Historias

María de las Mercedes: la historia de la más trágica Princesa de Asturias

De todas las infantas de España, pocas han tenido una vida más trágica que la hermana mayor de Alfonso XIII, quien nació hace 140 años, el 11 de septiembre de 1880.

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Definida como una joven “de corazón noble y recto espíritu”, Mercedes fue Princesa de Asturias desde su nacimiento, Era la hija mayor de un matrimonio de Estado, el del rey Alfonso XII y la archiduquesa María Cristina de Austria. Ocupaba ese título por haber sido la primogénita de la pareja y siguió ocupándolo cuando en 1886 nació su hermano menor, el futuro Alfonso XIII. Su padre había muerto meses antes sin poder haber visto nacer al esperado heredero varón. Ahora, la corona recaía en un bebé recién nacido, la regencia estaba en manos de la reina viuda y la pequeña Mercedes, una niña de seis años, era la heredera del trono, estatus que ocuparía hasta su muerte.

La niña fue bautizada con el nombre de la que fuera primera esposa de su padre, la hermosa reina María de las Mercedes de Orleáns, fallecida también de forma prematura cuando tenía 18 años, una muerte que desgarró a la sociedad española y conmocionó al rey Alfonso. Llevaba además los nombres de Isabel, María Teresa, Cristina, Alfonsa, Jacinta, Ana, Josefa, Francisca, Carolina, Fernanda, Filomena y María de Todos los Santos. Deprimido, en 1879 Alfonso XII había dejado en manos de su hermana mayor la tarea de encontrar una segunda esposa que le asegurara la supervivencia de la dinastía y la elegida, María Cristina de Habsburgo, no podía contrastar más con la fallecida reina: religiosa, culta, seria, responsable, estricta… era la reina perfecta. “La novia había sido prácticamente escogida por la infanta Isabel, que la consideraba ‘la princesa más completa de nuestros días y la más adecuada para ceñir la corona de España’. Alfonso XII no amó a aquella sobrina del emperador austriaco, culta, prudente y distinguida, aunque no guapa…”

“La Princesa de Asturias fué desde muy niña de un carácter serio y reflexivo. Se ajustaba admirablemente a las prescripciones de la etiqueta, y sabia desempeñar con mucha gravedad su papel cuando iba, como decía ella, de persona”, escribió el diario El Heraldo. Mercedes y su hermana menor, María Teresa, “fueron gentiles, cariñosas, buenas piadosas y caritativas”, escribió el historiador Juan Balansó. “Pero su madre las educó rematadamente mal. Mejor dicho, no las educó para ocupar un trono, lo que nos deja atónicos cuando comprobamos que el peloncete Alfonso XIII era un niño de delicadísima salud, como hijo póstumo de un tuberculoso, y que a punto estuvo la Parca de arrebatar su vida en la infancia (…) Y que nadie venga con el cuento de que la formación que proporcionó la regente a sus dos hijas se encuadraba en la que recibían las jóvenes aristócratas de la época. Naturalmente que sí (…) Victoria de Inglaterra, Guillermina de Holanda, Adelaida y Carlota de Luxemburgo, por citar pocos ejemplos, estaban educadas para ceñir una corona; las hijas de doña María Cristina, segunda y tercera personas llamadas a la sucesión, hubieran precisado una formación a tono”.

