Historias

La historia (casi desconocida) de Toria de Inglaterra, una princesa “desgraciada en amores”

“Había en la familia real inglesa una princesa soltera de la que se decía, con esa popular frase de la época eduardiana, que había sido ‘desgraciada en amores’. Así es que se convirtió en la clásica tía soltera, y con el tiempo adquirió los atributos de toda solterona clásica, sea princesa o no. Adoraba a la gente joven, los compromisos matrimoniales y las bodas, así como el chisme de cualquier tipo y, sobre todo, el meterse en la vida de los demás”.

Así presentó en sus memorias el príncipe Cristóbal de Grecia a su prima hermana, la princesa Victoria de Inglaterra, la segunda hija del rey Eduardo VII y la reina Alejandra de Gran Bretaña. La princesa, bautizada como Victoria Alejandra Olga María, nació el 6 de julio de 1868 y, para diferenciarla de su abuela y de su tía, la princesa heredera Victoria de Prusia, fue apodada “Toria”, y así fue llamada durante toda su vida. Sus padrinos de bautizo fueron once, entre los que se encontraba la reina Victoria, el zar de Rusia y la reina Olga de Grecia.

Toria y sus hermanas, Luisa y Maud pasaron su niñez y adolescencia entre mucha diversión alternada con las visitas a sus primos daneses y griegos y sus tareas escolares, en la finca real de Sandringham, a unos 190 kilómetros de Londres, recibiendo una educación no demasiado buena a cargo de distintos tutores. En aquella época, aún no era normal que las niñas estudiaran, y la costumbre popular, dentro de la realeza incluso, era que las mujeres aprendieran a realizar las labores del hogar y se casaran. Sin embargo eso no sucedió con la princesa Toria, que permaneció en el hogar tanto tiempo, en el papel de confidente, acompañante y secretaria de su madre, y nunca vivió, como sus hermanas, los rigores de la vida social.

Divertida y de humor picante, Toria se hallaba muy sorprendida ante su cuñada May (esposa del futuro rey Jorge V), a quien consideraba enormemente aburrida, pero solía tomarla en broma: “Ahora, trata de hablar con May durante la cena”, le dijo a un invitado con peculiar malicia; y después agregó: “Aunque ya sabe que es terriblemente tediosa”. Toria, joven de cara alargada, delgada e inteligente pero que no había heredado el encanto de su madre, Alix, no tuvo la fortuna de sus hermanas de casarse y tener hijos, lo que sí sucedió con sus hermanas, que se casaron por amor. La princesa no encontró un marido adecuado, y, cumplidos los treinta años, estaba dotada de cierta amargura y tenía tendencia a la crítica, pero la alegría de su madre la había contagiado a ella. Aunque era una princesa, Toria se convirtió en la más simple y sencilla de las hijas de Eduardo VII.

A medida que sus hermanos fueron casándose y yéndose del hogar real, el control que la posesiva “Madre querida” Alejandra ejerció Toria se volvió aún más estricto, a tal punto que la reina Victoria se quejó: “Si alguien tiene derecho a ofenderse, esa persona soy yo: Victoria y Maud nunca tienen permiso para visitarme, cuando todos mis otros nietos vienen y se quedan conmigo. Creo que es algo muy cruel y, sobre todo, muy egoísta”. El destino de las princesas solteras de Gales preocupaba enormemente a su abuela y a su tía Vicky (reina de Prusia y empeatriz de Alemania), quien llegó a decir: “No puedo entender que no se hayan casado; serían tan adorables como esposas”. Y en otra ocasión expresó su cariño hacia Toria y Maud expresando que eran tan “elegantes”, “naturales”, “simpáticas”, “alegres” e “inteligentes”. Para cuando Luisa y Maud hubieron contraído matrimonio, Toria era una joven poco agraciada de gruesos párpados y dientes muy espaciados; se veía reprimida socialmente por su madre, que sin quererlo ahogaba a la joven y estorbaba los progresos de sus pretendientes.

