El rey de España tiene 60 hijos pero sólo deja un heredero “hechizado”

Un 1 de noviembre, pero del año 1700, murió el rey Carlos II de España, “el hechizado”.

Cuando Felipe IV fue aclamado rey de España, en 1621, era un joven que desde el primer día se mostró totalmente desinteresado en los asuntos de gobierno. Apasionado por las mujeres, el monarca cedió todo el poder a su valido, el conde-duque de Olivares, para dedicarse por completo a los placeres que le ofrecían la juventud y el sexo.

En su libro “El Rey se divierte”, José Deleito y Piñuela dice que Felipe IV “con los primeros hervores de la adolescencia, cuando cabalgó sin freno por todos los campos del deleite, al impulso de pasiones desbordadas. Su tiempo pues estaba destinado al libertinaje, la caza como afición y a las correrías nocturnas por Madrid”.

El alegre monarca se casó en dos ocasiones y a causa de sus apasionadas aventuras nocturnas, se convirtió rey más prolífico de España: ¡se dice que dejó entre 30 y 60 hijos! (de los que solo reconoció a uno, don Juan José de Austria).

Sin embargo, a pesar de tener semejante número de hijos, Felipe IV no pudo evitar el fin de la dinastía: dejó apenas un heredero que, para desgracia de todos, padecía mil y una enfermedades, tenía cuatro años y casi ninguna neurona: Carlos II.

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A pesar de que los astros habían vaticinado que el príncipe nacido en 1661 iba a ser un hombre de heroico valor, venido al mundo para disfrutar de un felicísimo reinado, la genética no opinaba lo mismo sobre el rey Carlos II (1661-1700).

Doscientos años matrimonios consanguíneos produjeron tal degeneración que aquel niño creció raquítico, enfermizo y con una inteligencia muy corta, por no hablar de su esterilidad, lo que significó la extinción de la Casa de Austria en el trono de España. Alguien dijo alguna vez: “Carlos I fue guerrero y rey, Felipe II sólo rey, Felipe III y Felipe IV hombres nada más, y Carlos II ni hombre siquiera”.

Cuando le llegó la muerte a los 39 años, Carlos II ya había sido apodado popularmente como “el Hechizado” y se culpaba a la brujería y a influencias diabólicas por todas sus cuitas. En 1665 cuando Felipe IV murió, Carlos II aún tomaba el pecho. Para evitar la mala imagen de coronar como rey a un niño tan poco desarrollado, los médicos reales aconsejaron suspender la lactancia, que llevaban a cabo catorce sufridas nodrizas.

Le prescribieron papillas y, como no se podía mantener en pie, encargaron al sastre unos gruesos cordones para sostenerle mientras recibía a los embajadores extranjeros. Entonces, don Carlos II todavía era un bebé: no hablaba ni caminaba. Cuando tenía seis años, el rey del imperio más poderoso de su época enfermó sarampión y varicela; a los diez años, rubéola, y a los once, viruela, que estuvo muy cerca de matarlo. Una porquería.

Por sobre sus problemas físicos, estaban los mentales: aprendió a hablar a los 10 años y a los 15 apenas podía estampar su firma en un papel: «Yo, el Rey». A los 20 años la inteligencia de Carlos II era tan escasa como la de un niño. No jugaba, ni estudiaba, ni salía a pasear.

Cuando tenía 30 años, ya no tenía cabello, usaba peluca, y creía hacer un gran esfuerzo al dedicarse, durante una hora todos los días, a la lectura de un libro de historia, pero cuando el primer ministro le hablaba de temas importantes, el rey miraba constantemente el reloj, esperando con impaciencia el final para irse a dormir. Carlos II murió el 1 de noviembre de 1700 y su muerte significó la extinción de la Casa de Austria en España. Tenía 38 años pero parecía de 80.

En la morgue real, el médico encargado de la autopsia apenas pudo disimular su sorpresa al descubrir que, en el interior del cadáver “no había una sola gota de sangre”. La enorme cabeza del rey estaba repleta de agua, como consecuencia de la hidrocefalia mientras el corazón, según dejó asentado el médico, era “del tamaño de un grano de pimienta”. Por su parte, los pulmones “estaban corroídos” y “los intestinos, putrefactos y gangrenados”. Por último, el médico observó que el muerto tenía “un solo testículo negro como el carbón”. Para los españoles, no cabía duda alguna… el rey estaba hechizado.

