Cómo el rey Luis XIV puso de moda las fístulas anales en Francia

En 1686, un doloroso bulto que se había estado desarrollando en el trasero del rey Luis XIV de Francia había progresado hasta el punto de que el monarca ya no podía sentarse, andar a caballo, caminar o hacer otras cosas sin sentir un dolor espantoso que intentaba disimular bajo su siempre imponente manto de majestuosidad.

El “Rey Sol” tuvo los primeros síntomas del mal que pondría su vida en serio peligro a principios de aquel año. Según el doctor de la corte, D’Aquin, el monarca se quejó “de un pequeño tumor en el perineo, al lado de la apertura de las nalgas, a dos dedos del ano, bastante profundo, poco sensible al tacto, incoloro, sin rojez, ni pulsaciones“.

Luis XIV, entonces de 44 años, se vio obligado a hacer reposo absoluto y soportar todo tipo de tratamientos, como cataplasmas de plomo y cicuta, lo que generó una gran preocupación en su círculo más íntimo. Mientras tanto, la enfermedad del rey se mantuvo en el más estricto secreto.

“Yo no sé en dónde estoy”, escribió con preocupación su segunda esposa, Madame de Maintenon. “Me dicen que el trastorno del rey anda bien y, sin embargo, nos hacen meter aún la necesidad de un tijeretazo”.

Cuando el régimen prescrito de cuatro enemas al día y ungüentos de lociones y pociones raras no lograron mejorar su condición, la corte se vio obligada a buscar tratamiento de un cirujano, Charles-Francois Félix (1635-1703). Sobre todo, porque pocos confiaban en el doctor D’Aquin, a quien se definía como “un hombre mal visto en toda la corte a causa de su suficiencia y avidez de dinero“.

Lo realmente preocupante era que ningún cirujano había curado exitosamente una fístula anal en ese momento de la historia, e incluso las cirugías más simples a menudo conducían a la sepsis y la muerte.

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LUIS XIV DE FRANCIA

Y, aunque médicos y boticarios podían entonces no saber nada acerca de cómo funciona el cuerpo humano, al menos sus tratamientos para el tratamiento de la sangre y las tinturas de mercurio no mataban a los pacientes si se administraban con cuidado.

Las cirugías, por otro lado, en el siglo XVII mataban más gente de la que curaban. De hecho, el título oficial del oficio en ese momento era “barbero-cirujano”, porque prácticamente la única habilidad requerida era saber cortar cosas.

Entre otras prácticas terroríficas, era un procedimiento estándar para los barberos-cirujanos reutilizar instrumentos sucios de un paciente a otro, lo que podía convertir a veces a estos voluntariosos cirujanos en “asesinos en serie con bisturí”.

Como los médicos de Versalles no sabían como curar al rey, aconsejaron una cura en las aguas de Baréges, que tenían fama de curar esta dolencia, y el Ministro Louvois reunió a decenas de enfermos al lugar para probar suerte. Enfermos que volvieron tan enfermos como habían ido.

Cuando una dama de la corte llegó con la noticia de que las aguas de Bourbon curaban las fístulas, Louvois renovó la experiencia con los mismos enfermos y volvió con los mismos resultados. Desesperado, el ministro llenó su ministerio de fistulosos para que los médicos de Luis XIV ensayaran, sin éxito, remedios y cirugías.

Pero, afortunadamente, el doctor Félix resultó ser un cirujano mucho más concienzudo que sus contemporáneos. Le dijo al rey que estaría dispuesto a operar, pero debía esperar unos meses más. Necesitaba algo de tiempo para resolver los problemas de este nuevo procedimiento.

Asustado por la responsabilidad que debía asumir, Félix no se atrevía a aplicar sus métodos habituales y practicaba tímidas incisiones, abriendo los bordes de la llaga con piedras de cauterio, infligiendo al rey intensos sufrimientos, sin vaciar del todo el abceso“. (Georges Bordonove).

Hasta el momento, los cirujanos habían luchado en vano con dicha enfermedad; y el cardenal de Richelieu había muerto del tratamiento que le habían dado. Félix, cirujano del rey, tomó a varios desgraciados que padecían esta dolencia y los mandó a tomar las aguas en Beréges, que pasaban por sanarlos. Al no curarse nadie, empezó a operar las fístulas en todos los hospitales de París. Perfeccionó un instrumento que se creía que aminoraba el dolor (Nancy Mitford).

Después de seis meses de ensayar cirugías en plebeyos (y agachándose en medio de la noche para enterrar a muchos de ellos), el doctor Félix finalmente se sintió lo suficientemente confiado para tomar el bisturí en la que se llamó “La Gran Operación”, por la importancia del paciente.

En la mañana del 18 de noviembre de 1686, Luis XIV acompañado de Madame de Maintenon y el Padre La Chaise, rezó fervientemente en su alcoba en el Palacio de Versalles. Después de encomendarse a las manos de Dios, el rey se puso en manos del doctor y cuatro boticarios que:

“Hicieron que se echara sobre un travesaño puesto en el borde de la cama, bajo el vientre, para levantarle las nalgas abiertas. Félix hizo la pequeña incisión e introdujo el bisturí regio (…) La intervención duró unos cuantos minutos. Luis XIV, martirizado, no emitió ni un solo grito, no se permitió ni un gemido. A lo sumo, en un cierto instante, suspiró ‘¡Ah, ah… Dios mío!’. Sostenía la mano de Louvois con la suya. Madame de Maintenon rezaba con fervor. La frente de Félix estaba perlada de gotas de sudor”. (Bordonove)

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CHARLES-FRANCOIS FELIX, CIRUJANO DEL REY

La Gran Operación cayó como una bomba en Versalles: “El dolor se hizo ver en todos los rostros”, manifestaba el periódico Le Mercure Galant. Los cortesanos del rey quedaron atónitos porque el rey pudo recibir embajadores al día siguiente y a las pocas semanas ya montaba a caballo de nuevo. Toda Francia estaba asombrada por su notable recuperación.

