La solitaria vida de la hijas de Luis XV, las princesas que no tenían nombre

En el palacio de Versalles, la esplendorosa residencia de los reyes de Francia, en las primeras décadas del siglo XVII vivían nada menos que 5.000 personas, entre funcionarios, nobles, sirvientes y familiares del rey Luis XV y otros descendientes de Luis XIV. También había muchos animales, un pequeño zoológico y cientos de nobles que rivalizaban por quién tenía las mascotas, las pelucas, las joyas o los trajes más hermosos.

Pero si algo escaseaba en el majestuoso Versalles eran las risas de los niños. Los infantes estaban vetados en los palacios reales franceses porque lloraban, molestaban y hacían ruido. Salvo los pequeños de la familia real, que jamás contaban con la compañía de otros niños de su edad, cuando nacía un bebé -fuera hijo de una noble familia o de un guardia- inmediatamente era enviados lejos de la corte.

Los hijos de Versalles viajaban inmediatamente después del parto fuera de los límites del palacio real, a poblados cercanos como Villepreux, Noisy o lugares más lejanos. Muchos de ellos morían en el viaje. Las familias más ricas podían ubicar a sus bebés en palacios y con los mejores cuidados, ubicados con otras familias o institutrices que se encargaran de su educación o bien, entregados en adopción.

Aquellos niños que morían durante el parto eran sepultados de inmediato y tan secretamente que ni los padres asistían a las exequias. Los menores de tres años de edad parecían no ser dignos siguiera de ser bautizados o de una misa fúnebre.

Los niños de la familia real constituían la excepción, aunque sus vidas no eran felices. Criados en palacio, eran confiados a personajes que recibieron la responsabilidad de su educación, pero no aparecían nunca. Un pequeño rincón del inmenso parque de Versalles estaba reservado para sus juegos.

Luis XV y su esposa, la polaca María Lezcynska, sin dudas amaron a sus hijos. El rey, pese a estar muy ocupado con asuntos de Estado, con sus amantes o aburrido, disfrutaba de la presencia de sus niños durante unos minutos al día, al igual que la reina. Lo dijo la marquesa de Pompadour: “La ternura del rey por sus hijos es increíble y ellos responden con todo el corazón”. Pero la etiqueta versallesca era dura y nadie, ni el rey, podía romperla.

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La costumbre de ignorar a los niños de la realeza y la nobleza se mantuvo en los reinados sucesivos de Luis XV -el Bienamado- y de Luis XIV y María Antonieta, que perdieron la cabeza en la Revolución, y más aún si los infantes de la familia eran niñas. Entonces, los príncipes eran necesarios, pero las princesas no eran valiosas ni para Francia ni para ninguna otra monarquía europea a menos que fueran lo suficientemente atractivas para concretar un matrimonio político conveniente al país.

Siguiendo esta premisa, las princesas Teresa, Victoria, Sofía, Luisa y Adelaida fueron criadas de una forma muy descuidada. Luis XV y su esposa ni siquiera se molestaron en poner nombre a sus varias hijas, dándoselo al momento de su bautismo, que solía retrasarse hasta que tenían diez o doce años.

Mientras tanto, para identificarlas, se les daba un número que seguía el orden en que habían nacido, como si fueran ganado: “Madame Primera”, “Madame Segunda”, “Madame Tercera” y así, sucesivamente. En algunos casos, los padres recordaban que sus hijas no tenían nombre cuando ya eran mayores de edad.

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MADAME MARIA LUISA

La severa etiqueta de Versalles impedía que las niñas se acercaran a sus padres, que no las veían más que unos minutos al día y en presencia de su niñera, cuando iban a “hacer la corte al rey y a la reina”. Si alguna niña estaba enferma, no podía tener contacto con sus padre, y si corría peligro de muerte era inmediatamente sacada de Versalles porque nadie tenía permitido morir bajo el mismo techo en que vivía el rey.

Cuando el número de hijas de Luis XV subió a siete, los monarcas se vieron en la necesidad, a pesar de su tierna edad, de disponer de una pequeña corte y numerosa servidumbre, pero los gastos serían demasiado grandes. Se resolvió entonces enviar a las cinco hijas menores a un convento a fin de ahorrar dinero.

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MADAME ADELAIDE

Algunos historiadores aseguran que no fueron motivos financieros los que condujeron a Luis XV, que adoraba a sus hijas, a enviarlas a un convento. Aseguran que en realidad quería alejarlas de la viciada atmósfera palaciega, donde reinaban todavía la promiscuidad, la violencia, las adicciones, los celos, las rivalidades y el desenfreno.

La mayor de las princesas no tenía más que siete años cuando se decidió su traslado, y era la favorita de su madre, la cual, sin embargo, nunca se atrevió a contradecir el deseo del rey. Sin embargo, enseñó a la niña el papel que debía representar para conseguir de su padre que la dejaran en Versalles y en efecto, antes de la fecha señalada para abandonar el palacio, Madame Tercera se arrojó a los pies del rey y, envuelta en llanto, consiguió lo que deseaba.

Las otras cuatros princesas fueron puestas en un carruaje con su aya al convento de Fontevrault, a trece días de viaje, de donde no salieron sino hasta cinco años más tarde. La abadesa del lugar, Madame de Montemart, acondicionó para ellas una pequeña residencia llamada el Petit Bourbon, rodeada de jardines, para que vivieran de la forma más cómoda posible. Una de ellas murió allí y de todas las hijas de Luis XV, solo una se casó: fue Isabel, que en 1735 contrajo matrimonio con el duque de Parma.

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MADAME ENRIQUETA

En 1750 fue muy comentada la anécdota que involucró a una de las hijas de Luis XV, ‘Madame Seconde’ -o Enriqueta-, quien según la condesa de Charon era “una princesa pura como el capullo de una rosa” y que “jamás mirada de paje o de mosquetero osó posarse sobre este tesoro de pudor”.

La misma condesa contó que una noche se oyeron gritos en la alcoba de la princesa que alarmaron a doncellas y guardias que, al ingresar por la fuerza, encontraron a la princesa en el suelo y sobre ella un apuesto joven que había intentado violarla infructuosamente.  Los guardias actuaron pero pronto descubrieron que el violador estaba dormido. Le pusieron una manta y cuando despertó, no entendía nada. Era sonámbulo. Según la condesa, el rey “ordenó que se limitarán a dejar encerrado bajo llave por las noches al andariego, agregando bondadosamente que nadie es culpable cuando duerme“.