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¿Los Reyes Católicos vivieron en pecado?

Un 19 de octubre, pero del año 1469, contrajeron matrimonio los Reyes Católicos en el Palacio de los Vivero de Valladolid. No fue el amor lo que unió a Isabel, reina de Castilla, con Fernando II, rey de Aragón, los monarcas que unieron a España. Los contrayentes eran dos adolescentes, peones del gigantesco tablero político de la Península Ibérica en el siglo XV.

Sin embargo, el cariño mutuo no tardó en llegar, junto con la pasión amorosa, las infidelidades de Fernando, los celos de Isabel y los hijos. Según los testigos, los jóvenes eran lindos y se atrajeron mutuamente, y la noche de bodas, un médico real anotó: “Esa noche fue consumado el matrimonio entre los novios, donde se mostró cumplido testimonio de su virginidad y nobleza en presencia de jueces, regidores y caballeros”.

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Llegar al altar no fue un camino fácil, sobre todo teniendo en cuenta que los novios eran primos, un tipo de matrimonio al que la Iglesia católica se oponía. Sin embargo, los planes políticos debían concretarse y se hizo necesaria una bula del Papa para celebrar, de todos modos, la unión que cambiaría la historia de España para siempre.

El día de la boda, casi a último momento, llegó una dispensa sospechosamente firmada por el papa Pío II, pontífice que había muerto cinco años antes. Se trataba, obviamente, de una mentira. Era una falsificación hecha por el arzobispo de Toledo, lo que significó que los recién casados vivieron “en pecado” durante años y con el riesgo de ser excomulgados por Roma.

Finalmente, dos años más tarde, una bula (¡auténtica esta vez!) firmada por el papa Sixto IV legitimó el matrimonio de los Reyes Católicos ante Dios y ante la Santa Iglesia. El pontífice envió a su legado, el español Rodrigo Borgia, para que se la entregara en mano a los monarcas.

Esto no se habría logrado si el cardenal Borgia no hubiera insistido ante el trono papal. Como recompensa, al ser coronado rey de Aragón Fernando II le otorgó el importantísimo ducado de Gandía para él y su descendencia. Años más tarde, cuando Borgia fue coronado papa (Alejandro VI), otorgó a los monarcas el título sin precedentes de “Reyes Católicos”.

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Felipe IV y su querido enano

La corte de España durante los siglos XVI y XVII estaba repleta de bufones que eran objeto de risas y burlas. El Alcázar de Madrid, principal residencia de los reyes, rebosaba de todo tipo de rarezas: inválidos, retrasados mentales, mujeres gordas y barbudas, cotorras, papagayos y monas vestidas como reinas. Pero entre las “sabandijas del palacio” los que destacaban eran los enanos, los locos y los deformes, cuya fealdad era utilizada para realzar la belleza de sus señores.

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Se cuentan más de 120 enanos en la corte española: se encargaban de las mascotas, de hacer compañía a la familia real, espiar a los cortesanos e inculcar a los invitados para ver si se estaban robando. Uno de los enanos más famosos fue Miguel Soplillo, enviado desde Flandes por la infanta Isabel Clara Eugenia como un regalo para su hermano, el rey Felipe IV. El monarca quería mucho a este enano, lo tenía de amigo y consejero, hasta el punto de hacerse pintar junto a él por el retratista Rodrigo de Villadrando.

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El emperador se retira del mundo y ensaya sus propios funerales

La apacible y silenciosa vida del Monasterio de San Jerónimo, en Yuste, España, se vio trastornada de la noche a la mañana un día de 1557, cuando llegó a sus puertas Carlos V (1500-1558), que había abdicado como Emperador de Alemania y Rey de España para vivir entre los monjes de la comunidad y esperar la muerte…

El hijo de Juana “la Loca”, reina de Castilla, y de Felipe “el Hermoso” de Austria estaba cansado: “Nueve veces fui a Alemania la Alta, seis he pasado en España, siete en Italia, diez he venido aquí a Flandes, cuatro en tiempo de paz y de guerra he entrado en Francia, dos en Inglaterra, otras dos fui contra África, las cuales todas son cuarenta, sin otros caminos de menos cuenta, que por visitar mis tierras tengo hechos. Y para esto he navegado ocho veces el mar Mediterráneo y tres el Océano de España, y agora será la cuarta que volveré a pasarlo para sepultarme”.

