Felipe de Edimburgo

La historia jamás contada de la actriz que despilfarró la herencia del duque de Edimburgo

Conocida como la actriz de Hollywood Andrée Lafayette y más tarde como la condesa Andrée de la Bigne, ella fue la amante del príncipe Andrés de Grecia.

Ella murió a la edad de 83 años en un lúgubre hospital del norte de Francia. Su fallecimiento pasó casi inadvertido y, hasta el día de hoy, su lugar de sepultura sigue siendo un misterio. Sin embargo, en su tiempo, Andrée Godard fue una de las mujeres más famosas de Francia, conocida primero como la actriz de Hollywood Andrée Lafayette y más tarde como la condesa Andrée de la Bigne. Y también durante un buen tiempo fue conocida como la “madrastra” del príncipe Felipe de Grecia, el actual esposo de la reina de Inglaterra.

Pero Andrée no era lo que parecía. Lejos de ser una condesa, era la hija de un conductor de trenes y la nieta de una de las prostitutas más populares de París. Felipe, que cumplió 98 años esta semana, probablemente la recuerda mejor como la mujer que desperdició su herencia de £ 600.000. Andrée era, de hecho, la amante y manipuladora del príncipe Andrés de Grecia, padre de Felipe. Desde el momento en que Andrés abandonó el hogar familiar a principios de la década de 1930, dejando a su hijo Felipe, de ocho años, hasta su muerte en 1944, ella nunca se apartó de su lado.

Andrés de Grecia y su esposa, Alicia de Battenberg, madre de Felipe.
Felipe de Grecia con su padre en los años 20.

A pesar de que se vio obligado a soportar una educación desarraigada, viviendo de la generosidad varios familiares de las casas reales de Europa, Felipe regresó a visitar a su padre cada año, con Andrée interpretando el papel de amante y madrastra. Para su padre, el anciano príncipe griego, monótono, enfermo, y muy lejano de su belleza juvenil, la rubia actriz de 21 años de edad era un trofeo. Un crítico de cine, que describía el debut de Andrée en Hollywood en Trilby de George du Maurier, comentó su “cabello dorado, ojos azules, frente fina y bella figura”. Se decía, además, que tenía los pies más hermosos del mundo. Pero cuando el príncipe Andrés murió dejando un total de £ 13.500 (£ 600.000 hoy762.000 dólares de la actualidad), se descubrió que el armario estaba vacío y los acreedores estaban llamando a la puerta.

La infancia de Felipe, nacido en 1921, fue verdaderamente extraordinaria. Sin nacionalidad, pasaporte o apellido, abandonado por su padre, alejado de sus hermanas mayores y de su madre, cuyos nervios se habían ido desmoronando lentamente desde que Andrés la dejó, la niñez del príncipe helénico estuvo lejos de ser un idilio griego. Más bien fue una tragedia. Cuando su madre, la princesa Alicia de Battenberg, tuvo que se internada en un psiquiátrico, Felipe fue dejado a la suerte de la escasa generosidad de un puñado de tíos (que tampoco la pasaba bien en el exilio) y de otros parientes a los que no conocía. La noche en que reconoció ser una santa que había participado de la Última Cena de Jesucristo, la princesa Alicia fue trasladada a un sanatorio suizo para dementes y no volvió a ver a su hijo durante cinco años. Hasta entonces, la familia había estado viviendo en una casa prestada en un suburbio de París, pero en el momento en que Alicia fue expulsada, el príncipe Andrés, entonces de 47 años, cerró el lugar se fue al sur de Francia, abandonando a Felipe y sus cuatro hermanas, cuyas edades oscilaron entre los 16 y los 24 años, sin mirar atrás. Nadie sabe qué hubiera sido de la vida del joven y rubio Felipe si no hubiera sido por la generosidad paterna que le brindó el Conde Mountbatten, hermano de la princesa Alicia, que vivía en Inglaterra.

