Asia & Oriente Medio

Ejecuciones y jaulas de oro: el terrible destino de los príncipes de Turquía

El fratricidio fue uno de los elementos que mantuvo vivo al Imperio Otomano durante siglos.

Por Darío Silva D’Andrea | @dariosilvad

La tradición del “reino como propiedad común de la dinastía” era una característica de la antigua política de los sultanes de Turquía. Pero en una cultura que permitía la poligamia el peligro de decenas de príncipes aspirando a ocupar el trono se volvió la mayor preocupación de cada sultán a través de los siglos.

Al principio, algunos sultanes dividieron su país en regiones y los entregaron a la administración de príncipes, hijos o hermanos suyos, para evitar que se entrometieran en los asuntos del gobierno. Sin embargo, esta práctica debilitó el estado y en muchos casos allanó el camino para la caída del sultán.

Ante esto, los sultanes encontraron otro camino en la ejecución de los miembros de la dinastía por el bien del pueblo, que también se conoce como fratricidio. En una carta, Mehmed I Chelebi, el cuarto sultán de los otomanos, justificó la medida: “Dos sultanes no pueden vivir en el mismo país”.

De esta forma, y gracias a la Ley de Fraticidio, a lo largo de la historia del Imperio Otomano, 60 shahzades (“príncipes”) fueron ejecutados, lo que permitió el desarrollo estable del gobierno durante varios siglos. Dieciséis príncipes fueron ejecutados por liderar revueltas contra el sultán, mientras que siete fueron asesinados por sus intentos de revolución y otros por atentar contra el beneficio común, contemplado en el Corán.

Ahogados o estrangulados

La mayoría de los príncipes fueron ejecutados por estrangulamiento con lazos de seda, ya que las tradiciones prohibían derramar la sangre de los príncipes de sangre azul, o ahogados en estanques de mármol. En comparación con las dinastías europeas, los príncipes ejecutores impidieron de esta forma la creación de una aristocracia paralela que podía poner en grave peligro a la dinastía reinante.

“Algunos estudiosos modernos consideran que la ejecución de shahzades que no intentaron incitar disturbios fue abuso legal y contra el sistema de la ley Sharia”, escribe el historiador turco Ekrem Buğra Ekinci. “Pero quienes ven justificable la ejecución de los shahzades basan su enfoque en el principio de “maslaha” (interés del pueblo) en la ley islámica. “Maslaha” significa colocar el interés del público antes que el interés personal con respecto a la decisión de un problema. El Corán especifica que fitna (rebelión, disturbio social) es peor que matar a una persona”.

Aunque la primera pena capital ordenada dentro de la dinastía fue impuesta por Osman Gazi, el fundador del estado otomano, en 1298, durante siglos los miembros de la dinastía constituyeron en un problema para casi todos los sultanes.

Los shahzades se rebelaban al ser respaldados por otros estados del imperio o naciones enemigas y no fue sino hasta el siglo XV cuando el sultán Mehmed II encontró la solución más sangrienta: en su Ley de Gobierno, estableció que “cualquiera de mis hijos que ascienda al trono encontrará aceptable que mate a sus hermanos para el beneficio de la gente común (nizam-i-alem). La mayoría de los ulema (eruditos musulmanes) lo han aprobado”.

A partir de entonces el principio de la indivisibilidad de la soberanía fue adoptado por la política otomana y costó la vida a decenas de miembros de la familia real. Las ejecuciones de los shahzades se realizaron de acuerdo con la Ley de Mehmed II, aunque por diferentes motivos. Primero, los shahzades fueron ejecutados para evitar que se rebelen para capturar el trono.

Tras la muerte de Mehmed el Conquistador en 1481, su hijo menor, Cem Sultan, envió a su hermano mayor Bayezid, el próximo sultán otomano, un mensaje que sugiere que compartan el país entre ellos. El sultán Bayezid II rechazó la oferta, derrotó a su hermano, y Cem Sultan escapó a Europa y vivió allí por el resto de su vida bajo un cautiverio doloroso.

En segundo caso, podía no existir un intento claro de revuelta, pero sí ciertos signos de un levantamiento mediante discursos o cartas, cosa que también había que evitar. Cuando el octavo sultán otomano, Selim I, ascendió al trono, no mató a su hermano el shahzade Korkut, sino que le ofreció un puesto de gobernador.

Mustafá e Ibrahim, dos príncipes “con suerte”

Algunos visires y soldados de la administración del antiguo sultán le enviaron una carta diciendo que les gustaría verlo como emperador y que todas las condiciones eran convenientes para su sucesión. Korkut desafortunadamente aceptó la propuesta, el sultán vio la carta y acabó con la vida de su hermano en 1513. El príncipe Mustafa, hijo del sultán Suleiman I ‘el Magnífico’, fue ejecutado por la misma razón.

