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Perfil: Felipe de Bélgica, el “príncipe tímido” que salvó a la monarquía, cumple 60 años

El séptimo rey de los belgas, de nombre completo Philippe Léopold Louis Marie en el original en francés (Filip Leopold Lodewijk Maria en flamenco), vino al mundo el 15 de abril de 1960 como el primogénito de los entonces príncipes de Lieja, Alberto, hermano menor del rey Balduino, y Paola Ruffo di Calabria, noble de origen italiano, los cuales habían contraído matrimonio el año anterior. Al niño, que en el momento de su nacimiento adquirió la condición de príncipe de Bélgica con tratamiento de alteza real, le siguieron dos hermanos, Astrid, en 1962, y Laurent, en 1963.

Educación de un futuro rey

Felipe recibió una escolarización bilingüe en sendos centros de enseñanza primaria y secundaria, el Collège Saint-Michel de Etterbeek (Bruselas) y la Abdijschool van Zevenkerken de Sint-Andries (Brujas). En 1978 ingresó en la Real Escuela Militar de Bruselas, un centro de dimensión universitaria, y dos años después obtuvo los despachos de subteniente del Ejército y la Fuerza Aérea. Bajo la atenta supervisión de su tío Balduino, quien, careciendo de su propia descendencia, se preocupó por la formación de un sobrino que estaba en la línea de sucesión de la corona, Felipe completó su instrucción militar en 1983. Antes de recibir los galones de capitán, el príncipe apasionado de la aviación, realizó cursos de piloto de caza, soldado paracaidista y comando.

A continuación, Felipe realzó su currículum universitario con unas temporadas lectivas en el Trinity College de Oxford, donde estudió Historia Constitucional, y la Universidad de Stanford en California, donde en 1985 se graduó con el título de Master of Arts en Ciencias Políticas. A su vuelta a Bélgica, el príncipe llevó a cabo, explica textualmente la web de la monarquía belga, “una inmersión en las realidades políticas, económicas y sociales de su país, un recorrido de ocho años durante el que conoce profundamente Bélgica y a los belgas, a través de un número considerable de visitas, encuentros, conferencias y misiones que le llevan a impregnarse del funcionamiento de su país”. Desde 1992 disfrutó de una asignación especial del Gobierno que le permitió dotarse de un despacho particular de secretarios y asesores. Con 32 años, Felipe, que permanecía soltero, ya tenía un importante bagaje en un amplio abanico de temas culturales, europeos y humanitarios.

El duque de Brabante causa preocupación

El hecho de que los reyes Balduino y Fabiola (tío de Felipe) no tuvieran hijos colocaba a su hermano Alberto al frente de la línea sucesoria, pero sólo sobre el papel. En la década de los 80 la opinión pública se convenció de que Alberto, que ya era cincuentón y había arrastrado una imagen de cierta indolencia mundana o de desapego a las obligaciones institucionales, terminaría renunciando a sus derechos sucesorios, probablemente en favor de su vástago mayor, con el que las relaciones en público no destacaban por su calidez. Felipe fue muy cercano a Balduino. Tío y sobrino pasaban los fines de semana juntos en las Ardenas, jugaban al billar y al ajedrez, realizaban largas caminatas y mantenían largas conversaciones sobre el reinado, sobre el futuro de Bélgica y sobre la fe.

En efecto, el discreto Felipe, cuya personalidad era descrita como introvertida y lacónica, quizá insegura, muy diferente al carácter de su padre cuando tenía su edad, venía recibiendo una instrucción tal que sugería su preparación para convertirse en el sucesor directo de su tío cuando llegara el momento. Pero también podría estar pensándose en su hermana Astrid, tal como sugirió la abolición de la ley sálica en 1991. La princesa, extrovertida como su padres, hermosa como su madre, y que hablaba fluidamente los tres idiomas del país, se estaba convirtiendo una joven popular. Sin embargo, estos planes sucesorios debieron quedar trastocados el 31 de julio de 1993, día en que Balduino, a los 62 años de edad, falleció de un repentino ataque al corazón mientras veraneaba en España.

Lo que Felipe no sabía es que Balduino había pactado secretamente su sucesión: al día siguiente, el Gobierno belga anunció, para sorpresa de muchos, que el nuevo monarca era el hermano del difunto. El 9 de agosto el príncipe de Lieja prestó juramento como rey de los belgas con el nombre de Alberto II. En ese momento, Felipe, al que al parecer los líderes políticos no consideraba plenamente maduro para reinar sobre un país, en adelante dividido por costuras federales, ligado a las relaciones armónicas entre sus dos grandes comunidades lingüístico-territoriales, los valones francófonos del sur y los flamencos neerlandófonos del norte, se convirtió de manera oficial en el príncipe heredero con el título de duque de Brabante. Tenía 33 años.

