mucho interés escuchaba las emisiones de los discursos de Vladímir Putin procurando traducírselos a Nicoletta y a sus nietos directamente“, apunta Koroliov.

Catalina sufría un “estrés emocional demasiado fuerte” cuando se trataba de recordar la historia de su familia. De hecho, cuando en 1998, los miembros sobrevivientes de la dinastía Romanov fueron invitados a San Petersburgo para participar del entierro de Nicolás II y de sus familiares ejecutados, ella rechazó la invitación.

La princesa falleció el 13 de marzo de 2007 a los 92 años. Su círculo más íntimo organizó una ceremonia privada, con la participación del padre Vladímir. Con su muerte, la rama Konstantinovich de la dinastía se extinguió. A pocos meses, en el sepulcro principesco de la Catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo, se elevaron al cielo oraciones por la última princesa nacida en el Imperio Ruso.

Isabel de Rusia: los caprichos de una emperatriz coqueta y fiestera

Apodada “la Obscena”, a causa de su muy inapropiado vocabulario, o “la glotona”, la zarina Isabel de Rusia (1709-1762) llegó al poder el 25 de noviembre de 1741, luego de organizar un golpe de Estado que derrocó a su sobrino, el zar Iván VI.

Perezosa y artística, y al mismo tiempo caprichosa y vengativa, la hija de Pedro el Grande dirigió con mano de hierro todos los aspectos de la vida rusa, especialmente aquellos en los que se sentía más identificaba.

Amante de la moda y los peinados, ella misma firmaba ucases (decretos) que determinaban la clase de vestidos que se podían usar y los que no, y la manera correcta de exhibir las joyas en los bailes y otras fiestas que organizaba hasta el amanecer. Dos veces por semana organizaba mascaradas en palacio, en las que participaba disfrazaba de cosaco, de mosquetero de Luis XIII o de marino holandés.

Henry Troyat relata algunas manías de la caprichosa zarina:

Un día de invierno de 1747 ordena que todas las damas de la corte se afeiten la cabeza y les envía pelucas negras mal peinadas, con la orden de usarlas hasta que vuelvan a crecerles los cabellos. Obedientes a la voluntad imperial, jóvenes y viejas sacrifican sus respectivas cabelleras. En las habitaciones donde los peluqueros ejecutan la esquila hay un concierto de gemidos.

“No se impone la misma obligación a las damas de la ciudad, pero por lo menos se les prohíbe aparecer en los salones sin las mismas pelucas negras, aplicadas sobre los cabellos naturales. Este peinado de dos pisos les confiere un aire ‘aún más desarreglado a las damas de la Corte’.

“El motivo de la nueva reglamentación capilar es el siguiente: como la emperatriz no pudo quitarse el polvo de sus cabellos, decidió oscurecerlos; pero después no pudo quitarse la tintura, y por lo tanto tuvo que afeitarse la cabeza. ¿Cómo es posible que en estas condiciones acepte verse rodeada de mujeres de arrogante cabellera? No, los buenos súbditos tienen que imitar en todo a su soberana”.

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La corte se llenó de fiestas y bailes en los palacios imperiales a los que acudían hasta 1.500 invitados. Isabel trabajaba lo menos posible, prefiriendo las fiestas hasta las seis de la mañana. Sus fiestas favoritas se llamaban “Metamorfosis”, donde los hombres debían vestir como mujeres y viceversa.

Las señoras irán vestidas con trajes de caballero, y los caballeros llevarán trajes de señora, lo que tengan, vestidos con falda y todo, caftanes o batas de casa”, impuso Isabel. La emperatriz tenía el raro gusto del travestismo: en aquellas fiestas (y en otras ocasiones, más íntimas) se vestía de marinero holandés y pedía que la llamasen “Mikhailova”.

Su sobrina política, la futura Catalina II, escribió al respecto: “En uno de esos bailes, me tomé la libertad de decirle que para nosotras, las pobres mujeres, era una gran suerte que ella no fuese un hombre de verdad, porque, vestida como iba entonces, hasta su retrato hubiera sido suficiente para hacernos perder la cabeza. Respondiéndome en la forma más graciosa del mundo que si ella fuese un hombre sería a mí a quien concedería la palma”.

Las principales víctimas de la fiestera Isabel eran los ministros y cortesanos, porque la emperatriz dormía hasta mediodía y mandaba llamar a los demás en plena noche para reuniones de trabajo. “Nadie sabía a qué hora se dignaría cenar”, recordó Catalina; “A menudo sucedía que los cortesanos que habían estado esperando a jugar a las cartas hasta las dos de la madrugada y se habían ido a dormir muertos de cansancio, eran despertados para asistir a la cena de Su Majestad”. Si estaban demasiado adormilados para poder hablar, era muy probable que se llevaran una imperial bofetada.