Gran Bretaña

Multitudes en la alcoba real, el suicidio de un médico y el parto sin dolor: historias de nacimientos reales en Inglaterra

La historia de la realeza indica que la duquesa de Sussex, que eligió tener un parto privado, goza de mucha mejor suerte que otras madres de la monarquía británica.

El príncipe Harry de Inglaterra y su esposa, Meghan Markle, sorprendieron a los británicos al anunciar que desean que el nacimiento de su primer hijo sea un acontecimiento privado y reservado a la familia más cercana. La declaración sorprendió un año después de que los duques de Sussex celebraran a lo grande su casamiento en el Castillo de Windsor, pero se cree que esto responde al deseo de resguardar la privacidad del bebé. En términos dinásticos, como nieto secundario de un príncipe de Gales, el próximo bebé no tendrá un título real, por lo que se espera que su vida sea simple y lejos de la mirada de los medios de comunicación.

Históricamente, los partos de las reinas y consortes de la monarquía británica se han ido transformando, desde que en siglo XVII decenas de personas presenciaran sus labores de parto en la propia alcoba de María de Módena, consorte de Jacobo II, hasta el uso de anestesia temprana por parte de la reina Victoria, e incluyendo el inesperado nacimiento de la reina Isabel II, hace 93 años, en una casa particular de Londres, o del príncipe Guillermo, el primer príncipe nacido en un hospital. La historia indica que la duquesa de Sussex goza de mucha mejor suerte que otras madres de la monarquía británica.

El parto público de María de Módena

En 1688, Inglaterra era un hervidero de conspiraciones. El rey católico Jacobo II era profundamente impopular, pero sus defectos fueron tolerados por la gente, mientras que su hija protestante, María, fuera heredera. Sin embargo, la segunda esposa de Jacobo, la italiana María de Módena, quedó embarazada y se armó un revuelo institucional: si nacía un varón, este futuro rey sería educado en el catolicismo, cosa intolerable para la protestante Inglaterra.

Desde el principio, se dudó del embarazo de la reina María. Los rumores recorrieron los pasillos del palacio y trascendieron sus muros. Se sospechaba que el embarazo era una farsa y se decía que tal vez el nuncio papal, Ferdinado D’Adda, cercano a la reina, fuera el padre. Así, cuando María entró en trabajo de parto el 10 de junio, parlamentarios, nobles y plebeyos comenzaron a reunirse en torno al palacio de St. James. Cuando llegó el rey, María le preguntó si le había informado a la reina viuda. “He enviado a llamar a todos”, fue su respuesta.

En unos pocos minutos, 67 personas llenaron la sala: la reina viuda, las damas de la corte, el Consejo Privado y los médicos reales. Fue “el primer circo mediático de la historia debido a un nacimiento real”, según la catedrática de la Universidad de Cambridge Mary Fissel.Aunque ella misma no asistió, la princesa Ana (hija de Jacobo II con su primera esposa) informó a su hermana María de la cadena de eventos: “Cuando ella [María] estaba muy dolorida, el rey llamó a toda prisa al lord canciller, quien se acercó a la cama para demostrar que estaba presente y el resto de los Consejeros Privados hicieron lo mismo”, escribió. “Entonces la reina deseaba que el rey ocultara su rostro con su peluca, porque no podía ir a la cama con tantos hombres mirándola”.

Cuando María de Módena dio a luz a un bebé, el rey invitó al Consejo Privado a dar testimonio de la legitimidad de la descendencia real. Jacobo II y su esposa pensaban que de esa forma disiparían los rumores conspirativos, pero no fue así. De todos modos se expandió en el reino que el parto fue una farsa, que un bebé ajeno había sido ingresado de contrabando al palacio, que el bebé había nacido muerto y remplazado por el hijo de una nodriza o que, en realidad, era el hijo de un fabricante de ladrillos.

Antes de que pasara un año, la princesa María y su esposo, el príncipe neerlandés Guillermo de Orange, llegaron triunfalmente a Inglaterra y tomaron el trono, obligando a Jacobo II a dejar la corona. El rey, la reina y su pequeño bebé partieron de Londres con rumbo a Francia, no sin antes que Jacobo II arrojara su Sello Privado al río Támesis, señal de que había abdicado. La princesa Ana finalmente sucedió a la pareja como gobernante en 1702, pero no le fue mejor en asegurar la línea: tuvo cinco nacidos muertos, siete abortos involuntarios y cinco nacidos vivos, ninguno de los cuales vivió hasta la edad adulta. Un drama que la marcó de por vida.

Un parto de cincuenta horas

Richard Croft fue el principal “accoucheur” (obstetra) del siglo XIX. Cuando la única hija del Príncipe de Gales y nieta de Jorge III, la princesa Carlota, quedó embarazada de nuevo después de dos abortos involuntarios, Croft fue la opción obvia para el parto. La princesa -de 21 años- y su esposo, el príncipe Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Saalfeld, eligieron quedarse en su residencia de campo para el nacimiento. Cuando Carlota comenzó el trabajo de parto a las 7 de la tarde del lunes 3 de noviembre de 1817, un enorme número de personas partió hacia Londres con órdenes de convocar al Consejo Privado. Todos se reunieron debidamente en la biblioteca adyacente a la habitación de la princesa y se actualizaron periódicamente con notas enviadas desde la habitación.

