Francia

L’Affaire Des Poissons: una envenenadora en la cama del Rey Sol


En 1676, en tiempos de Luis XIV, la detención de la marquesa de Brinvilliers sacudió los cimientos de la nobleza francesa.  Marie Madeleine d’Aubray, esposa de un riquísimo noble, mantenía amores clandestinos con uno de los mejores de su consorte, el caballero Godin de Sainte-Croix. Cuando descubrió el engaño, el marqués consiguió, gracias a cuantiosos sobornos, que Sainte-Croix fuera detenido y encarcelado en La bastilla. Fue allí donde Sainte-Croix adquirió grandes conocimientos sobre la preparación de venenos, conocimientos que transmitió a Marie Madeleine cuando salió de la cárcel. Desde hacía mucho tiempo, la Brinvillers guardaba profundo odio contra su familia desde que sus hermanos la habían violado a la edad de siete años. Así, en 1668 decidió que era tiempo de heredar la fortuna familiar aunque, para ello, tuviera que deshacerse de su padre y sus hermanos. 

Mujer de apariencia dulce e inofensiva, comenzó a visitar a los pobres y desvalidos de los hospitales, a los que llevaba dulces, vino, galletas, entre otros regalos envenenados. Al poco tiempo, los beneficiados morían y ella se divertía mientras ensayaba el envenenamiento de los enfermos. Gracias a esta práctica, llegó a matar con venenos a su padre, dos de sus hermanos e intentó asesinar a su marido aunque sin éxito. Cuando éste murió, se descubrió en su casa un extraño cofre lleno de frascos y una curiosa confesión de 34 páginas escrita por la marquesa en la que admitía haber cometido incesto, adulterio y asesinato. En esta confesión incluso dice que quiso matar a su hija porque “le parecía tonta”, pero se arrepintió y le dio un antídoto. Para escándalo de toda la alta sociedad, la marquesa fue enjuiciada, ahorcada y quemada. La corte quedó horrorizada al enterarse de que una asesina serial había vivido entre ellos. Tras este episodio, riquísimos nobles y altos cortesanos empezaron a caer uno tras otro en un escándalo judicial sin precedentes, el “Asunto de los Venenos”, cuya inquietante y negra trama llegó incluso al círculo más íntimo del Rey Sol.

El oficial Gabriel-Nicolas de La Reyne, jefe de la Policía francesa, inició una investigación paralela poco después de la ejecución de la marquesa de Brinvilliers. Había recibido un mensaje secreto al mismo tiempo que un religioso le advertía que crecía de forma alarmante el número de fieles que le confesaban haber matado a alguien mediante el envenenamiento. El cura Nail y la señorita de La Granje, sus primeros detenidos, fueron acusados de celebrar ritos satánicos y, peor aún, de haber inspirado una tentativa de asesinato contra el rey por medio de una carta envenenada. En el interrogatorio, mencionaron a Marie Bosse (conocida como Madame La Bosse) y a su amiga y rival, Marie Vigoureux (“Madame Vigoureux”). Las dos señoras fueron detenidas y llevadas a la prisión de Vincennes, donde comenzaron a hablar. Declararon que ambas que eran adivinas y que había por lo menos otros 4.000 adivinos en la alta sociedad de París y o que servían como lavanderos, costureros o guardabosques en la corte del rey. Mencionaron, entre muchos nombres, el de Catherine Deshayes, conocida popularmente como “La Voisin, a quien todos secretamente consideraban una experta en el arte de los venenos. Durante el allanamiento de su casa parisina, La Reyne descubrió una pequeña cabaña que La Voisin usaba para practicar su arte. Había un pequeño horno crematorio en el que se calcinaban los fetos que habían sido sacrificados a Satán. Cerca del horno, una montaña de cenizas grises. 

