Gran Bretaña

Hace 50 años, 500 millones de personas vieron por TV la coronación del Príncipe de Gales (fotos)

El 1 de julio de 1969, la familia real británica convirtió la investidura de Carlos en un triunfo mediático que conquistó al mundo.

En 1958, durante la inauguración de los Juegos Olímpicos de la Commonwealth en Cardiff, la reina Isabel II se dirigió especialmente a los galeses: “Los Juegos de julio de 1958 hicieron que este fuera un año memorable para el principado. Por lo tanto, he decidido remarcarlo aún más con un acto que, espero, dará mucho placer a todos los galeses como a mí. Tengo la intención de crear a mi hijo, Carlos, Príncipe de Gales hoy y cuando crezca se los presentaré en Caernarfon”.

Once años después, el príncipe Carlos tenía 20 años y sería, siguiendo la promesa de su madre, investido como príncipe en el Castillo de Caernarfon. Era el 1 de julio de 1969, y el joven Carlos, resplandeciente en su uniforme como Coronel en Jefe del Regimiento Real de Gales, llegó a la fortaleza galesa para recibir oficialmente el título que le habían otorgado cuando era un niño de 10 años. La ceremonia fue un hito en la modernización de la Familia Real, un espectáculo de coronación diseñado no para los 4.000 invitados, sino para ser visto por 19 millones de personas en Gran Bretaña y 500 millones en todo el mundo.

No se había visto en el Reino Unido una pompa tan grande desde la coronación de la reina, el 1953. En presencia de una multitud, Carlos recibió un anillo de amatista (en una banda de oro galés extraído en Gwynedd) para comprometerlo con el Principado de Gales, una espada como símbolo de la justicia, una vara de oro para marcar su poder temporal y un manto real de terciopelo y armiño. Además, una nueva corona futurista, descrita más tarde por la reina a Noël Coward como “como un pequeño apagador de velas”, estaba decorada con diamantes con la forma de su signo estelar, Escorpio.

La investidura fue un día profundamente emocional para la madre y el hijo. El cuidado que Isabel II puso al abrochar los grandes cierres de oro en la parte delantera de la túnica de Carlos, como si estuviera abrochando unos botones en su camisa de la escuela, y su triunfante aparición conjunta de la mano en el balcón de la Reina Eleanor del castillo, siguen siendo parte de las imágenes más emotivas del evento. “Sé que algunas personas piensan que es bastante anacrónico y está fuera de lugar en este mundo”, admitiría más tarde el príncipe. “Pero puede significar bastante si uno lo hace de la manera correcta”. Además, agregó: “¡Creo que los británicos tienden a hacer estas ceremonias bastante bien!”

Para junio de 1969, Caernarfon latía de expectación. Las autoridades de la ciudad aumentaron un chelín los impuestos para pagar la plantación de árboles y la repavimentación de la calle, y enviaron cartas a los propietarios de viviendas cuyas propiedades a lo largo de la ruta procesional parecían en mal estado, instándolos a pintarlas, reparar chimeneas y desagües. A los residentes y comerciantes se les permitía solicitar pintura gratis y se intentó convencer a la gente de la ciudad para que no pusieran banderas y banderines llamativos, sino que decoraran las ventanas de sus casas.

El 30 de junio los miembros de la familia real fueron de Londres a Gales, pasando la noche a bordo del “Royal Train” en un valle densamente boscoso en el Puente Menai por razones de seguridad. Otros 142 invitados “VIP” y 234 embajadores extranjeros llegaron al día siguiente en el tren de las 8.10 a.m. desde Euston, llegando a Caernarfon a las 12.30 del mediodía para ser transportados al castillo. La lista oficial de invitados incluía 3.850 sentados en sus recintos, 350 personas en la orquesta y el coro y 150 medios de comunicación.

A las 2.40 de la tarde, el príncipe Carlos llegó para la ceremonia en un coche abierto, escoltado por la guardia de Blues and Royals y al son de la marcha “Gof Bless The Prince of Wales“. A las 3 llegaron Isabel II y el duque de Edimburgo, la reina madre, la princesa Ana y Lord Mountbatten, tío abuelo de Carlos. De rodillas ante su madre, el príncipe pronunció su juramento de “vivir o morir” por la reina, tras serle colocadas las insignias de su rango. La ceremonia se selló con el Kiss Of Fealty (beso de lealtad), cuando la reina tocó con sus labios la mejilla izquierda de su hijo.

Fue entonces cuando la reina tomó de la mano al príncipe y lo escoltó hasta el balcón creado sobre la Puerta de la Reina Eleanor, para presentarlo al pueblo galés, tal como habían hecho el rey Eduardo I y la reina Eleanor al presentar a su hijo en 1301. Un desfile aéreo de doce aviones Phantom y cuatro Lightning de la Segunda Guerra Mundial, y un desfile en carruajes pusieron punto final a la ceremonia. Esa noche, Isabel y su familia cenaron a bordo del Yate Real “Britannia”, amarrado en Holyhead, mientras Lord Snowdon y la princesa Margarita se divirtieron como anfitriones del “baile de investidura” en el salón Glynllifon.

Pese al brillo de la ceremonia, la investidura (la primera celebrada desde 1911) no estuvo exenta de horrores, especialmente por una amenaza terrorista tan alta que la BBC redactó los obituarios de los personajes de la familia real en caso de que alguno fuera asesinado. Dos nacionalistas galeses del Mudiad Amddiffyn Cymru (Movimiento para la Defensa de Gales) fueron asesinados al estallar en sus manos su propia bomba en la ciudad de Abergele, por donde pasaría el Tren que transportaba a la familia real, en las primeras horas de la mañana.

Otra bomba colocada en el jardín de un agente de policía de Caernarfon, con la intención de convertir el saludo de 21 disparos en un saludo de 22 disparos, también estalló antes de tiempo mientras los nacionalistas que se escondían en la multitud lanzaban huevos al carruaje tirado por caballos de la reina. Otras dos bombas, incluida una en el muelle de Llandudno, diseñadas para detener el atracamiento del yate real, no explotaron. Días después, un niño quedaría discapacitado, sufriendo lesiones en las piernas, después de confundir a uno de ellos con un balón de fútbol y patearlo.

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