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Los secretos del palacio de Kensington (parte 2): la corte de las peleas familiares

Sede de intrigas cortesanas de alto vuelo, el actual hogar de los duques de Cambridge alguna vez pretendió ser el Versalles de Inglaterra y tiene una interesante y curiosa historia.

Lea la primera parte de la serie: Kensington, del holandés asmático al rey infiel

El rey Jorge II, como su padre, desarrolló una fuerte aversión hacia su hijo y heredero, el príncipe Federico y el Palacio de Kensington, en Londres, fue el escenario de la disputa cortesana que escandalizó al siglo XVIII. Parte del problema era que, después del nacimiento de Federico en Hannover, simplemente él y su esposa, la reina Carolina, lo dejaron allí para partir a Londres y no  volvieron a verlo hasta que el niño llegó a los 21 años. En lo que respecta a su padre, el príncipe no podía hacer nada bien, y lo llamaba “el bastardo”.  Federico se casó a los 29 años, el momento oportuno para la venganza. Durante semanas, Federico y su esposa Augusta enfurecieron a la reina Carolina al, por ejemplo, llegar deliberadamente tarde al oficio religioso capilla de Kensington y, poara llegar a sus asientos, tuvieron que pasar junto a ella, lo que significaba que la reina tenía que levantarse.  Esto continuó hasta que Carolina no pudo soportarlo más: le dijo a su hijo y a su esposa que tendrían que usar una entrada alternativa y Federico vio esto como un desagradable desaire y se negó a volver a asistir a la capilla. 

Temeroso de que el Príncipe de Gales estableciera una corte alternativa, como lo había hecho él en su juventud, Jorge II continuó permitiendo que Federico asistiera a la corte en Kensington, pero para alegría de los cortesanos ambos se ignoraban y el trato entre padre e hijo fue nulo hasta que, en 1736, Federico hizo algo por lo que el rey nunca lo perdonó. La princesa de Gales se había puesto de parto en el palacio de Hampton Court y, sin el permiso de su padre, Frederick arrastró a su esposa fuera de la cama, pidió un carruaje y condujo toda la noche para que el bebé naciera en el palacio de St. James’s (Londres) lejos de sus odiados padres que habrían insistido en estar presentes en el nacimiento. 

LOS HIJOS DE JORGE II

Cuando el rey y la reina se enteraron, corrieron por Londres para alcanzarlos a ambos. No solo estaban furiosos porque la pareja se había ido sin permiso, sino que sospechaban que se habían escapado para darse tiempo para encontrar un bebé varón sano. Se calmaron solo cuando descubrieron que la princesa Augusta había dado a luz a una niña, pero el rey guardó rencor eterno hacia su hijo y su nuera por haber abandonado una de sus casas sin su permiso. Inmediatamente escribió a sus ministros, cortesanos y otros miembros de su familia para advertirles que si alguien tenía relación con los príncipes de Gales ya no se les permitiría entrar en presencia del rey. 

Lo que más le molestaba a Jorge II era que su hijo mayor algún día se sentaría en el trono y por eso cuando Federico murió en 1751, de un absceso pulmonar, ni el rey ni la reina pudieron oculta su alegría. Poco después murió el rey, y la corona pasó debidamente al hijo de 22 años de Federico, que se convirtió en Jorge III.  Quizás porque sus recuerdos de Kensington no eran del todo felices, el nuevo y joven rey hizo que la enorme mansión londinense de Buckingham House se convirtiera en su palacio. El Palacio de Kensington fue abandonado lentamente y solo unos pocos viejos cortesanos se quedaron allí para vigilar los tesoros que aún conservaba. 

EL PRÍNCIPE FEDERICO Y SU FAMILIA

Los magníficos salones de Kensington se humedecieron y finalmente se convirtieron en un acumulamiento de polvo, muebles rotos y cuadros abandonados, hasta que alguien notó que había suficientes apartamentos habitables para la enorme familia de Jorge III y su esposa, la reina Carlota (quienes tuvieron 16 hijos) y sus parientes más cercanos, tíos, primos lejanos, cortesanos retirados y aristócratas despreciables. Una de ellas fue la hija de Jorge III, Isabel, que se casó a los 48 años con Frederick, Landgrave de Hesse-Homburg, un viudo alemán masivamente obeso conocido como “Humbug”.  Apestaba tanto, se decía, que tuvo que ser obligado a lavarse inmediatamente antes de la boda, y cuando él y su novia se fueron en su carruaje él vomitó sobre ella. Otro residente fue el padre de la reina Victoria, el duque de Kent, que acumuló deudas espantosas. 

Cuando el duque de Kent murió en 1820, cuando su única hija tenía solo un año de vida, todos sus muebles y posesiones valiosas fueron retirados por los acreedores del palacio de Kensington. Su viuda pidió prestado suficiente dinero para comprar todo, así que todo el lote tuvo que ser llevado de vuelta al palacio unas semanas más tarde. La futura reina Victoria vivió allí hasta que se convirtió en reina a los 18 años, sometida a un estricto programa educativo por parte de su madre y del secretario sir John Conroy, un hombre ambicioso que hizo infeliz la infancia de la princesa y dejó amargos recuerdos en ella.

El duque intelectual

A partir de entonces, el palacio de Kensington fue utilizado como “depósito” de cortesanos y parientes, entre ellos el tío favorito de la reina Victoria, Augusto, duque de Sussex. Excéntrico pero muy culto, fue adicto en sus últimos años a comer helado y sopa de tortuga, y gastó casi todo su dinero recolectando Biblias viejas y otros libros raros para su inmensa colección. Por la noche, incapaz de dormir debido a su asma, deambulaba por los pasillos y jardines de Kensington con una gran gorra negra y un vestido largo. Durante la última década de la vida del duque, sus muchas habitaciones en Kensington, incluidas sus seis bibliotecas, tuvieron que dejar sus puertas interconectadas permanentemente abiertas para que su colección de pájaros cantores pudiera salir de las jaulas para volar como quisieran en e interior del palacio. 

Cada día, uno de los sirvientes del duque de Sussex pasaba casi todo su tiempo dando vueltas por pasillos, salones y alcobas y ajustando la vasta colección de relojes que poseía este hijo de Jorge III.  El resultado fue que cada hora (y en muchos casos, cada media hora y cada cuarto de hora) su apartamento se llenaba de campanadas, gongs, melodías musicales, himnos militares. Cuando murió en 1843, el duque había recolectado más de 5.000 Biblias, en las cuales su interés probablemente era más académico que espiritual. Un hombre que compró uno de sus libros de oraciones se sorprendió al encontrar una nota en la escritura a mano de Augusto: “No creo una sola palabra”.

Los secretos del Palacio de Kensington (parte 1): del holandés asmático al rey infiel

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