Historias

Jean Des Cars: “Alcanzado por las bombas, Buckingham se convierte en símbolo de la resistencia”

Este es un extracto del libro “La saga de los Windsor”, del historiador francés Jean Des Cars, acerca de los bombardeos nazis que pretendieron asesinar al rey Jorge VI y la reina Isabel hace 80 años.

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En un primer momento la partida del matrimonio contraría los objetivos alemanes. El duque y la duquesa de Windsor estarían en territorio británico, y por tanto prácticamente prisioneros de los servicios de Su Majestad. ¿Qué hacer? ¿Asesinarlos antes de que se vayan? Sería privarse de la «solución de recambio en el trono» ideada por Hitler; por consiguiente no es viable. Pero la amenaza y la violencia sí que se pueden usar para controlar al duque, ese Narciso preocupado de que no se olviden ni sus medallas ni sus condecoraciones, pero indispensable títere para obtener que Reino Unido pida la paz. Más tarde se sabrá que Berlín había decidido finalmente secuestrar al duque en Lisboa, pero como estaba vigilado por veinte policías portugueses además de su protección habitual y los servicios británicos se hallaban más alerta que nunca, las órdenes, obtenidas con dificultad, llegaron tarde. El adjunto de Himmler ya no pudo pasar a la acción.

Fondeado en el puerto, el transatlántico americano Excalibur ya no espera más que a los Windsor. Finalmente, para inmenso alivio del rey y de Churchill, por no hablar de la reina María, la incómoda pareja consiente en embarcarse el 1 de agosto de 1940. Con su discreción habitual: cincuenta y dos maletas, treinta palos de golf, cuatro perros, siete cajas de vino de Madeira y de Oporto, una limusina con remolque y hasta una máquina de coser. Los dos pasajeros no han dejado de repetir que los mandaban al exilio en una colonia miserable —lo cual era exacto— y ostensiblemente han tomado precauciones.

Cuando el transatlántico se dirige hacia la escala de las Bermudas, el mismo día la Luftwaffe lanza sus primeros ataques. Seiscientos aparatos con la cruz gamada sueltan rosarios de bombas sobre las costas inglesas. Es el principio de la Directiva 17 de 1 de agosto de 1940. Los ataques son diarios. La Royal Air Force pierde sólo doscientos noventa aparatos, gracias a la instalación, todavía limitada pero ya eficaz, de un sistema de ondas electromagnéticas muy cortas capaces de recibir un eco que permite situar la distancia y la dirección de un objeto. Son las primeras estaciones de radar, un invento británico todavía en mantillas, desconocido de los alemanes. Esos radares permiten prevenir los ataques a unos 120 kilómetros. Su eficacia práctica se amplifica gracias a una certidumbre: un desembarco por sorpresa en Inglaterra es imposible.

Hitler intensificará, pues, los ataques aéreos. La noche del 7 de septiembre, doscientos bombarderos alemanes fuerzan las defensas del cielo de Londres, matando a trescientas personas e hiriendo a más de mil trescientas. Un golpe espantoso para la población, que teme que eso sea el preludio de una invasión terrestre. Los muelles del East End se ven afectados, decenas de incendios estallan en los barrios modestos. Heroica, la Royal Air Force se atreve y realiza con éxito una primera incursión sobre Berlín. Los daños no son considerables, pero el impacto psicológico es enorme. Hitler está furioso, ya que Göring le había asegurado que la superioridad de la Luftwaffe haría improbable semejante operación. Churchill tenía que vengar a Londres demostrando que Berlín no era invulnerable. Esa reacción obliga a Hitler a retrasar la operación Otarie, que es el nombre en clave de la invasión terrestre. Furioso, tiene que limitarse al Blitz, la guerra relámpago.

En la noche del domingo 8 de septiembre, cuando Jorge VI está trabajando en su despacho, cae una bomba sobre el ala norte de Buckingham Palace pero no explota. El artefacto queda alojado justo debajo de la habitación donde se halla el rey, que mantiene una calma ejemplar. La bomba explotará la noche siguiente, pulverizando el gabinete de trabajo que su ocupante había abandonado para ir a Windsor. Las ventanas de todas las estancias contiguas están esparcidas por el suelo y la piscina interior ha sufrido graves daños.

El hecho de que Buckingham Palace haya estado en el punto de mira y haya resultado afectado traumatiza a los londinenses. ¿Y si el rey hubiera perecido en el ataque? ¿Y si la bomba hubiese explotado y destruido el palacio? Jorge VI e Isabel, que regresan precipitadamente de Windsor, descubren los daños y se mudan a unos aposentos que dan a un patio. Los bombardeos continúan, apuntando a este objetivo simbólico que es el palacio real. «Es un ataque directo», anota el rey en su diario. Las palabras son sobrias, pero el monarca está muy nervioso. «Ya no me atrevo a sentarme en una habitación, soy incapaz de leer y de concentrarme, estoy siempre dispuesto a echar a correr, mirando al cielo desde cada ventana». El 13 de septiembre, un bombardero sobrevuela el Mall[14] a baja altura. Es la arteria real por excelencia, una larga avenida bordeada de plátanos. Desde el Admiralty Arch, erigido en 1910 en honor de la reina Victoria, el Mall conduce directamente a Buckingham Palace, y todos los actos oficiales se desarrollan allí. El avión deja caer sus bombas sobre el eje del palacio real.