Los príncipes Mustafa y Mahmud, hijos del sultán otomano Mehmed III, no estuvieron personalmente involucrados en ningún levantamiento, pero fueron incautos. Tales comportamientos imprudentes fueron vistos como una amenaza para la monarquía en ese momento y fueron ejecutados para evitar un posible desorden político en el futuro. El príncipe Selim, otro hijo del sultán Suleiman I, y el príncipe Ibrahim, hijo del sultán Ahmed I, hallanaron sus caminos hacia el trono utilizando la paciencia y actitudes cautelosas, y nunca demostraron ser un peligro para la estabilidad del gobierno durante los reinados de sus hermanos mayores.

Ascendiendo al trono en 1603, el sultán Ahmed I no mató a sus hermanos en una muestra de su carácter tolerante y benévolo. Su comportamiento podría estar relacionado con la indignación popular que surgió después de que su padre, Mehmed III, ejecutara a sus 19 hermanos el día después de su ascenso al trono en 1595. Cuando Ahmed I murió en 1617, su hermano Mustafa ascendió al trono a pesar de que tenía hijos y fue la primera vez que el hermano de un sultán se convirtió en emperador después de la muerte del sultán. Hasta ese momento, el sultán fue invariablemente seguido por su hijo.

A pesar de salvarse de la ejecución, Mustafá vivió su propio tormento al ser encerrado en el Kafes (“jaula”) durante catorce años para evitar que, en contacto con el mundo exterior, pudiera conspirar para conseguir el trono. Como muchos otros gobernantes, Mustafá desarrolló un alto grado de paranoia (tal vez comprensible en la corte otomana), y ciertamente no tenía ningún deseo de gobernar.

Al ser coronado en 1617, se vio claramente que el encierro había hecho que el nuevo sultán perdiera por completo la razón y la corte perdió la paciencia muy pronto. Después de solo un año como sultán, Mustafá I fue declarado incapaz y derrocado por su sobrino Osman II, quien lo envió de nuevo a su “jaula de oro”. Pero el nuevo sultán fue derrocado y asesinado en un golpe de palacio por los jenízaros, la guardia del palacio y Mustafa fue devuelto al trono apenas nueve meses después.

Este giro inesperado de los acontecimientos parece haber perturbado aún más la mente de Mustafa: convencido mismo de que Osman II todavía estaba vivo pero se escondía, pasaba horas buscándolo en armarios y rincones oscuros, profiriendo gritos sin sentido y maldiciones. Al final, Mustafa fue destituido del trono con el beneplácito de su madre, cuyo papel era fundamental en la corte, con la condición de que la vida de su hijo se salvara y, notablemente para la corte otomana, fue un verdadero alivio. Por orden de otro sobrino, el sultán Murad IV, Mustafá fue encerrado durante los siguientes dieciséis años hasta su muerte.

Murad IV, que gobernó con mano de hierro, era un gigante inculto, de carácter fuerte e inmensamente cruel. Su popular hermano Bayezid era muy hábil en las justas y en 1635 venció arrojó a Murad en una justa, por lo que poco después fue asesinado por orden del monarca. Tres años después, viéndolo como una amenaza, Murad ordenó la ejecución de otro hermano, Kassim.

La mano de la poderosa sultana madre, Kösem, impidió a Murad IV asesinar a su único hermano sobreviviente, Ibrahim, argumentando que estaba demasiado demente para ser una amenaza. Una vez entronizado, Murad lo envió a los Kafes bajo arresto domiciliario y vigilancia constante por parte los guardias del palacio para evitar que su trastornado hermano intentara tomar el poder.

Al menos en teoría, un príncipe encerrado no podía reunir seguidores, incitar a la rebelión o liderar un golpe, pero al mismo tiempo aseguraban la subsistencia de la dinastía: la sucesión de otra persona o familia fuera de la dinastía nunca fue concebida. Los príncipes encerrados allí estaban a salvo, a expensas de su libertad. La mayoría de los príncipes que estaban confinados en los Kafes se quedaron allí hasta su muerte, y algunos se volvieron locos a causa del encierro, pero otros fueron llamados a convertirse en sultanes.

“Cada uno tomaría el trono por turno hasta que no quedara ninguno y luego el poder volvería al hijo del primero”, explicó el antropólogo cultural David Graeber. “Esto aseguraba que para cuando la mayoría llegara al poder, no solo serían bastante viejos, sino que también carecían de experiencia en el mundo, y a menudo luchaban con problemas graves de salud mental causados por décadas de aislamiento solitario…”

“Los hijos de los sultanes turcos están en la posición más miserable del mundo, ya que, tan pronto como uno de ellos sucede a su padre, el resto está condenado a una muerte segura”, observó Ogier Ghiselin de Busbecq, el embajador de Austria en el imperio otomano en el siglo XVI. “[La] conducta de los jenízaros [el cuerpo de élite del ejército del sultán] hace imposible que el nuevo sultán preserve a sus hermanos; porque si uno de ellos sobrevive, los jenízaros siempre piden generosidad. Si los rechazan, inmediatamente se escucha el grito: ¡Viva el hermano! ¡Dios preserve al hermano!’, una pista tolerablemente amplia de que pretenden colocarlo en el trono”.

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