Francia

Higiene real en el Antiguo Régimen: algo huele mal en la corte de Francia

Cuando Luis XVIII entró por primera vez en el Palacio de las Tullerías notó que ciertos salones no olían precisamente a rosas. Una dama de su corte exclamó: “¡Cómo me recuerda les bon Vieux temps!”

Las memorias de los cortesanos muestran que la limpieza no era común en las cortes de Luis XIV y sus sucesores. ¿Cuáles eran los hábitos sanitarios de reyes, nobles y sirvientes?

Por Darío Silva D’Andrea

Cuando el borbónico rey Luis XVIII de Francia entró por primera vez en el Palacio de las Tullerías, en 1814, notó que ciertos salones del palacio parisino no olían precisamente a rosas. Una dama de su corte exclamó: “¡Cómo me recuerda les bon Vieux temps!” Se refería a los buenos viejos tiempos de Luis XVI, cuando las distinguidas cortesanas, sin importar su rango, orinaban de pie donde podían (en los pasillos, patios, habitaciones reales y hasta en el salón del trono) porque los retretes quedaban muy lejos o no había. ¿Fue la corte de Francia un verdadero “pozo negro”, como dicen algunas memorias?

Lo cierto es que la vida en la esplendorosa corte de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI no todo lo que relucía era oro. Más bien era un ambiente desagradable, como contó Madame de Orleáns, cuñada de Luis XIV y también conocida como Madame la Palatina, quien se quejó en una carta a su tía de la falta de servicios en Fontainebleau: “Debes ser muy feliz de ir a cagar cuando quieres“, escribió en una carta que sigue siendo famosa. “Aquí, me veo obligada a aguantar hasta la noche… Tengo la desgracia de vivir sola, y por lo tanto la pena de cagar afuera, lo que me enoja, porque me gusta cagar cómoda, y no cago bien cuando mi culo no está cómodo. Lo mismo, todos nos ven cagando…”

Versalles no era Fontainebleau y Luis XIV deseaba para su nueva corte lo mejor y lo más moderno, a la altura del siglo XVII. Como el historiador Mathieu da Vinha recuerda en su libro Viviendo en la corte de Versalles, “existían muchos baños construidos en Versalles, ahora extintos, encontrados en los planes inferiores. Estas letrinas públicas estaban ubicadas en varias alas del chateau y permitieron que muchos visitantes hicieran sus necesidades en paz. Pero el palacio es grande y, para evitar accidentes, las ‘sillas’ se colocaron regularmente detrás de biombos en algunos pasillos. Esto no impidió que los súbditos de Su Majestad defecaran en los patios o en los jardines. Trataban de disimular los olores colocando plantas con aromas potentes: jacintos, narcisos, jazmines“.

A pesar de la llegada de unos inodoros más modernos en el reinado de Luis XV -con un sistema de evacuación por descarga-, la “silla perforada” permaneció en servicio durante un largo tiempo.

En cuanto a los príncipes y la corte, que vivían cerca del rey, todos tenían su propio equipo, la mayoría de las veces en los armarios de los apartamentos que servían de lugares de fácil acceso. Se trataba de una silla perforada, a veces muy lujosa, cubierta con “alfombra” o “damasco rojo, adornada con flecos y adornos de oro y plata”. A pesar de la llegada de unos inodoros más modernos en el reinado de Luis XV -con un sistema de evacuación por descarga-, la silla perforada permaneció en servicio durante un largo tiempo desde Luis XVI. En algunas ocasiones, el Rey Sol o su segunda esposa, Madame de Maintenon, ofrecieron audiencias mientras estaban cómodamente sentados en sus sillas. Un cortesano le acercaba religiosamente la silla a la hora del desayuno y la hora de acostarse, tras lo cual el rey se limpiaba con una toalla perfumada y empapada en alcohol.

Para finales del reinado de Luis XIV, Versalles estaba equipado con cerca de 350 chaises percées, o “sillas perforadas”. Para vaciar todas estas sillas malolientes, un ejército de sirvientes ocupaba constantemente unos treinta pozos distribuidos bajo el cuerpo central y en las diferentes alas del castillo. De hecho, estaba prohibido arrojar los desechos desde las ventanas, una práctica muy común en ese entonces en Francia; Estas fosas, regadas regularmente, estaban conectadas a alcantarillas que vertían el lodo en diferentes partes de la ciudad. Una gran parte fluía así en dos estanques, el de la marisma en el sur, llamado “el estanque apestoso”, y el de Clagny, que se llenó más tarde.

La higiene corporal

Como producto la escasa higiene corporal, lo más común era que las sábanas y las pelucas estuvieran impregnadas de piojos y pulgas. Un cortesano contó que en las pelucas de Luis XIII solían verse piojos y pulgas.