Hay que decir que los hijos varones de la familia real francesa no corrían con más suerte que las mujeres. Unas horas después de nacer, cada niño era separado de la madre y entregado al cuidado de la gobernanta de los ‘Hijos de Francia‘, quien lo cuidaba en un apartamento palaciego especialmente destinado al bebé, con una cura dorada y lejos del cariño de su madre. Los varones eran criados mujeres durante sus primeros seis años de vida, con lazos en el pelo y faldas de encaje hasta que eran enviados al mundo todavía más estricto “de los hombres”.

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María de Médicis se llevó dos grande sorpresas el día de su boda con el rey de Francia

Un 17 de diciembre, de 1600, el rey Enrique IV de Francia se casó con la riquísima noble florentina María de Médicis, el mismo día que se conocieron. Los testigos cuentan que la noble florentina ese día se llevó ¡DOS GRANDES SORPRESAS!

La primera fue la emoción con la que su prometido le presentó a Gabrielle d’Etrangues, su joven amante: “Ella es mi favorita, que no desea ser sino vuestra rendida servidora”. Luego, con una enérgica presión en los hombros, el rey obligó a Henriette a inclinarse ante su reina, en una escena humillante.

La segunda sorpresa la cuenta Tallemant Des Reaux, quien relata crudamente que la nueva reina de Francia, durante la noche de bodas, “quedó terriblemente perfumada por el olor de las axilas de su esposo”.

El calvario de la reina de Francia que fue repudiada por ser muy fea

La princesa Juana de Valois (1464-1505), hija del rey Luis XI de Francia, era una jovencita delicada, culta y muy espiritual… pero era muy fea, un tipo de fealdad que obligó incluso a la Iglesia católica a separarla de su marido, a quien no atraía.

La princesa Juana nació en 1464 y decepcionó a todo el mundo, que esperaban que un varón viniera a salvar la corona de una crisis sucesoria. Su padre se repuso a la tragedia y, contrariamente a la costumbre, no culpó a su mujer por haber tenido una hija mujer.

A las tres semanas del nacimiento, comenzó a planear el matrimonio de la princesa bebé: al no tener hijos varones, esta niña sería la depositaria de los derechos sucesorios de Francia y, aunque no podría ser reina a causa de la Ley Sálica, su esposo heredaría el trono.

Así, Luis XI propuso a su “muy querido y amado tío” Carlos, duque de Orleáns, casar a su “muy querida y muy amada hija Juana de Francia” con su “muy querido y amado primo” el príncipe Luis. La mano de la hija del rey de Francia no se rechazaba: Juana tenía apenas 26 días de vida cuando fue comprometida con un niño de 23 meses de edad.

A medida que pasó el tiempo, los duques de Orleáns comenzaron a protestar ante la decisión de Luis XI de no enviar a su hija a educarla junto a su “novio”. Por el contrario, el rey había decidido enviar a la princesa bien lejos de la corte, al castillo de Linières, donde permaneció casi enclaustrada desde los cinco años de edad.

¿La razón? A medida que la niña nació se fue haciendo más fea de lo que era, tan fea que fue descrita por un cortesano como una mujer “marcada por la imperfección”. Se le diagnosticó escoliosis y raquitismo, deformación de la columna vertebral, desarrollo desigual de los miembros inferiores y de la pelvis, además de una debilidad osea generalizada.

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LUIS XII DE FRANCIA

Cuando llegó el momento de la boda, Juana tenía 12 años y por fin conoció a su novio, de 14. La sorpresa de la corte fue absoluta. La madre de la novia, la sufrida Carlota de Saboya, la había acostumbrado a usar vestidos amplios y aparejos que tenían por objeto disimular sus defectos, especialmente la cojera, pero no pudo hacer milagros.

La indeseada boda se llevó a cabo, para desgracia de ambos contrayentes. “Los contemporáneos compadecieron primero al bello joven encadenado a semejante esposa”, escribe la historiadora Simone Bertière. “No tenían por los discapacitados, muy numerosos en esos tiempos, la compasión que nosotros creemos deber manifestarles…”

El novio adolescente, hermoso y atlético, ya muy entregado a sus impulsos carnales, jamás quiso tocarle un solo pelo a su mujer durante los siguientes veinte años, pese a que todo el mundo trataba de convencerlo de que ella era, a pesar de todo, virtuosa, piadosa, inteligente, valiente, honesta, cariñosa…

Dos décadas tuvo que soportar Luis de Orleáns a su esposa: ¡todo sea por un trono! Su suegro ejerció sobre él una vigilancia absoluta, conminándolo bruscamente -y en todo momento- a cumplir con sus deberes maritales.

Tan solo la enfermedad, cuando un ataque de viruelas lo dejó en cama, acercó a Luis de Orleáns y su esposa. Juana, buena como el pan, pasó día y noche rezando junto a su marido y atendiéndolo en todo. Él no le dio ni las gracias.

Con frecuencia, el rey enviaba a los jóvenes a Liniéres durante un mes, amenazando a su yerno de ser ejecutado y arrojado a un río si no embarazaba a su esposa. “Preferiría que me cortaran la cabeza antes que hacerlo”, exclamaba el esposo.

Luis de Orleáns pensaba que la muerte de Luis XI lo liberaría de su tormento conyugal, pero no fue así: su cuñado Carlos VIII mantuvo la misma postura, aunque suavizó el espionaje y la vigilancia que pesaba sobre el matrimonio. La hija y hermana de un rey de Francia no podía ser repudiada.

Sin embargo, apenas fue coronado rey al morir Carlos, en 1498, Luis XII comenzó el vergonzoso proceso ante la Curia Romana para liberarse de su esposa. Siendo el nuevo amo y señor de Francia, no se mostraría dispuesto a dispensarle el trato de reina a Juana a quien, desde luego, se le prohibió la entrada a la consagración de Luis XII: ¡a ella, que había convertido a su marido en rey!