Digno hijo de Juana, el melancólico emperador se sentía cerca de la muerte a los 55 años.

“¡Verdaderamente el emperador se ha vuelto loco!”, exclamó el papa Pablo IV al enterarse que su majestad imperial se retiraría del mundo, en una época en que las abdicaciones no eran comunes ni bien vistas. El 25 de octubre de 1555 Carlos V abdicó y de inmediato escribió a los monjes de Yuste: “Deseo retirarme entre vosotros a acabar mi vida y por eso querría que me labrásedes unos aposentos en San Jerónimo de Yuste”.

Junto con la carta, el emperador les enviaba también un plano del palacio que deseaba que se construyera. Carlos V pidió que su alcoba (por supuesto, con cama con dosel, sillones tapizados con fino terciopelo, jarrones y alfombras) tuviera acceso directo con la iglesia de modo que pudiera oír la misa cuando estuviera enfermo.

Un monje que vive como emperador

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Los monjes tuvieron que adecuar las austeras habitaciones del monasterio para acomodar dignamente al emperador y a una comitiva de 50 cortesanos. De pronto, el lugar se convirtió en un auténtico palacio, repleto de candelabros, estufas, esculturas, cuadros y fuentes.

El 3 de febrero de 1557, Carlos V llegó a Yuste y las campanas de la iglesia doblaron en su honor, pero el emperador hizo silenciarlas: “He dejado de ser emperador”. Sin embargo, el retiro del antiguo “Señor de dos mundos” dentro de un monasterio no fue sencillo y humilde, como se exige a los hombres que dedican su vida a Dios.

El edificio destinado al emperador había sido construido sobre el flanco de este monasterio, situado en una zona particularmente salubre“, escribe el historiador Carlos Fisas. “El edificio estaba compuesto de ocho salas cuadradas. La mitad en la planta baja con un corredor que conducía a un gran jardín donde se habían plantado naranjos, limoneros y flores olorosas (…) Sabiendo lo sensible que era al frío se habían instalado grandes chimeneas en las estancias destinadas al emperador”.

Casi a diario, Su Majestad comenzó a celebrar grandes y alegres banquetes en los que fluía la cerveza y se servían comidas importadas desde todas partes del mundo: fiambres, ostras, sardinas, salmones, truchas, salchichas picantes, bacalao, mariscos, pollo, café, chocolate, chorizos, etc. Así lo relata Robert Courau en su libro ‘Historia pintoresca de España’:

“Los primeros días en Yuste fueron melancólicos, obsesionados sobre todo por el sentimiento de haber ‘debilitado su reputación’ al no haber abdicado inmediatamente después de su victoria sobre el ejército de los príncipes luteranos; reprochándose el haber conservado el poder cuando se acercaba a los cincuenta, repetía con amargura: la fortuna sólo ama a los jóvenes. Pero no tarda en rehacerse, recurriendo al tónico más eficaz: un ritmo invariable de vida.

“Se levanta al amanecer, reza con su confesor, se entretiene después con el mecánico relojero, rodeado de relojes, de lentes y de diversos instrumentos de física. Hacia las diez llega el barbero y los ayudas de cámara, con lo que empieza la jornada oficia. Cuatro misas (por su padre, su madre, su esposa y por él mismo) y una meditación piadosa, un eventual ensayo de la escolanía del convento y la lectura de algunos despachos. Llega después la hora más esperada: la de la comida. Con gran acompañamiento de especias, Carlos devora con el mismo apetito que en su juventud, gozando de las especialidades regionales, nuevas para él, como cierta variedad de perdiz conservada a base de echarle orina en el pico; mientras come, escucha distraídamente la conversación de sus intelectuales. A veces está invitado en su mesa algún huésped de categoría llegado a Yuste a pesar de las dificultades del camino; pero muy pronto se aventurarán hasta allí algunos miembros de su familia.

