Gran Bretaña

La triste vida de “convento” de las hijas de Jorge III de Inglaterra

Se dice que el “Rey Loco” de Inglaterra estallaba en llanto, muchas veces violentamente, cuando se planteaba la idea del compromiso matrimonial de alguna de las princesas. Algunas nunca conocieron el amor…

El rey Jorge III de Inglaterra venía de una familia rota emocional y sentimentalmente. El palacio había sido un caos durante toda su niñez, con la corte dividida y enfrentada al igual que su familia. Por eso, cuando ascendió al trono a los 17 años de edad, decidió que no quería repetir la historia y se propuso fundar una familia real pacífica, tranquila y ejemplar.

La amada esposa de Jorge, Carlota de Mecklemburg-Strelitz, fue muy cuidadosa en su preocupación por el bienestar y la educación de sus quince hijos, aunque fue muy estricta y menos cariñosa que el rey. Ambos compartieron además el dolor por terrible pérdida de varios de sus hijos cuando todavía eran niños. Su hijo de dos años, Alfredo, murió en 1782, mientras el príncipe Octavio, murió a los cuatro años después de una inoculación de viruela. Finalmente, la muerte de su hija menor, Amelia, a los 21 años, aceleró la caída final de Jorge III en la locura.

Jorge III y Carlota se alejaron de los fastos cortesanos y fundaron su familia en el campo. Un amigo de la familia dijo una vez: “Nunca vi a niños más adorables, ni tuve una visión tan agradable como la adoración que el rey sentía por ellas“. Sin embargo, los problemas estarían por llegar y en 1812, una nieta de la pareja, la princesa Isabel, escribió que sus abuelos habían fundado una familia muy particular: “Ninguna familia se compuso de gente tan extraña. Creo que han ocurrido cosas tan extraordinarias, que en cualquier otra familia, pública o privada no se habían visto antes“.

Mientras los hijos varones de Jorge III y Carlota se transformaron en personajes desagradables, vulgares y mujeriegos, y escaparon de la restricción doméstica simplemente porque sus padres no los soportaban, las princesas quedaron atrapadas en palacio sufriendo abatimiento y frustración. En palabras de una sobrina, las princesas pasaron los treinta años convertidas en “un grupo de viejas doncellas”. Jorge III se desvivía por sus hijas, pero de un modo excesivo, como explicó la princesa Sofía: “Es todo afecto y bondad para mí, pero a veces es un exceso de amabilidad si puedes entender eso, lo cual me alarma mucho”.

Las princesas Augusta, Isabel y Carlota.

Según la historiadora Antonia Fraser, la vida en la corte era muy seria y formal, lo que colmaría de aburrimiento la vida de las jóvenes princesas. Cuando Jorge III entraba en una sala, sus hijas tenían que levantarse, mantenerse en silencio hasta que se dirigiese a ellas y no podían salir sin autorización. Hablar durante la comida era impensable, relacionarse con gente de su edad una abominación, y cuando crecieron tuvieron que ser testigos de los violentos ataques de locura que consumieron la vida de su padre.

Las hijas de Jorge III también padecieron la desgracia de la soltería y las que no tuvieron la suerte de casarse a edad temprana, debieron que esperar hasta que su padre estuviera completamente loco para obtener un poco libertad. Constantemente vigiladas, las princesas afirmaban que habían vivido en un verdadero convento: “Estamos como hemos estado durante los últimos 20 años de nuestras vidas”, escribió Isabel en 1806, “como siempre, ya sabes… vegetando”.

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La reina Carlota sometió a sus hijas de una severa disciplina, que hizo decir a una de ellas que vivían en un “convento“. Las princesas usaban vestidos hechos en el campo al ser más baratos y debieron aprender a remendarlos. También fueron educadas como amas de casa y la mayor parte del tiempo estaban al servicio de sus propios padres. Además, fueron educadas en modales, música, danza y artes, y su madre se aseguró de que también aprendieran inglés, francés, alemán, geografía y de que tuvieran institutrices muy cultivadas.

