Gran Bretaña

La historia del Duque de Sussex que dejó a su esposa a cambio de una pensión


Esta es la historia de Lady Augusta Murray, rechazada en la sociedad por sus orígenes estadounidenses y su pensamiento liberal y acusada de “cazar” a un príncipe más joven para beneficio personal.

Por Darío Silva D’Andrea | @dariosilvad

En la noche del 4 de abril de 1793, dos amantes se preparaban para obligar a un clérigo a oficiar una boda secreta. La mujer, Lady Augusta Murray, conocía al príncipe Augusto Federico de Inglaterra desde hacía solo tres meses, pero ya se habían enamorado profundamente y estaban desesperados por casarse. Sin embargo, la Ley de Matrimonios Reales prohibía esa unión sin el permiso del rey Jorge III y seguir adelante con la ceremonia cambiaría la vida de Augusta para siempre.

El príncipe Augusto, el sexto hijo del rey, salía de una iglesia en la Via del Corso de Roma en diciembre de 1792 cuando se topó con tres compatriotas: una madre y dos hijas, una de las cuales le pareció excepcionalmente encantadora, lady Augusta, joven de orígenes estadounidenses, hermosa, muy inteligente. Al darse cuenta de que uno de los zapatos de esta joven estaba desabrochado, el ingenioso príncipe de 19 años, que estaba haciendo turismo en la Ciudad Eterna, se arrodilló y lo arregló, en un gesto de caballerosidad que cambiaría sus vidas.

La mujer por la que estaba tan encantado era la hija de 30 años de Lord Dunmore, gobernador de las Bahamas y ex gobernador de Nueva York y Virginia. Después de descubrir su identidad, él la cortejó asiduamente mientras ambos permanecían en Roma, a pesar de que ella estaba informalmente comprometida con un primo, Lord Archibald Hamilton. Solo después de que Hamilton le contó su intención de casarse con otra mujer, Agusta se rindió al hermoso príncipe, culto y solícito.

Los escritos de Lady Augusta conservados hoy en los Archivos Reales indican que era inteligente y muy religiosa. Sin embargo, su confianza y espíritu irritaban a los británicos: Lady Knight, que conocía a la joven Lady Augusta en Roma, se quejaba de su “educación escocesa y estadounidense” mixta y dijo que era “bastante liberal”. Aunque todas las pruebas apuntan a que el príncipe la cortejó, los chismes de la corte pintaron a Lady Augusta como una “depredadora” y la amiga de la reina, Lady Harcourt, diría: “Un conocimiento profundo del mundo le dio a Lady Augusta una gran ventaja sobre su amante sin experiencia, y tuvo el talento de ocultar, o pasar por alto, algunas de las acciones pasadas de su vida, y para persuadir el joven príncipe para casarse con ella”.

Después de un breve compromiso, la pareja se casó en el Hotel Sarmiento, en la Piazza di Spagna, sin testigos en una ceremonia oficiada por un clérigo católico que había sido sobornado. Sin haberse solicitado ni obtenido el consentimiento real, se casaron nuevamente después de la publicación de prohibiciones en una ceremonia el 5 de diciembre en St George’s, Hanover Square, Londres, en un intento por reforzar la legitimidad de su unión. A pesar del secreto, con el príncipe vestido tan claramente como un comerciante e identificándose solo como “Augustus Frederick”, la entrada en el registro parroquial fue descubierta por Lord Radnor, un cortesano que buscaba ganarse el favor del Príncipe de Gales, hermano de Augusto.

La historiadora Julia Abel Smith especula que Radnor había asistido al matrimonio de Dido Belle, la sobrina de raza mixta de Lord Mansfield, con el francés Charles Davinier, en St. Georges más tarde el mismo día. Sin embargo, fue cuando descubrió el registro de matrimonio, no solo informó al consejo privado, sino también a “The Times”, que publicó un párrafo que describía tímidamente una boda “realizada muy recientemente y que probablemente proporcione un tema de conversación para el invierno. Una de las partes es un joven caballero de muy alto rango”, escribió el periódico.

La consiguiente investigación del consejo privado condujo, inevitablemente, a la anulación del matrimonio en el verano de 1794 junto a la prohibición de que lady Augusta ostentara título real alguno. Aunque el príncipe solicitó durante años que se revocara la decisión y su “amante” fuera reconocida, la pareja se separó definitivamente en 1801, el año en que él fue creado Duque de Sussex por su padre. La despedida de la pareja se produjo en medio de rumores maliciosos, alimentados por el despreciable duque de Cumberland (hermano de Augusto), quien hizo correr la noticia de que Augusto no era el padre de su segunda hija, Emma.