El rey envió un mensaje con el noble Louis de la Tremouille diciéndole a su esposa que ella tenía la culpa de la crisis: “Señora, el rey me encomienda vivamente a vos y me ha encargado decirle que la dama de este mundo que más ama es usted, su pariente más cercana, por las gracias y virtudes que en usted resplandecen, pero está muy disgustado porque usted no está dispuesta a tener descendencia, pues él desearía terminar sus días en tan santa compañía como la suya…”

Mientras Roma trataba el espinoso y complicado asunto, que duró nueve meses, Luis le retiró a su esposa el título de reina, a quien se refirió desde entonces como Madame Juana de Francia. La propia reina se presentó ante un tribunal para asegurar que ningún defecto físico le impedía la unión carnal y que su matrimonio había sido consumado, pero el rey tenía poder. El tribunal la llamaba “frígida”, “maldita” y otras cosas peores.

Fue finalmente el Papa Alejandro VI quien autorizó la disolución del matrimonio después de que unos testigos llevaran ante el tribunal una vieja carta de Luis cuando era un príncipe al Conde de Dammartin, en la que le afirmaba que estaba amenazado de muerte y que se mujer era esteril. Los cortesanos compitieron por el honor de certificar la autenticidad de la carta: ¡caso cerrado!

La despreciada Juana, oficialmente acusada de ser esteril, extraoficialmente demasiado fea para ser reina, se retiró de la vida cortesana, jamás volvió a ver a su marido (ni siquiera se despidieron) y se entregó a las obras caritativas y a los rezos, fundando una orden religiosa femenina. “Sintiéndose capaz de vivir en continencia y castidad”, escribió Brantome, “se retiró junto a Dios y lo desposó, tanto que nunca más tuvo otro marido: que mejor no podía tener”.

Luis XII, cuya imagen se vio seriamente perjudicada tras el proceso, fue bondadoso: le aseguró mediante cartas y documentos rentas de acuerdo a su rango, una pensión vitalicia y el título de duquesa de Berry. Desgastada por el ayuno y las oraciones, la reina Juana murió de hambre a los 40 años, en 1505. Mantenía clavado en su pecho un trozo de laúd, el que tocaba en su juventud, con cinco clavos de plata en recuerdo a las cinco llagas de Cristo. En 1950 Juana fue canonizada quedando convertida en Santa Juana de Valois.

Cartas desde Viena: el Emperador de Austria salva el matrimonio del Rey de Francia

Cuando el desdichado Luis XVI, por entonces Delfín de Francia, se casó con la archiduquesa María Antonieta de Austria, en 1770, pocos sospechaban lo mucho que tendrían que esperar la llegada de los hijos, puesto que confiaban en la virtud prolífica de los Habsburgo: la madre de la novia, la emperatriz María Teresa, había tenido nada menos que dieciséis saludables vástagos.

Los médicos reales no supieron dar explicaciones sobre la ausencia de herederos de Luis XVI y María Antonieta, quienes fueron coronados en 1774 tras la muerte de Luis XV. La preocupación fue en aumento hasta que el asunto adquirió importancia de Estado. Las cancillerías, embajadas y cortes extranjeras difundían verdades y mentiras sobre la verdadera razón de la falta de hijos, mientras nobles y plebeyos, cuando las nubes revolucionarias amenazaban, difundían rumores y burlas.

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JOSÉ II DE AUSTRIA CON SU HERMANA Y SU CUÑADO.

La suegra del rey, María Teresa, era la principal intrigante y enviaba cartas a toda Europa cuestionando la virilidad de su yerno y la frialdad exagerada de su hija. “Todas las buenas noticias“, le escribió la madre a la hija, “que deberían llenarme de felicidad, se empañan cuando pienso en tu peligrosa situación, la cual empeora porque no percibes el peligro, o porque no quieres percibirlo. Sencillamente, no empleas los medios necesarios para resolverla“.

“Si una joven con el encanto de la delfina no consigue despertar la pasión del delfín… mejor será no hacer nada y esperar que el tiempo solucione esa extraña conducta”, escribió el médico imperial, Van Swieten. Tras mandar a su embajador, el conde de Mercy-Argenteay, a espiar a su hija y exhortarla a mostrarse más cariñosa con su marido, en 1777 la emperatriz suplicó a su hijo, el emperador José II, que viajara a París para ayudar de alguna forma a los reyes.

Con el nombre falso de “Conde Falkenstein” y alojándose en una humilde posada de Versalles, entró al palacio real de incógnito para poder disfrutar de un aspecto más íntimo de la vida de los reyes. José II quería hablar seriamente su cuñado, “de hombre a hombre”, sobre sus deberes conyugales y parece que Luis XVI, flemático, perezoso, apático, recibió de buena gana sus consejos sexuales.

Sin embargo José II quedó absolutamente asombrado por la falta de experiencia del rey, que era todavía muy joven: nadie se había tomado la molestia de inciarlo en educación sexual o, como mínimo, conseguirle una mujer experimentada a modo de “ensayo” antes del casamiento. Parece broma, pero aquella era una costumbre muy arraigada en las cortes europeas y se dice que Luis XIV fue iniciado sexualmente en su más tierna adolescencia por una mujer tuerta de sesenta años.

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LUIS XVI FUE CORONADO AL MORIR SU ABUELO EN 1774.

“Imagínate” , le escribió José II a su hermano Leopoldo. “En la cama (y esto es un secreto), Luis tiene fuertes erecciones y absolutamente satisfactorias; introduce su miembro, permanece dentro unos minutos sin moverse, lo retira sin eyacular, estando todavía erecto, y da las buenas noches. Es increíble, porque a veces sufre poluciones nocturnas, salvo cuando está dentro y dispuesto a hacerlo (…) ¡Ay, si yo pudiera estar presente! Yo mismo podría haberme encargado. Habría azotado con tal fuerza al rey de Francia que habría eyaculado de pura furia como un asno“.

“Tengo tres cuñados y los tres son una desgracia”, se lamentaba José II; “El de Versalles es un imbécil; el de Nápoles, un loco, y el de Parma, un tonto”.

Pero José II no quiso marcharse de Francia sin ayudar también a su hermana, María Antonieta, a quien le dejó una larga instrucción (¡de 36 páginas!) en la que le pedía que reflexionara sobre sus deberes como esposa y la exhortaba a ser más cariñosa con Luis XVI: “Hermana mía, ¿pones amabilidad y ternura cuando estás con él? ¿Buscas oportunidades, correspondes a los sentimientos que te demuestra? ¿No estás demasiado fría y distraída cuando te acaricia o te habla? ¿No muestras fastidio, y hasta repugnancia? Si lo haces, ¿cómo quieres que un hombre frío se acerque y te ame? No tdesanimes nunca, y durante toda te vida mantén en tu esposo la esperanza de que aún podrá tener hijos, para que nunca renuncie a ello ni desespere”.