“Su especialidad eran las misas negras, en las que la crueldad y el satanismo jamás fueron sobrepasados por nadie. Estas ceremonias le dieron fama en el año 1666. Las oficiaba rodeada de un séquito de depravados encabezados por el abad Ettiene Guibourg, un anciano de mirada estrábica y cara carnosa y desagradable. Para celebrarlas, había comprado una casa abandonada en la calle Beauregard, donde su reputación ascendió al punto más álgido, ya que incluso los cortesanos recurrían a sus conocimientos como pitonisa y fabricante de ungüentos, polvos y filtros mágicos”. [Néstor Durigon, Asesinas seriales] 

Conocido por su integridad y su enorme lealtad a la Corona, el detective La Reyne se presentó en Versalles para informar al rey sobre sus descubrimientos. El 27 de diciembre de 1679, Luis XIV ordenó que el conjunto de la red fuera exterminado por todos los medios independientemente del rango, sexo o edad de los involucrados. Eran tantos los casos de nobles fallecidos en extrañas circunstancias y con tintes oscuros, que el rey decidió que el caso debía permanecer en el más absoluto secreto, porque el Parlamento francés, máximo tribunal judicial de entonces, se mostraba siempre dispuesto a proteger a la gente de alcurnia. Para ello, el 8 de marzo de 1679 instituyó la Cámara Ardiente (‘Chambre Ardente’), una corte extraordinaria de justicia de los tiempos de la Inquisición destinada a juzgar herejes. La Cámara, que llevaba ese nombre porque sus sesiones se celebraban en un imponente salón tapizado de negro e iluminado con velas, comenzó su trabajo poniendo bajo arresto a todas las personas que figuraban en la investigación de La Reyne. Había comenzado el asunto criminal más grande del siglo.

“Registraron la casa de Bosse y encontraron cantidades de arsénico, cantáridas, recortes de uñas, polvos de cangrejo y otras cosas demasiado inmundas para mencionarlas (supuestos afrodisíacos). Madame Voisin fue arrestada y empezó el interrogatorio. Aconsejó a la policía que centrara su atención en las verdaderas criminales como Bosse. Cuando ambas mujeres fueron careadas, Bosse declaró que Voisin había envenenado a su propio marido igual que a los de Madame Dreux y Madame Leféron. ¡Sensación! (…) Cada día salían a relucir en los interrogatorios más nombres interesantes: la condesa de Roure, la vizcondesa de Polignac, la duquesa de Angulema, la duquesa de Vitry, la princesa de Tingry, la condesa de Gramont, el conde de Cessac, el conde de Clermont. Y lo más horrible de todo: las brujas hablaron de la propia camarera de Madame de Montespan, Mademoiselle de Oeillets, de la que se sabía que había tenido una hija con el rey…” [Nancy Mitford, El Rey sol. Luis XIV en Versalles]

Las envenenadoras revelaron que la gran mayoría de las clientas de sus filtros de amor y otras decocciones peligrosas no provenían de la burguesía parisina, sino de la corte. A pesar de que muchos de los nobles mencionados por los prisioneros de la cárcel de Vincennes eran amigos o cortesanos cercanos suyos, Luis XIV ordenó firmemente a la Cámara Ardiente que prosiguiera con sus investigaciones. Una infinidad de apellidos quedó manchado: se encontraba entre sus miembros esposas despechadas que querían deshacerse de un marido infiel, hijos codiciosos que necesitaban su herencia, jovencitas que habían sido ultrajadas por sus amos, amantes que querían quitar del medio a otra persona… Cuando terminó el interrogatorio de Voisin, La Reyne dijo horrorizado: “Las vidas humanas están a la venta y se negocia con ellas a diario como con cualquier artículo; se tiene al asesinato como único remedio cuando una familia atraviesa dificultades; se practican hechos abominables en todas partes: en París, en los suburbios y en provincias”.

Entre los otros crímenes de La Voisin figuraban también los de haber practicados por lo menos dos mil abortos y la eliminación de muchos bebés indeseados. Se la acusaba, además, de haber sacrificado niños vivos al Diablo, secuestrados de los barrios pobres. Las tres brujas, Voisin, Bosse y Vigoureux, fueron condenadas a muerte en 1680. Las dos primeras fueron torturadas y posteriormente quemadas vivas, mientras que Vigoureux murió en la tortura. Las nobles damas de Poulaillon, Dreux y Leféron se salvaron de la ejecución gracias a la conexión que tenían con los integrantes de la Cámara Ardiente y pasaron el resto de sus vidas enclaustradas en conventos de Holanda. Desde la muerte de Voisin y sus colegas, habían sido detenidas más de ciento cincuenta personas, entre adivinas, secuestradores de niños, alquimistas, falsificadores, sacerdotes, practicantes de abortos, traficantes de venenos y “filtros de amor” y otras criaturas siniestras. 