Lady Augusta, que se hizo llamar “Duquesa de Sussex” durante un largo tiempo aunque no tenía derecho a ello, fue condenada al ostracismo por la alta sociedad. Pasó a vivir en una cómoda oscuridad en Ramsgate con sus hijos y una biblioteca de libros que incluía títulos progresistas como “Vindicación de los derechos de las mujeres”, de Mary Wollstonecraft y “Secresy” de Eliza Fenwick, una novela que desafiaba las estructuras tradicionales de clase y género. El príncipe, por otro lado, llevó una vida prominente, con su reputación inmaculada, ocupando altos cargos en la masonería y la Royal Society.

Lady Augusta era mal vista por espíritu liberal pero a pesar del oprobio de la sociedad, siempre pudo contar con el apoyo de su propia familia, que en el apogeo del escándalo la defendió frente ante la corte. En otra ocasión, su padre fue recibido en audiencia por Jorge III, reunión que fue descrita en una carta de su hermano Jack: cuando Lord Dunmore se quejó al monarca sobre la conducta insensible del príncipe con sus hijos y los de Lady Augusta, el rey “estalló en ira, llamándolos [a sus propios nietos] ¡Bastardos! ¡Bastardos! “Nuestro padre respondió observando: ‘Sí, señor, ¡bastardos como los suyos!’ El rey se puso rojo”.

Dejó a Augusta a cambio de una pensión

Asmático, inquieto, culto y tan apasionado por la lectura como por las aventuras nocturnas, fue el tío favorito de la poderosa reina Victoria y en un momento pensó en abandonar los placeres del mundo y dedicarse a la religión. Los hermanos de Augusto fueron educados en el ejército mientras otro hermano, el duque de Clarence, se convirtió en marino. La vida de estos gordos y desagradables príncipes navegaba entre cabarets y prostíbulos europeos y a ninguno le interesaba en lo más mínimo el trabajo. De la numerosa prole de Jorge III, sólo Augusto se dedicó a cultivar la vida cultural e intelectual en su juventud, lo que le permitió, en la adultez, alternar con científicos y literatos con los que congeniaba muy bien. En el trato a su mujer, sin embargo, no fue inteligente: dejaba de verla durante meses y casi no conoció a sus hijos.

Según “The Times”, Augusto Federico no fue víctima de lo que calificaba como “la ignorancia de la educación principesca”. Augusto Federico tuvo una vida sentimental agitada, casándose dos veces con plebeyas, lo cual escandalizó a sus padres por violar la ley de matrimonios reales. Sus padres no quisieron ni siquiera conocer en persona a las dos sucesivas esposas que tuvo su hijo. Sólo su sobrina, la reina Victoria, se mostraría amable con la segunda esposa de su tío. Sin embargo, lo que más le gustaba a Augusto Federico no eran las mujeres, sino la fiesta, la buena ropa, la buena comida y el buen vino.

Los amigos de dudosa reputación y los juegos de azar eran parte de su vida cotidiana, lo que lo llevó a contraer deudas de una manera escandalosa. Llegó un momento en que estuvo tan sumergido en tales préstamos que el Parlamento inglés tuvo que ir en su ayuda ofreciéndole 12.000 libras para pagar a sus acreedores. La única condición que pusieron los lores fue que abandonara a Augusta Murray y consiguiera una esposa “digna” y de “sangre azul” y tuviera muchos hijos. Augusto Federico aceptó de buena gana el dinero y dejó a su mujer, a quien no volvió a ver nunca más.

La noticia recorrió el reino y fue comentada por todo el mundo: ¿se casaría por fin con una princesa? El Parlamento premió la patriótica actitud de Augusto Federico con una cuantiosa pensión vitalicia y el importantísimo título de Duque de Sussex… Pero él jamás cumplió su parte del trato y al poco tiempo consiguió otra mujer, más plebeya y menos digna que la anterior. El último duque de Sussex -hasta la llegada de Harry- murió en 1843 en el palacio de Kensington sin haber visto cumplido su sueño de que los hijos de su primer matrimonio fueran reconocidos como príncipes. Sin embargo, la joven reina Victoria le ofreció un funeral digno a su querido “Tío Sussex”, quien con mucha emoción la había conducido al altar en 1839 en su boda con el príncipe Alberto.

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