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LUIS XVI Y MARÍA ANTONIETA TUVIERON CUATRO HIJOS ENTRE 1778 Y 1786.

Para concluir José II escribía: “Naciste para ser feliz, virtuosa y perfecta. Pero te estás haciendo mayor y ya no tienes la excusa de ser joven. ¿En qué te convertirás? En una mujer infeliz y en una princesa todavía más desdichada…” Si su hermana no sigue estos consejos, decía José II, había que esperar las cosas más tristes: “Tiemblo ahora por ti, pues no se puede seguir de este modo; la Revolución será cruel”. (Espantosas y premonitorias palabras).

Un año después de la visita de José II, María Antonieta tuvo al primero de sus cuatro hijos, madame María Teresa. La “gran misión”, como la llamaba el emperador, se concretó poco después de que Luis hubiera cumplido 23 años, en agosto de 1777, tras siete años de matrimonio. El 30 de agosto de ese año, la joven María Teresa le escribió a su madre en Viena para hablarle de la felicidad que sentía desde hacía unos días, “la felicidad más absoluta de toda mi vida”.

Nostradamus predijo la trágica muerte de un rey de Francia

La Casa de Valois, que reinó en Francia hasta 1589, fue siempre muy desgraciada y sus representantes tuvieron, por lo general, finales trágicos. El rey Enrique II se convirtió en el heredero del trono luego de que su hermano mayor, el delfín Francisco, falleciera en circunstancias misteriosas, aparentemente envenenado por su cuñada.

Años más tarde, el mismísimo Enrique II murió durante los magníficos festejos nupciales de su hija Isabel con Felipe II de España y de su hermana, Margarita, con el duque de Saboya. La corte francesa había organizado unas fiestas caballerescas a las que fueron invitados nobles y caballeros de todos los rincones de Europa.

Como parte de los festejos, el galante Enrique II quiso intervenir en una justa en honor a Diana de Poitiers, su amante, enfrentándose al caballero Gabriel de Montgomery, conde de Lorges. El ambiente era de total algarabía en la que todos participaban, excepto la reina.

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EL GALANTE ENRIQUE II DE FRANCIA

La esposa del rey, la florentina Catalina de Médicis, había soñado frecuentemente con la muerte de Enrique en una justa. Unos años antes, en 1552, el célebre astrólogo italiano Simeoni le había predicho que su marido perdería la vida en un duelo, a sus cuarenta años, como consecuencia de una herida que lo volvería ciego.

Otro joven astrólogo al que la reina consultó, llamado Michel de Nostradamus, había escrito en sus célebres “Centurias” : “El León joven [¿Montgomery?] dominará al viejo [¿Enrique II?] en un torneo, le reventará los ojos en jaula de oro y el viejo morirá de muerte cruel”.

El combate se celebró el 30 de junio de 1559. El rey se presentó adornado con plumas negras y blancas, los colores de su favorita, que tenía 60 años pero seguía siendo hermosa. Enrique enfrentó primero a su futuro cuñado, el duque de Saboya, y posteriormente al duque de Guisa, enemigo encarnizado de la Corona.

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LA TRÀGICA JUSTA EN HONOR A LAS PRINCESAS ISABEL Y MARGARITA

Cuando la reina Catalina le suplicó que abandonara la competencia, le respondió galantemente: “Combato por vos”. El conde de Lorges fue el último retado a duelo por el monarca: en un choque violento, la lanza del noble se quebró y la larga punta aguda de madera resbaló bajo la visera del rey, le perforó un ojo y penetró el cerebro.

Ante la angustia general, Catalina se hizo cargo de la situación. Tras las primeras curaciones, el rey no mejoraba, y se comprendió que una astilla había quedado dentro de su cerebro. Como no se sabía cómo proceder, el médico real, Ambroise Paré, pidió a la reina que hiciese salir de la prisión a tres o cuatro condenados a muerte, que los ejecutaran y le llevaran los cadáveres en el acto.

Como practicaba la medicina experimental, Paré deseaba recrear la herida del rey en otras personas para saber cómo salvarlo. Armado de una lanza quebrada igual a la de Montgomery, Paré hundió violentamente la larga astilla de madera en el ojo del primer cadáver, pero juzgó que no era igual a la del rey. Repitió la operación con el segundo cadáver, pero no pudo emular las heridas.

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LA ARMADURA DE ENRIQUE II DE FRANCIA

En su desesperación, Catalina había hecho ejecutar a otros siete prisioneros. Ante el tercer cadáver, Paré produjo una herida idéntica a la que hacía agonizar al rey, revolvió en la herida y sentenció que no había forma de salvar a Su Majestad.

El 9 de julio el agonizante Enrique II pidió que se celebrara la boda de Margarita con el duque de Saboya, ceremonia que se pareció más a un funeral que, según un cronista, se parecía “más un cortejo mortuorio y un funeral que cualquier otra cosa, pues, en lugar de oboes y violines, todo eran llantos, sollozos, tristeza y lamentos. Y, para que todavía se asemejara más a un entierro, se casaron poco después de medianoche…”

Enrique II murió unas horas después del casamiento de su hermana, a los 42 años. Su viuda, la reina Catalina quedó absolutamente paralizada: la profecía de su astrólogo favorito, el Nostradamus, se había cumplido.

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EL REY SOBREVIVIÓ 10 DÍAS CON UNA ASTILLA EN EL OJO.
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LA TUMBA DE ENRIQUE II Y CATALINA

Margarita de Borgoña, la reina adúltera cuya muerte todavía es un misterio

El 19 de junio de 1315, hoy hace 603 años, el rey Luis X de Francia contrajo matrimonio con la princesa Clementina de Hungría. La noticia hubiera sido motivo de grandes celebraciones de no ser porque, a pocos kilómetros de la ciudad donde tenían lugares las nupcias, casi al mismo tiempo era sepultada la primera esposa del rey, Margarita de Borgoña (1290-1315).