“(…) Al cabo de quince meses de estancia en Yuste, la salud del ilustre ermitaño, hace tiempo bastante precaria, prematuramente avejentado, declina visiblemente. Torturado por sus habituales enfermedades, ahora sufre unos temblores que lo dejan helado de la cabeza a los pies. Poco eficaces resultan las tisanas de diversas y raras esencias que su médico le administra, y los baños de vinagre y agua de rosas que toma por consejo suyo para ayudar a sus piernas atacadas por la parálisis. De la misma eficacia son los numerosos talismanes medicinales con los que se cubre para “alejar la enfermedad”: piedra azul contra la gota; piedras engarzadas en oro, contra las llagas supurantes; brazaletes y anillos de oro contra las hemorroides”.

Planes de una muerte esperada

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El emperador que vivió como un monje murió el 21 de septiembre de 1558, momento para la que se había estado preparando durante tiempo. Consciente de que le quedaba poco tiempo en este mundo, en los últimos meses había hecho celebrar sus funerales en vida y, acostado solemnemente en un ataúd, oía con devoción las oraciones por su alma.

Según la leyenda, el emperador se vestía con la ropa que quería usar en su paso al más allá y se acostaba dentro del féretro mientras los monjes entonaban letanías y oraciones de luto y las campanas de Yuste tañían a muerte. Aunque no se sabe con certeza qué tanta verdad hay en todas estas historias, sí es cierto que don Carlos dejó una larga lista de especificaciones, detalladas y enumeradas, sobre sus exequias.  Durante los meses previos, se celebraron funerales a modo de ensayo y se entonaba la vigilia de los difuntos con el muerto todavía vivo aunque agonizante.

Al fallecer el emperador, la iglesia del monasterio fue revestida por completo con cortinajes negros,  y un gran catafalco con el ataúd fue colocado en el centro del templo. El funeral duró tres días y tres noches de misas continuas y rezos hasta que don Carlos fue sepultado bajo el altar de la iglesia. La última voluntad del emperador era ser sepultado bajo el altar mayor, de modo que el sacerdote pisara “sus pechos y su cabeza mientras oficia” la misa.

 

 


tablet-1156403_1280Esta historia forma parte del libro “Secretos Cortesanos”, una selección de 100 anécdotas de amores, escándalos y frivolidades de la realeza.

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Victoria Eugenia de España: ¿Una reina por elección popular?

En 1905, el rey Alfonso XIII de España tenía veinte años y era el “soltero de oro” de Europa. La búsqueda de una esposa para el joven monarca alimentó las febriles especulaciones de la prensa europea y los ciudadanos de a pie comentaban por todas partes sobre la posible futura reina.

En Madrid, el diario monárquico “ABC” hizo una encuesta popular en la que se preguntaba “¿Quién será la futura reina de España?” y adjuntaba retratos y datos biográficos de varias princesas solteras y en edad de casarse. Seguir leyendo “Victoria Eugenia de España: ¿Una reina por elección popular?”

Don Juan: El príncipe que murió por “exceso de amor”

El primer hijo varón y heredero de los Reyes Católicos, el príncipe don Juan, nació el 30 de junio de de 1478 en Sevilla. La reina Isabel de Castilla fue madre de numerosos hijos, entre ellos la futuras reinas Juana de España y Catalina de Inglaterra, mientras Isabel y María se turnaron como reinas de Portugal, pero los varones no sobrevivieron.

Es por eso que Isabel y Fernando se alegraron tanto cuando llegó al mundo don Juan, cuyo nacimiento fue considerado un milagro y celebrado durante varios días en los dominios del matrimonio. El niño, de cabellos rubios y delicados rasgos faciales, era tan bonito que su madre siempre lo llamaría su “Ángel”. Seguir leyendo “Don Juan: El príncipe que murió por “exceso de amor””

Una boda real fallida que casi provoca una guerra en Europa

Doña María de Austria (1606-1646) fue una de las muchas infantas de España que a lo largo de la historia fueron utilizadas como “moneda de cambio”. Una de esas princesas que, por razón de Estado, fueron obligadas a marchar al extranjero para ser esposas de otros monarcas, en matrimonios que, de una u otra forma, favorecerían las relaciones diplomáticas de su país.

