España

Los encantos de la reina Isabel Farnesio según el duque de Saint-Simon

Louis de Rouvroy, miembro de la corte de Luis XIV de Francia, conoció a la consorte de Felipe V durante su estancia en España entre los años 1721 y 1722.

El 25 de octubre de 1692, en el pequeño ducado italiano de Parma, nació la princesa que se convertiría en la reina de España más amada y odiada, a la vez. Se llamaba Isabel y era la nueva descendiente del antiguo y rico linaje de los Farnesio, que regía los diminutos pero poderosos ducados de Parma y Piancenza.

Niña privilegiada, Isabel Farnesio estaba destinada a una vida cómoda y despreocupada y nada parecía presagiar un futuro prominente hasta que llegaron las noticias desde España. María Luisa Gabriela de Saboya, otra princesa italiana y esposa del joven rey Felipe V, había muerto y los cortesanos ya buscaban una reina sustituta.

Muy amada por su esposo y por el pueblo, María Luisa Gabriela era una reina difícil de remplazar, ya que se había ganado el respeto de todos los españoles. Convencer a Felipe V, sin embargo, de que la hija de los duques de Parma era una buena candidata sería incluso más fácil que convencer a la influyente Marie-Anne de La Tremouille, princesa de los Ursinos, que había sido camarera mayor de la fallecida reina y era una poderosa consejera del rey.

Para lograr convencer a la princesa de los Ursinos de la conveniencia de la candidatura de la princesa Isabel, fue primordial la tarea del abate Alberoni, emisario del duque de Parma en Madrid, que la presentó como una joven hermosa, dócil e inexperta. Le aseguró a Ursinos que la nueva reina, más acostumbrada a las labores de costura, no interferiría en absoluto en los asuntos de gobierno y, por supuesto, no la eclipsaría.

Asunto cerrado: una vez que la princesa de los Ursinos dio el visto bueno, Felipe V aceptó el destino. La boda se celebró muy pronto y el rey de los españoles se creyó enamorado, encandilado, hechizado por la esposa que le habían elegido, al punto que se hizo inseparable. Según contaron los testigos presenciales, Felipe V no dejaba a su esposa ni a sol ni a sombra y parecía haber olvidado la dulzura de María Luisa Gabriela.

Uno de los testigos privilegiados del paso de Isabel Farnesio por el trono de España fue el duque de Saint-Simon (1675-1755), un cortesano. Louis de Rouvroy -tal era el nombre del duque de Saint-Simon- conoció a la reina Isabel durante su estancia en España entre los años 1721 y 1722, con ocasión de encabezar una embajada extraordinaria ante la corte de Madrid, con motivo de la boda de Luis XV con la princesa española María Ana Victoria.

El duque se tomó su trabajo muy en serio, y con notable detallismo, escribió sobre la vida y las personas de la corte borbónica madrileña y dejó un interesante retrato de la soberana:

“La reina me sorprendió por su rostro marcado, señalado, muy desfigurado por la viruela, con el vestido español de entonces para las damas, completamente diferente del antiguo, inventado por la princesa de los Ursinos, y tan favorecedor para las damas jóvenes y con buen tipo como difícil para otras, cuya edad y talla dejan ver todos los defectos.

“La reina era redondeada, todavía delgada, con un cuello y unos hombros bellos, bien hecha, bastante llena y muy blanca, tanto los brazos como las manos; el talle bajo, bien marcado, los costados largos, extremadamente fina y menuda en los brazos, un poco más alta de la media; con un ligero acento italiano, hablaba muy bien el francés, con buenos términos, elegidos pero sin buscarlos, la voz y la pronunciación muy agradables.

“Una gracia encantadora, permanente, natural, sin el más ligero amaneramiento, acompañaba sus palabras y sus silencios. Reunía un aire de bondad, de educación, con equilibrio y mesura, frecuentemente con una amable familiaridad. Tiene un aire de grandeza y de majestad que no la abandonan nunca. De esta combinación resultaba que, cuando se tenía el honor de verla con alguna intimidad, pero siempre en presencia del rey, como diré, uno se encontraba muy a gusto con ella, sin poder olvidar quién era ella, y uno se acostumbraba muy pronto a su rostro. En efecto, después de haberla visto durante un momento, se concluía fácilmente que tenía belleza y gracia, y que una viruela cruel no había podido borrarlos”.

El duque de Saint-Simon no olvidó incluir en sus memorias algunos detalles más íntimos de la pareja real:

“El rey y la reina sólo tienen para los dos las mismas habitaciones; los mismos aposentos para el mismo uso, la misma mesa para todo lo que quieren hacer y nunca sino para actos cortos, raros, indispensables; sus audiencias las celebran juntos, y para decirlo todo, tienen sus sillas agujereadas en el mismo sitio. Casi no salen uno sin el otro; van a los mismos sitios, y en viaje o en paseo siempre juntos y en una gran carroza. (…) Comen también frente a frente mañana y tarde. El príncipe (de Asturias) ha comido con ellos cinco o seis veces en su vida por azares de viaje y nadie más ha sido admitido a su mesa.

Duermen en la misma cama y les ha sucedido verse atacados de fiebre a la vez sin haberlos podido convencer de que se separaran, aun haciendo llevar otra cama al lado de la suya. En la que los he visto, no tiene ni cuatro pies de anda, con columnas y muy baja. Hace cinco años el rey estuvo enfermo varios meses, y la reina durmió siempre con él durante su enfermedad. Lo mismo ocurre cuando la reina da a luz, y en cualquier otra ocasión. Con la difunta reina, sólo dejó de dormir dos días antes de su muerte. (…)

“Insensible a todas las inclemencias: aire, frío y calor, (el rey) exige a los demás las mismas fuerzas para soportarlos inútilmente, hasta la reina, aun cuando se halle indispuesta, embarazada o recién parida”, concluye Saint-Simon, quien agrega que en cierta ocasión, cuando el monarca ya estaba sumido en la demencia, decidía dormir con las ventanas de su habitación abiertas en pleno invierno. Si la reina Isabel se quejaba del frío, Felipe V ordenaba majestuosamente: “Que cierren media ventana para la reina y que dejen abierta otra media ventana para mi”.

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