La que era reina consorte de Francia había sido encontrada cuatro días antes muerta en una celda helada, húmeda, ventosa y desprovista de comodidades del Castillo de Gaillard. Todas las miradas apuntaban a un asesino: el rey.

Una serie de desgracias familiares estremeció los últimos años de vida de Felipe IV El Hermoso de Francia. Aparentemente, una maldición habría sido lanzada en la hoguera por Jacques de Molay, el Gran Maestre de los Templarios a quien Felipe IV había condenado en complicidad con el papa Clemente V, en marzo de 1314.

Casado con Juana de Navarra, Felipe IV tenía tres hijos varones. El heredero era el futuro rey Luis X “el Obstinado”, quien apenas reinó dos años y cuyo hijo, Juan I, tuvo una vida tan corta que su reinado duró cuatro días.

El segundo hijo fue Felipe “el Largo”, conde de Borgoña, casado con Juana de Borgoña, mientras el menor era el príncipe Carlos “el Hermoso”, conde de La Marche, casado con Blanca de Borgoña, hermana de Juana. Los tres hijos ocuparon sucesivamente el trono de Francia entre 1314 y 1328, pero no tuvieron descendencia.

Reunidas en la corte, parece que las tres nueras de Felipe IV se convirtieron en grandes amigas, tan íntimas que, según se rumoreaba, compartían placeres y pecados por igual. Fue la hermosa Isabel, reina de Inglaterra, quien quizás por celos o ambición, destapó la trama de vicios que envolvía a sus tres cuñadas.

Isabel acusó a Margarita, Juana y Blanca de mantener relaciones con dos caballeros normandos que ejercían como escuderos de Felipe IV, Gauthier y su hermano Philippe d’Aunay. El rey ordenó detenerlos y, bajo tortura, los hermanos d’Aunay sorprendieron con su confesión: eran amantes de las princesas.

Cuando un tribunal comenzó a investigar, para sorpresa de todos, descubrieron que tras el adulterio se escondía una historia macabra: Margarita y Blanca fueron acusadas de la organización de fiestas clandestinas, en las que se bebía y fornicaba.

Aquellos encuentros ilegales se desarrollaban al abrigo de la noche en la Torre de Nesle, construida sobre la ribera del río Sena.

Cualquier forastero que tuviera elegancia y atractivo podía concretar una cita con Margarita y Blanca en la Torre, a la cual accedían por un pasadizo que empezaba en una oscura taberna. Sin embargo, el precio a pagar era muy alto: tras una noche de fiestas, entraban en escena un tabernero y un cómplice que mataban a puñaladas a los galanes.

Minutos después, los cuerpos eran arrojados por las ventanas de la torre al río Sena, sin dejar el menor rastro lo que había sucedido. Cada mañana, los habitantes de París podían encontrar un cuerpo flotando sobre el agua, hasta que se les hizo costumbre.

En cuanto a la tercera princesa, Juana, se dijo que podría haber estado presente en alguno de estos encuentros, en haber ayudado a que pudieran concretarse en la Torre y que sabía absolutamente todo lo que sucedía entre sus cuñadas y los dos caballeros.

El escándalo afectaba seriamente la imagen de la corona francesa, no solo porque Felipe IV se destacada por su sentido de la moralidad y su ferviente religiosidad, sino porque también ponía en entredicho la legitimidad de la familia: Carlos y Luis de Francia habían sido engañados por sus esposas.

Acusados de alta traición, los hermanos d’Aunay fueron llevados a Pontoise -norte de Francia-, donde fueron torturados ferozmente, castrados, colgados de las axilas en el cadalso y finalmente decapitados en público. Sus cuerpos destrozados fueron paseados por las calles de París mientras sus genitales fueron entregados a perros callejeros hambrientos.

Margarita de Borgoña y su cuñada fueron juzgadas y declaradas culpables de adulterio. Despojadas de sus honores principescos, se les afeitó la cabeza y se les sentenció a cadena perpetua. Juana, en tanto, fue declarada inocente, en gran parte gracias a la influencia de su marido Felipe, conde de Borgoña.

En un carruaje, Margarita y Blanca fueron enviadas a los helados calabozos de piedra del Castillo de Andelys y, más tarde, en noviembre, al morir el rey Felipe, al Castillo de Gaillard, en Normandía, por orden del nuevo rey, Luis X.

La que era, en teoría, la nueva reina de Francia, Margarita de Borgoña, considerada la principal responsable de poner en entredicho la filiación y paternidad real, fue enviada a la torre más alta del castillo, abierta al viento y a la intemperie por los cuatro costados.
Allí murió a los veinticuatro años de edad, según se dijo, a causa de una enfermedad que le provocaron el frío y la humedad de la torre.

El fantasma del asesinato sobrevuela su historia hasta nuestros días: ¿fue estrangulada por orden de su marido? El “Obstinado” Luis X no guardó luto ni asistió al entierro. Estaba ansioso por volver a casarse, esta vez con Clementina de Hungría, y lo hizo apenas cinco días después de la muerte de Margarita.

El destino de las otras dos cuñadas no fue menos desdichado. Recluida en los sótanos de la misma fortaleza, Blanca, de dieciocho años, fue trasladada a un convento, donde se la autorizó a tomar los hábitos, y nunca más pudo ver a su hermana. En 1322, su esposo fue coronado con el nombre de Carlos IV, le negó su pedido de liberación y consiguió anular el matrimonio, muriendo a los pocos años. Por último, la princesa Juana, de veinte años, fue recluida en un castillo y cuatro años más tarde, en 1317, fue liberada para ser coronada reina junto a su marido, Felipe V de Francia.

Cómo el rey Luis XIV puso de moda las fístulas anales en Francia

En 1686, un doloroso bulto que se había estado desarrollando en el trasero del rey Luis XIV de Francia había progresado hasta el punto de que el monarca ya no podía sentarse, andar a caballo, caminar o hacer otras cosas sin sentir un dolor espantoso que intentaba disimular bajo su siempre imponente manto de majestuosidad.

El “Rey Sol” tuvo los primeros síntomas del mal que pondría su vida en serio peligro a principios de aquel año. Según el doctor de la corte, D’Aquin, el monarca se quejó “de un pequeño tumor en el perineo, al lado de la apertura de las nalgas, a dos dedos del ano, bastante profundo, poco sensible al tacto, incoloro, sin rojez, ni pulsaciones“.