Su hermana mayor, la infanta Ana, fue enviada a Francia en 1615 para convertirse en la esposa del rey Luis XIII, un hombre que no la quería y no estaba en lo más mínimo interesado en el sexo femenino, y en la ardorosa amante del Cardenal Mazarino.

A la infanta María le tocó marchar a Austria, en 1631, para contraer matrimonio con su primo hermano Fernando III (1608-1657), futuro Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, de la Casa de Habsburgo. Así, la infanta, una Habsburgo, hija de dos Habsburgos, nieta y bisnieta de Habsburgos se casaba con otro Habsburgo. Seguir leyendo “Una boda real fallida que casi provoca una guerra en Europa”

¡El rey quiere agua! El elaborado protocolo de la Casa de Austria

En el siglo XVII, el protocolo de la corte de la Casa de Austria en España era muy estricto y de ello deja constancia una crónica de Antonio Rodríguez Villa, archivero real (1843-1912) sobre el caótico momento en que al rey se le antojaba beber algo:

“El ujier de sala iba a llamar al ‘gentilhombre de boca’ que le correspondía servir de copero, y acompañados de la guardia, entraban en la cava, donde el sumiller de ella le daba en una mano la copa de Su Majestad (…) después daba al ujier las fuentes, y él llevaba un jarro y una taza grande de salva [la prueba que se hacía de las comidas servidas a los reyes], donde se colocaba la copa cuando Su Majestad la pedía. Un ayudante del oficio de la cava llevaba los frascos de vino y agua… Seguir leyendo “¡El rey quiere agua! El elaborado protocolo de la Casa de Austria”

Enrique IV de Castilla: ¿era impotente o no quería ni ver a su esposa?

Enrique IV, rey de Castilla (1425-1474), recibió popularmente el sobrenombre de “el Impotente” en 1453, luego de que su matrimonio con la infanta Blanca de Navarra fuera anulado por el papa Nicolás V alegando “impotencia perpetua” debida a un tipo de “hechizo”. El propio rey aseguraba que no había podido consumar su matrimonio debido a “influencias malignas”.

Algunos achacaron la imposibilidad de mantener relaciones sexuales a la presión de la Corte: nobles, favoritos, obispos, médicos, criadas y hasta bufones debían presenciar el acto alrededor del lecho matrimonial del rey para atestiguar la legitimidad del futuro bebé real. Otros, como la historiadora Ángela Vallvey Arévalo, aseguran que el hermano de Isabel la Católica era un adolescente homosexual cuando fue obligado a casarse con la princesa Blanca de Navarra, mujer madura: Seguir leyendo “Enrique IV de Castilla: ¿era impotente o no quería ni ver a su esposa?”

Fernando VII de España: cuatro bodas y un funeral

Cobarde, vago, maleducado, desagradable… con tamañas virtudes a muchos sorprende que Fernando VII, rey de España, llegara a tener cuatro esposas: las tres primeras (María Antonia, Isabel y María Josefa) murieron jóvenes y con la desdicha de no haber dado herederos al trono; la cuarta de las esposas, María Cristina, quedó viuda.

Según el marqués de Villa-Urrutia, Fernando era en esos momentos “hombre de muchos y desordenados apetitos, harto dañosos para la enfermedad que padecía; pero no le gustaba de solazarse con las damas de su corte, como su ilustre antepasado el gran rey francés, antes de que lo sometiera a su severa disciplina Madame de Maintenon. Aunque muy aficionado a las mujeres, no las tenía en más estima que a los hombres, ni le inspiraban mayor confianza, sintiendo una instintiva repugnancia a dejarse gobernar por privados o queridas. Solía salir disfrazado por las noches en compañía del duque de Alagón, tanto para enterarse, a guisa de sultán oriental, de lo que se decía y hacía en la coronada villa, capital de sus reinos, como para entregarse fuera de palacio a ciertos deportes que los musulmanes practican dentro del harén…”

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