La cirugía fue tan exitosa, de hecho, que se organizaron celebraciones en todo el país. Los pobres y los nobles brindaron a la salud del “Rey Sol”. Mientras tanto, en Versalles, los cortesanos del rey estaban tan encantados (muchos, desesperadamente aduladores) que declararon 1686 como “L’annee de la Fistule” (Año de la Fístula). Pero eso no era nada.

El doctor Félix, quien logró reparar la fístula e incluso logró no matar al paciente esta vez, se convirtió de inmediato en una celebridad nacional y la gente de la nobleza comenzó a desear pasar por las manos y el bisturí que habían tenido el honor de tocar las parte íntimas del rey.

“He visto más de 30 personas que querían ser operadas”, escribió el barbero real Pierre Dionis. “Tan locos estaban que parecían no entender cuando se les aseguraba que no había ninguna necesidad de ser operados (…) Quienes tenían pequeñas supuraciones o simples hemorroides, no deboraban en presentar su trasero al cirujano para que hiciese sus incisiones”.

Una vez que Luis XIV se recuperó por completo, todos quisieron una fístula anal reparada quirúrgicamente, ya sea que tuvieran una o no. Literalmente se puso de moda entre la aristocracia tener un ano doloroso y agujereado:

“¡Una epidemia de fístulas en Versalles! ¡Y sí,era inevitable! ¡Si se advertía que el rey cogeaba un poco, se cogeaba un poco! Si el rey padecía del ano, todos los cortesanos padecían del ano. Y hacerse operar era más glorioso que una herida de arcabuz en tal o cual campo de batalla” (Michele De Decker)

Los nobles franceses que fueron “bendecidos” de forma natural con la enfermedad comenzaron a suplicarle al doctor Félix, que estaba en pleno derecho, que los operara con su bisturí “De Calidad Real“. Los menos afortunados tuvieron que arreglárselas usando vendas en sus perfectamente saludables nalgas, fingiendo haber sido víctimas de la misma enfermedad que el rey.

Otra consecuencia de este logro médico, que es infinitamente menos divertido pero de importancia histórica real, fue que también causó un cambio en la forma en que el público veía el campo de la cirugía. Sería el paso inicial hacia la medicina moderna.

Hasta este punto en el tiempo, los barberos-cirujanos eran vistos esencialmente como comerciantes, un segundo distante en prestigio para sus colegas médicos. Sin embargo, después de L’Annee de la Fistule, la cirugía comenzó a verse como una profesión que requería conocimiento e inteligencia, y no solo la capacidad de atravesar el tejido humano.

En cuanto al Cirujano Real, el rey quiso mostrarle su agradecimiento con honores y una fortuna que le permitió comprar una finca, el Señorío de Tassy. Al morir, Félix legó gran parte de sus poseciones a la comunidad de cirujanos de París para que se crease una linstitución para la enseñanza de la Cirugía, que permitiera el mejor conocimiento de técnicas y procedimientos. De esta manera, nació la Real Academia de Cirugía de Francia, inaugurada en 1731, que en un sitio destacado tiene un retrato de Felix de Tassy con la leyenda: “El primer cirujano de Luis XIV”.

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La emperatriz Josefina era compradora compulsiva y casi fundió a Napoleón

Quise de verdad a Josefina, aunque no la estimaba… Era demasiado mentirosa. Pero tenía algo que me gustaba mucho… tenía el culo más bonito del mundo”. Así describió Napoleón Bonaparte sus sentimientos para con Josefina de Beauharnais (1763-1814), la primera de sus esposas. Aquel fue un amor arrebatador y marcado por la tragedia de no poder tener hijos: Nacida bajo el sol del Caribe, Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie había tenido dos vástagos de su primer marido, el vizconde de Beauharnais, pero no pudo darle hijos al emperador, lo que generó unos celos espantosos y, posteriormente, un divorcio.

Josèphe creció en un paraíso de placer, donde chapoteó en el mar como un delfín y comió toda la azúcar que quiso directamente de la caña de los campos. En 1779, su familia la envió a París para casarse con el vizconde de Alexandre de Beauharnais, un guarda negro y agresivo con el que tuvo dos hijos antes de separarse en 1785. Cuatro años después, estalló la revolución en París, seguida por la caída de la monarquía en septiembre de 1792 y por la ejecución de Luis XVI en enero de 1793.

En septiembre de 1793, los revolucionarios instituyeron el Reinado del Terror, acechando a presuntos realistas como enemigos del Estado. Como parte de esta purga, en abril de 1794 la ex vizcondesa de Beauharnais fue enviada a la cárcel, donde, según la biógrafa Kate Williams, “trató arduamente de conservar su belleza”. Un año más tarde, por intermedio de una de sus conquistas, el político Paul de Barras, Josèphe conoció a un general de 26 años, Napoleón Bonaparte.

La relación fue al principio muy apasionada, como lo revelan las cartas que el emperador enviaba a su mujer. Sin embargo, él era muy celoso. Le irritaba la idea de que su muy bella esposa fuera siquiera mirada por otro hombre y le escribía hasta tres cartas por día preguntándole si lo amaba, si le estaba siendo fiel y si le parecía era atractivo.

Como los chismes viajaban rápido, Bonaparte no quería que ningún hombre pudiera jactarse de haber hablado a solas ni dos minutos con Josefina. El modisto de la emperatriz no le probó nunca los trajes, que confeccionaba en un taller utilizando un maniquí con las mismas medidas de la emperatriz.

Las damas al servicio de Josefina le comunicaban las modificaciones que había de introducir en el vestido (y lo mismo debían hacer con el zapatero, el corsetero, etc…). Las damas de la consorte tenían a sus órdenes a seis camareras que entraban en la alcoba imperial previo aviso, obedeciendo instrucciones de Napoleón. La emperatriz, según la orden de su esposo, jamás debía estar sola.