Carlota, Croft y Miss Griffiths (la “enfermera mensual” que asistió al médico) se unieron al médico en jefe y al cuñado de Croft, Matthew Baillie. En las primeras horas de la mañana, se llamó a otro médico, John Sims. Los tres hombres coincidieron en que el parto era lento pero normal y, según la práctica, la naturaleza debía seguir su curso. A medida que las contracciones de la princesa continuaban y “no mostró marcas de fuerza deficiente durante su trabajo de parto”, los médicos decidieron no usar los fórceps para acelerar el parto.

Finalmente, después de 50 horas de parto, la princesa dio a luz a un niño muerto. Los esfuerzos para resucitarlo usando un baño caliente fallaron. Carlota, dijo Croft más tarde, apareció “como suelen ser las damas, después de labores igualmente prolongadas” y se le sirvió caldo de pollo, tostadas y una copa de oporto. Los médicos se retiraron a descansar, y el príncipe Leopoldo se unió a su esposa, pero poco después volvieron a llamar a los médicos: Carlota se estaba deteriorando rápidamente. Escuchó un “ruido de canto en su oído” y sufrió “afecciones espasmódicas del tórax”: convulsiones. El remedio ampliamente utilizado del láudano no ayudó: luchó por respirar, su pulso se volvió irregular y su piel se volvió fría.

A las dos y media de la mañana del 6 de noviembre de 1817, Carlota, segunda en la línea sucesoria al trono, murió. El dolor popular por la princesa muerta fue intenso en todo el país: “Realmente fue como si cada hogar en Gran Bretaña perdiera un hijo favorito”, escribió un comentarista. La muerte de la única nieta viva de Jorge III sacudió las pelucas de sus tíos, viejos príncipes habituados al ocio y las mujeres fáciles que de la noche a la mañana tuvieron que entregarse a la tarea de buscar una esposa adecuada y tener descendencia. El primero en hacerlo fue el príncipe Eduardo (duque de Kent): su hija, nacida en 1819, se convirtió en la nueva heredera: Victoria.

Si bien la familia real no culpó a Croft por la muerte de la princesa, ese no fue el caso del público, muchos de sus colegas y antiguos pacientes, que exigieron “alguna declaración apropiada de los médicos… porque ciertamente no aparecen satisfactoriamente”. Asustado por las acusaciones, Croft se suicidó poco después del funeral de Carlota.

La reina Victoria, pionera del parto sin dolor

La muerte de la princesa Carlota provocó una mayor inclinación por la intervención médica en los nacimientos mediante el uso de instrumentos y medicamentos, y su prima, la reina Victoria, abrazaría una de esas intervenciones. Comparado con muchos de sus predecesores, el camino de la reina Victoria hacia la maternidad múltiple fue fácil: nueve embarazos exitosos. Sin embargo, aunque a la monarca le gustaba quedar embarazada, describió el inconveniente de sus muchos embarazos: “Dolores, y sufrimientos, miserias y enfermedades…”. Tampoco le gustaba ser madre: afirmaba sentirse “como un conejo” e incluso se negó a amamantar a sus niños por considerarlos “asquerosos”, “feos” y con aspecto de “sapos”. Sin embargo, Victoria aceptaba con resignación la carga del nacimiento, y cuando se enteró de un método de alivio, lo tomó: la anestesia.

En 1847, el obstetra escocés James Simpson demostró que el cloroformo podría disminuir el dolor del parto. Las noticias se filtraron al círculo social de Victoria y en vísperas del nacimiento del octavo hijo de la reina, Simpson se comprometió a unirse a su equipo habitual de parteros de Charles Locock (“The Great Deliverer”), la enfermera Mary Lilly y el príncipe consorte Alberto, que estuvo presente durante los nueve nacimientos. Los principales hombres del gobierno se sentaron fuera de la sala, pero con la puerta abierta para obtener un buen panorama de los procedimientos. Simpson anestesió a la reina goteando cloroformo en un pañuelo metido en un embudo a través del cual ella respiraba.

“El efecto”, escribió Victoria en su diario, “fue calmante, silencioso y encantador más allá de toda medida”. La insistencia de Victoria en el uso de anestesia en los partos no fue bien recibida por la sociedad. La opinión religiosa estaba en contra: el alivio del dolor durante el parto “le robaría a Dios los gritos profundos que surgen en el momento de la dificultad de la ayuda”, predicó un clérigo. A la mujer se le había “ordenado que dé a luz con dolor”, decía. La opinión médica, también, estaba dividida; “Peligroso e innecesario” sentenciaba la revista médica, The Lancet. Como reina, a Victoria no le importaba mucho la opinión y usó anestesia nuevamente para su último parto, el de la princesa Beatriz, en 1857.

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