“Jorge VI, que también había sido piloto, está impresionado por la precisión del ataque. Sospechará que el enemigo, perfecto conocedor de la disposición de las habitaciones de palacio, podría ser uno de sus lejanos parientes”.

JEAN DES CARS

Sentados en un salón, el rey y la reina sólo tienen tiempo de oír las deflagraciones y se encuentran cubiertos de astillas de cristal, pero indemnes. Los soberanos acaban de escapar de la muerte, pero esa verdad no será revelada hasta después de la guerra, ni siquiera al primer ministro. Churchill escribirá entonces: «Si las ventanas hubiesen estado cerradas en vez de estar abiertas, el cristal les habría explotado en la cara al rey y a la reina, causándoles graves heridas». Desde el Vaticano, el papa Pío XII les envía un telegrama en el que bendice a Sus Majestades sanas y salvas. Jorge VI, que también había sido piloto, está impresionado por la precisión del ataque. Sospechará que el enemigo, perfecto conocedor de la disposición de las habitaciones de palacio, podría ser uno de sus lejanos parientes, un Sajonia-Coburgo descendiente también de la reina Victoria, aviador experimentado que se ha pasado al servicio de Mussolini. Al rey le constaba que recientemente ese personaje había sido visto en Madrid en compañía del duque de Windsor. Pero la afirmación según la cual había bombardeado Buckingham Palace jamás pudo probarse.

Alcanzado por las bombas, Buckingham Palace se convierte en símbolo de la resistencia

Esta audaz operación en el corazón mismo de la monarquía transforma el palacio en símbolo. Iguala a la familia real con el pueblo bombardeado día y noche. Más tarde el almirante Louis Mountbatten dirá: «De haber imaginado Göring la profundidad de los sentimientos que el bombardeo de Buckingham Palace despertaría en todo el Imperio y en América, sin duda habría recomendado a sus asesinos que mantuvieran las distancias». Entre las ruinas de la capilla del palacio totalmente devastada, la reina muestra un optimismo que contribuirá a su leyenda: «Ahora la gente sabrá que todos estamos en el mismo barco. Lo que me consuela un poco es que puedo mirar al East End a la cara». Esta compasión hacia los barrios devastados la noche anterior no se reduce a un comentario. La ciudad de Londres ya deplora dos mil víctimas civiles y ocho mil heridos. Los soberanos van a los lugares donde han caído las bombas. Cabe pensar que nunca, en la historia británica, un rey ha visto a tantos súbditos, pasando más de la tercera parte de su tiempo sosteniéndolos y reconfortándolos.

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“La ciudad de Londres ya deplora dos mil víctimas civiles y ocho mil heridos. Los soberanos van a los lugares donde han caído las bombas. Cabe pensar que nunca, en la historia británica, un rey ha visto a tantos súbditos, pasando más de la tercera parte de su tiempo sosteniéndolos y reconfortándolos”.

JEAN DES CARS

Jorge VI, embutido en un uniforme impecable, Isabel, por supuesto con guantes y sombrero, son de una elegancia discreta, pero tranquilizadora. Están de pie. Ellos también luchan, su deber es mantener bien alta la llama de la resistencia. En nueve ocasiones, la Luftwaffe atacará el palacio. A cada alerta, la familia real, digna y organizada, baja al sótano, junto con los criados. La democracia calma frente al terror. Por otra parte, la reina no parece asustada por ese bombardeo de los aparatos enemigos. Un día incluso sube a sus aposentos a buscar a uno de los perros que se había dejado. ¿Por qué no quiere Isabel ponerse uniforme cuando es comandante en jefe de tres movimientos de defensas femeninos? Se justifica, siempre sonriendo: «Si la gente viniera a verme, seguro que se pondría sus mejores galas». Sin embargo, la reina siempre elige colores discretos, que no destaquen entre el polvo de los escombros, como el azul pálido, el rosa o el lila. ¿El verde? ¡Ni hablar! ¡Es un color que trae mala suerte! En cuanto al negro, «¡es la antítesis de la esperanza que tenemos!». A la reina María, su nuera, conmovida por el espectáculo de los edificios en ruinas y de los centenares de personas que lo han perdido todo, familia y bienes y que esperan ser socorridas y luego evacuadas en las calles destripadas, escribe: «Esta gente es valiente y maravillosa. ¡Debemos ganar!». Incluso en el Parlamento, casi están aliviados de que el palacio haya sido gravemente dañado. El ataque contra el palacio todavía estrecha más los lazos entre la monarquía y la población, que está sufriendo tanto. En cada cráter abierto por una bomba, después de la alerta, la pareja real está presente, por ejemplo entre los cascotes de un cine destruido en Baker Street, la calle donde sir Arthur Conan Doyle ha domiciliado al invencible Sherlock Holmes. Si suena una alarma cuando van de una ruina a otra, los monarcas bajan al refugio o al sótano más próximo, por ejemplo a una estación de metro, compartiendo una taza de té servida de un termo con sus compañeros de infortunio. Los encuentros son alegres. Voces con acento cockney, el acento de los barrios bajos, los reciben con cariño. Aquí también, Isabel se lleva la palma de la popularidad. La gente aplaude «a esa buena mujer que es estupenda». La reina contiene las lágrimas.