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Pero además de por su electrizante belleza, Josefina pasó a la historia como una compradora compulsiva, una obsesión que la acompañó hasta final de sus días y casi fundió económicamente al emperador. A lo largo de su vida como esposa del cónsul y luego como emperatriz, Josefina derrochó dinero (propio y ajeno) en cosas que no necesitaba, se endeudó con medio mundo, pidió prestado con garantías endebles (y a veces inexistentes) y hasta el último día vivió de recursos extremos: se cuenta que en un solo año fue capaz de comprar 20 chales de cachemira, 73 corsés, 70 pares de medias de seda, 780 de guantes y 520 de zapatos que abonó con dinero que le había sido prestado
para pagar deudas.

En 1796, Josefina reconocía su debilidad y prometía controlar sus impulsos: “Debo más o menos 1.200 francos, pero solo puedo reconocer 200; por ello, no contraeré más deudas y
pagaré lo que resta poco a poco con mis ahorros”. No obstante, una vez saldada esa deuda, caía en los mismos errores y Napoleón terminaba pagando, convencido erróneamente de que ya no había otras cosas que pagar. “Su manía de gastar ha sido para ella la causa mayor de sus tormentos“, escribe su biógrafo Bernard Chevallier.

En 1798, mientras su esposo estaba en Egipto, Josefina pidió dinero prestado para comprar la Malmaison, un bonito château en las afueras de París con 120 hectáreas de jardines y bosques. Acto seguido, solicitó un préstamo para adornar el palacio con decenas plantas exóticas provenientes de todas partes del mundo y un zoológico que constituía el mayor de sus tesoros, compuesto por canguros, emúes, ardillas voladoras, gacelas, avestruces, llamas y cisnes. Entre sus mascotas favoritas había una pequeña y bonita cacatúa que repetía sin cesar la única palabra que sabía (“Napoleón”) y una orangután que se vestía con camisa blanca para sentarse a la mesa de Josefina a comer.

El Consulado, y luego el imperio le han abierto perspectivas ilimitadas“, dice Chevallier: “¿Cómo podría resistir la tentación cuando cada mañana acudían a su casa, a desplegar, para su agrado, las mercaderías más preciosas del comercio parisiense? Los proveedores, modistas, joyeros, orfebres conocen su debilidad y se aprovechan de ello de manera descarada”.

Según las cuentas oficiales, entre los años 1804 y 1809, Josefina gastó más de 4 millones de francos anuales, una cifra muy mayor a los 30.000 francos anuales que recibía como emperatriz: gastaba 1.800 francos por día, lo que un jardinero de Malmaison ganaba en un mes de trabajo. Harto de pagar sus excentricidades, en 1806 Napoleón prohibió la entrada a palacio a toda persona ajena al servicio imperial, y eso incluía a los mercaderes, modistos y joyeros que se morían por ofrecerle sus productos.

En cuanto a Josefina, le prohibió recibir muebles, cuadros, vajillas, alhajas y otros efectos que le enviaran como “muestras”. En 1809, un año antes de separarse, la emperatriz almacenaba 676 vestidos nuevos, 252 sombreros y multitud de cintas, flores de tela, plumas, tules y otros adornos y complementos. Su muerte, en 1814, reveló el lamentable estado de sus finanzas: hasta el último instante siguió comprando compulsivamente y sus deudas ascendían a 3 millones de francos.

Un zoológico en Versalles: cuando los reyes de Francia vivían entre monos, perros y gatos

En el palacio real más famoso de Francia, Versalles, donde el rey Luis XIV se instaló junto a una corte de 5.000 nobles, sirvientes y familiares, había reglas inquebrantables: los niños, los enfermos y los muertos estaban prohibidos. Las madres debían enviar a sus hijos para ser criados e París, los enfermos debían partir antes de que su estado empeorara y los mortales debían procurar no morirse bajo el mismo techo de Su Galáctica Majestad.

Pero las mascotas no estaban prohibidas y el aburrimiento infinito al que se veían condenados tantos miles de cortesanos los llevaba a aferrarse a sus queridos perros, sus ronrroneantes gatos y todo lo que pudieran domesticar. Durante el reinado de Luis XV, nieto del “Rey Sol” esta costumbre se mantuvo y había gatos por todas partes, con lacayos especialmente dedicados a su limpieza y su alimentación.

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Luis XV adoraba a su malcriado gato persa que siempre estaba metiéndose en problemas. Los gatos de angora grises llenaban los salones de juegos, daban golpes a los valiosos adornos con sus colas y rasgaban tapizados, almohadones, alfombras y cuadros. Las damas de alcurnia residentes en Versalles, que no tenían mucho más para hacer que chismear y jugar cartas, no solo rivalizaban en peinados, maquillajes, joyas y ropa: también competían por quién tenía más y mejores mascotas.

En el caso de Madame Du Barry, la más escandalosa favorita de Luis XV y enemiga de María Antonieta, sus mascotas preferidas eran un insportable perico que hablaba, unos revoltosos monos y un perro al que adornaba con un valiosísimo collar de diamantes. La princesa de Chimay, por su parte, era dueña de un mono que, en cierta ocasión, comenzó a jugar en el tocador de su dueña, se pintó los labios y las mejillas y entró en el comedor, escandalizando a todos los presentes. Como consta en las memorias de muchos cortesanos que pasaron sus días en Versalles, el olor que los animales dejaban al hacer sus necesidades en salones y estancias palaciegas solía ser insoportable.

“Espejito, espejito…”: La Reina de Francia contempla un futuro horrible para su dinastía

Catalina de Médicis (1519-1589) fue una princesa florentina, sobrina del papa Clemente VIII,que llegó a convertirse en una de las reinas más poderosas de Francia. de Francia, consumada aficionada de las pócimas mágicas, los oráculos y los afrodisíacos, se entregó con pasión a la astrología, llegando a encumbrar, con su apoyo,a una enorme corte de expertos en magias negras, adivinación y profecías. Uno de sus favoritos era Michel de Nostradamus, de quien la reina llegó a depender muchísimo después de que vaticinara la muerte trágica de su esposo, el rey Enrique II.

