Gran Bretaña

Así eran los banquetes navideños de Victoria, una reina obsesionada por la buena mesa


Por DARÍO SILVA D’ANDREA

La reina Victoria de Gran Bretaña tenía una obsesión por la buena comida, mayormente producto de la depresión en la que la sumergió la prematura muerte de su amado esposo, el príncipe Alberto. El médico real, James Read, se mostraba especialmente exasperado con ella. No paraba de comer y, como era de esperarse, se quejaba de dolores de estómago y de hinchazón que la había mantenido despierta toda la noche, como resultado de un pesado pudín que disfrutó en la cena. Cuando el médico le prescribía una dieta estricta, Victoria se mostraba obediente pero al retirarse el médico volvía a atiborrarse de lujosos platos y abundante postre.

Dada la pasión que Victoria sentía por la buena mesa, durante su reinado se repitieron los banquetes y cenas formales en el Palacio de Buckingham con un flujo aparentemente interminable de platos exóticos fabricados en las amplias cocinas reales. En el transcurso de los banquetes reales, se servían entre cuatro y seis platos, con siete a nueve manjares en cada uno. Para grandes ocasiones, solían incluir bacalao con salsa de ostiones, patas de pato en salsa Cumberland y asado de cordero. Según los archivos reales, durante una comida en 1857 Victoria disfrutó de pasta italiana y sopa de arroz; caballa y merlán; carne asada y capón con arroz; pollo asado y espárragos; merengue y otros pasteles. De postre, los preferidos de Victoria: helado y profiteroles de chocolate.

Esto explica lo opulentos que solían ser los banquetes de Navidad y Año Nuevo, que fueron acrecentándose a medida que la reina envejeció. Victoria pasó las fiestas de diciembre de los últimos años de su vida en Osborne House, en la Isla de Wright. Mientras la cena navideña ofrecía platos muy bien elaborados, los menúes de las cenas de Año Nuevo demuestran que era una verdadera maestra del ahorro, ya que se comían las sobras de Navidad, incluyendo el pavo asado, chine de cerdo, pasteles de carne y pudín de ciruelas. Por supuesto, había un poco más de “restos” de la Navidad real, incluida toda la cabeza de jabalí, terrina Foie-Gras, pastel de gallo, ternera asada. El tradicional pudín de ciruelas era de un tamaño tan grande que tras la fiesta se cortaba en rebanadas y se enviaba en nombre de Victoria a sus parientes más importantes: la primera rebanada estaba reservada para su nieto imperial, el zar Nicolás II de Rusia, y llegaba por correo a San Petersburgo justo a tiempo para la Navidad ortodoxa rusa celebrada el 7 de enero.

En un menú de la cena navideña que se sirvió para la reina Victoria y sus invitados en la Navidad de 1894, consta la presencia de productos “de lujo” enviados como una cortesía por familias reales de toda Europa. La cabeza del jabalí solía ser un regalo del káiser Guillermo II de Alemania -nieto de Victoria- o del rey de Sajonia, mientras que el zar de Rusia enviaba algunos esturiones imperiales. El gran duque de Mecklenburg-Schwerin enviaba la mejor terrina de Pâté de Foie Gras, envuelta en masa de modo que pareciera una empanada de cerdo gigante, mientras el viejo emperador de Austria enviaba una docena de botellas de vino Tokay desde sus viñedos personales. A cambio, la reina Victoria enviaría 200 “puddings” navideños hechos en el Castillo de Windsor a todos sus familiares y familias reinantes de Europa para cuya cocción se necesitarían 24 botellas del mejor brandy.

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