Europa

Reina sin corona: la princesa Margarita de Rumania cumple 70 años

Titulada “Custodio de la Corona”, la heredera del rey Miguel se convirtió en un símbolo de los cambios que sufrió su país. La actitud hacia la nueva figura central de la familia real rumana sirve como un verdadero termómetro de la democracia.

La princesa Margarita de Rumania ocupa un puesto único en el mundo: es la heredera del último rey de su país, pero no es reina. Sin embargo, los rumanos y su gobierno la reconocen como un símbolo del Estado y la tratan de “Majestad”. Su presencia y su influencia son altamente importantes para el gobierno republicano de Bucarest y tanto ella como su familia son tratados como si realmente Rumania fuera una monarquía.

No fue sino hasta 1990 cuando Margarita pudo pisar por primera vez su país. En 2007 el rey Miguel la designó como heredera del Trono y “Custodia de la Corona Rumana”. En marzo de 2016, cuando su salud ya se encontraba seriamente deteriorada, el rey le cedió la jefatura de la dinastía. Si la monarquía se restaurara en Rumania, Margarita sería la primera reina. Con la muerte de su padre, en diciembre de 2017, Margarita se convirtió en la cabeza de una monarquía simbólica.

Mientras que en enero de 1990, la élite rumana todavía estaba traumatizada por el comunismo, y los gobernantes trataron a los miembros de la Familia Real rumana con una hostilidad sin disimulo, en 2016, el año en que los rumanos celebran el 150 aniversario de la fundación de la monarquía, Margarita fue nombrada por la revista Forbes como la mujer más influyente de Rumania. “Desde el punto de vista pragmático, cada capa de la sociedad rumana reconoce el papel de la Familia Real, un cambio psicosocial que conduce lógicamente a la restauración de la monarquía mediante un acto democrático de refuerzo de la legitimidad histórica de la casa real”, escribió el periodista rumano Claudiu Pădurean en Romania Libera.

Aunque no tiene papel político, las reuniones entre los miembros de la Familia Real Rumana y las autoridades públicas -del gobierno, del parlamento, de la justicia, y de las gobernaciones locales- se convirtieron en una rutina. La presencia de la princesa o de su familia en ceremonias nacionales o recepción de jefes de Estado extranjeros es casi obligada. A cambio, la República les concede una residencia oficial, un presupuesto y permiso para vivir en otras antiguas residencias reales.

En la actualidad, las relaciones entre la familia real rumana y los poderes políticos son de naturaleza más bien institucional que constitucional. Aunque Rumania todavía conserva su sistema republicano por el momento, los deberes públicos de la familia real rumana no difieren mucho de los de la familia real británica. Esto llevó a algunos teóricos a hablar del concepto de “Nueva Monarquía”, o “República Coronada”, en el que la institución real trasciende la forma de gobierno.

La princesa nació en 1949 en Lausana, Suiza, siendo la primera de las cuatro hijas del rey Miguel I -derrocado por los soviéticos en 1947- y de su esposa Ana de Borbón-Parma, descendiente de reyes daneses y franceses. Su padrino de bautismo fue el príncipe Felipe, esposo de Isabel
II de Inglaterra, y recibió su nombre en honor a su abuela materna, Margarita de Dinamarca (1895-1992). La princesa Margareta asistió a escuelas en Italia, Suiza y Gran Bretaña y con el asesoramiento de su abuela, la reina Elena, asistió a la Universidad de Edimburgo, donde obtuvo un título en Sociología, Ciencias Políticas y Derecho Internacional Público.

Siguiendo el ejemplo establecido por sus familiares en la familia real e imperial de Habsburgo, Margarita optó por una carrera en organizaciones internacionales bajo los auspicios de las Naciones Unidas. Trabajó para la Organización Mundial de la Salud, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola. Luego renunció a su carrera internacional en el contexto de los dramáticos cambios introducidos en 1989, que selló la caída de los regímenes comunistas en Europa Central y Oriental.

En los últimos años, entre otras cosas, la princesa Margarita se convirtió en presidenta de la Sociedad de la Cruz Roja Rumana, la posición que una vez tuvo su bisabuela, la reina María, leyendaria por su valentía y solidaridad durante la Primera Guerra Mundial, y los miembros de la familia real rumana gradualmente llegaron a ocupar un lugar central dentro de la élite rumana. Además de la pareja real, la princesa María vive en Bucarest.

El sistema de condecoraciones reales revivió, los miembros de la familia real representan al país en varias acciones internacionales oficiales, patrocinan jóvenes talentosos y familias necesitadas, brindan asistencia a los ancianos, y apoyan la cultura, las artes, el deporte, la economía, los medios de comunicación y las escuelas y universidades. Instituciones como el Comité Olímpico y Deportivo de Rumania, del High Royal Patronage, y las federaciones deportivas nacionales, como la liga de rugby, que organizan las Copas Reales.

Margarita y su hermana, la princesa Sofía, fueron los primeros miembros de la familia real en regresar a Rumania, el 18 de enero de 1990. Las dos hijas de Su Majestad el Rey Miguel I fueron recibidas con alegría por algunos rumanos, pero con hostilidad por los miembros de la élite política. Pasaron ocho días en el país, y sus recuerdos de esa época fueron evocados en el discurso que dio Margarita en 2015, cuando Rumania celebró el 25° aniversario del regreso de dinastía a su tierra natal:

Su Majestad el Rey y su madre, la reina Elena, salieron de Rumania la noche del 3 de enero de 1948. Pasaron cuarenta y dos años antes de que pisara suelo rumano el bendito día del 18 de enero de 1990, acompañado por mi hermana, la princesa Sofía. Fue un viaje de retorno, un viaje de integración personal e histórica. Hoy celebramos juntos un cuarto de siglo durante el cual día tras día hemos estado al lado de nuestros compatriotas, y al lado de los más vulnerables de Rumania, sobre todo, continuando el pacto de nuestros antepasados”.

“En 1990, la Rumania más profunda no conocía la Corona, como un niño que nunca ha conocido a sus padres”, agregaba Margarita. “El último cuarto de siglo le ha dado a la Corona el rol de educadora y modelo, en los campos principales de la vida rumana, tal como Carol I nos enseñó. Bajo la dirección del rey Miguel, la Familia Real construyó un edificio social, cultural y educativo, así como una institución real respetada, en un momento en el que ha necesitado modelos, amor, inspiración y ejemplo personal”.”Todos estos años han arraigado a Rumania más firmemente, han vuelto a tejer su identidad y tradiciones desenmarañadas. Hoy en día, la mayoría de los rumanos tienen la Corona con afecto y respeto. Hace un cuarto de siglo, nos detuvieron en la carretera Bucarest-Pitești, con ametralladoras apuntando a la caravana real. Veinte años después, el rey se dirigió al Parlamento de Rumania en sesión solemne ”. (S.C.)