Se cuenta que la habitación de esta reina florentina tenía dos entradas. De un lado, una puerta daba a la capilla, y del otro una puerta llevaba a la habitación de Cosimo Ruggieri, su astrólogo personal, que elaboraba horóscopos diarios para que Catalina, influyente reina madre, pudiera tomar sus decisiones gubernamentales.

El astrólogo practicaba en ocasiones la cristalomancia, el arte de leer el futuro en los espejos, algo que fascinaba a Catalina. Una noche de 1559, Ruggieri le hizo ver a la reina un espejo presuntamente mágico, donde la reina vio aparecer, una después de otra, las figuras de sus hijos Francisco, Carlos y Enrique.

Primero apareció el reflejo del mayor, Francisco, el heredero al trono, que dio una vuelta por la habitación y desapareció; después apareció el príncipe Carlos, quien dio catorce vueltas, y finalmente apareció Enrique, quien dio quince vueltas. Según le explicó el astrólogo a la reina Catalina, cada vuelta correspondía a un año de reinado… después de ello, si sus hijos no tenían descendencia, la Casa de Valois llegaría a su fin.

Tal y como se le anticipó el mágico espejo, los hijos de Catalina se sucedieron en el trono: el rey Francisco II reinó un año hasta su inesperada muerte, en 1560; el desequilibrado Carlos II, monstruoso y esquizofrénico, reinó catorce años hasta que murió de forma misteriosa, al parecer, envenenado accidentalmente por la propia Catalina. Finalmente Enrique III, quien gobernó durante 15 turbulentos años hasta su asesinato en 1589. Fue el último Valois que reinó en Francia.

El destino de Monsigneur le Grand Dauphin, el excéntrico heredero de Luis XIV de Francia

Luis de Francia (1661-1711), conocido como el “Gran Delfín”, nunca reinó. Heredero de la Corona, era un hombre irresponsable, mundano, feroz amante de la caza y se mostraba absolutamente desinteresado de todo lo relacionado con el gobierno. Murió prematuramente, antes que su padre, el célebre “Rey Sol” Luis XIV. Tímido y silencioso, le gustaban las mujeres feas, parecía medir sus palabras y no expresaba sentimiento alguno. Sin embargo, fue uno de los pocos hombres que se atrevió a hablarle a la cara a su padre sobre el estado lamentable de la vida de los campesinos, de los pobres y de los soldados.

La reina María Teresa, esposa española de Luis XIV, dio a luz a Luis en 1661, en el castillo de Fontainebleau. “Delfín” (título que se otorgaba a los herederos del trono francés) durante su vida, recibió el título de “Grand Dauphin” tras su muerte, para distinguirlo de su hijo el duque de Borgoña, quien pasó a ser el nuevo delfín. Aunque en los primeros años de su vida el niño permaneció al cuidado de su propia corte de niñeras y profesores lejos de sus padres, al crecer Luis XIV lo llevó a su corte y lo preparó para convertirse en rey, otorgándole varios puestos tanto políticos como militares.

El Gran Delfín, educado por Bossuet, gozó de buena reputación en la Corte como en el pueblo de París. Y esto a pesar de las duras críticas del duque de Saint-Simon y de otros contemporáneos que lo tildaban de vago, irresponsable y nulamente interesado en todo lo que fuera trabajo y esfuerzo. En palabras del autor español Ignacio Martín Escribano, Luis “era un hombre dado a los placeres mundanos, lujurioso, abandonado solo al placer, sin el menor afecto por nadie, alejado de todo cuanto tuviera relación con la vida política de la corte y con un insaciable ansia por la comida y la bebida”.

Excentricidades y mujeres feas

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Dotado, sin embargo, una cultura fuerte y apasionado por las artes, el hijo del Rey Sol vivía en un suntuoso apartamento en Versalles, tenía alma coleccionista -adoraba los muebles, los tapices y las pinturas-, y era un gran amante de la ópera y la caza. “Al Gran Delfín le gustaba, en su juventud, la vida de campaña y los soldados le querían“, escribe la historiadora Nancy Mitford. “Era valiente y generoso, y se interesaba de veras por su bienestar. Siempre que podía daba dinero para mejorar su condición. Se sabía que cuando escribía al rey le expresaba su preocupación por el lamentable estado de las tropas de infantería…”

“Lo que más le gustaba era cazar con perros. Todos los días iba a cazar lobos acompañado o no de su tía, Madame de Orléans, en cuanto había oído misa; a veces permanecía afuera hasta después de anochecer y regresaba a caballo de madrugada. Mató todos los lobos de la Isla de Francia, de modo que, antes de fallecer, la especie se había extinguido allí; una vez mató seis lobos en un solo día”. Cuando nació su primer hijo, en 1681, estuvo presente en el parto, pero al anunciarse el nacimiento, mientras Luis XIV y todo Versalles festejaban, salió del palacio, se fue a cazar lobos y no se lo volvió a ver hasta el día siguiente.

“El Gran Delfín tenía excentricidades, una de las cuales era su preferencia por las mujeres feas”, escribe Mitford. “Su padre, naturalmente, quería que se casara lo antes posible, pero no había ninguna princesa disponible que resultase indiscutiblemente adecuada (…) El rey se vio obligado a buscar nuera en Alemania. Tenía un tratado con el Elector de Baviera, cuya hija, la princesa Victoria, estaba en edad de casarse“.

Luis XIV envió a Alemania a su fiel consejero Colbert de Coissy para examinar a la novia. El cortesano informó que la princesa no era absolutamente horrible: tenía manchas en la cara, piel pálida, mirada inexpresiva, dentadura cariada y narigona. “El Delfín“, continúa Mitford, “cuanto más oía de lo gruesa de la púnta de la nariz, las manchas pardas y las manos rojas, más decidido se mostraba a casarse con la princesa Victoria“.