“La educación de la inmediata sucesora en el trono dejaba bastante que desear, ciertamente. Y eso que su hermano Alfonso XIII requería todos los desvelos de su madre y de los médicos para sobreponerse a su delicada salud, que a punto estuvo de llevarle a la tumba con apenas cuatro añitos. (…) A diferencia de Victoria de Inglaterra o de Guillermina de Holanda, las infantas María de las Mercedes y María Teresa, segunda y tercera personas llamadas a la sucesión, no fueron educadas para tan elevadas funciones. Con razón, su tía Eulalia advirtió: «La pobre Mercedes no tiene ni idea de lo cerca que se halla del trono». Las infantas permanecían la mayor parte del tiempo recluidas en palacio, donde, como observaba su tía Eulalia, «las costumbres se habían ido haciendo cada vez más severas, la vida más rígida, el protocolo más estricto y los ánimos más concentrados». (…) María de las Mercedes no entendía que, con casi veinte años, su madre no le dejase a ella ni a su hermana, de dieciocho, asistir a las fiestas y bailes de disfraces que se celebraban con gran pompa en los soberbios palacios de la nobleza y aristocracia madrileñas. La mediación de sus tías Isabel y Eulalia resultó vital para que la reina María Cristina diese finalmente su brazo a torcer. Pero hasta entonces, María de las Mercedes debió resignarse a escuchar el relato de aquellas deslumbrantes celebraciones de labios de sus tías, o a leer las crónicas de sociedad en las revistas de la época” (José María Zavala).

Por otra parte, Mercedes y su hermana pasaron su infancia en una Corte dominada por el luto, la religiosidad y el protocolo de estilo prusiano que impuso su madre, deseosa de desterrar las alegres vulgaridades que habían dominado la vida de los Borbones en los reinados anteriores. “En la Corte española de la regen­cia”, escribió sobre esos años la infanta doña Eula­lia, tía de Mercedes, en sus Memorias, “todo ter­minaba y empezaba con rezos y, fuera de orar, nada se hacía. Además de las numerosas fiestas del calendario católico -únicas fiestas que había en­tonces-, teníamos no menos de siete días al año de los con­ceptuados como ‘de gala’, con servicios religiosos, recepción palaciega, revista militar, besamanos y cuanto constituía tra­dición o costumbre (…) Por muchos años la Corte de Es­paña fue la más triste y cerrada de Europa”. “El luto había pasado a convertir la antaño festiva Corte española en un espacio marcado por la tristeza para las dos pequeñas”, dice la periodista española Cristina Barreiro. “Mercedes fue instruida acorde a su rango como posible heredera del trono, mientras que su hermana, recibió una formación ligera propia de las costumbres de beneficencia y labor social, destinadas a una Infanta de la época. Pero las niñas crecieron a la sombra de su hermano, en un ambiente dirigido por la rigidez de costumbres que imponía la regia Infanta Isabel, la Chata, alma mater en los asuntos domésticos y protocolarios de la casa”.

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La reina regente no deseaba dar una imagen pública que diera pie a comentarios ya que era una viuda que tenía el deber de educar al futuro rey. Así, María Cristina insistió en llevar una vida pública y privada caracterizada por la sobriedad y por un moralismo con ribetes de beatería, otorgándole a la corte madrileña un tinte más sombrío, recatado, religioso. En el Palacio Real, la reina cambió hasta la decoración, las salas, la servidumbre, otorgándoles un aspecto prusiano. En el plano privado, la familia real no tuvo momentos de verdadera intimidad durante años. “Se ignoraba en la corte la comida familiar, la hora acaso más grata del día”, recordó doña Eulalia. “En el comedor, a las siete y media durante toda la regencia de mi cuñada, se sentaban con nosotras un gentilhombre, el jefe de alabarderos, el de la guardia, una dama de honor, el jefe de la escolta real y algunos otros dignatarios. Nunca éramos menos de veinte personas, pero siempre las mismas, sin una sola cara nueva y teniéndonos que medir en cada frase y antes de cada palabra, pues ni una opinión, ni un comentario podía expresarse allí sin que al día siguiente lo conociera toda la ciudad”.

