Asia & Oriente Medio

La legendaria tacañería del último y riquísimo príncipe de Hyderabad

Dueño de una fortuna que alcanzaba los US$ 210.000 millones, el soberano fue nombrado el hombre más rico del mundo por Forbes en 1937.

La riqueza desmedida, los privilegios de su casta y el poder de sus responsabilidades fueron los factores que convirtieron a los últimos maharajás indios en hombres fetichistas y extravagantes. Un gran ejemplo de ello fue Asaf Jah VII, 10º nizam (príncipe soberano) de Hyderabad, que gobernó el estado más grande, más rico y más poderoso de la India y, por consiguiente, fue el más acaudalado de todos los príncipes indios. El hombre acumulaba montañas de billetes de rupias, lingotes de oro y cofres con diamantes y perlas en los sótanos de su palacio mientras vivía miserablemente. Dueño de una fortuna que alcanzaba los US$ 210.000 millones, el soberano fue catalogado como el hombre más rico del mundo por la revista Forbes en 1937 y se hizo famoso al aparecer como “hombre del año” en la revista estadounidense Time con su vestimenta tradicional. Los occidentales supieron entonces que este pintoresco personaje llevaba en la lejana India una vida absolutamente curiosa.

Padre de 100 hijos y dueño de una formidable ‘colección’ de concubinas compuesta por cientos de mujeres ataviados en la purdah y aisladas de todo contacto con el exterior, en su magnífico palacio este soberano indio disponía en 1937 de un servicio compuesto por 14.000 criados, de los cuales 38 se dedicaban exclusivamente a quitar el polvo a los candelabros. Un diplomático británico aseguró en los años ‘20 que el palacio de Jah VII “estaba lleno de lugares secretos en los que había escondido toneladas de oro, baúles de piedras preciosas y rupias papel, muchos millones de los cuales se decían que habían sido destruidos por las hormigas blancas…”. En 1955, cuando escuchó que los ratones habían mordisqueado £ 3 millones de billetes viejos almacenados en baúles en camiones oxidados en una bodega subterránea del palacio real, el soberano se encogió de hombros ante la pérdida.

El nizam llegó a poseer también una colección de perlas tan grande y fantástica que, se decía, que podía “tapizar con ellas las aceras de Piccadilly Circus”, según Time. El asiento del Rolls-Royce con el que desfilaba por las calles de su principado fue remplazado por un trono, ligeramente más alto que el del chofer, para que el príncipe demostrara así su supremacía sobre los hombres. Los visitantes de su corte afirman que, en otro de sus palacios reales, el maharajá tenía una bóveda subterránea repleta de camiones destartalados en cuyo interior guardaba miles de gemas, perlas y monedas de oro. Se decía que era dueño de 300 automóviles y que usaba el famoso diamante Jacob, valuado entonces en 50 millones de libras esterlinas, como pisapapeles en su despacho.

Pero la fortuna del príncipe llegó a ser comparable con su legendaria avaricia y conservó toda su vida la manía de vivir austeramente: no podía gastar más de 1 libra por día. Cuando estaba solo en su palacio y las audiencias de gobierno no requerían su presencia, el monarca vestía miserablemente con pijamas remendados y sandalias compradas en un mercado público al punto de que podía ser confundido con un sirviente de la corte real. Gran parte de su increíble fortuna Asaf Jah VII la invirtió en la compra de singulares objetos, como zapatos usados para uso personal, latas oxidadas e incluso camiones rotos para almacenar sus piedras preciosas, y colchones de segunda mano para él y sus cortesanos. Los invitados del nizam a tomar el té recibían solo una galleta por cabeza mientras él consumía los cigarros más baratos que podía encontrar, con frecuencia volviendo a fumar las colillas descartadas. Las crónicas de su época cuentan, además, que usó el mismo gorro durante 30 años y el mismo bastón durante 40, que tenía sirvientes con la misión especial de remendarle las medias y que todo le parecía caro.

Las anécdotas que se contaban sobre el nizam incluyen aquella en la que tuvo que comprar una manta nueva y le ordenó a un sirviente que le comprara uno nuevo en un mercado de objetos usados, con órdenes estrictas de no gastar más de 25 rupias. El asistente regresó con las manos vacías porque una nueva manta costaba 35 rupias, así que el príncipe se conformó con su vieja manta raída. Luego llegó el momento en que donó una montaña de monedas de oro (5.000 kilos en total) al Fondo de Defensa Nacional de la India pero dijo expresamente a sus trabajadores: “Estoy donando las monedas, no los recipientes. Asegúrese de que sean devueltos”.

Nacido en 1886, a pesar de su riqueza y su avaricia el último nizam fue un hombre sensible e inteligente, y recordado por las personas de su estado como el mejor goberante de su historia. Cuando era niño le enseñaron inglés, urdu y persa y se le reconoce como el genio arquitecto de la actual Hyderabad, que ahora es una de las ciudades más grandes de la India. Su gobierno vio la expansión de carreteras, ferrocarriles y el sistema postal, estableciendo universidades, hospitales y fábricas. Osman Ali Khan introdujo muchas reformas educativas durante su reinado, gastando alrededor del 11 por ciento del presupuesto estatal en educación.

Pero, a pesar de toda su inteligencia y buena crianza, el poderoso nizam no estaba por encima de cometer el extraño paso en falso, como aquella vez en la que el Príncipe de Gales -más tarde el rey Eduardo VIII de Inglaterra- lo visitó en 1922, y el soberano quiso asegurarse de que se sintiera como en casa. De esta forma, dispuso un ingenioso mecanismo mediante el cual la tapa de su inodoro tocara la melodía del Himno Nacional británico cada vez que el príncipe la levantaba. Tras la independencia de la India, en 1947, su título fue abolido y, aunque su riqueza personal le hubiera permitido vivir holgadamente durante siglos, pasó sus últimos años deambulando en zapatillas y ropas viejas. Su procesión fúnebre, en 1967, fue una de las más grandes en la historia de la India.

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