España

La tragedia de Don Juan, el heredero de los Reyes Católicos que murió por “exceso de amor”

El 3 de abril de 1497 la hermosa Margarita de Habsburgo se casó con el ardiente don Juan de Aragón, una explosiva combinación de deseo juvenil. Los cortesanos dicen que el príncipe murió “preso del amor de la doncella”.

El primer hijo varón y heredero de los Reyes Católicos, el príncipe don Juan, nació el 30 de junio de de 1478 en Sevilla. La reina Isabel de Castilla fue madre de numerosos hijos, entre ellos la futuras reinas Juana de España y Catalina de Inglaterra, mientras Isabel y María se turnaron como reinas de Portugal, pero los varones no sobrevivieron. Es por eso que Isabel y Fernando se alegraron tanto cuando llegó al mundo don Juan, cuyo nacimiento fue considerado un milagro y celebrado durante varios días en los dominios del matrimonio. El niño, de cabellos rubios y delicados rasgos faciales, era tan bonito que su madre siempre lo llamaría su “Ángel”.

“Hacía ya años que la Reina había rogado a Dios que le concediese un heredero del sexo masculino, pues estaba en el espíritu de los tiempos que fuese hombre el heredero de la Corona —cosa comprensible, ya que el ejercicio de la guerra era el principal y más acuciante menester de un soberano, y en esta tesitura y oficio era preferible el varón a la hembra—.

La alegría de la Reina era infinita. Para lograr su propósito la piadosa soberana había elevado innumerables preces y aun peregrinado al santuario de San Juan de Ortega, que tenía fama de milagroso en tales asuntos. Ese 29 de julio todas sus plegarias habían hallado respuesta: por fin la Reina había parido un hijo varón. Los reyes y el pueblo no cabían en sí de gozo”.

Vicenta María Márquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos

A los 18 años, obediente a los mandatos paternos, el príncipe de Asturias se casó con la archiduquesa Margarita de Habsburgo, la hija del emperador Maximiliano I. La muchacha era hermana de Felipe de Habsburgo, a quien su esposa Juana (la hermana de Juan) describió como “el hombre más hermoso de la Tierra”. Margarita una muchacha bella, de naturaleza ardiente y apasionada destinada a casarse con un joven fogoso. Cuando el príncipe don Juan tuvo oportunidad de acercarse íntimamente a su flamante esposa (es decir, acostarse con ella), lo hizo con tanto afán e insistencia que los médicos se preocuparon por su salud. Los cortesanos y galenos aconsejaron al heredero de Castilla y Aragón que se distrajera con otras actividades, pero el fogoso joven no quería salir de la cama de Margarita, quien por cierto, era muy bella.

“El matrimonio ponía término legal a la patria potestad en todos los casos, y no parecía adecuado que quien había de gobernar tantos pueblos no pudiese siquiera gobernar sus propias relaciones. Además, cristiana fervorosa, la Reina sabía que no se podía separar a los cónyuges, pues su cohabitación era legítima a los ojos de Dios y nadie debía entrometerse en ello; los cónyuges se administran a sí mismos”.

Vicenta María Márquez de la Plata

Preso del amor de la doncella, nuestro joven príncipe vuelve a estar demasiado pálido. Tanto los médicos como el rey aconsejan a la reina que, de cuando en cuando, aparte a Margarita del lado del príncipe, que los separe y les conceda treguas, pretextando el peligro que la cópula tan frecuente constituye para el príncipe”, escribía entonces Pedro Mártir de Anglería, capellán de la reina Isabel. Con preocupación, un cortesano escribió: “Nuestro príncipe empalidece, consumido por la pasión. Los médicos y el propio rey suplican a la reina que intervenga y separe a los recién casados. Le piden que produzca un intervalo entre los incesantes actos amorosos, y le adviertan los peligros que esa conducta conlleva. Una y otra vez le señalan la palidez del rostro de su hijo, y su evidente fatiga…” A pesar de los ruegos, Isabel I sostenía que “el hombre no tiene derecho a separar lo que Dios ha unido”.

A los médicos no les quedó otra alternativa que ordenar la separación temporal de los cónyuges, y a los pocos meses don Juan murió a los diecinueve años, el 6 de octubre de 1497, catapultando a su hermana Juana a la corona española. Aunque la verdadera y principal causa de su muerte fue la tuberculosis, durante siglos se dijo que don Juan “murió por exceso de amor”. El emperador Carlos V, sobrino de don Juan, creería, como muchos de sus contemporáneos, que el único hijo varón de los Reyes Católicos había muerto por una actividad sexual desaforada con su joven esposa. Es por eso que, en una ocasión, advirtió a su hijo Felipe II, recién casado con su primera mujer, que la actividad sexual para un joven “suele ser dañosa, así para el crecer del cuerpo como para darle fuerzas, y muchas veces pone tanta flaqueza el hacer hijos y quita la vida como lo hizo con el Príncipe Juan, quien venía a heredar estos reinos”.

Don Juan dejó viuda a su esposa embarazada y a los Reyes Católicos sin un heredero varón, un dolor del que ni ellos ni sus reinos podrían recuperarse jamás. “Dios da y Dios quita”, murmuró la piadosa reina al conocer la noticia. La muerte del príncipe, como observaría el eclesiásticos e historial Andrés Bernáldez, “fue la primera estocada del dolor que atravesó el alma de la reina”, un dolor del que la familia y sus reinos no podrían recuperarse jamás. Según otro historiador, Commynes, “los reyes manifestaron un dolor tan extremo por esta causa que nadie podía creerlo, y esto era especialmente cierto en el caso de la reina, de quien se esperaba que muriera y no que siguiera viviendo… Nunca vi un luto tan grande como el que se observó en sus reinos”. Por otra parte, la muerte de don Juan abrió el camino de su hermana, la infanta doña Juana hacia del trono, y provocó la llegada de su propio linaje al trono de España. Al historiador español Juan Vallejo-Nájera le ha llamado la atención “el efecto destructivo que la capacidad amatoria de los hijos del emperador Maximiliano provoca en los de los Reyes Católicos“. A una, Juana, le costó la razón, y al otro le costó la vida. (D.S.)