Luis XIV, entonces de 44 años, se vio obligado a hacer reposo absoluto y soportar todo tipo de tratamientos, como cataplasmas de plomo y cicuta, lo que generó una gran preocupación en su círculo más íntimo. Mientras tanto, la enfermedad del rey se mantuvo en el más estricto secreto.

“Yo no sé en dónde estoy”, escribió con preocupación su segunda esposa, Madame de Maintenon. “Me dicen que el trastorno del rey anda bien y, sin embargo, nos hacen meter aún la necesidad de un tijeretazo”.

Cuando el régimen prescrito de cuatro enemas al día y ungüentos de lociones y pociones raras no lograron mejorar su condición, la corte se vio obligada a buscar tratamiento de un cirujano, Charles-Francois Félix (1635-1703). Sobre todo, porque pocos confiaban en el doctor D’Aquin, a quien se definía como “un hombre mal visto en toda la corte a causa de su suficiencia y avidez de dinero“.

Lo realmente preocupante era que ningún cirujano había curado exitosamente una fístula anal en ese momento de la historia, e incluso las cirugías más simples a menudo conducían a la sepsis y la muerte.

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LUIS XIV DE FRANCIA

Y, aunque médicos y boticarios podían entonces no saber nada acerca de cómo funciona el cuerpo humano, al menos sus tratamientos para el tratamiento de la sangre y las tinturas de mercurio no mataban a los pacientes si se administraban con cuidado.

Las cirugías, por otro lado, en el siglo XVII mataban más gente de la que curaban. De hecho, el título oficial del oficio en ese momento era “barbero-cirujano”, porque prácticamente la única habilidad requerida era saber cortar cosas.

Entre otras prácticas terroríficas, era un procedimiento estándar para los barberos-cirujanos reutilizar instrumentos sucios de un paciente a otro, lo que podía convertir a veces a estos voluntariosos cirujanos en “asesinos en serie con bisturí”.

Como los médicos de Versalles no sabían como curar al rey, aconsejaron una cura en las aguas de Baréges, que tenían fama de curar esta dolencia, y el Ministro Louvois reunió a decenas de enfermos al lugar para probar suerte. Enfermos que volvieron tan enfermos como habían ido.

Cuando una dama de la corte llegó con la noticia de que las aguas de Bourbon curaban las fístulas, Louvois renovó la experiencia con los mismos enfermos y volvió con los mismos resultados. Desesperado, el ministro llenó su ministerio de fistulosos para que los médicos de Luis XIV ensayaran, sin éxito, remedios y cirugías.

Pero, afortunadamente, el doctor Félix resultó ser un cirujano mucho más concienzudo que sus contemporáneos. Le dijo al rey que estaría dispuesto a operar, pero debía esperar unos meses más. Necesitaba algo de tiempo para resolver los problemas de este nuevo procedimiento.

Asustado por la responsabilidad que debía asumir, Félix no se atrevía a aplicar sus métodos habituales y practicaba tímidas incisiones, abriendo los bordes de la llaga con piedras de cauterio, infligiendo al rey intensos sufrimientos, sin vaciar del todo el abceso“. (Georges Bordonove).

Hasta el momento, los cirujanos habían luchado en vano con dicha enfermedad; y el cardenal de Richelieu había muerto del tratamiento que le habían dado. Félix, cirujano del rey, tomó a varios desgraciados que padecían esta dolencia y los mandó a tomar las aguas en Beréges, que pasaban por sanarlos. Al no curarse nadie, empezó a operar las fístulas en todos los hospitales de París. Perfeccionó un instrumento que se creía que aminoraba el dolor (Nancy Mitford).

Después de seis meses de ensayar cirugías en plebeyos (y agachándose en medio de la noche para enterrar a muchos de ellos), el doctor Félix finalmente se sintió lo suficientemente confiado para tomar el bisturí en la que se llamó “La Gran Operación”, por la importancia del paciente.

En la mañana del 18 de noviembre de 1686, Luis XIV acompañado de Madame de Maintenon y el Padre La Chaise, rezó fervientemente en su alcoba en el Palacio de Versalles. Después de encomendarse a las manos de Dios, el rey se puso en manos del doctor y cuatro boticarios que:

“Hicieron que se echara sobre un travesaño puesto en el borde de la cama, bajo el vientre, para levantarle las nalgas abiertas. Félix hizo la pequeña incisión e introdujo el bisturí regio (…) La intervención duró unos cuantos minutos. Luis XIV, martirizado, no emitió ni un solo grito, no se permitió ni un gemido. A lo sumo, en un cierto instante, suspiró ‘¡Ah, ah… Dios mío!’. Sostenía la mano de Louvois con la suya. Madame de Maintenon rezaba con fervor. La frente de Félix estaba perlada de gotas de sudor”. (Bordonove)

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CHARLES-FRANCOIS FELIX, CIRUJANO DEL REY

La Gran Operación cayó como una bomba en Versalles: “El dolor se hizo ver en todos los rostros”, manifestaba el periódico Le Mercure Galant. Los cortesanos del rey quedaron atónitos porque el rey pudo recibir embajadores al día siguiente y a las pocas semanas ya montaba a caballo de nuevo. Toda Francia estaba asombrada por su notable recuperación.

La cirugía fue tan exitosa, de hecho, que se organizaron celebraciones en todo el país. Los pobres y los nobles brindaron a la salud del “Rey Sol”. Mientras tanto, en Versalles, los cortesanos del rey estaban tan encantados (muchos, desesperadamente aduladores) que declararon 1686 como “L’annee de la Fistule” (Año de la Fístula). Pero eso no era nada.

El doctor Félix, quien logró reparar la fístula e incluso logró no matar al paciente esta vez, se convirtió de inmediato en una celebridad nacional y la gente de la nobleza comenzó a desear pasar por las manos y el bisturí que habían tenido el honor de tocar las parte íntimas del rey.

“He visto más de 30 personas que querían ser operadas”, escribió el barbero real Pierre Dionis. “Tan locos estaban que parecían no entender cuando se les aseguraba que no había ninguna necesidad de ser operados (…) Quienes tenían pequeñas supuraciones o simples hemorroides, no deboraban en presentar su trasero al cirujano para que hiciese sus incisiones”.

