Historias

Hace 100 años, una buena princesa salvó a la corona de Luxemburgo

La derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial provocó la caída en efecto dominó de todos los tronos existentes en ese Imperio, en 1918. Uno tras uno fueron perdiendo sus coronas reyes, príncipes soberanos, duques, grandes duques hasta llegar al mismísimo káiser, Guillermo II. Muchos pudieron llevar desde entonces una vida tranquila en sus propios palacios, otros tuvieron que emprender camino del exilio y algunos nunca superaron la tragedia, como el gran duque de Mecklemburg, que se suicidó.

Pero el tsunami revolucionario de posguerra no tocó solamente suelo alemán: provocó la caída de los poderosos imperios de Turquía, Rusia y Austria y estuvo a punto de acabar con una monarquía impensable, la del gran ducado de Luxemburgo, un país pequeño que parecía un grano de arena en la inmensidad del mar que era Europa. Pero Luxemburgo no era Rusia ni Austria, por lo que la caída de su monarquía, regida por la dinastía Nassau, hubiera pasado desapercibida. Los periódicos apenas dedicaron algún rincón para publicar un cable sobre lo sucedido en ese desconocido país.

Sucedió hace 100 años, en enero de 1919. El pequeño gran ducado que estuvo durante siglos ligado a Bélgica y Holanda ahora era gobernado por la dinastía Nassau, que había tomado las riendas del país apenas unos 30 años antes. En el momento de la Guerra, reinaba la gran duquesa María Adelaida, una mujer ultracatólica, devota pero autoritaria, que era la mayor y la más hermosa de las seis hijas del gran duque Guillermo IV y la gran duquesa María Ana.

Adelaida estuvo profundamente involucrada en la política de su país y desempeñó un papel clave en la gobernabilidad. Sin embargo, sus puntos de vista religiosos y conservadores la hicieron impopular con muchas personas debido a su influencia en su toma de decisiones políticas. Una vez que estalló la guerra en 1914, el reinado de Adelaida comenzó a desmoronarse, ya que los políticos la pusieron entre dos opciones: expulsar a los alemanes que entonces ocupaban su país y romper el estatus neutral de Luxemburgo o permitirles quedarse.

Cualquiera de las dos decisiones dejaría en ruinas la popularidad de la gran duquesa. Finalmente, decidió permitir que la ocupación alemana continuara y se volvió más bien amiga de los alemanes, lo que hizo que el pueblo luxemburgués se volviera contra ella. Algunos acusaron a Adelaida de haberle abierto las puertas a las tropas del káiser y de no haber hecho nada para salvaguardar la soberanía luxemburguesa, lo que dio lugar, una vez terminada la guerra, a intrigas políticas, luchas por el poder y violentas manifestaciones.

Para enero de 1919, no había manera de salvar el reinado de Adelaida, acusada de ser progermana, y los miembros del parlamento comenzaron a empujarla a que renunciara. La gota que rebalsó el vaso fue cuando un grupo de políticos liberales y socialistas declararon al país como una República, lo que llevó a un malestar generalizado. El 14 de enero, Adelaida abdicó, manifestando el deseo de retirarse de la vida pública para recluirse en un monasterio.

Le correspondió entonces reinar a su hermana, la princesa Carlota, pero la monarquía estaba tan golpeada que los políticos se opusieron a una sucesión inmediata y propusieron que fuera la ciudadanía quien decidiera si querían seguir siendo gobernados por la dinastía Nassau o declararse una república. Los políticos deseaban un presidente, pero lo veían difícil ante la personalidad nueva gran duquesa, que entonces tenía 23 años. Hermosa, cálida, sencilla y majestuosa, los luxemburgueses la querían mucho y su porte contrastaba con la arruinada Adelaida.

El resultado de la votación, celebrada el 28 de septiembre, fue de 66.811 votos a favor de la monarquía (casi 80 por ciento) frente a 16.885 partidarios de la opción republicana. Desde entonces, se dice en Luxemburgo que la monarquía se salvó gracias a Carlota. María Adelaida marchó al exilio a recluirse en un monasterio italiano, donde adoptó el nombre de Sor María de los Pobres y donde murió de gripe en 1924.

El apoyo refrendado por las urnas y su propia acción política a partir de ese momento consolidaron la posición de Carlota, quien reinó durante los siguientes 46 años. En la Segunda Guerra Mundial, se erigió como un faro de esperanza para su pueblo a través de sus transmisiones radiales que hacía desde Inglaterra y en tiempos de paz, respetó a rajatabla el constitucionalismo de un país considerado demócrata.

La inteligencia, el encanto y la dedicación de la gran duquesa a sus deberes reales la convirtieron en un símbolo de un país ampliamente admirado por su prosperidad, alto nivel de vida y legislación social con visión de futuro. El primer ministro Jacques Santer dijo que Carlota fue “una gran dama que entró en la historia por preservar, liderar, fortalecer e inspirar a nuestro país”, mientras uno de sus antecesores dijo fue “la madre de todos nosotros”. En 1964, a sus 70 años, cedió el trono a su hijo, el gran duque Juan y murió en 1985 en el castillo de Fischbach, a unos 24 kilómetros de la capital de esta nación. Hoy, su nieto, el gran duque Enrique, reina en Luxemburgo.

Lea aquí sobre el gran duque Juan de Luxemburgo.

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