Inglaterra

Cuando Enrique VIII de Inglaterra entró en cuarentena por amor (y miedo)

Cuando en 1528 el ‘sudor anglicus’ comenzó a matar a miles en Londres, el monarca hizo de todo para salvar a Ana Bolena.

En el año 1528, el rey Enrique VIII de Inglaterra vivía con su amante, Ana Bolena, y luchaba por separarse de su esposa española, Catalina de Aragón. En pleno proceso, rumores angustiantes que habían empezado a llegar a la corte se convirtieron en noticias altamente preocupantes para el rey: en el verano de ese año, cuarenta mil personas fueron atacadas, solo en Londres, del ‘mal del sudor’ o ‘sudor inglés”, una extraña enfermedad local cuyo principal síntoma era una sudoración severa y que finalmente terminaría matando a 2.000 personas en la capital inglesa, mayoritariamente hombres jóvenes y sanos. Cuando la epidemia llegó a la corte, contagió a numerosos nobles y altos funcionarios, además del padre y el hermano de Ana.

Llamada ‘sudor anglicus’ o ‘pestis sudorosa’, se trató de una enfermedad muy contagiosa y generalmente mortal que afectó a Inglaterra en varias oleadas durante los siglos XV y XVI. Los brotes solían ocurrir en verano y desaparecían con la llegada del otoño: los pacientes fallecían entre cuatro y doce horas después de manifestarse los primeros síntomas y la mayoría de los pocos que conseguían superar las 24 horas sobrevivieron. Las causas de la enfermedad son desconocidas, aunque algunos estudiosos han culpado a las aguas residuales y a la falta de higiene. En 1528 afectó primero a los franceses, luego a los alemanes donde provocó más de un millar de muertes en una semana, y desde allí se extendió a Inglaterra, Suecia, Suiza, Dinamarca y Noruega, Lituania, Polonia y Rusia, Bélgica y Países Bajos.

El rey galante e hipocondríaco, temiendo ante la idea de que Ana, su tesoro más preciado, pudiera ser contagiada, trató de tranquilizarla aunque él albergaba más miedos que ella. El ordenó de esta forma no sólo la partida de Ana hacia el castillo de la familia Bolena en Kent, sino que permitió que todos los cortesanos y nobles se retiraran a sus hogares de campo y, con el palacio casi vacío, se autoaisló de todo el mundo, manteniendo contacto estrecho únicamente con su médico, William Butts. El mismo médico fue el encargado de llevar a Ana una emotiva carta del rey:

“Yo os suplico, amada mía, que no os asustéis ni os dejéis inquietar por nuestra ausencia. Sabéis que donde quiera que yo esté sigo siendo vuestro; pero no tenemos más remedio que someternos, a veces, a las circunstancias, y los que luchan contra el destino se ven siempre alejados del bien que desea, por lo que os ruego hagáis lo posible por hallar consuelo y valor preocupándoos lo menos posible de esta desgracia, pues espero que antes de que pase mucho tiempo podremos chanter le renvoyre. Sin más por el momento, pues me falta tiempo, si no es para deciros que querría teneros entre mis brazos”.

“De pronto, una noche, me llegó la noticia más terrible que es posible imaginar”, escribió Enrique VIII en otra carta cuando le llegó el mensaje de que Ana se había contagiado y de que otros cinco miembros de la corte, entre ellos el boticario, fueron atacados por el mal del sudor, además del alcalde de Londres. Enrique sintió mucho la muerte de Sir William Compton (1482-1528), quien desempeñaba el cargo más importante que había en la corte, el de “groom of the stool” -literalmente “mayordomo del taburete”-, refiriéndose al mueble en el que se hacían las necesidades, y que asistía al monarca en el momento de sus necesidades. Enrique VIII confiaba tanto en esta figura que los llamaban “los principales caballeros de la cámara”.

Mientras las víctimas morían en las calles de Londres, el médico le trasladó otra carta del rey a la amante real: “Espero verte muy pronto. Con ello recibiré la satisfacción más grande que podría ofrecerme la vida”. Algunos en Londres aseguraban que la terrible plaga era un castigo divino hacia el rey por aborrecer a su esposa y amar a una mujer a la que llamaban “la mala perra”. Por miedo a que le enfermedad llegara a tocarlo, en un momento en que la Dinastía Tudor aún no tenía un heredero varón, Enrique VIII se refugió en la oración y las misas y se aisló aún más, haciendo que su médico durmiera en la habitación real y comiera con él.

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