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Cuando aún no tenía 20 años, María de las Mercedes desafió a su madre al pretender casarse con el hombre que amaba, el príncipe napolitano don Carlos (“Nino”) de Borbón, hijo de los reyes de las Dos Sicilias. Una austera ceremonia nupcial tuvo lugar en 1901 en la Capilla de Palacio de Madrid y una carta de la princesa a su madre, escrita semanas antes, expresaba: Me siento feliz de poder casarme pronto con Nino”. “Joven , de gallarda presencia y afable carácter, sus dotes personales, bien conocidas en la intimidad del trato familiar”, escribía entonces la prensa española, “explican cumplidamente la elección de la Princesa , y justifican su cariño, que mereció el beneplácito de su augusta madre, atenta á su felicidad. No hay que decir si con esta inclinación de S. A. coincidía la de Don Carlos, pues la belleza de la Princesa, su natural elegancia, la hermosura de su alma y la exquisita educación que la ha procurado la amanto solicitud de su augusta madre , son prendas tales que constituirían la felicidad do un hogar aunque no se hallara en las gradas del trono de San Fernando y fuera modesta su condición”. 

“Persona conocedora do la vida intima de Palacio, contábanos, hace tiempo, pormenores del nacimiento do aquel amor que determinó el matrimonio de la Princesa Mercedes con el Príncipe D. Carlos”, relató el diario madrileño La Época. “Como en todo idilio, el germen de aquel amor fue un sentimiento de oculta simpatía. Una conversación sorprendida entre las dos augustas niñas, señaló el primer asomo de los amores. Hablaban las dos Princesas de los hermanos Casería, el Duque de Calabria y el Principe Don Carlos, elogiando las nobles cualidades de cada uno. ‘A mí—dijo la Infanta—me gusta más Nando…’. ‘Pues á mí—interrumpió ingenuamente la Princesa—me gusta más Carlos’” (…) “Don Carlos fue invitado a almorzar por S. M. la Reina. Tuvo noticia D. Mercedes de esta invitación, y escribió a su madre una carta. Conviene advertir que cuando las Infantas, siendo niñas, no podían ver á su madre por impedirlo las graves ocupaciones de la Reina, le escribían billotes, consultándola en sus deseos ó haciéndola cualquier ruego. La carta que escribió la Princesa, el día a que nos referimos, decía, sobre poco más o menos: «Querida mamá: Sé que hoy viene Carlos a almorzar, para despedirse de ti antes de emprender su viaje a Cuba. Su resolución te habrá causado tanto orgullo como á mí; es un hermoso rasgo. ¡Dios quiera que nada malo le pase! Desearía felicitarle y despedirme de él. ¿Nos permites á Teresa y á mi que vayamos al salón, cuando haya terminado el almuerzo?,.. Tu negativa me causarla verdadera tristeza…» Muchas décadas después, Juan Balansó da la razón a la infanta Eulalia al notar que la princesa y la infanta apenas habían tenido oportunidad de vivir: “Cuando María de las Mercedes enloqueció de amor por un apuesto primo napolitano… todo el mundo se extrañó, menor la práctica infanta Eulalia, que esta vez dio en el clavo al manifestar: ‘Pero, Señor, ¿por qué se asombra nadie de que mi sobrina Mercedes se haya enamorado de Carlos? ¡Si la pobre no ha visto de cerca más hombre que a él y al obispo de Sión!”

El matrimonio tuvo tres hijos: el primero nació en 1901 y fue bautizado como Alfonso (“Alfonsito”); el segundo, Fernando, nació en 1903 y murió dos años después. La princesa no sobrevivió al tercer parto, de una niña que sería bautizada como Isabel Alfonsa, y murió a los 24 años pocos días después del nacimiento. “Durante este último embarazo, el médico de cámara Manuel Agustín de Ledesma no las tuvo todas consigo sobre su feliz término. Se equivocó, pero sólo en parte, pues le costó finalmente la vida a la parturienta a causa de una peritonitis que no se supo diagnosticar. Por si fuera poco, el segundogénito de la infanta, Fernando, falleció también a los dos años de edad. Los últimos instantes de María de las Mercedes fueron angustiosos. Cuando el marqués de Casa Irujo anunció a la familia que iban a administrar a la infanta los últimos sacramentos, el 17 de octubre, todos sus miembros redoblaron las oraciones. Poco después, la moribunda intentó gritar, pero no pudo: «¡Ay, que me ahogo!», suspiró. La intensa agonía duró alrededor de seis minutos”.