En los siguientes años, el príncipe heredero (titulado duque de Brabante) siguió ascendiendo en el escalafón militar en preparación del día en que, como rey, se convirtiera en el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas belgas. En septiembre de 1999 sorprendió a Bélgica al anunciar que se casaria con la logopeda y psicóloga Matilde (Mathilde Marie Christiane Ghislaine) d’Udekem d’Acoz, proveniente una familia aristocrática formada por los condes Patrick d’Udekem d’Acoz, de estirpe valona, y Anna Maria Komorowska, procedente de la nobleza polaca. La noticia, cuando nadie sabía que Felipe tenía novia, sorprendió a Europa.

Tras la boda real, se desata la tormenta

La boda de Felipe y Matilde, proyectada como un símbolo de la unidad nacional al ser los contrayentes dos perfectos representantes del bilingüismo (además, ella era belga de nacimiento, a diferencia de las cónyuges de todos los príncipes herederos y reyes de la dinastía Sajonia-Coburgo y Gotha), fue recibida con alborozo en un momento en que la opinión pública belga constataba el paulatino distanciamiento entre los partidos flamencos y valones. Los esponsales civiles tuvieron lugar en el Ayuntamiento de Bruselas y la ceremonia religiosa católica en la Catedral de Saint Michel el 4 de diciembre. Los príncipes tuvieron en los siguientes años cuatro hijos: la princesa Isabel en 2001; el príncipe Gabriel en 2003; el príncipe Emmanuel en 2005; y la princesa Eléonore en 2008. La mayor, Isabel, se convirtió en el momento de nacer en la segunda persona en la línea de sucesión al trono.

Los rumores, las revelaciones sensacionalistas y el escándalo envolvieron prácticamente de seguido a los miembros de la familia real a partir de 1999, año de publicación de una biografía no autorizada de la reina Paola que sacaba a la luz detalles del tormentoso matrimonio de los entonces príncipes de Lieja. La pareja a punto estuvo de naufragar por la prolongada infidelidad de Alberto con la baronesa Sybille de Selys Longchamps, con la que había tenido una hija ilegítima que resultó ser la escultora Delphine Boël, la cual confirmó la historia en 2005, al igual que su madre. La real guardó silencio sobre este asunto, si bien el propio Alberto, en su discurso de Navidad de 1999, había reconocido implícitamente su aventura extramarital con Sybille de Selys, aunque no la paternidad de Boël. Además, el hermano pequeño de Felipe, Laurent, se convirtió en un generador nato de titulares polémicos por su conducta errática.

Felipe no se libró de la pluma entrometida y ácida de los periodistas. En octubre de 2012 apareció a la venta “Question(s) royale(s)”, del redactor e investigador de la Radio Televisión Belga Francófona (RTBF) Frédéric Deborsu. En el libro, el autor insinuaba la homosexualidad del príncipe heredero, que “nunca tuvo ningún interés por las mujeres” y que antes de casarse había “vivido una intensa relación de amistad con un hombre”, supuestamente un aristócrata belga. Deborsu opinaba que el matrimonio de 1999 con Matilde había sido “forzado”, y que entre los cónyuges no había “afinidad” ni “complicidad”, dados los “caracteres difícilmente compatibles” y la “diferencia de edad”. Según el periodista, hacia 1996, cuando Felipe tenía 36 años, su padre le había advertido: “o te casas, o no serás rey”.

Aunque aseguraba que él era “monárquico” y que no pretendía “atacar” a la familia real, Deborsu pintaba al príncipe heredero como un hombre “frustrado”, “con complejo de inferioridad” y “atormentado” por la figura autoritaria de su padre, amén de “marcado por una infancia muy difícil en una escuela militar, en la que no tuvo cerca a sus padres ni a sus hermanos”. El aludido, mediante una nota oficial, se limitó a señalar que “el día más feliz de mi vida fue cuando Matilde dijo sí a mi propuesta de matrimonio”.

El revuelo creado por Question(s) royale(s) llegó cuando Felipe era el padre de cuatro hijos y cuando Bélgica ya llevaba siete meses aguardando un posible relevo inminente en el trono. La expectativa la había desatado en marzo de 2012 el diario francófono Le Soir al publicar que el rey Alberto tendría la intención de abdicar en favor de su hijo mayor en una fecha concreta, el 21 de julio de 2013, día de la fiesta nacional de Bélgica y al filo del vigésimo aniversario de su coronación. La hipótesis obtuvo entonces un aparente respaldo del duque de Brabante, quien, preguntado por los periodistas sobre el particular, se proclamó “listo para ocupar el trono”.

