Gran Bretaña

Una historia de San Valentín: Alice Keppel, la reina en las sombras

Amada por el rey Eduardo VII, lo cuidó durante décadas y no lo dejó ni en su lecho de muerte. Fue la abuela de Camilla Parker-Bowles.

Por Darío Silva D’Andrea | @dariosilvad

Pocos vieron la magia de los cuento de hadas en el casamiento de Eduardo de Gales, el príncipe heredero británico, con Alix de Dinamarca, en 1863. Todos sabían que el hijo de la reina Victoria era el más fiel amante de Lillie Langtry, una escultural actriz, y que no la dejaría para amar a la esposa que le habían impuesto sus padres. Alix, a pesar de su sordera y cojera, era dulce y bien educada, y comprendía que su única misión era dar herederos al Imperio Británico. Instalada en Londres, Alejandra fue un ícono de elegancia de su época, una “Lady Di” del siglo XIX. Se tuvo que acostumbrar a los fugaces e intensos amoríos de su esposo, pero desde 1898 tuvo que aprender a compartirlo, cuando Eduardo conoció a Alice Keppel (1868-1947), una mujer casada.

Alice era hermosa, culta y muy ingeniosa, y el futuro rey cayó rendido a sus pies. La nueva “querida” se encargó de brindar tranquilidad y compañía al príncipe. Era la única persona que podía calmar angustias y furias del eterno heredero, lo acompañaba en sus vacaciones en el Mediterráneo, y asistía a las recepciones oficiales para que, por medio de sus sensuales encantos, extrajera información confidencial que le fuera útil al príncipe de Gales.

“Todos sabían acerca de la relación entre el rey y la esposa de George Keppel…”, escribía Lord Hardinge. “Yo solía ver a la señora Keppel muy seguido en aquella época y sabía que ella tenía conocimiento de lo que estaba sucediendo en el mundo de la política (…) Nunca hizo uso de la información que tenía en su poder para beneficio propio o de sus amigos, y jamás la oí decir palabra ofensiva alguna a nadie. Habría sido difícil encontrar a cualquier otra dama que pudiera cumplir el rol de amiga del rey Eduardo con la misma lealtad y discreción que mostró ella”. La princesa Alix, con actitud noble y filosófica, aceptó la presencia de Keppel y es probable que, sin decirlo, agradeciera su presencia.

La reina Victoria murió en 1901, tras 64 larguísimos años, y la “Era Eduardiana” se inició oficialmente en la coronación de Eduardo VII, al siguiente año. A un costado del altar, en un lugar destacado de la Abadía de Westminster, se sentó la fiel Alice. Pero para entonces Eduardo era un hombre de sesenta años cuyos frecuentes ataques de bronquitis se convirtieron en un enfisema pulmonar, la enfermedad que lo llevaría a la tumba. En mayo de 1910 la salud del rey se agravó. Renuente al principio, la reina Alix aceptó que la señora Keppel fuera al palacio para que los amantes pudieran despedirse a solas. Casi 60 años más tarde, en un campo de polo, un tataranieto de Eduardo VII, el príncipe Carlos, conoció al amor de su vida, Camilla Parker Bowles, una chica de la aristocracia que se presentó ante él con una pregunta inquietante: “¿Sabías que mi bisabuela, Alice Keppel, fue la amante de tu tatarabuelo, Eduardo VII?”

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