Una vez que Luis XIV se recuperó por completo, todos quisieron una fístula anal reparada quirúrgicamente, ya sea que tuvieran una o no. Literalmente se puso de moda entre la aristocracia tener un ano doloroso y agujereado:

“¡Una epidemia de fístulas en Versalles! ¡Y sí,era inevitable! ¡Si se advertía que el rey cogeaba un poco, se cogeaba un poco! Si el rey padecía del ano, todos los cortesanos padecían del ano. Y hacerse operar era más glorioso que una herida de arcabuz en tal o cual campo de batalla” (Michele De Decker)

Los nobles franceses que fueron “bendecidos” de forma natural con la enfermedad comenzaron a suplicarle al doctor Félix, que estaba en pleno derecho, que los operara con su bisturí “De Calidad Real“. Los menos afortunados tuvieron que arreglárselas usando vendas en sus perfectamente saludables nalgas, fingiendo haber sido víctimas de la misma enfermedad que el rey.

Otra consecuencia de este logro médico, que es infinitamente menos divertido pero de importancia histórica real, fue que también causó un cambio en la forma en que el público veía el campo de la cirugía. Sería el paso inicial hacia la medicina moderna.

Hasta este punto en el tiempo, los barberos-cirujanos eran vistos esencialmente como comerciantes, un segundo distante en prestigio para sus colegas médicos. Sin embargo, después de L’Annee de la Fistule, la cirugía comenzó a verse como una profesión que requería conocimiento e inteligencia, y no solo la capacidad de atravesar el tejido humano.

En cuanto al Cirujano Real, el rey quiso mostrarle su agradecimiento con honores y una fortuna que le permitió comprar una finca, el Señorío de Tassy. Al morir, Félix legó gran parte de sus poseciones a la comunidad de cirujanos de París para que se crease una linstitución para la enseñanza de la Cirugía, que permitiera el mejor conocimiento de técnicas y procedimientos. De esta manera, nació la Real Academia de Cirugía de Francia, inaugurada en 1731, que en un sitio destacado tiene un retrato de Felix de Tassy con la leyenda: “El primer cirujano de Luis XIV”.

La emperatriz Josefina era compradora compulsiva y casi fundió a Napoleón

Quise de verdad a Josefina, aunque no la estimaba… Era demasiado mentirosa. Pero tenía algo que me gustaba mucho… tenía el culo más bonito del mundo”. Así describió Napoleón Bonaparte sus sentimientos para con Josefina de Beauharnais (1763-1814), la primera de sus esposas. Aquel fue un amor arrebatador y marcado por la tragedia de no poder tener hijos: Nacida bajo el sol del Caribe, Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie había tenido dos vástagos de su primer marido, el vizconde de Beauharnais, pero no pudo darle hijos al emperador, lo que generó unos celos espantosos y, posteriormente, un divorcio.

Josèphe creció en un paraíso de placer, donde chapoteó en el mar como un delfín y comió toda la azúcar que quiso directamente de la caña de los campos. En 1779, su familia la envió a París para casarse con el vizconde de Alexandre de Beauharnais, un guarda negro y agresivo con el que tuvo dos hijos antes de separarse en 1785. Cuatro años después, estalló la revolución en París, seguida por la caída de la monarquía en septiembre de 1792 y por la ejecución de Luis XVI en enero de 1793.

En septiembre de 1793, los revolucionarios instituyeron el Reinado del Terror, acechando a presuntos realistas como enemigos del Estado. Como parte de esta purga, en abril de 1794 la ex vizcondesa de Beauharnais fue enviada a la cárcel, donde, según la biógrafa Kate Williams, “trató arduamente de conservar su belleza”. Un año más tarde, por intermedio de una de sus conquistas, el político Paul de Barras, Josèphe conoció a un general de 26 años, Napoleón Bonaparte.

La relación fue al principio muy apasionada, como lo revelan las cartas que el emperador enviaba a su mujer. Sin embargo, él era muy celoso. Le irritaba la idea de que su muy bella esposa fuera siquiera mirada por otro hombre y le escribía hasta tres cartas por día preguntándole si lo amaba, si le estaba siendo fiel y si le parecía era atractivo.

Como los chismes viajaban rápido, Bonaparte no quería que ningún hombre pudiera jactarse de haber hablado a solas ni dos minutos con Josefina. El modisto de la emperatriz no le probó nunca los trajes, que confeccionaba en un taller utilizando un maniquí con las mismas medidas de la emperatriz.

Las damas al servicio de Josefina le comunicaban las modificaciones que había de introducir en el vestido (y lo mismo debían hacer con el zapatero, el corsetero, etc…). Las damas de la consorte tenían a sus órdenes a seis camareras que entraban en la alcoba imperial previo aviso, obedeciendo instrucciones de Napoleón. La emperatriz, según la orden de su esposo, jamás debía estar sola.

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Pero además de por su electrizante belleza, Josefina pasó a la historia como una compradora compulsiva, una obsesión que la acompañó hasta final de sus días y casi fundió económicamente al emperador. A lo largo de su vida como esposa del cónsul y luego como emperatriz, Josefina derrochó dinero (propio y ajeno) en cosas que no necesitaba, se endeudó con medio mundo, pidió prestado con garantías endebles (y a veces inexistentes) y hasta el último día vivió de recursos extremos: se cuenta que en un solo año fue capaz de comprar 20 chales de cachemira, 73 corsés, 70 pares de medias de seda, 780 de guantes y 520 de zapatos que abonó con dinero que le había sido prestado
para pagar deudas.

En 1796, Josefina reconocía su debilidad y prometía controlar sus impulsos: “Debo más o menos 1.200 francos, pero solo puedo reconocer 200; por ello, no contraeré más deudas y
pagaré lo que resta poco a poco con mis ahorros”. No obstante, una vez saldada esa deuda, caía en los mismos errores y Napoleón terminaba pagando, convencido erróneamente de que ya no había otras cosas que pagar. “Su manía de gastar ha sido para ella la causa mayor de sus tormentos“, escribe su biógrafo Bernard Chevallier.