Cuando Andrés abandonó a su familia, ya conocía a la francesa Andrée, quien bajo el nombre de Andreé Lafayette había disfrutado de dos éxitos de taquilla en Hollywood y había regresado a París como una de las estrellas de cine más famosas del país. Andrés, por entonces, era un cuarentón fracasado: podía ser hijo del rey de Grecia, pero también fue un oficial del ejército cuya conducta negligente en el campo de batalla en la guerra greco-turca (de 1919-1922), cuando desobedeció las órdenes, costó numerosas vidas. Una posterior corte marcial estuvo a punto de condenarlo a muerte y, gracias a la solidaridad del rey de Inglaterra, fue evacuado de Grecia justo a tiempo en un buque de guerra británico en 1922.

Durante el resto de su vida, Andrés vivió en la Riviera Francesa a costa de otras personas. Había encontrado, como hicieron muchos príncipes de casas reales destronadas durante los años de entreguerras, numerosas formas de que nunca le faltara la comida. Uno de sus benefactores fue Gilbert Beale, un rico soltero que vivía de las grandes ganancias de su negocio familiar, Carter’s Tested Seeds, quien financió a Andrés y a su amante, convirtiéndolos en huéspedes permanentes en sus lujosos yates de vapor. A pesar de todo esto, el inocente Felipe sentía un genuino respeto por su padre “a quien realmente amaba”, según su biógrafo, y siempre esperaba con ansias volver a verlo. Lo que el príncipe Felipe, internado en los años 40 en la escuela Gordonstoun de Escocia, no sabía era que la mujer que amaba su padre lo estaba llevando a la ruina financiera. De regreso en Francia, Andrée Lafayette había continuado haciendo películas lucrativas y, gracias al dinero recaudado, decidió reestilizarse como la Comtesse Andrée de la Bigne. Era un título vacío que ella no tenía derecho a reclamar, que no existía en el ‘Anuario de la Nobleza de Francia’ pero decía que le quedaba bonito y lo lucía junto a su amante en las playas de Cannes y en los casinos de Monte-Carlo.

El 3 de diciembre de 1944, después de regresar de una extenuante fiesta en Marsella, el príncipe Andrés se fue a la cama y murió de insuficiencia cardíaca a los 62 años y después de cinco años de no ver a su hijo. Su médico le había diagnosticado arteriosclerosis y latidos cardíacos irregulares, y le aconsejó que se tomara las cosas con calma, cosa que jamás hizo. Cuando la princesa Alicia recibió un telegrama que decía que Andrés había muerto, la feroz lucha callejera en el barrio en el que vivía le impidió transmitir la triste noticia a sus hijas. Sin embargo, logró que su hermano le enviara un mensaje naval a Felipe, embarcado en en buque “Whelph”, el cual tuvo que descifrar a bordo: “Muy desconcertado y afligido al enterarme de la muerte de tu padre, y te envío toda mi más sincera condolencia. Se ha recibido lo siguiente de tu madre: Te abrazamos con ternura en nuestro dolor común”.

Según un biógrafo, Andrés murió “con solo un chelín en el bolsillo y la ropa que tenía puesta”. De hecho, cuando Felipe apareció en Mónaco para recoger las pertenencias de su padre después de la Segunda Guerra, todo lo que quedó fue una brocha de afeitar y un anillo. En los meses que siguieron, hubo un intento decoroso por parte de la familia Mountbatten de pagar las fuertes deudas de Andrés con bancos, prestamistas y otras personas, pero había gastado demasiado dinero. Todo lo que quedaba era una suma de capital de £ 13.525. Un juez falló a favor del joven príncipe (que ya estaba comprometido con la princesa Isabel de Inglaterra), aunque la sentencia nunca se hizo pública, para que la comtésse de la Bigne le devolviera las posesiones de Andrés. Se cree que es poco probable que Felipe haya recuperado algo, porque durante el resto de su vida la Andrée ocupó un apartamento lujoso en la Avenida Georges V de París, además de una hacienda en la zona de Calvados, también en Francia. Tampoco nadie sabe si a su muerte, el 3 de octubre de 1989, la falsa condesa devolvió Felipe, a quien había tratado como a un hijastro, el dinero que le correspondía.

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