Lo más sorprendente para La Reyne fue que en medio de los interrogatorios aparecieron, entre los clientes de La Voisin, nombres de personas muy cercanas a la corte borbónica, como Olimpia Mancini, condesa de Soissons y sobrina del poderoso cardenal Mancini, antigua amante de Luis XIV que había buscado, por intermedio de una reconocida adivina, la muerte de Louise de La Valliére, su sucesora como amante del rey. Uno de los muchos siniestros personajes detenidos era un tal Lesage, quien fue el primero en mencionar el nombre de Madame de Montespan, una de las favoritas del rey Luis XIV. Uno tras otro, los involucrados empezaron a hablar. Los prisioneros dijeron a sus interrogadores que Voisin había visitado con frecuencia a Montespan, y que una dama de la favorita solía visitar la casa de la bruja para adquirir filtros de amor y otras pócimas “mágicas” con el fin de atraer cada vez más la atención y los favores del monarca. 

Se dijo que Montespan había participado en toda clase de conspiraciones siniestras y misas negras en los que se sacrificaban niños, y que había suministrado venenos al rey para mantener su favor. Las acusaciones se fueron haciendo cada día más espeluznantes y se descubrió que Voisin le había facilitado a Montespan un par de guantes envenenado que pretendía regalar a Mademoiselle Angelique de Fontanges, una atractiva chica provinciana que comenzaba a interesar al Rey Sol. En 1679, la señorita dio a luz a un niño que no sobrevivió, y quedó muy enferma. Sufrió hemorragias que ningún médico fue capaz de curar y su muerte, en 1681, coincidió con el Asunto de los Venenos… ¿Y si este mal se hubiera producido por un envenenamiento? ¿Había llegado la amante del rey al extremo de envenenar a su rival? 

“Al morir madre e hijo, no quedaba vestigio alguno de esa efímera aventura amorosa en la vida del rey. Todo el mundo le atribuyó la muerte de Angelique a los venenos de la Montespan y a sus lujuriosos y crueles misas. Luis XIV tuvo que enfrentarse con los rumores que había en la corte sobre las oscuras actividades de la Montespan. Aunque contrariado por el escándalo, el monarca no permitió la autopsia de la Fontanges. No quería correr el riesgo de que un diagnóstico de envenenamiento empeorase el ya turbio ambiente de la corte. También eran generales las murmuraciones sobre el deseo de Athénaïs de ver muerta a la esposa del rey, convencida de que ella misma podía ostentar el título de reina de los franceses. Nada de esto hacía más fácil la vida del rey” [Susana Castellanos de Zubiría, Mujeres perversas de la historia]

La pequeña corte de Enriqueta Ana, duquesa de Orleáns, cuñada de Luis XIV, era conocida como “el vivero del rey”, porque la mayoría de sus integrantes, jóvenes bonitas y sensuales, compartió intimidad con el monarca. Una de ellas era Françoise-Athénaïs de Rochechouart de Mortemart (1640-1707), chica dulce, ingeniosa, divertida y fogosa, que había llegado a la corte en 1660 y tres años más tarde se casó con Monsieur Louis de Pardillan de Gondrin, marqués de Montespan. El noble tuvo poco tiempo para disfrutar a su esposa, ya que a los pocos años el rey comenzó a fijarse en ella. Como dama al servicio de la duquesa, Athénaïs aprovechó su tiempo para convertirse en la mejor amiga de La Valliére y de este modo acercarse cada día más al rey. Si bien el rey estaba encantado con Louise de La Vallière, a quien mantuvo encerrada en sus aposentos impidiendo que recibiese a nadie más que a él, para 1666 estaba bastante aburrido de ella y su religiosidad. Fue entonces cuando se sintió intensamente atraído por la joven y fresca Athénaïs, a quien instaló en un cuarto cercano al suyo e hizo abrir una entrada directa. Desde entonces, la marquesa se convirtió en la delicia de Luis XVI. La joven encandilaba a todos con su belleza, su buena conversación y su elegancia… pero tenía detractores.

“La Montespan era un diablo hecho carne”, escribió la cuñada del rey, Madame Liselotte. “Era la mujer más mala del mundo. Que yo sepa, con seguridad había envenenado, por lo menos, a tres personas, aunque se murmura que mató a otras más”. En palabras de su cuñada, Luis XIV estaba “locamente enamorado”, pero en ese entonces la marquesa no era solo una de las amantes del monarca, sino que tenía dos hijos con un hombre que seguía vivo, para su disgusto y dolor. A diferencia de la mayoría de los hombres nobles cuyas esposas eran favorecidas por el rey y acumulaban así enormes fortunas, el marqués de Montespan se mostró absolutamente ofendido con la actitud de su esposa. En un principio, el marqués criticó abiertamente al rey por su actitud y no dudaba en confrontarlo, argumentando que aquello no era una conducta propia de un monarca cristiano. En pocas palabras, se puso tan pesado que Luis XIV lo invitó a alejarse de la corte. 