Incluso bajo las bombas, salvo alarma general y urgencia absoluta, el fin de semana real en Windsor es sagrado, aunque a menudo, el rey y la reina tratan de ir cada día para ver a sus hijas. La pareja abandona entonces el palacio al que llaman familiarmente Buck house y acuden a Windsor. El viejo castillo no está menos expuesto que Buckingham. Se contarán al menos trescientas bombas sobre el dominio de Windsor. Y se verá a las jóvenes princesas cavando trincheras en los céspedes del parque. La instalación es escueta. La familia duerme lejos de sus aposentos habituales, en el suelo de la Victoria Tower (hoy Queen’s Tower), en una estancia de la planta baja protegida por planchas de acero y sacos de arena. Se ha dispuesto un refugio debajo de las cuatro habitaciones de esa residencia espartana. En caso de alerta se accionan unas sirenas y unas campanas eléctricas en cada uno de los corredores. La reina y las nurses llevan un gorro de noche «para estar decentes incluso en la guerra». Norman Hartnell, el modisto de Isabel, le ha confeccionado un atuendo nocturno adaptado «y hasta una cajita de terciopelo negro para guardar la máscara de gas». Las restricciones también afectan a los vestidos, que sobre todo tienen que ser prácticos. Algunos accesorios del viaje oficial a Canadá son reutilizados, pero desaparecen los bordados. Jorge VI llegará a pintar el interior de las bañeras con una raya que indica el volumen máximo de agua autorizado para bañarse.

«Arrasaremos las ciudades inglesas», promete Hitler con su voz cavernosa. No conoce la determinación británica para resistir a costa de sacrificios y esfuerzos cotidianos, a menudo inimaginables. Y cuando, en septiembre de 1940, Ribbentrop va a Roma y le dice al conde Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de Italia y yerno de Mussolini: «La defensa territorial de Inglaterra es inexistente. Una sola división bastará para provocar un derrumbe total», Churchill comentará lacónico esa afirmación: «Esto sólo demuestra su ignorancia». Y, seguido de sus dos secretarios a los que agota dictándoles, sin parar, notas e instrucciones, el primer ministro se sube al tren especial, para inspeccionar la costa, escrutando el Pas-de-Calais con sus prismáticos y mandando estudiar las mareas y los movimientos de la luna.

Teme una armada de mediano tonelaje que permita al enemigo cruzar el canal. La idea no es nueva: ya en julio de 1917, el mismo Churchill había presentado al primer ministro Lloyd George los planos de un «chalán con proa abatible para transportar carros de combate». Consciente de la importancia de una relación permanente con su primer ministro, Jorge VI modifica el ritmo de sus audiencias con Churchill. En adelante sustituye la semanal de las cinco de la tarde por una comida cada martes, a menudo con la reina. «En varias ocasiones debíamos tomar nuestros platos y nuestros vasos y bajar al refugio, que todavía estaba en obras, para acabar de comer». Muy pronto, por seguridad, el rey prescinde del servicio; el invitado, el rey y la reina se servirán ellos mismos. Una proximidad, que se convertirá en una intimidad política seguramente sin precedentes en la historia británica desde los tiempos de la reina Ana, a principios del siglo XVIII, une al soberano constitucional con el jefe del gobierno. Churchill incluso se asombra de que el rey, muy trabajador, a veces haya estudiado antes que él ciertos expedientes, conozca sus detalles y dé opiniones, como se lo permite la Constitución. Despachos, telegramas y notas son cuidadosamente analizados por Jorge VI. «Es una gran suerte para Inglaterra tener un rey tan bueno y una reina igual de excelente durante estos años fatídicos», escribirá Churchill. El puesto de tiro instalado en los jardines de Buckingham es utilizado ahora por toda la familia, en presencia de edecanes. «Enseguida le traje al rey una carabina americana de corto alcance, escogida entre varias que me habían regalado: era un arma excelente». El rey y el primer ministro forman un sólido tándem.

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