Asia & Oriente Medio

Esplendor y ocaso de la dinastía Pahlevi, a 40 años de la Revolución en Irán

Estricto, imbuido por su “divinidad”, profundamente introvertido, e incapaz de cualquier autocrítica, el último shah no pudo adaptarse a los tiempos que corrían.

Miles de iraníes celebraron en Teherán, este lunes, el 40 aniversario de la Revolución Islámica, que encumbró al Ayatollah Ruhollah Jomenei al poder. Venerado y luego condenado por los suyos, instrumentalizado y luego abandonado por los estadounidenses, el último sah de Irán se encontraba el 11 de febrero de 1979 en el exilio después de 37 años de reinado. No sobrevivió a su obsesión de convertirse en el Darío de los tiempos modernos.

El shah Mohammed Reza Pahlevi, que soñaba con convertir a su país en la quinta potencia mundial del año 2000, moriría en El Cairo, apátrida, quebrado y solo, el 27 de julio de 1980 a causa de un cáncer, después de 18 meses de una huida que le acercó a su tierra natal, inmersa en ese momento en una revolución. Para entonces, los iraníes había eliminado todo rastro de la monarquía Pahlevi, sus estatuas, sus palacios, sus obras, sus fotos…

Menos de dos años antes, el multimillonario shah era uno de los últimos autócratas por derecho divino, que se reivindicaba heredero de los emperadores persas. Reza Palhevi recibía a los dirigentes del mundo entero con mirada autoritaria y uniforme napoleónico, mandaba a construir bases navales ultrasofisticadas, abría centrales nucleares en el desierto, invertía petrodólares en el extranjero, mientras que los campesinos besaban sus zapatos y los cortesanos su mano.

Sin embargo, durante su ascenso al Trono del Pavo Real en 1941, el joven shah era solo un “pequeño rey” de 21 años, propulsado a la cabeza de un país dividido por las grandes potencias que impusieron a su padre la abdicación y el exilio. El tímido príncipe Mohammed, nacido el 26 de octubre de 1919, educado en Ginebra y nombrado coronel en el ejército imperial a los 12 años, estaba atormentado por el temor de ser inferior a su padre, el shah Reza Khan Palhevi, un miserable soldado convertido en un rey reformador y autócrata.

El sha asumió un poder autocrático en 1953, en medio de un caos político. El primer ministro liberal Mohammad Mossadegh trató de nacionalizar la industria petrolera iraní y los británicos se afanaron por preservar su control de los campos petroleros de Irán y la refinería de Abadan, que era por entonces la más grande del mundo. Estados Unidos, por su parte, temía que aumentase la influencia de Rusia en Irán.

En este contexto se produjo un golpe apoyado por la CIA contra Maossadegh. Documentos desclasificados indican que la CIA se ufanó de que tenía en el bolsillo a los dos principales funcionarios del aparato de seguridad y expresó su esperanza en poder usar “la fuerte influencia del clero” de esa nación chiíta para impulsar el golpe.

El complot de Occidente se dio cuenta de que uno de los principales obstáculos era el propio shah. “Le costaba tomar decisiones, lo que combinado con su tendencia a interferir en la vida política ha sido por momentos una influencia negativa”, señaló la embajada estadounidense en Teherán en febrero de 1953. Al final de cuentas, su hermana melliza, la princesa Ashraf, y un general estadounidense lo convencieron de plegarse al golpe.

Irán era entonces un mercado colosal donde se mezclaban rosas y petróleo, miseria y fastuosidad. El autócrata reinó de manera absoluta sobre desiertos llenos de petróleo y de gas. Pahlevi dominaba la región y su ejército, el más fuerte de Oriente Medio, era el “gendarme”. Con la reina Soraya Ezfandiary, su segunda esposa con un físico que recordaba a Ava Gardner, de la que se divorció por la imposibilidad de concebir un heredero, el shah viajó mucho. Aliado destacado de los estadounidenses, se acercó progresivamente a la URSS y a China, y cuando alcanzó una asociación económica con Europa, en particular con Francia, Estados Unidos pensó en derrocarlo.

Entonces, el comportamiento del shah Pahlevi empezó a crear preocupación. Desarrolló una megalomanía alimentada en secreto por el sueño legendario de imitar a los aqueménidas, los conquistadores persas del siglo V a.C. Como había hecho Napoléon, Reza Palhevi se coronó a sí mismo en 1967 y colocó sobre la cabeza de su tercera esposa, la reina Farah Diba, una corona engarzada con esmeraldas del tamaño de un huevo. Más tarde, celebró en Persépolis, con un lujo inaudito, los 2.500 años de la monarquía persa.