El marqués, angustiado, le propuso a Athénaïs cambiar de residencia e ir a vivir al campo, pero ella no aceptó y prefirió quedarse con el rey. El esposo le habló primero amablemente, luego le suplicó que volviera, después se enojó y hasta llegó a pegarle delante de todo el mundo. Acusado de actuar con crueldad contra su esposa, el incómodo marido se apareció en Saint-Germain-en-Laye con un enorme par de cuernos de venado balanceándose sobre el techo de su carruaje pintado de negro, se despidió de sus amigos y parientes, y emprendió un lúgubre “cortejo fúnebre” en honor a su “difunta” esposa. El marqués, apodado “el cornudo más grande de Francia”, estaba furioso, y celebró funerales en memoria de Athénaïs en los que lloró desconsoladamente. Una vez que “enviudó”, el marqués se negaba a pasar por puertas que le parecían demasiado angostas porque aseguraba que los cuernos no le permitían pasar por ella. El rey, a quien le gustaba divertirse, estaba furioso, pero Madame de Montespan, la presunta esposa muerta, no hacía más que reírse. Decía, despectivamente, que su marido y su loro divertían por igual a la gente vulgar.

“Esta resplandeciente joven de veinte años era muy bella, rubia y de ojos azules, tenía un magnífico perfil y una pequeña nariz aquilina. Era ingeniosa y poseía sobre todo un sentido del humor incisivo y hasta cruel. Una mujer espléndida (…) ¡Athénaïs se resistió a los avances del rey durante un año! Una hazaña. El Rey Sol empezaba a brillar con todo su fulgor: obtuvo resonantes victorias y mandó construir el Palacio de Versalles. Y cubría a su segunda favorita de regalos: alhajas, tierras, castillos… Nada era demasiado lujoso para ella. La Montespan fue la favorita más escandalosa del reinado. No dudaba en exhibirse como la primera dama del reino, pero a costa de una lucha permanente”. [Stéphane Bern, Secretos de la historia]

“Montespan, que era prolífica, pronto esperó un niño (en total tuvo nueve). El rey, muy enamorado entonces, deseaba tener un hijo de ella pero temía que Montespan, el padre legal, lo reclamase como suyo. Hubiera sido una bonita venganza exactamente en el estilo del marqués. Así, pues, Madame de Montespan ocultó su estado lo mejor que pudo y los amantes decidieron que había que buscar una mujer segura y de confianza para que se hiciese cargo del hijo al nacer y lo criase en secreto. Madame de Montespan conocía a la persona indicada, su mejor amiga, una viuda pobre, agraciada, de buena familia, de treinta y cuatro años de edad, conocida por su piedad, que estaba en situación difícil y se alojaba en un convento de París” [Nancy Mitford]

Según el duque de Saint-Simon, Athénaïs “se convirtió en el centro de la Corte, de los placeres, de la fortuna, de la esperanza, y del terror de los ministros y generales del ejército”. Desde los diecinueve hasta los treinta y ocho años, la dama le dio al Rey Sol prácticamente un hijo por año. Cuando nació el primero, una niña, Montespan la envió a su vieja amiga, Madame Scarron, la viuda de un poeta, amorosa, religiosa y bondadosa. Poco después, la favorita dio a luz a un niño, el futuro duque del Maine, que también fue criado por la dedicada Scarron. Pese a sus muchos embarazos, Athénaïs no perdió nunca su belleza y se mantuvo impecable hasta los cuarenta años gracias a los cuidados diarios: sesiones de masajes de dos horas, ungüentos, aceites, esencias florales y los más sofisticados cosméticos. A los cortesanos se les deshacía la lengua comentando su “aspecto de diosa, la apostura felina y el exquisito gusto en el atavío”. Para entonces, ya era una persona odiada en Versalles; ministros, nobles y cortesanos la consideraban una influencia nefasta para el rey, como dejó escrito la duquesa de Orleáns: “Si no hubiese tenido la desgracia de caer en manos de la Montespan, hubiese podido pasar por uno de los mejores reyes del mundo, pues el mal que ha hecho en su vida proviene de esa mujer”. 