Al delfín le gustó mucho su prometida cuando la conoció, y puede decirse que fue uno de los pocos hombres de la Casa de Borbón que amó verdaderamente a su esposa, a pesar de que ella no tenía nada hermoso para mostrar. Finalmente, la boda con Victoria de Baviera se celebró en 1680 y, fiel a las costumbres cortesanas de ese siglo, abandonaron a sus hijos en manos de nodrizas, niñeras, preceptores y profesores, y solo los veían unos minutos por la mañana.

La Delfina, según Escribano,vivía en la más absoluta soldad dentro de la vida del palacio, donde se sentía desplazada debido a su intensa fealdad, en una corte donde se daba culto a la belleza”. “Su aislamiento se agudizaba aún más por su refinada educación y su cultura, aspectos poco frecuentes en el versallesco palacio francés. Esta situación le condujo a un prematuro estado depresivo, que ella misma trataba de cortar, recurriendo al consumo de fármacos hechos de plantas, fármacos que se habían puesto de moda en Europa“.

Además de sus placeres diarios, el heredero de Luis XIV tuvo importantes cargos políticos y militares. En la década de 1680, el rey lo invitó a intervenir en los asuntos políticos del reino como miembro del Consejo de Despachos y de Finanzas y en 1688 obtuvo el derecho de dar su opinión. Al mismo tiempo, aseguró sus primeras campañas militares de las que salió victorioso y admirado por sus tropas. Durante medio siglo, los franceses dieron por sentado que, a la muerte del brillante Rey Sol, serían gobernados por el Gran Delfín.

La muerte reina en Versalles

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Viudo en 1690, como su padre, Luis se casó en 1694 en secreto con su amante, Mademoiselle de Choin, más gorda y más fea que la fallecida Victoria, y a partir de entonces tuvo que dividir su vida con su nueva esposa, en el Castillo de Meudon, y su vida oficial en Versalles. “Madame de Coin debía amarle mucho, puesto que no obtuvo de su posición más ventaja que la de sentarse en un sillón en su presencia: ni un título consiguió. Pero a ella no le interesaban ni la política ni el esplendor cortesano, vestía pobremente y no tenía carroza propia. Cuando iba a París solía hacerlo en coche de alquiler.

Cuatro años antes de la muerte de su padre, Luis enfermó de viruela en Meudon en abril de 1711 y Luis XIV fue a despedirse en su agonía pese al riesgo de contagio. Murió de inmediato. “Siempre había sido un príncipe apagado y un hijo dócil”, escribe Georges Bordonove. “Aquel fin discreto y rápido era la imagen de su vida (…) Después de la partida del rey, el palacio de Meudon se vació como por arte de magia. El cadáver de Monseñor fue dejado a los empleados domésticos y a funcionarios de segundo rango sin órdenes precisas. Casi todos huyeron por miedo al contagio. Tuvieron que llamar a los Capuchinos para enterrar el cuerpo y un carpintero de la aldea fabricó el ataúd. Luego, Monseñor fue llevado a Saint Denis en una simple carroza“.

El hijo mayor del Gran Delfín, el duque de Borgoña, lo siguió a la tumba el año siguiente a causa de la viruela, dejando dos hijos, que también fallecerían pronto. La muerte de su viuda, la duquesa de Borgoña, ese mismo año, vistió de luto a Luis XIV, para quien la difunta era la alegría de su existencia. El Rey Sol pasó los últimos días de su vida atormentado por estar pérdidas y preocupado por el futuro de Francia: su nieto de dos años (el futuro Luis XV) era el único heredero que le quedaba. La epidemia no se había cobrado la vida de este huerfanito porque su niñera había tenido el atrevimiento de esconderlo.

Madame de Pompadour en el arte y la política de Francia: mucho más que la “ramera” de Luis XV

La historia de Jeanne-Antoinette Poisson (1721-1764), conocida históricamente como Madame de Pompadour atrajo la atención de generaciones de historiadores y del público. Pero su legado incluye algo más que ser la bella y adorada amante del rey Luis XV.

Jeanne fue la “maitresse-en-titre” de Luis XV, una posición importante dentro de la corte francesa, que le daba mucho poder. ” Su posición era muy política y sexual, una dualidad que muchas mujeres en el poder han recorrido a lo largo de los años, pero no siempre se recuerda como tal”, dice un artículo de la revista estadounidense The Smitoshonian.

El reinado de Luis XV es recordado como “desastroso” para Francia, ya que sentó las bases para la Revolución de finales del siglo XVIII, y en ese clima político tengo la influencia de Pompadour recibió muchas críticas.

Madame “cargó con gran parte de la culpa” por el fracaso de Francia en la Guerra de los Siete Años y por las deudas judiciales, escribe la historiadora Tess Lewis, cuando comenzó a funcionar como “primera ministra de facto”.

Pompadour es recordada como una mujer astuta que usó el sexo para aumentar su influencia sobre el rey y los asuntos de Estado. “Pompadour ha sido retratada como una manipuladora astuta que utilizó el sexo para obtener una influencia inapropiada sobre el rey y tomar el poder para sí misma“, escribe Lewis, “pero en la medida en que esto es cierto, ella no estaba sola”.

En la corte de clausura de Versalles, todos rivalizaban, directa o indirectamente, por el poder y la influencia sobre una figura central: el rey. La Marquesa, ciertamente, tenía sus defectos, pero estos defectos simplemente no eran lo suficientemente grandes como para justificar la calumnia implacable de su reputación en su vida y después de su muerte“, dice Lewis.

ENTRE ARTISTAS E INTELECTUALES

En los últimos años, Madame de Pompadour comenzó a ser recordada por sus contribuciones artísticas como mecenas y creadora. “Pompadour no solo era un conocido mecenas de las artes, sino también el dueño de una mente creativa“, escribe Marissa Fessenden en Smithsonian.com. “Hizo música, organizó diversiones cortesanas y comisionó y encargó artistas para producir obras que se exhibieron en su colección privada y en la corte“.

