Asia & Oriente Medio

La triste historia de Mustafá I, el sultán que se volvió loco en su “jaula de oro”

La naturaleza sofocante de la vida y las luchas de poder mortales en el Palacio Topkapi de Constantinopla podrían haber llevado a muchos príncipes al borde de la inestabilidad mental. Ciertamente fue así en el caso de Mustafa I, quien fue dos veces sultán del Imperio Otomano a principios del siglo XVII.

Nadie podría culpar al desdichado Mustafá (1593-1639) por haberse vuelto loco: estar encerrado en una habitación durante 10 años por orden de su propio hermano podría dañar mentalmente a cualquiera. Pero aquello era algo muy común en la corte de los sultanes otomanos, ya que entonces estaba vigente la Ley de Fratricidio por la cual cada nuevo sultán, al subir al trono, podía matar a todos sus hermanos para evitar peleas por el trono. Mehmet I hacía estrangular con cordones de seda a sus hermanos pequeños para que éstos no pudiesen un día conspirar para arrebatarle el trono, pero el caso más famoso fue la masacre ordenada por Mehmet III cuando en 1595 ejecutó a 19 de sus hermanos (varias favoritas embarazadas, por las dudas).

Mustafá, nieto de aquel sanguinario Mehmet III, padeció una mejor suerte. Se suponía que Mustafá estaba destinado a ser ejecutado cuando su hermano mayor, Ahmed I, llegó al trono en 1603, pero se salvó posiblemente porque Ahmed sentía algo de afecto por él, aunque más probablemente porque no había un heredero directo alternativo. Sin embargo, tampoco gozó de libertad, sino que fue encerrado durante los siguientes catorce años para evitar que, en contacto con el mundo exterior, pudiera conspirar para conseguir el trono. Como muchos otros gobernantes, Mustafá desarrolló un alto grado de paranoia (tal vez comprensible en la corte otomana), y ciertamente no tenía ningún deseo de gobernar. En 1617, al morir su hermano, el príncipe fue liberado de su “altin kafa” (“Jaula dorada”) para ser coronado sultán, al parecer, porque nadie podía ponerse de acuerdo sobre otro candidato.

Sin embargo, en la jaula dorada, donde vivió sometido a la soledad absoluta, Mustafá había perdido casi por completo la razón. Se dice que durante su reinado disfrutó haciendo bromas a los visires (gobernantes), quitándole sus turbantes o tirando de sus barbas. Otros gobernantes se han comportado de manera similar en la historia, pero han sido lo suficientemente fuertes como para salirse con la suya: en el caso de Mustafa, simplemente subrayó su incapacidad para gobernar. La corte perdió la paciencia muy pronto. Después de solo un año como sultán, Mustafá I fue derrocado por su sobrino Osman II, quien lo envió de nuevo a su encierro. Pero el nuevo sultán fue derrocado y asesinado en un golpe de palacio por los jenízaros, la guardia del palacio y Mustafa fue devuelto al trono apenas nueve meses después.

Este giro inesperado de los acontecimientos parece haber perturbado aún más la mente de Mustafa: convencido mismo de que Osman II todavía estaba vivo pero se escondía, pasaba horas buscándolo en armarios y rincones oscuros, profiriendo gritos sin sentido y maldiciones. Al final, Mustafa fue destituido del trono con el beneplácit de su madre, cuyo papel era fundamental en la corte, con la condición de que la vida de su hijo se salvara y, notablemente para la corte otomana, fue un verdadero alivio. Por orden de otro sobrino, el sultán Murad IV, Mustafá fue encerrado durante los siguientes dieciséis años hasta su muerte.

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