En 1798, mientras su esposo estaba en Egipto, Josefina pidió dinero prestado para comprar la Malmaison, un bonito château en las afueras de París con 120 hectáreas de jardines y bosques. Acto seguido, solicitó un préstamo para adornar el palacio con decenas plantas exóticas provenientes de todas partes del mundo y un zoológico que constituía el mayor de sus tesoros, compuesto por canguros, emúes, ardillas voladoras, gacelas, avestruces, llamas y cisnes. Entre sus mascotas favoritas había una pequeña y bonita cacatúa que repetía sin cesar la única palabra que sabía (“Napoleón”) y una orangután que se vestía con camisa blanca para sentarse a la mesa de Josefina a comer.

El Consulado, y luego el imperio le han abierto perspectivas ilimitadas“, dice Chevallier: “¿Cómo podría resistir la tentación cuando cada mañana acudían a su casa, a desplegar, para su agrado, las mercaderías más preciosas del comercio parisiense? Los proveedores, modistas, joyeros, orfebres conocen su debilidad y se aprovechan de ello de manera descarada”.

Según las cuentas oficiales, entre los años 1804 y 1809, Josefina gastó más de 4 millones de francos anuales, una cifra muy mayor a los 30.000 francos anuales que recibía como emperatriz: gastaba 1.800 francos por día, lo que un jardinero de Malmaison ganaba en un mes de trabajo. Harto de pagar sus excentricidades, en 1806 Napoleón prohibió la entrada a palacio a toda persona ajena al servicio imperial, y eso incluía a los mercaderes, modistos y joyeros que se morían por ofrecerle sus productos.

En cuanto a Josefina, le prohibió recibir muebles, cuadros, vajillas, alhajas y otros efectos que le enviaran como “muestras”. En 1809, un año antes de separarse, la emperatriz almacenaba 676 vestidos nuevos, 252 sombreros y multitud de cintas, flores de tela, plumas, tules y otros adornos y complementos. Su muerte, en 1814, reveló el lamentable estado de sus finanzas: hasta el último instante siguió comprando compulsivamente y sus deudas ascendían a 3 millones de francos.

Un zoológico en Versalles: cuando los reyes de Francia vivían entre monos, perros y gatos

En el palacio real más famoso de Francia, Versalles, donde el rey Luis XIV se instaló junto a una corte de 5.000 nobles, sirvientes y familiares, había reglas inquebrantables: los niños, los enfermos y los muertos estaban prohibidos. Las madres debían enviar a sus hijos para ser criados e París, los enfermos debían partir antes de que su estado empeorara y los mortales debían procurar no morirse bajo el mismo techo de Su Galáctica Majestad.

Pero las mascotas no estaban prohibidas y el aburrimiento infinito al que se veían condenados tantos miles de cortesanos los llevaba a aferrarse a sus queridos perros, sus ronrroneantes gatos y todo lo que pudieran domesticar. Durante el reinado de Luis XV, nieto del “Rey Sol” esta costumbre se mantuvo y había gatos por todas partes, con lacayos especialmente dedicados a su limpieza y su alimentación.

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Luis XV adoraba a su malcriado gato persa que siempre estaba metiéndose en problemas. Los gatos de angora grises llenaban los salones de juegos, daban golpes a los valiosos adornos con sus colas y rasgaban tapizados, almohadones, alfombras y cuadros. Las damas de alcurnia residentes en Versalles, que no tenían mucho más para hacer que chismear y jugar cartas, no solo rivalizaban en peinados, maquillajes, joyas y ropa: también competían por quién tenía más y mejores mascotas.

En el caso de Madame Du Barry, la más escandalosa favorita de Luis XV y enemiga de María Antonieta, sus mascotas preferidas eran un insportable perico que hablaba, unos revoltosos monos y un perro al que adornaba con un valiosísimo collar de diamantes. La princesa de Chimay, por su parte, era dueña de un mono que, en cierta ocasión, comenzó a jugar en el tocador de su dueña, se pintó los labios y las mejillas y entró en el comedor, escandalizando a todos los presentes. Como consta en las memorias de muchos cortesanos que pasaron sus días en Versalles, el olor que los animales dejaban al hacer sus necesidades en salones y estancias palaciegas solía ser insoportable.

“Espejito, espejito…”: La Reina de Francia contempla un futuro horrible para su dinastía

Catalina de Médicis (1519-1589) fue una princesa florentina, sobrina del papa Clemente VIII,que llegó a convertirse en una de las reinas más poderosas de Francia. de Francia, consumada aficionada de las pócimas mágicas, los oráculos y los afrodisíacos, se entregó con pasión a la astrología, llegando a encumbrar, con su apoyo,a una enorme corte de expertos en magias negras, adivinación y profecías. Uno de sus favoritos era Michel de Nostradamus, de quien la reina llegó a depender muchísimo después de que vaticinara la muerte trágica de su esposo, el rey Enrique II.

Se cuenta que la habitación de esta reina florentina tenía dos entradas. De un lado, una puerta daba a la capilla, y del otro una puerta llevaba a la habitación de Cosimo Ruggieri, su astrólogo personal, que elaboraba horóscopos diarios para que Catalina, influyente reina madre, pudiera tomar sus decisiones gubernamentales.

El astrólogo practicaba en ocasiones la cristalomancia, el arte de leer el futuro en los espejos, algo que fascinaba a Catalina. Una noche de 1559, Ruggieri le hizo ver a la reina un espejo presuntamente mágico, donde la reina vio aparecer, una después de otra, las figuras de sus hijos Francisco, Carlos y Enrique.

Primero apareció el reflejo del mayor, Francisco, el heredero al trono, que dio una vuelta por la habitación y desapareció; después apareció el príncipe Carlos, quien dio catorce vueltas, y finalmente apareció Enrique, quien dio quince vueltas. Según le explicó el astrólogo a la reina Catalina, cada vuelta correspondía a un año de reinado… después de ello, si sus hijos no tenían descendencia, la Casa de Valois llegaría a su fin.

Tal y como se le anticipó el mágico espejo, los hijos de Catalina se sucedieron en el trono: el rey Francisco II reinó un año hasta su inesperada muerte, en 1560; el desequilibrado Carlos II, monstruoso y esquizofrénico, reinó catorce años hasta que murió de forma misteriosa, al parecer, envenenado accidentalmente por la propia Catalina. Finalmente Enrique III, quien gobernó durante 15 turbulentos años hasta su asesinato en 1589. Fue el último Valois que reinó en Francia.