Su interés en el arte se extendió a la producción: también es recordada por apoyar a una fábrica de porcelana real que hacía hermosos platos y otras cosas en Sèvres, cerca de Versalles, y por apoyar a la industria del tapiz.

Según la historiadora Nancy Mitford, especializada en historia de la monarquía francesa, Madame de Pompadour fue “una protectora de la mayoría de los autores y el editora de la Encyclopédie. La amante del rey conocía y patrocinaba figuras de la Ilustración, como Voltaire, y desempeñó un papel importante en la innovación artística y científica.

La “Encyclopédie”, la primera enciclopedia francesa, “fue un escaparate para los representantes de las nuevas escuelas de pensamiento en todas las ramas de la actividad intelectual” según Mitford. “En su escepticismo, su énfasis en el determinismo científico y su crítica de los abusos perpetrados por las instituciones jurídicas, judiciales y clericales contemporáneas, la Encyclopédie tuvo amplia influencia como expresión del pensamiento progresivo y sirvió en efecto como un prólogo intelectual de los franceses. Revolución“.

Napoleón en el trono francés: un revolucionario que vivió a cuerpo de rey

En 1801, Napoleón Bonaparte (1869-1821) todavía no era Emperador de Francia pero se sentía como tal. Ese año, el cónsul restauró la ostentosa pompa borbónica que había precedido a la ejecución de Luis XVI, hacía menos de una década. El Palacio de las Tullerías de París volvió a colmarse de bailes, cenas de gala y conciertos, y se emplearon nuevos chambelanes, caballerizos, lacayos y hasta “trachants”, que se encargaban exclusivamente de cortarle la carne a Bonaparte durante sus comidas.

Una vieja camarera de María Antonieta fue empleada para dirigir la restauración de la pompa real del “Antiguo Régimen” y poner orden como en el Antiguo Régimen. La nobleza y los generales se vieron obligados a rendir pleitesía (y pedirle permiso hasta para contraer matrimonio) a Napoleón. Los franceses que habían peleado en la Revolución, años antes, quedaron perplejos: el líder de la revolución que le cortó la cabeza a los reyes se había convertido en rey.

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Habitación de la emperatriz en Malmaison

Siguiendo la costumbre instalada por el “Rey Sol”, las comidas eran multitudinarias, pero nadie podía seguir comiendo cuando Napoleón había terminado, lo cual sucedía a los 10 minutos de haberse sentado: “Obedecíamos todos la señal del Emperador de levantarse de la mesa“, observó un comensal, “una ceremonia que llevaba a cabo de modo brusco e intimidatorio. Arrastraba de repente la silla hacia atrás y se levantaba como si le hubiesen dado una descarga eléctrica“. Cuando daba recepciones sentado en el trono”, escribió el ministro Jean Chaptal, “se mostraba con gran lujo. Las condecoraciones eran de hermosos diamantes, como la empuñadura de su espada, el cordón y el botón del sombrero y la hebilla. Este vestuario no le sentaba bien, se le veía incómodo, y se lo quitaba tan pronto como podía“.

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Habitación del emperador en el Grand-Trianon

En los años siguientes a su coronación como emperador, Napoleón intensificó sus esfuerzos por dar brillo a su entorno. Su corte ocupaba 39 palacios a lo ancho y a lo largo de Francia, cada uno dotado de las más esplendorosas comodidades y ceremonias que habían muerto con los Borbones: misas públicas, comidas, besamanos, galas musicales y otros esplendores. El emperador y la emperatriz Josefina vivieron a cuerpo de rey: incluso dormían en las habitaciones de Luis XVI y María Antonieta, aunque ellos sí dormían en la misma cama. Napoleón empezó a dirigirse a su esposa como “Madame Mi Amada Esposa“, tal y como Enrique IV se refería a su esposa. Un testigo de semejante despliegue de pompa real, el general Jean-Victor Moreau, llegó a preguntarse para qué Francia se había tomado la molestia de decapitar a Luis XVI.

Luis XIV, su gloria, su vanidad y su corte en palabras del Duque de Saint-Simon

Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (1675-1755), fue un cortesano enormemente molesto para el rey Luis XIV de Francia. Por más que intentara caerle bien al monarca, se la pasaba metiendo la pata, con arrebatos impetuosos y haciendo el ridículo, por lo que su mayor logro sería la indiferencia general. En sus últimos años se dedicó a escribir sus Memorias, una recopilación de miles y miles de páginas que cuentan los detalles de la corte del Rey Sol.

En las memorias, el duque explica, entre muchas otras cosas, el tipo de persona que había que ser para caerle bien al rey: “Los elogios, o mejor la adoración, le agradan tanto que cualquier tonto es bienvenido y entre más servil sea, más deleitable. Eso es lo que le da a sus ministros tanto poder. Ellos tienen numerosas oportunidades para halagar su vanidad, especialmente sugiriendo que él es la fuente de todas sus ideas y que les enseñó todo lo que saben La falsedad, las miradas de admiración y el servilismo combinados con una actitud dependiente y obsequiosa y, sobre todo, la apariencia de ser nada sin él, son los únicos medios para complacerlo”.

“La gloria era su pasión, pero también le gustaba el orden y la regularidad en todas las cosas, era naturalmente prudente, moderado y reservado; siempre dueño de su lengua y sus emociones. (…) También fue naturalmente bondadoso y justo. Dios le había dado todo lo que era necesario para que él fuera un buen Rey, tal vez también para ser un gran Rey.

“Todas sus fallas fueron producidas por su entorno. En su infancia fue tan descuidado que nadie se atrevió a acercarse a sus habitaciones. A menudo se le escuchaba hablar de aquellos tiempos con gran amargura, y solía relatar cómo, a través del descuido de sus asistentes, fue encontrado una tarde en la fuente de una fuente en los jardines del Palais-Royal (…).