Cuando la enfermedad mental del rey se hizo más fuerte y difícil de controlar, la reina se aferró más estrechamente a sus hijas, a quienes ella acompañaba y vigilaba obsesivamente, evitando que se mezclaran en la sociedad, ante el miedo de perderlas. Las tres princesas menores, María, Sofía y Amelia, tuvieron la suerte de no ser sometidas a la misma vigilancia que sus hermanas mayores, y pasaban mucho tiempo lejos de sus padres, con quienes se comunicaban por carta.

Las princesa Sofía, Amelia y María.

Las tres princesas estaban consideradas unas niñas indómitas, como explica el pintor John Singleton Copley, que tenía mucha dificultad para pintarlas, ya que se negaban a quedarse quietas. En comparación con la formación cuidadosamente planeada de sus hermanas Carlota, Augusta e Isabel, la educación dada a estas las princesas más jóvenes fue bastante relajada, pero de todos modos estaban aisladas del mundo exterior.

Confinadas en palacio, lejos de la sociedad en general, las princesas formaron vínculos románticos con aquellos dentro de su círculo inmediato de asistentes, la única compañía masculina que los reyes no podían evitar. Se rumoreaba entonces que la princesa Augusta estaba “casada en secreto” con Sir Brent Spencer, aunque esto nunca fue públicamente reconocido o confirmado, mientras otros hablaban de los rumores de amores y relaciones con sirvientes y escuderos.

Por otra parte, a Jorge III siempre le molestó la idea de que sus hijas se casarán, por lo que se encargaba de ahuyentar a sus pretendientes y poner excusas cuando alguien pedía la mano de las princesas. Cuando no le quedaba otra opción, Jorge III decía a sus hijas que esperarán a que, primero, se casarán las mayores. La princesa Sofía una vez le escribió con amargura a su hermano, el príncipe de Gales, hablando del trato que recibían ella y sus hermanas: “Me pregunto si no preferirían meternos en una bolsa y ahogarnos en el Támesis”.

La princesa Carlota fue, a los 30 años, la primera que llegó al altar, pero lamentablemente era la más fea de las seis hijas de Jorge III, lo que complicó la búsqueda de esposo. Su hermana, Augusta, la definió así: “Ella es muy grande y voluminosa. Su rostro es muy ancho y gordo, lo que hace que sus rasgos parezcan bastante pequeños y distendidos. Pero lo que más llama la atención es que, al no llevar ni un poquito de corset, su estómago y su busto son algo extraordinario“.

Finalmente, tras un intento de matrimonio con el duque de Oldenburg y el príncipe heredero de Dinamarca, se encontró como mejor candidato al monstruoso futuro rey Federico II de Württemberg, hombre una década mayor que Carlota, separado tras un divorcio por infidelidad, padre de tres hijos, de más de dos metros de estatura y 220 kilos de peso. El novio, por supuesto, preocupaba a Jorge III, y solo después de insistentes gestiones diplomáticas aceptó dar el visto bueno. Aunque nunca pudo tener hijos, Carlota fue una buena madre para sus hijastros.

La princesa Augusta fue, según un testigo de su infancia, “la niña más hermosa que he visto”, pero su padre no quiso que el mundo disfrutara de su belleza. Cuando el príncipe heredero danés se fijó en Augusta y solicitó casarse con la joven, Jorge III lo rechazó violentamente, recordando el maltrato al que habían sometido a su hermana en Dinamarca.

Otro pretendiente de Augusta fue Federico Adolfo de Suecia, quien recibió una poco amable negativa real y nunca le explicaron por qué. “No puedo negar que nunca he deseado ver a ninguna de ellas casarse: soy feliz en su compañía y no quiero en absoluto una separación“, reflexionó el rey, que en su etapa de demencia lloraba al notar la ausencia de una de sus hijas. De esta forma, la pobre Augusta quedó solterona y murió en 1840, durante el reinado de su sobrina, la reina Victoria.