Bajo Luis XV, el uso de perfumes como remplazo del agua era tan frecuente que su corte de Francia era llamado “la Corte perfumada”. Los historiadores afirman que Enrique IV y su hijo, Luis XIII, solo se bañaron una vez en su vida, desnudos los dos en un río. Del Rey Sol dicen que se bañó solo dos veces en toda su vida (y solo por prescripción médica), pero que cada mañana -como todo noble y aristócrata de su tiempo- se limpiaba la cara con un trozo de algodón impregnado de alcohol o con saliva, como los gatos, y se rociaba con un montón de perfumes que ocultaban su olor corporal muy mal. El duque de Saint-Simon relató en sus memorias con extremo detallismo el ritual del baño de Luis XIV que, curiosamente, no incluía agua.

Después de haber transpirado en alguna actividad física, se bañaba con la ropa puesta. En su defensa, debemos decir que Luis XIV amaba los “baños de río” en la naturaleza, en el Sena en Saint-Germain, un hábito contraído en su juventud y que lo seguirá hasta el final de su vida. Lo hacía especialmente en el verano, cuando el calor era abrumador, pero nunca olvidaba la parafernalia cortesana: en cada movimiento del soberano, todos sus oficiales de guardarropa y de cámara lo seguían e instalaban una carpa en la que el rey podía desvestirse y vestirse cómodamente.

En los tiempos borbónicos, los baños eran más comunes pero todavía escasos, ya que los médicos temían desde mediados del siglo XIV -después de la Peste Negra- que el agua transmitiera enfermedades a través de los poros de la piel. Los hábitos sanitarios se modernizaron en la corte de Luis XV, que prefería bañarse más seguido que su bisabuelo. El monarca tenía un baño para lavarse y otro para enjuagarse, así como una entrada de agua fría y una de agua caliente, gracias a los baldes y las chimeneas instaladas sobre el habitación real.

Tan pronto como se mudó al palacio de Versalles, en 1722, Luis XV manifestó la necesidad de poder bañarse en una bañera de cobre, instalada en una habitación pequeña y funcional, equipada con lienzos, jabones, esponjas y perfumes. Al estar el cobre caliente, el rey se bañaba sentado en una silla y no se sumergía. Unos años más tarde, su esposa María Leszczynska decidió ampliar sus apartamentos privados agregando una habitación íntima con un baño individual portatil y desde entonces casi todos los miembros de la familia real tuvieron su propio baño, e incluso la amante real, Madame de Pompadour, solicitó la instalación de un baño en sus aposentos.

La reina María Antonieta era criticada por lavarse las piernas todas las mañanas y todas las noches, y por bañarse más seguido que el común de la gente.

El maquillaje y los perfumes utilizados en abundancia servían para simular las carencias de higiene corporal, lo que llevó a la reina María Antonieta a la crítica pública por el uso frecuente que hacía de estos artilugios de belleza. Apodada despectivamente “la Austríaca” o “Madame Déficit”, María Antonieta era criticada por lavarse las piernas todas las mañanas y todas las noches, y por bañarse seguido. Tenía una bañera portátil con tapa, que se lleva a su habitación cuando lo deseaba, y se bañaba vestida con un vestido largo de franela abotonado hasta el cuello. Sus asistentes debían colocar una sábana desde el suelo hasta la parte superior de su cabeza, para ocultar el cuerpo desnudo de la reina ante sus ojos. El agua a menudo era perfumada con almendras dulces, lino o malvavisco, y María Antonieta disfrutaba de una taza de chocolate caliente mientras se bañaba.

Por el contrario, la higiene bucal era indispensable, un signo de belleza, en las cortes de Luis XIV y Luis XV. El Rey Sol se frotaba los dientes regularmente con una mezcla astringente que de hecho es el antecesor de la pasta de dientes: palisandro, ciprés, romero o mirto, combinada con pasta a base de opio con sabor a plantas aromáticas como el anís, la canela, el tomillo o la menta. Otros personajes de la corte insistían en lavarse los dientes con tabaco -que se cree que está lleno de virtudes desinfectantes- o con esencia de orina como Madame de Sevigne aconsejaba a su hija.

Todos estos esfuerzos muestran un verdadero esfuerzo de limpieza, contrario a la creencia popular, pero la mayoría de los hombres y mujeres que vivían en la corte francesa -de cualquier jerarquía social- mantuvieron hábitos de higiene muy malos. Por un lado encontramos a la princesa de Conti, conocida por su excesiva limpieza, y por otro al duque de Vendome, nieto de Enrique IV, que utilizó toda su vida una silla perforada que luego sus ayudantes de cámara vaciaban y, (¡sin lavarla!) la llevaban con agua para que el duque de afeitara. El duque de Saint-Simon no se resistió a contarnos otra anécdota edificante, sobre el día en que François de Clermont-Tonnerre, obispo de Noyon, dominado por un repentino deseo, sorprendió a todos al “orinar a través de la balaustrada” de la capilla, siendo reprendido rápidamente por el intendente de Luis XIV. Una prueba más de que el palacio del Rey Sol no debía oler a flores todos los días… incluso en los lugares más sagrados. (S.C.)

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