En otra de sus cartas, Isabel Carlota hace uso de todo su veneno verbal para describir a la favorita real: “La Montespan era aún más ambiciosa que libertina, pero mala como el diablo, nada la detenía cuando se trataba de satisfacer su ambición a la que lo sacrificaba todo. Con una talla fea y gorda, tenía sin embargo ojos inteligentes, pero demasiado brillantes; una boca muy bonita y una sonrisa agradable; tenía la piel blanca y la mirada desvergonzada, y se leía en su cara lo que tramaba. En la conversación era muy divertida; imposible no aburrirse al hablar con ella”. 

Debido a la buena vida que se daba en Versalles, donde no tenía grandes cosas para hacer más que acompañar al rey por las noches, la obesidad se fue adueñando del bello cuerpo de Athénaïs. Un astrólogo italiano llamado Visconti, miembro permanente de la corte del Rey Sol, contó de la Montespan que “al descender un día de su carruaje, tuve la desgracia de percibir una de sus piernas, y juro que solamente su pantorrilla era casi tan ancha como todo mi cuerpo”. Madame de Orleáns, quien no dudaba nunca en dejar sus impresiones de Versalles y sus habitantes en las cartas que enviaba a sus parientes en el extranjero, hace leña del árbol caído y se explaya sobre el deterioro físico de la Montespan: “Su piel parece un papel con el que los niños hubieran jugado, doblándolo hasta convertirlo en la pieza más diminuta; todo su rostro está macizado de arrugas, el resultado es muy sorprendente”.

“Nuestra Francisca veía con aterrada inquietud cómo su belleza se iba marchitando. De haber permanecido junto a su entusiasta marido, muy probablemente le hubiese aguardado una madurez serena y segura, al lado del hombre que la amaba. Pero en la corte, abarrotada de mujeres de insultante belleza y juventud, cada día vería peligrar su puesto. La sensación de decadencia y el temor a la pérdida del favor real es probable que la llevaran a enloquecer de incertidumbres y dudas (…) Claro que lo normal es que todas seamos más o menos víctimas de la tiranía de la seducción y la juventud eternas promovidas por la industria de la belleza, pero nadie llegaría al extremo de la Montespan. Porque una cosa es ponerse bótox y otra, las inmolaciones de seres humanos” [Ángela Vallvey Arévalo, Amantes poderosas de la historia] 

Al notar que el rey ya no estaba tan encantado con ella, y que su competidora no perdía terreno, Madame de Montespan acudió a la bruja Voisin para tratar de retener las atenciones del monarca y sacarse de encima a La Valliére. La célebre envenenadora, que contaba entre su clientela a nobles de la más alta alcurnia, daba consejos a sus clientes y ponía todo su empeño en ayudarlos, atendiendo los más frívolos deseos femeninos, como tener pechos más grandes, bocas más pequeñas o mejores piernas. A todos les ofrecía una solución, que la mayoría de las veces terminaba con una persona muerta. Cuando Montespan le preguntó qué podía hacer para obtener el favor y el amor del rey, la bruja le dijo que convendría recurrir a los hechizos. La sombría bruja la convenció de que a través de rituales satánicos lograría conservar el amor del rey y derrotar, además de lograr su muerte, a su rival. Debía invocar a Satanás, ofrendarle algo que fuera de su agrado, y suplicarle un gran favor. Todo a cambio de cien mil Luises. “Concédeme el amor del rey”, suplicó Montespan. “Que mi señor el delfín sea mi amigo y que este amor y esta amistad duren. Haz estéril a la reina. Que el rey abandone a La Valliére y nunca vuelva a mirar. Que el rey repudie a la reina y se case conmigo”. Aunque sus deseos parecían bastante infantiles, el caso tuvo un innegable éxito. La misa se celebró en la casa de La Voisin y fue una escena espantosa.