La desdichada princesa María tenía más de cuarenta años cuando se casó con su primo hermano, el duque de Gloucester. Su padre la había retenido en casa, pero ahora que estaba demente su hermano, el príncipe regente Jorge, que la quería mucho, le dio el permiso para casarse.

La princesa del destino más triste fue Sofía, de quien se dice que fue violada por su hermano Ernesto Augusto en reiteradas ocasiones, un hecho que habría sido silenciado al máximo por la corte. Debido a que el príncipe era uno de los hombres más detestados de la familia real, muchos argumentan que esto podría haber sido una falsa campaña contra él.

Sin embargo, muchos cortesanos estaban entonces seguros que el príncipe Ernesto Augusto estaba “obsesionado” con su hermana pequeña, quien era muy hermosa, y todos sabían que era muy capaz de hacer algo tan vil; en efecto, había sido sospechoso de violación de otras mujeres mientras servía en el ejército.

También todavía se afirma con fuerza que la princesa Sofía mantuvo una relación con el mayor general Thomas Garth, un “horrible viejo demonio” que servía a Jorge III. Aunque Garth era 33 años mayor que Sofía, ella creía haberse enamorado de él y una dama de honor que presenció sus interacciones escribió que “la princesa estaba tan enamorada de él que todos lo veían. Ella no podía contenerse en su presencia“. Fruto de esta pasión habría nacido en 1800 un bebé dado en adopción a una pareja de sastres en Weymout.

Cuando el niño tenía alrededor de cuatro años, el mayor general Garth lo adoptó y lo llevó a Londres. Según contó Lord Glenbervie, la existencia del bebé era una especie de secreto a voces en la corte y afirmó que incluso la reina Carlota sabía de su existencia. Algunos aseguran, sin embargo, que el padre era el desagradable Ernesto Augusto y que Garth, enamorado de la princesa, había admitido falsamente la responsabilidad.

María fue la primera y única hija de Jorge III que llegó a ser fotografiada (1856)

Cuando la reina Carlota y Jorge III murieron, en 1818 y 1820, respectivamente, la princesa Sofía se vio técnicamente libre de hacer lo que quisiera y su hermano, Jorge IV, se ofreció a buscarle un esposo. Sin embargo, ella decidió que era demasiado mayor para casarse en ese momento. En verdad, los rumores persistentes de su hijo adoptivo con Garth habrían frustrado cualquier intento de una unión real, y Garth no era considerado de rango suficiente para pedirle su mano. Además, se creía que Sofía, emocionalmente vulnerable, era demasiado poco mundana para manejar sus propios asuntos o su propia casa.

Con el paso del tiempo, Sofía se encerró cada vez más al mundo exterior. Habiendo quedado ciega a fines de la década de 1830, la anciana princesa dependió de la protección de su sobrina, la futura reina Victoria. Convertida en reina en 1837, Victoria fue muy amable con su anciana tía, a quien instaló en el Palacio de Kensington. La madre de Victoria, la duquesa de Kent, sin embargo, despreciaba a Sofía debido a su “pasado” y porque Sofía era considerada una espía del secretario de Victoria, el feroz y ambicioso Sir John Conroy. Una historia que merece un capítulo aparte.

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Menos conocida es la relación de la princesa Amelia con el cortesano Charles Fitzroy. Ella era la más pequeña de las princesas y nunca había gozado de buena salud, y a lo largo de su vida, a menudo estuvo postrada en la cama con varias enfermedades, incluida la tuberculosis, que con el tiempo resultaría fatal.

Las cartas entre Amelia y Fitzroy todavía se conservan y en ellas la princesa se describe a sí misma como su “esposa”, y fantasea con los muebles que comprarán juntos cuando establezcan su hogar como un matrimonio, algo que jamás podría haber ocurrido. Las letras están firmadas como “AFR” -Amelia Fitzroy-. A su muerte, la joven entregó sus pertenencias a Fitzroy y el corazón roto a sus padres.

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