España

Entre el lujo y la escasez: vida y muerte de Carlos IV y María Luisa en el exilio

Hace 200 años, en enero de 1819, los controvertidos reyes Carlos IV y María Luisa de España murieron en Roma, tras cinco años en los que disfrutaron de los placeres y los aprietos del exilio. María Luisa, nacida princesa de Parma, murió el 2 de enero de pulmonía, y su viudo sobrevivió apenas diecisiete días, muriendo a causa de la gota.

El que fuera rey entre 1788 y su abdicación 1808 había pasado los últimos cinco años de su vida en Italia y según el relato de un contemporáneo, era “un anciano alto y hermoso paralizado a causa de la gota; un hombre bueno y honrado, sencillo, ignorante y resignado con su destino”. El mismo testigo dijo escuetamente que la reina era simplemente “pequeña y fea”.

En 1808 Napoleón había dispuesto el traslado de los monarcas al palacio de Compiègne, a 80 km al norte de París, pero el Rey solicitó establecerse en Niza, pues el clima de la Picardía acentuaba los sufrimientos causados por la gota que le aquejaba desde hacía años. Allí, los monarcas exiliados -y su favorito, Manuel de Godoy- tuvieron una corte de 200 personas a su servicio.

Los reyes llevaron una vida tranquila. En Compiègne las mayores ocupaciones de Carlos IV consistían en comer como un rey, repartir limosnas y dispensar favores a sus sirvientes. Más tarde se mudaron a Marsella, donde además de salir a pasear, Carlos IV jugaba al ajedrez y tomaba clases de violín. Sin embargo, los pagos prometidos por Napoleón cesaron, y poco a poco tuvieron que enfrentar penurias económicas.

Junto a su esposa María Luisa, Carlos IV llevó una vida tranquila pero poco a poco fueron atravesando problemas económicos que obligaron a Godoy a vender caballos, recortar gastos y empeñar alhajas y plata (por valor de unos 300.000 francos). Desde entonces, “la corte de Carlos IV ha quedado a su suerte, sin la ayuda imperial prometida, y si recibe alguna atención de los franceses, será únicamente a cambio de dinero”, aseguraba la correspondencia de Napoleón.

El relato del Marqués de Villa-Urrutia

Carlos IV: “Un anciano alto y hermoso paralizado a causa de la gota; un hombre bueno y honrado, sencillo, ignorante y resignado con su destino”.

“La opinión que dejó Carlos IV en Marsella fue la de un hombre que no había nacido para gobernar una gran nación, pero que no tenía tacha en su vida privada. La pureza de sus costumbres no era propia de su siglo ni de su rango; era devoto, sin ser beato; ligeramente inclinado a encolerizarse, pero sin que le durara la incomodidad, sobre todo cuando intervenía la reina.

“Buen padre y excelente marido, realizaba el ideal de hombre honrado. Lo único que pudo echársele en cara fue el conservar un sentimiento demasiado vivo de su antigua grandeza, siendo escrupuloso observador de la etiqueta y atribuyendo una importancia grande a las formalidades protocolarias. Pero estas ni siquiera merecen el nombre de imperfecciones.

“Su bondad era grande y su caridad no tenía límites, porque creía que la limosna era deber de rey y de cristiano, y dábala por su propia mano, visitando a los pobres y socorriéndolos con largueza en sus necesidades.

“Todas las mañanas, después de un frugal desayuno, salía a pie con Godoy y se dirigía a los antiguos barrios habitados por la gente menesterosa y miserable que abunda en toda gran ciudad y entre la que distribuía sus limonsnas con conocimiento de causa y espíritu verdaderamente caritativo.

“A las doce volvía a casa y, sentándose a la mesa, daba rienda suelta a su formidable apetito en la segunda comida que los médicos le permitían. A la comida, seguía la siesta, y tras ella la lección de violín en la que demostraba más buena voluntad que disposición musical, o una partida de ajedrez o de tresillo.

Cuando llegaba la hora del paseo, salía con la reina en coche de gala, seguido de los funcionarios palatinos, y por el camino de Aix galopaban entre nubes de polvo durante una hora, al cabo de la cual se apeaban, daban unos cuantos paseos rodeados por los cortesanos y recibían los homenajes de las personas que les eran presentadas.

“A las diez en punto de la noche el rey se despedía de sus tertulianos. La reina se quedaba un rato más en el salón con sus damas y amigos. Esta era la vida de los reyes en Marsella”.

Los últimos días

María Luisa de Parma: “pequeña y fea”.

Tras vagar por varias ciudades francesas, los reyes lograron que Napoleón los trasladara al palacio Borghese de Roma, en 1812, y dos años después, tras la caída del emperador francés, se mudaron al palacio Barberini, donde pasaron el resto de su vida viviendo de la pensión que desde España les enviaba su hijo. Fernando VII, sin embargo, no les permitió regresar a la corte.

María Luisa murió en compañía de Godoy, con grandes dolores en las piernas y afectada por una pulmonía. “Amigo Godoy”, le escribió el rey… “No te puedes figurar cómo he quedado del terrible golpe de la pérdida de mi amada esposa, después de cincuenta y tres años de mi feliz matrimonio”.

Carlos IV sobrevivió apenas dos semanas, atormentado por la gota. Los cuerpos de los reyes fueron subidos a la fragata ‘Sirena’ de la Armada Real Napolitana y enviados a España acompañados por las joyas y el servicio de oro y plata del palacio Barberini, así como armas, libros, cuadros, un gran piano, tres violines, una viola y la imponente colección de relojes del rey. Las posesiones restantes se vendieron en Roma: 56 caballos, siete burras de leche, dos guacamayos y un papagayo.

Fernando VII honró a sus padres muertos como jamás los había honrado en vida.

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