La cuestión de una posible abdicación se mantuvo en el candelero en los meses siguientes, sobre todo cuando en de 2013, en la vecina Holanda, la reina Beatriz dejó paso a su hijo Guillermo Alejandro tras 33 años de reinado. A los pocos días, la baronesa Sybille de Selys, diciendo salir en defensa de su hija, concedió a los diarios Le Soir y De Standaard una larga entrevista en la que se explayó, contando numerosos detalles con tono almibarado, sobre su antiguo romance y relación, no exactamente clandestinos, con Alberto, que según ella se habían prolongado desde 1966 a 1984, es decir, durante buena parte de la infancia y juventud de Felipe. Estas últimas informaciones desagradables, unidas a una polémica fiscal que venía rodeando a la reina viuda Fabiola, criticada por haber empleado una fundación privada como ardid para ayudar a sus sobrinos a eludir el impuesto de sucesión por la herencia de Balduino, asuntos todos que eran claramente negativos para el prestigio de la Corona, pusieron la antesala a un solemne comunicado del monarca a la nación.

El 3 de julio, con el esćandalo Delphine Boel en su máximo apogeo y la popularidad por el suelo, Alberto II dijo en un discurso televisado en directo desde su despacho en el Palacio Real de Bruselas, Alberto, de pie y papel en mano, leyó, dirigiéndose por turnos en francés, flamenco y alemán, el mensaje esperado. “He entrado en mi octogésimo año, una edad que nunca alcanzaron mis predecesores en el ejercicio de sus funciones. Constato que mi edad y mi salud no me permiten ejercer mis funciones como me gustaría (…) Tras veinte años de reinado, estimo que es el momento de pasar la antorcha a la siguiente generación”. En cuanto a su hijo: “Constato que el príncipe Felipe está bien preparado para sucederme. Él disfruta, junto con la princesa Matilde, de toda mi confianza. Con el paso de los años, principalmente en el contexto de las misiones económicas en el extranjero, el príncipe Felipe ha destacado su compromiso con nuestro país, que lleva en el corazón.

El primer ministro, el socialista valón Elio Di Rupo, confirmó que “el príncipe Felipe ha sido preparado para su futura función con gran seriedad y sentido de la responsabilidad. Él ha demostrado en numerosas ocasiones lo mucho que ama a Bélgica. El príncipe está dispuesto a servir bien a nuestro país. Puede contar con el apoyo del Gobierno en el ejercicio de sus nuevas funciones. Di Rupo también expresó la gratitud del Gobierno a Alberto, del que destacó su “sinceridad”, “su valentía” y su “lucidez” al tomar esta decisión, y su servicio a los belgas en sus veinte años de reinado, período en el que se había ganado el aprecio de los ciudadanos por “su entusiasmo, su empatía, su humor y su inteligencia”. El 4 de julio, Felipe, en sus primeras palabras tras el anuncio de abdicación de su padre, pronunciadas desde Amberes, declaró ser “muy consciente de las responsabilidades” que tenía por delante y que como monarca seguiría empleándose “con todo mi corazón”. También aprovechó para “rendir homenaje al rey por sus veinte años de reinado”.

En la mañana del 21 de julio de 2013, día festivo en Bélgica que conmemora la proclamación constitucional en 1831 de Leopoldo de Sajonia-Coburgo, el iniciador de la dinastía familiar, como rey de los belgas tras producirse la revolución nacional y la independencia de Holanda, tuvo lugar la abdicación-entronización anunciada el día 3. Con un ceremonial más bien austero (ni siquiera fueron invitados a los actos los miembros de otras monarquías del mundo) y con moderadas expresiones de júbilo en la calle, Alberto II firmó el instrumento de abdicación en el Palacio Real de Bruselas.

Felipe I se convirtió en el séptimo rey de los belgas desde 1815. Según lo dispuesto, los padres del nuevo monarca conservaban la condición regia. Esto convertía a Bélgica en una insólita monarquía parlamentaria con dos reyes, Felipe –el único reinante– y Alberto II, y tres reinas, Matilde, Paola y Fabiola, los cinco con tratamiento de majestades. Matilde se convirtió en la primera reina de origen belga en la historia del país, después de una francesa, una austríaca, una alemana, una sueca, una española y una italiana, las esposas respectivamente de Leopoldo I, Leopoldo II, Alberto I, Leopoldo III, Balduino y Alberto II. La princesa Isabel, por su parte, se convirtió ahora en la primera en la línea de sucesión y, en el futuro, será la primera mujer que reinará en Bélgica.