“Fue este amor de alabanza lo que facilitó que Louvois lo involucrara en guerras importantes, porque lo convenció de que tenía mayores talentos para la guerra que cualquiera de sus Generales, tanto en diseño como en ejecución, y los mismos Generales lo alentaron en esta noción para mantener a favor con él. Me refiero a generales como Condé y Turenne, mucho más, por supuesto, a los que vinieron después de ellos. Se atribuyó el mérito de sus éxitos con admirable complacencia, y honestamente creyó que era todo lo que sus aduladores le decían.

“De ahí surgió su afición a las críticas, que llevó tan lejos que sus enemigos lo llamaron, en burla, “el Rey de las críticas”, y de ahí también su gusto por los asedios, donde podía hacer un desfile barato de valentía, y exhibir su vigilancia, previsión y resistencia a la fatiga; porque su robusta constitución le permitía soportar la fatiga maravillosamente, no le importaba nada el hambre, el calor, el frío o el mal tiempo.

“También le gustaba, mientras cruzaba las líneas, escuchar a la gente alabando su porte digno y su bella apariencia a caballo. Sus campañas fueron su tema favorito al hablar con sus amantes. Hablaba bien, se expresaba claramente en un lenguaje bien elegido; y ningún hombre podría contar una historia mejor. Su conversación, incluso en los temas más comunes, siempre estuvo marcada por una cierta dignidad natural.

EL REY DE LAS PEQUEÑECES

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“Su mente estaba ocupada con cosas pequeñas en lugar de grandes, y se deleitaba con todo tipo de pequeños detalles, como el uniforme y el sombrero de sus soldados, y era lo mismo con respecto a sus operaciones de construcción de su casa, e incluso su cocina. Siempre pensó que podía enseñar algo de su propio oficio incluso a los hombres profesionales más hábiles, y ellos, por su parte, solían escuchar con gratitud las lecciones que se habían aprendido de memoria.

“Imaginaba que todo esto mostraba su industria infatigable; en realidad, fue una gran pérdida de tiempo, y sus ministros lo utilizaron muy bien para sus propios fines, tan pronto como aprendieron el arte de manejarlo, mantuvieron su atención concentrada en una gran cantidad de detalles, mientras conspiraban para salirse con la suya en asuntos más importantes.

“Su vanidad, que fue alimentada perpetuamente -pues incluso los predicadores solían alabarlo desde el púlpito- fue la causa del engrandecimiento de sus ministros. Imaginaba que eran grandes solo a través de él, meros portavoces a través de los cuales expresaba su voluntad, y en consecuencia no puso objeciones cuando gradualmente invadieron los privilegios de los nobles más grandes.

“Sintió que podía en cualquier momento reducirlos a su oscuridad original; mientras que, en el caso de un noble, aunque podía hacerle sentir el peso de su descontento, no podía privarlo a él ni a su familia de las ventajas derivadas de su nacimiento. Por esta razón, él lo hizo una regla de nunca admitir a un noble a sus consejos, por lo cual el Duque de Beauvilliers era la única excepción (…)

UNA CORTE DE ADULADORES

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“Se valió de las frecuentes festividades en Versalles y de sus excursiones a otros lugares, como un medio para hacer que los cortesanos se mostraran solícitos en su asistencia y ansiosos por complacerlo, ya que nominaba de antemano a aquellos que debían participar en ellos, y así podrían gratificar a algunos e infligir un desaire a los demás. Era consciente de que los favores sustanciales que tenía que otorgar no eran suficientes para producir un efecto continuo, por lo tanto, tenía que inventarse imaginarios, y nadie era tan inteligente al idear insignificantes distinciones y preferencias que despertaban envidias.

“Las visitas a Marly más tarde fueron muy útiles para él de esta manera; también aquellas al Trianon, donde ciertas damas, elegidas de antemano, fueron admitidas en su mesa. Otra distinción era sostener su candelero en su ‘coucher’ (momento de acostarse), tan pronto como terminaba sus oraciones solía nombrar al cortesano a quien se lo entregaría, siempre eligiendo uno de los más altos entre los presentes…

No solo esperaba que todas las personas distinguidas asistieran continuamente a la corte, sino que rápidamente notaba la ausencia de aquellos de grado inferior en su lever (amanecer), su coucher, sus comidas, en los jardines de Versalles (el único lugar donde el los cortesanos en general podían seguirlo), cuando solía mirar a derecha e izquierda; nada se le escapaba, miraba a todos. Si alguien que vivía habitualmente en la Corte se ausentaba, insistía en saber la razón; aquellos que vinieron allí solo para realizar visitas también tenían que dar una explicación satisfactoria; cualquiera que rara vez o nunca aparecía allí seguramente incurriría en su disgusto.

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“Si se le pedía que concediera un favor a aquellas personas, él respondía arrogantemente: ‘No lo conozco’; si se trataba de aquellos que rara vez se presentaban en su presencia, respondía “es un hombre que nunca veo” (…). Siempre se tomaba grandes molestias para descubrir lo que estaba sucediendo en lugares públicos, en la sociedad, en casas particulares, incluso en secretos familiares, y mantenía una inmensa cantidad de espías y portadores de historias.

“Estos espían eran de todo tipo, algunos no sabían que sus informes se los llevaban a él; otros lo sabían; hubo otros, más de una vez, que solían escribirle directamente, a través de los canales que el rey preestablecía (…) Muchos hombres de todos los rangos sociales fueron arruinados por estos métodos, a menudo muy injustamente, sin poder descubrir nunca la razón; y cuando el rey una vez tomaba algún prejuicio contra un hombre, casi nunca lo superaba…

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“Nadie entendió mejor que Luis XIV el arte de realzar el valor de un favor por su manera de otorgarlo; sabía cómo sacar el máximo provecho de una palabra, una sonrisa, incluso de una mirada. Si se dirigía a alguien, así fuera para hacer una pregunta sin importancia o hacer un comentario común, todas las miradas se volverían hacia la persona que había sido honrada; era un signo de favor que siempre daba lugar a comentarios…

“Amaba el esplendor, la magnificencia y la profusión en todas las cosas y fomentaba gustos similares en su corte (…) Los motivos de esta política tenían algo que ver con esto; al hacer los hábitos caros de la moda, y, para las personas en una determinada posición, una necesidad, obligó a sus cortesanos a vivir más allá de sus ingresos, y gradualmente los redujo a depender de su generosidad para los medios de subsistencia.