“La reina madre y el esposo permanecían arrodillados junto a la cama, como dos estatuas de sal. María Teresa no cesaba de llorar. El peor momento, a juicio de uno de los testigos, fue cuando trajeron al infantito Alfonso para que besara la mano de su madre muerta. El rey Alfonso XIII, de diecisiete años, no lo pudo resistir y abandonó precipitadamente el cuarto. Poco después, entre María Cristina, Carlos y María Teresa vistieron a la difunta con el hábito de carmelita. A las dos de la tarde se había producido ya el deceso, y a las ocho seguían allí aún los tres casi tan inertes como ella. Los restantes miembros de la familia, incluidos los hijos de la infanta Paz, tuvieron que sacarles casi a la fuerza para que tomasen una taza de caldo. Al día siguiente, en el instante de sellar el féretro, don Carlos, ya viudo, no quiso separarse del cadáver. Hubo que convencerle para poder cerrar el catafalco”. (José María Zavala).

Relató así el diario La Época el momento de la despedida: “Las personas que presenciaron ayer la triste escena de la separación de la Real familia del cadáver de la malograda Princesa, al ser trasladado éste a la capilla, hacen de ella dolorosa descripción. (…) El Príncipe D. Carlos, llorando con profundísimo desconsuelo, besó repetidas veces en la frente y en la mano a la amadísima esposa. Su gran dolor impresionaba tristemente y hacía asomar lágrimas a los ojos. Más terrible impresión produjo la despedida de la Reina. La pobre madre no lloraba; sus ojos, secos y enrojecidos, parecían haber agotado la fuente del dolor. Loca por la pena, como presa de un síncope, besaba fuertemente el rostro de su hija. El Rey y las Infantas también la besaron con profundísima emoción. Sus Altezas Doña María Teresa y Doña Isabel, sacando fuerzas de flaqueza y haciéndose superiores a su inmenso dolor, procuraron apartar a la Reina y al Príncipe de aquella tremenda escena, consiguiéndolo á duras penas”. 

Los funerales fueron multitudinarios. Los restos de Mercedes fueron entregados a los monjes del Monasterio de El Escorial para que los sepultaran en el panteón real los los Infantes junto a decenas de príncipes y princesas de las dinastías de Austria y Borbón. Cerca de la tumba de la princesa se hallan los restos de Felipe, hijo de Felipe V; de Francisco, hijo de Carlos III; de Gabriel, hijo de Carlos III; de doña Antonia, doña Josefa y doña Isabel, esposas de Fernando VII; de Luis I y Luisa, reyes de Etruria; de Antonio, hijo de Carlos III; de Francisco, hijo de Carlos IV; de Fernando, nieto de Carlos IV; de Sebastián, biznieto de Carlos IV, y del rey consorte Francisco de Asís, abuelo de la princesa Mercedes. Un profundo luto cayó sobre la familia real que paralizó a la corte y a la vida social de los españoles durante meses. Alfonso XIII, un rey joven de 19 años, aún no estaba casado ni tenía hijos, por lo que se apresuró en nombrar Infante Heredero al hijo mayor de su fallecida hermana, Alfonsito. El viudo, don Carlos de Borbón-Dos Sicilias, se había ganado el cariño de toda la familia real, por lo que siguió viviendo en la corte al cuidado de sus hijos pequeños hijos. La familia real recibió con alegría que, tres años más tarde, el viudo de María de las Merecedes se casara con la princesa francesa Luisa de Orleáns, junto a la cual tendría varios hijos. Una de esas niñas sería bautizada María de las Mercedes, como la amada y fallecida primera esposa de su padre. 

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