Luisa “fue la primera en casarse, con el conde de Fife, dieciocho años mayor que ella, que había llevado una vida bastante disoluta en sus tiempos y ahora había recibido el título de duque. Él se había consagrado a la administración de su extenso dominio escocés por la época del matrimonio, y Luisa se dedicó a la pesca del salmón y llegó a ser una notable experta en la materia, aunque, en general, no hizo mucho más que eso”. A Toria causó mucha tristeza que su otra hermana, Maud, se fuera a Dinamarca tras casarse con el príncipe Carl (futuro rey Haakon VII de Noruega) y Maud compadecía a Toria por encontrarse a entera disposición de sus padres. Cada vez que regresaba a Copenhague, Maud admitía que le preocupaba dejar “sola de nuevo” a Toria “ya que su vida no es fácil”.

“La reina Victoria creía que Alix tenía una actitud posesiva hasta el egoísmo, y se quejó de ello a Bertie, quien replicó que sus hijas ‘no mostraban inclinación al matrimonio’ (…) A semejanza de la reina Victoria, Alix deseaba retener en el hogar a una de sus hijas en el papel de acompañante, confidente y ayudante general”, relató el historiador Richard Hough. “Toria permanecía junto a Alix, cumpliendo diligencias que no siempre eran necesarias y que Alix a veces olvidaba antes de que su hija hubiese regresado. Había indudable afecto entre la madre y la hija, pero ese régimen implicaba malgastar terriblemente la vida de Toria. Era la más inteligente de las tres niñas y deseaba vivamente casarse y tener hijos. Hubo tres hombres con quienes ella había deseado casarse, pero dos eran plebeyos y fueron excluidos severamente por Alix. El tercero fue Lord Rosebery, un político liberal sumamente rico que durante un breve período desempeñó a la función de primer ministro. Enviudó pronto y habría deseado casarse con Toria. ‘Podríamos haber sido tan felices juntos’, se lamentaba Toria, pero no pudo ser. Años después se convirtió en una mujer irritable y a menudo enferma”.

Incluso después de la muerte de la reina Alejandra, en 1925, Toria estaba tan abroquelada en sus costumbres que permaneció soltera, muy querida por su hermano Jorge V y sus sobrinos, pero solitaria y recluida tras los muros emocionales que ella no había levantado. “Aunt Toria”, escribió el duque de Windsor, “había dedicado toda su vida a su madre, tal vez sacrificando la propia. Si lo lamentaba, se lo callaba, y siempre nos animaba a divertirnos”. El rey ayudó a su hermana acomodándola en una austera finca en Iver, cerca del castillo de Windsor, donde vivió discretamente, cuidando de su jardín, escuchando música y paseando hasta el pueblo y manteniendo una relación amigables con los comerciantes y los aldeanos.

Siempre había existido un afecto espontáneo y un humor sincero entre Toria y el rey Jorge, que solía partirse de risa recordando una graciosa anécdota que le contaba una y otra vez la princesa Toria: llamando ella por teléfono al palacio de Buckingham preguntó “¿Eres tú, viejo tonto?”. La operadora del palacio todavía no había logrado conectarla a la línea del rey y respondió maquinariamente: “No, su alteza real, su majestad aún no está al teléfono”. Durante muchos años el rey comenzaba su día a las 9.30 de la mañana llamándola por teléfono y ambos compartían las novedades. Acostumbrado a ello, el silencio que siguió a su muerte fue abrumador para el viejo Jorge. Para cuando murió la princesa Luisa, en 1931, Victoria no era sólo la hermana favorita del rey Jorge, sino también su mejor amiga. El 3 de diciembre de 1935 le informaron al rey que su hermana había fallecido en su residencia de Buckinghamshire y esa tarde no pudo presidir la solemne apertura del Parlamento. “La pena de mi padre fue tan grande que no pudo avenirse a dejarse ver por las muchedumbres londinenses y tuvo que suspenderse la ceremonia oficial. Ya no volvió a aparecer en público…”. Victoria, la última princesa de ese nombre en la monarquía inglesa, fue sepultada en el Cementerio Real de Frogmore, en el Gran Parque, a unos 800 metros del castillo de Windsor. “Cómo la echaré de menos… –anotó el rey Jorge en su diario— extrañaré muchísimo nuestras charlas diarias por teléfono”.

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