Historias

¿Estuvo Enrique VIII a punto de cancelar la ejecución de Ana Bolena?

La brutal decisión del rey inglés de ejecutar a su segunda esposa cambió el curso de la historia, pero varios cortesanos estaban seguros de que el rey cambiaría de opinión a último momento, según un informe.

Enrique provocó la separación de Inglaterra de Roma y la Iglesia Católica para casarse con Ana Bolena, dama de la corte, en 1533. Estuvo casado con Catalina de Aragón durante años, pero su incapacidad para producir un heredero varón lo dejó preocupado sobre cómo continuaría la dinastía Tudor. El despiadado rey se dispuso a divorciarse de su primera esposa, un acto verdaderamente sin precedentes en ese momento, para poder casarse con Ana, a quien consideraba lo suficientemente joven y fértil para continuar con la línea masculina Tudor.

Cuando ella también solo pudo concebir una niña (más tarde, la reina Isabel I), Enrique decidió concentrar sus energías en otra jovencita noble, Jane Seymour. Para tener hijos que pudiera tener sus herederos legítimos, Enrique VIII tenía que sacar a Ana de la ecuación y, acusándola de adulterio, de incesto y de conspiración para asesinar al rey, provocó su arresto y encarcelamiento en la Torre de Londres. Un jurado acorde a los deseos del rey declaró a Ana culpable, aunque muchos historiadores modernos creen que era inocente.

Sin embargo, Enrique VIII pareció “indiferente” por la noticia de que había sido declarada culpable, según revela la revista británica BBC History Magazine en su número de octubre. Esto implica que ya había tomado la decisión de que la iban a ejecutar. El rey ordenó que le cortaran la cabeza a su esposa con una espada, una orden peculiarmente amable, dado que las mujeres normalmente eran ejecutadas quemándolas en hogueras. Los hombres, en cambio, solían decapitarse con un hacha, por lo que la elección ordenada por Enrique fue una extraña señal de bondad hacia Ana.

Sin embargo, el alguacil de la Torre de Londres, Sir William Kingston, permaneció convencido hasta la muerte de Ana de que Enrique VIII perdonaría a último momento a su esposa. La historiadora Tracy Borman explicó en BBC History Magazine que Sir William “no podía tolerar que el rey diera un paso tan impactante y sin precedentes y estaba seguro de que Enrique le concedería a Ana un respiro de última hora”. “El esfuerzo que el rey puso en preparar la ejecución de su esposa también implica que no albergaba ninguna duda de que debía hacerse. Y, sin embargo, la evidencia sugiere que las personas más cercanas a él, y la propia Anne, no creían que él realmente lo haría”, agregó la experta.

Ana Bolena tenía un gran número de seguidores leales, incluido el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, quien creía firmemente que ella no era culpable de ningún delito. El artículo señala que incluso cuando llegó el día de su ejecución, Sir William Kingston parecía “totalmente desprevenido”, debido a su firme creencia de que Enrique VIII no seguiría adelante. Por ejemplo, las puertas de Tower Green se dejaron abiertas, lo que significa que 1.000 personas entraron para presenciar la muerte de Ana, en lugar de las pocas que se esperaban. Ella también tenía un fuerte apoyo entre los observadores.

Borman escribió: “El estado de ánimo había cambiado a su favor gracias a la dignidad y la convicción con las que había refutado todos los cargos en su contra”. Incluso cuando la reina Ana estaba arrodillada para su ejecución, los testigos afirmaron que ella continuó mirando a su alrededor, posiblemente buscando un mensajero del rey con un perdón real. Sin embargo, el perdón nunca llegó. La convicción de Sir William de que ella no sería asesinada quedó demostrada por el hecho de ni siquiera se hubiera preparado un ataúd para la reina. En cambio, se tuvo que recurrir a un cofre de flechas para que el cuerpo de Ana fuera transportado antes de ser enterrado en la Capilla de la Torre de St. Peter ad Vincula.

Enrique VIII se casó con Jane Seymour 11 días después de la muerte de Ana. El rey consideró siempre a Jane como su “verdadera” esposa, por ser la única que le dio el heredero varón que tan desesperadamente anhelaba.

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