“Todo el lugar estaba cubierto en su interior por lienzos negros. El altar levantado también era negro. Una gran cruz blanca, con los brazos invertidos, se alzaba sobre un tabernáculo de plata. Lesage, un sacerdote renegado, celebró la misa negra que precedió a la celebración del Oficio Diabólico. La Chanfrein traía en brazos un bebé de dos meses que hacía una semana había sido bautizado. Romain encendió el horno y La Voisin, por su parte, guardó en su gaveta los cien mil Luises que le habían prometido. El abate Guibourg, cubierto por un amplio manto negro y una capucha que ocultaba su rostro, empujó la puerta seguido de Madame de Montespan, que estaba acompañada por la señorita Des Oeillets, su camarera de confianza (…) La Voisin condujo a las dos mujeres al lugar indicado y la favorita del rey desanudó el cinturón durado que ceñía a su talle los velos blancos y casi transparentes con los que iba vestida, y bajo los cuales estaba totalmente desnuda (…) el sacrílego sacerdote se arrodilló con las manos juntas, cerca del cuerpo desnudo de la marquesa y, durante algunos minutos, imploró en silencio la ayuda de las potencias infernales. Luego el cura se incorporó y tomó en sus manos una de las hostias negras, sosteniéndola entre el pulgar y el índice de su mano derecha. La alzó hasta la parpadeante luz de los cirios negros, mientras su mano izquierda acariciaba los senos de la Montespan, de cuya garganta se escapaban algunos gemidos de voluptuosa impaciencia.

“Llegó el momento de las profanaciones. El abad utilizó el sexo de la Montespan como receptáculo de la hostia negra. Acto seguido, se arrodilló entre las piernas colgantes, que se cerraron aprisionando su cabeza. Athénaïs gimió con fuerza. Su cuerpo se arqueó y su cintura rozó el altar profano (…) Guibourg se puso de pie y, quitándose los hábitos, se abalanzó sobre el cuerpo de la cortesana, que se estremeció bajo su ataque. Después, una vez satisfecha la lasciva mujer, Guibourg volvió a reponer en su sitio la copa y la cruz, mientras el cuerpo de la Montespan se estremecía por el placer recibido. Con los brazos alzados, el abad profirió un grito con voz demencial ofreciendo el sacrificio a Satán (…) El cuchillo descendió lentamente hacia el cuello del bebé sostenido por Mademoiselle des Oillets, y se hundió salpicando el cuerpo de la Montespan y la estola del innoble sacerdote. Inmutable, este llenó luego la copa de plata con la sangre de la criatura y arrojó al suelo el pequeño cadáver. Empapando sus manos en la sangre derramada se puso a bañar el vientre y el sexo de la marquesa, antes de alzar su túnica y repetir el acto consigo mismo. El cadáver del niño fue entregado a La Voisin, que a su vez lo pasó a un ayudante que lo introdujo en un horno para ser calcinado (…) El acto terminó con una serie de oraciones investidas y blasfemas, después de lo cual los tres personajes se entregaron a toda clase de contactos carnales, llegando a los más depravados”. [Néstor Durigon, Asesinas seriales]

Montespan fue cliente de La Voisin durante al menos seis años. En el transcurso de este tiempo, la experta en los venenos de amor le vendió una pócima cuyos ingredientes, al parecer, incluían sangre de niño degollado, sangre menstrual de Athénaïs, polvo de sangre de murciélago, grasa de un ahorcado, jugo de mandrágora, un corazón de ave negra machacado y algunos insectos triturados. La pócima debía ser diluida en la bebida del rey, ¡un crimen de lesa majestad! La Reyne se vio obligado a informar al rey acerca del inesperado y escalofriante giro que dio su investigación. El nombre de Athénaïs resonaba cada vez que uno de los prisioneros de Vincennes daba su declaración y, aunque aquello no fuera verdad, la favorita quedaría manchado para siempre como posible asesina y practicante de la magia negra. Todavía enamorado de Montespan, el rey concluyó que había que dar por finalizada la investigación e hizo quemar todos los documentos relativos al “Affaire Des Poisons”, aunque no sabía que La Reyne había guardado copias de estos en los archivos de la policía (actualmente se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia). 

Los juicios podían seguir adelante mientras toda prueba relacionada con la favorita real fuera suprimida. Madame era demasiado importante para el rey y para la corte como para que quedara involucrada. Luis XIV y La Reyne acordaron que los prisioneros recibirían una “Letre de Cachet” (carta sellada por el rey en la que se ordenaba la prisión sin juicio, de la persona nombrada en ella). Aquello significaba que 147 personas –la mayoría había cometido, presuntamente, crímenes atroces, y que de haber sido hallada culpable habrían sido quemadas vivas- escaparían de todo castigo, excepto de la prisión perpetua. Los pocos que pudieran ser inocentes y no pudieran probarlo, sin embargo, recibirían la misma pena.