“Esta fue una plaga que, una vez introducida, se convirtió en un flagelo para todo el país, ya que no tardó en extenderse a París, y de allí a los ejércitos y las provincias; de modo que un hombre de cualquier posición ahora se estima completamente de acuerdo con sus gastos en su mesa y otros lujos. Esta locura, sostenida por el orgullo y la ostentación, ya ha producido confusión generalizada; amenaza con terminar en nada menos que la ruina y un derrocamiento general”.

(Tomado de las memorias del duque de Saint-Simon, publicadas en 1857)

La pobre princesa Juana de Francia era demasiado fea para ser reina

La princesa Juana de Valois (1464-1505), hija del rey Luis XI de Francia, era una jovencita delicada, culta y muy espiritual pero era muy (¡muy!) fea. Su madre, la sufrida Carlota de Saboya, la acostumbró a usar vestidos amplios y corséts que tenían la misión de disimular sus defectos, especialmente la cojera, pero no pudo hacer milagros, y varios príncipes se negaron a casarse con ella. Tomando cartas en el asunto, Luis XI amenazó a su pariente Luis de Orleáns con encerrarlo en un monasterio si no consentía en casarse con su hija.

La indeseada boda se llevó a cabo, para desgracia de ambos contrayentes. El novio jamás quiso tocarle un solo pelo a Juana. Años más tarde, Orleáns fue coronado rey de Francia (Luis XIII) y envió a su esposa a un convento. La despreciada Juana se retiró de la vida cortesana y se entregó a las obras caritativas y a los rezos, fundando una orden. Murió por desnutrición (ayunaba demasiado) a los 40 años. En 1950 fue canonizada por la Iglesia católica.

El rey te toca, Dios te cura

Un 17 de octubre, de 1610, Luis XIII era coronado rey de Francia a la edad de 9 años. Su padre, Enrique IV, había sido asesinado en mayo de ese año. El delfín fue testigo de la confusión que reinó en el Palacio del Louvre tras el asesinato y de la desolación de su madre, María de Médicis, quien exclamaba llorando: “¡El rey ha muerto, el rey ha muerto, lo han matado!” La respuesta del caballero Brúlart de Sillery no se hizo esperar. Señaló a Luis y dijo: “Los reyes de Francia no mueren. Aquí está el rey vivo, Madame”.

El mismo día de su coronación, Luis XIII viajó a la ciudad de Riems para llevar a cabo una costumbre que rememoraba la peregrinación de San Maclou, curador de las escrófulas, o lamparones, enfermedad hoy conocida como adenitis tuberculosa. En Francia, esta enfermedad recibía el nombre de “Mal du Roi”, y en Inglaterra se le llamaba “King’s Evil”, denominaciones que tienen su origen en la capacidad atribuida a ciertos monarcas para curar esa dolencia.

Se dice que el 29 de octubre de 1722, día siguiente a su coronación, San Luis, rey de Francia, tocó (y sanó milagrosamente) a más de 2.000 enfermos que le fueron presentados en el parque de Saint-Remy en Reims. En una sociedad tan supersticiosa como religiosa, no es de extrañar que la gran mayoría de los franceses profesaran una gran devoción hacia los reyes al creer que el simple contacto de sus manos pudiera curar sus males.

Desde entonces, el santo-rey y sus sucesores acostumbraron a tocar enfermos después de la misa todos los días, pronunciando una oración y la frase “El Rey te toca, Dios te cura”. Esta tradición perduraría hasta el siglo XVIII, con la coronación de Carlos X.

En el caso del rey-niño Luis XIII, la escena resultó conmovedora. El niño tenía edad para jugar con sus amigos, pero su padre había sido asesinado y debía cumplir con sus funciones de rey: “El espectáculo y el hedor de aquellos andrajosos era atroz“, escribe Georges Bordonove. “Cuatro veces el pequeño Luis XIII tuvo que sentarse, pero se sobrepuso a su breve desfallecimiento y siguió hasta llegar al último. Pálido, cubierto de sudor frío, se mantenía en pie por un esfuerzo de voluntad. Quería realizar aquel rito caritativo“.

Entre los grandes “tocadores” de Francia se encontraron rey Enrique IV. Un médico suizo que visitó París por entonces, Felix Platter, pudo observar personalmente el espectáculo y dejó la siguiente descripción de lo que había visto:

“El Rey asistió a misa en Notre Dame, acompañado por el Duque de Saboya y vitoreado por el pueblo, que a su paso gritaba, ‘Vive le Roi’. Al terminar la misa el Rey regresó al palacio de Louvre donde lo esperaban más de cien enfermos. Tan pronto como el Rey entró en la sala los enfermos se arrodillaron formando un círculo. El Rey fue de uno a otro, tocándoles con el pulgar y el índice la barba y la nariz, y después ambas mejillas con los mismos dedos de modo [que hacía] el signo de la cruz, y diciendo con el primer signo ‘El Rey te toca’, y con el segundo ‘Dios te cura’. El Rey hacía después la señal de la cruz frente a la cara de cada paciente y su tesorero, que le acompañaba, le daba a cada paciente cinco centavos […] todos los enfermos tenían grandes esperanzas de ser curados por el ‘toque real’… [Y, al menos, se llevaban la limosna]. Se decía que cuando el ‘toque del rey’ no curaba era porque el rey no era legítimo, ya que Dios solo les concedía a los verdaderos soberanos el don de curar a todos.”