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A sus 80 años, el príncipe Miguel de Grecia habló de su juventud y sus relaciones con la realeza

El príncipe Miguel de Grecia confesó haber sido “maravillosamente feliz” durante los años en los que la nación helénica fue una monarquía. “El rey Pablo y la reina Federica fueron increíblemente amables conmigo y me recibieron como a un niño”, contó el príncipe en una entrevista a la revista francesa Point de Vue. “El ambiente siempre ha sido cálido y hemos permanecido siempre conectados. Con mis primos Constantino, Sofía (reina de España) e Irene, nos vemos con frecuencia. Pero esta familia, que era tan numerosa en el pasado, es cada vez más pequeña”.

Miguel ofreció la entrevista con motivo de su cumpleaños 80 y la publicación de un libro de memorias titulado “Con o sin corona”. Hijo único del príncipe Cristóbal de Grecia y de su segunda esposa, la princesa francesa Francisca de Orleáns, la vida de Miguel es un reflejo de la historia monárquica griega. Es nieto del primer rey de los helenos, Jorge I, lo cual lo hace descendiente de los reyes daneses, y por su abuela desciende de los Romanov. Además de ser primo de la reina Sofía de España, es primo hermano del duque de Edimburgo, diecinueve años mayor que él.

Cristóbal de Grecia y Francisca de Orleáns con su hijo (Colección privada de Miguel de Grecia / PDV)

La infancia de Miguel de Grecia fue un tanto triste, ya que cuando sólo tenía un año murió su padre, trasladándose con su madre a vivir sucesivamente a la ciudad de Larache, en Marruecos, a Málaga, tras la Segunda Guerra Mundial y posteriormente a París. Cuando tenía 14 años, falleció también su madre, por lo que su familia entera se dedicó a cuidarlo. Quedó en Francia bajo la tutela del conde de París, pero pasaba largas temporadas en Atenas con la familia real griega, tanto es así que tras estudiar políticas en La Sorbona, se afincó en Grecia, sirviendo cuatro años en el Ejercito griego.

Miguel sobrevivió gracias a la generosidad de sus parientes reales europeos. “Ser hijo único y huérfano me hizo madurar rápidamente”, dijo a Point de Vue. “Pero estaba rodeado de personas hermosas como mi abuela Isabelle de Francia , a la vez terriblemente libre, poco convencional y dotada de un marco de valores y ética. Verla en persona me guiaba”. Otra persona importante en su vida fue su tío, el conde de París, fallecido en 1999: “Era una persona extremadamente complicada, perseguida por una gran cantidad de secretos”, contó el príncipe. “Siempre pensé que tenía un lado ‘Doctor Jekyll y Mister Hyde’. Conmigo, siempre fue de una gran generosidad, y a veces podía ser difícil. Él se encargó de mi entrenamiento con maestría”.

Con su primo, el rey Pablo de Grecia. Colección privada de Miguel de Grecia / PDV)

“Tenía 14 años cuando murió mi madre, y estaba confundido”, relató. “La familia del Conde y la condesa de París me permitieron recuperar un punto de apoyo. Me divertí como un loco en un ambiente lleno de vida, diversión y originalidad. Les debo mi muy feliz adolescencia. (…) “No teniendo padres ni hermano ni hermana, quise construir mi propia familia. Esto fue para mí lo esencial”, agregaba el príncipe, casado desde 1965 con la artista griega Marina Karella, padre de dos princesas y abuelo de varios niños.

A los 21 años, Miguel pisó suelo griego por primera vez: “Esta decisión siempre había sido tomada por mis educadores, el conde de París y el rey Pablo de Grecia, que era el jefe de mi familia. Terminaría mis estudios en Francia y viviría en Grecia, ya que era mi país, y participaría en la monarquía de la época. Había estado en Grecia antes, pero estaba bastante ansioso. Finalmente todo salió bien”, dijo el príncipe, que desde entonces comenzó a participar en las actividades reales. En 1964 comenzó a asistir a su primo, el joven Constantino II, en sus primeros pasos como rey de una Grecia que ya era políticamente complicada.

Miguel de Grecia cumplió 80 años el pasado 7 de enero (PDV)

En la entrevista el príncipe Miguel se refirió a la reina Isabel II de Inglaterra como “la mayor profesional del mundo”: “Ella le dio un brillo, una autenticidad y una verdad a su función, como nadie antes de ella. Si hay un respeto por la monarquía en el mundo de hoy, es en gran parte gracias a ella. Este glamour que respiraba ayuda a todos en este ‘negocio’. Ella conoce muy bien su país y su gente. Ella y mi primo el duque de Edimburgo forman una pareja perfecta”.

También recordó el momento en que conoció a la esposa del shah de Irán, Farah Pahlevi, durante los festejos por las bodas de plata de la reina Juliana y el príncipe Bernardo de Holanda en Amsterdam: “Se había invitado a toda la juventud real, incluida la joven reina de Irán, a la que nadie se atrevía a acercarse. Sabía que Farah había sido educada en Francia, así que me acerqué para invitarla a bailar y me dijo que al menos podía hablar con él”.

La boda de Miguel y Marina fue la última celebrada en el palacio real de Atenas durante la monarquía griega.

“Desde ese día, hemos sido muy amigos”, continuó relatando Miguel. “Ella es una mujer por la que tengo total respeto. El otro día le escribí y le dije: ‘Señora, ha habido muchas mujeres famosas en la historia, pero pocas grandes señoras, y usted es una de ellas’. La forma en que atravesó su trágico destino, ¡sin una palabra de amargura! La conocí en el apogeo de la gloria y en el exilio perseguido por todos, pero ella seguía siendo la misma”.

Recordando su época de príncipe en Grecia, dijo que uno de los viajes más interesantes que realizó fue el que lo llevó al Imperio de Etiopía: “El encuentro más impresionante fue con el Negus de Etiopía, un pequeño hombre de aura y majestuosidad incomparables, cuya leyenda dice que descendió del Rey Salomón y la Reina de Saba. Cortés, gran señor, fue fabuloso. Durante mi estancia en Addis Abeba, me sirvieron té en una taza con el escudo de armas de la duquesa de Aosta, la hermana de mi madre, que había sido virreina de Italia. Supongo que me meteré en problemas si le digo que soy el sobrino de los antiguos colonizadores que expulsó hace veinte años. Él me responde: ‘Ella hizo tanto por mi país, dile que le agradezco’. Francamente, ¡qué elegancia!”

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