La Cámara Ardiente fue clausurada por Luis XIV en 1682. Treinta y seis personas fueron torturadas o quemadas vivas; cuatro fueron condenados a galeras (una pena que consistía en remar en las galeras del rey); treinta y seis, en su mayoría, nobles, fueron multadas o desterradas; y otras treinta y seis fueron absueltas. Las afortunadas ochenta y un personas restantes, se beneficiaron de las “lettres de cachet” y pasaron el resto de sus vidas encadenadas en calabozos repartidos por toda Francia. Si hablaban a sus carceleros, o mencionaban alguna vez el nombre de la querida del rey, debían ser azotados. Entre ellos se encontraba el cura Guibourg, que aseguraba haber celebrado misas negras en las que se sacrificaban niños al diablo por cuenta de la Montespan. 

A pesar de la discreción con que se habían manejado La Reyne y la Cámara Ardiente, el escándalo llegó a todos los rincones de Francia y en la corte, el temor a los venenos se convirtió en una psicosis a tal punto de que los más grandes señores contrataron catadores oficiales. Cuando un alimento parecía sospechoso, se lo arrojaba a la basura de inmediato. “La enormidad de sus crímenes ha sido su salvación”, exclamó La Reyne. La prueba de que Luis XIV creía firmemente en la inocencia de Athénaïs es que la mantuvo en el Palacio Versalles durante los siguientes diez años, como si nada hubiera sucedido, aunque le retiró sus favores reales (y sexuales). Pese a que se había librado del castigo, la estrella de Madame de Montespan se apagó para siempre en la galaxia del Rey Sol.

“Si bien el rey trató de protegerla públicamente, la presencia de Athénaïs en la corte francesa comenzaba su cuenta regresiva. La caída de Montespan era inminente. Aunque el rey la mantuvo durante un tiempo en el palacio, trasladó sus habitaciones al primer piso, como símbolo de que la enviaba al inframundo. El rey la siguió visitando algunas veces, pero finalmente Athénaïs tuvo que marcharse en 1691. Se rumoraba que no sólo había dado filtros de amor al rey sino que, ante la evidencia de que perdía su lugar de privilegio, había llegado a conspirar contra él. No obstante, el rey no deseaba que la madre de los hijos que él había reconocido se viese envuelta en el oprobio. Por lo que evitó, todo lo que pudo, escándalos mayores e incluso la muerte”. [Susana Castellanos de Zubiría, Mujeres perversas de la historia]

Desde 1674, cuando Montespan todavía era la favorita “oficial” de Luis XIV, fue Madame Scarron, la religiosa viuda que cuidaba de los bastardos reales, quien comenzó a retozar entre los brazos del sensual monarca y recibió de él marquesado de Maintenon. Definida por la duquesa de Orleáns como “muy bruja y diabólica” y una “vieja ramera”, la mujer se quejó a su confesor de que Luis la requería de amores carnales a diario, en ocasiones varias veces el mismo día. Athénaïs de Montespan y Madame de Maintenon, que habían empezado siendo íntimas amigas, terminaron odiándose a muerte. Los cortesanos, que solían aburrirse enormemente en Versalles, se frotaban las manos y esperaban el espectáculo diario que las dos señoras ofrecían cada vez que se cruzan por los pasillos de palacio. Les resultaba divertido observar cómo disimulaban todo su odio con un manto de cínica cortesía: cuando se cruzaban en la célebre Escalera de la Reina, una le decía a la otra: “¿Baja usted, Madame? Entonces yo subiré” (bajaban de estar con el rey o subían a deleitarlo). 

Tras el Asunto de los Venenos, Athénaïs fue privada de sus privilegios y de los amorosos brazos del rey. Se retiró al convento de Saint-Joseph de París, lejos de la corte, aunque se dice que allí se portó peor que en sus trece años como la favorita de Versalles. Tras haber intentado buscar a su esposo, que tanto había sufrido por ella y ya no la quería a su lado, Athénaïs murió en 1707 en el balneario de Bourbon l’Archambault. Ni siquiera sus hijos habían acudido a verla a su lecho de muerte, por vergüenza. Luis XIV, que la había dado por muerta en el momento en que la expulsó de Versalles, prohibió que cualquiera que la hubiera conocido guardara luto por su muerte. Fin

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