El contacto directo con sus súbditos era casi nulo. El monarca se desplazaba en helicóptero y asistía a los desfiles y actos públicos dentro de una urna de cristal a prueba de balas, para evitar atentados tras varias tentativas fallidas de acabar con su vida. En una de sus últimas controvertidas excentricidades, suprimió el calendario islámico e impuso el “imperial”, cuyo año 1 partía de la conquista de Ciro de Babilonia y su coronación como emperador.

En el plano interno, el último shah creó un partido único y sofocó la resistencia gracias a la “savak”, su temible policía secreta. Los intelectuales fueron silenciados y los mulás chiitas se organizaron en oposición, alimentada desde Irak por el ayatolá Jomeini. Paralelamente, los juegos de la corte y las fastuosas recepciones continuaron como si nada hasta que en 1978, las provincias y después Teherán se rebelaron. En los últimos meses se quedó sin energía ante una oposición que en el pasado habría reprimido.

“El régimen del shah fue una sucesión de errores y aciertos, sin que pueda decirse si fue un completo desatino o un prodigio. Algunos de los pregonados avances del desarrollo económico del país fueron realmente importantes; otros se quedaron en más modestos, cuando no en superficiales. Los fracasos más sonoros los cosechó, sin embargo, en el terreno de la política: al shah ni se le pasó por la cabeza la idea de reinstaurar un gobierno representativos y, en cuanto a la disidencia, no encontró mejor remedio que la represión”, resume el historiador Michael Axworthy.

Algo que podría ser consecuencia de su cáncer o de que los estadounidenses lo consideraran ya demasiado desacreditado, prefiriendo a los islamistas para contener a los rusos. Su séquito consideró más tarde que, rígido, imbuido por su “divinidad”, profundamente introvertido, e incapaz de cualquier autocrítica, no pudo adaptarse.

Al agravarse la crisis, el sha se mostró pasivo y tomó decisiones equivocadas al tiempo que combatía un cáncer que terminó costándole la vida. “Como dijo un diplomático, fue un verdadero Hamlet por su indecisión”, comentó Abbas MIlani, profesor de la Universidad de Stanford que escribió un libro sobre el monarca. “Shakespeare dijo que hay gente que llega a ser grande, y otra a la que la grandeza les cae de arriba. A él le tiraron el reino encima”.

Vencido, el último sah de Irán huyó de Teherán el 16 de enero de 1979 y la familia imperial estuvo viviendo en diversos países: Marruecos, Bahamas, Ecuador, México, Estados Unidos, Panamá y finalmente Egipto, donde fueron recibidos por el presidente Anwar el-Sadat.

El shah murió un año después en El Cairo y fue enterrado en la misma mezquita donde reposan los restos de otro rey depuesto: su antiguo cuñado, el rey Faruk de Egipto. A título personal asistieron al funeral el ex presidente Nixon y Constantino de Grecia, ambos amigos del shah.

La familia imperial vagó por Europa durante años y se mantuvo gracias a la solidaridad de algunos pocos aliados políticos que no les dieron la espalda. La emperatriz viuda, Farah, primera y última mujer coronada en Persia, soportó un exilio duro y el suicidio de sus dos hijos pequeños, la princesa Leila y el príncipe Ali, ambos víctimas de la depresión.

BODAS DE CUENTO

El último shah se casó en tres ocasiones. La primera boda fue en el año 1939 y de la mano de la princesa Fawzia de Egipto (1921-2013), que era hija del rey Fuad I. Fruto de este matrimonio fue el nacimiento de la princesa Shahnaz Pahlavi, nacida el 27 de octubre de 1940. El divorcio se produjo en 1948. El segundo enlace tuvo lugar en 1951 y el shah contrajo matrimonio con Soraya Esfandiary (1932-2001), que era la hija de Khalil Khan Esfandiary-Bakkhtiari, el titular de la embajada de Irán en la República Federal Alemana.

La unión se mantuvo durante siete años y el divorcio se consumó oficialmente debido a la supuesta infertilidad de la reina, a la que se le otorgó el tratamiento de Alteza Imperial Princesa Soraya del Irán. Su tercera esposa, con la que se casó en 1959, fue Farah Diba, quien era hija de Sohrab Diba, capitán del Ejército Imperial iraní y de Farideh Ghotbi, veinte años más joven que el shah.

La reina se convirtió en Shahbanou y le dio al mandatario cuatro hijos: Reza Ciro Pahlavi, que nació el 31 de octubre de 1960; Yasmin Farahnaz Pahlavi, nacida el 12 de marzo de 1963; Alí Reza Pahlavi, que vino al mundo el 28 de abril de 1966 y que se suicidó en su residencia de Boston (EEUU) el 4 de enero del 2011, y Leila Pahlavi, quien también se quitó la vida en 2001, cuando solo tenía 31 años en un hotel de Londres.

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