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Hace 40 años, el último Shah de Irán abandonaba su milenario imperio

El 16 de enero de 1979, el emperador Mohammad Reza Pahlavi abandonó Irán para siempre, terminando así con 2.500 años de monarquía. Tras catorce meses en los que el caos, la violencia y las protestas reinaron en las calles de todas las ciudades de su imperio, el “shah” decidió abandonar su país, sin abdicar al trono, con la esperanza de que se apaciguara la situación. Fue el final de un reinado de casi cuatro décadas y un momento crucial en la Revolución que instaló una república islámica y sacudió Oriente Medio.

Aunque ascendió al trono en 1941 después de que su padre fuera obligado a abdicar, el joven e inseguro monarca no ganó autoridad real hasta 1953, cuando un golpe apoyado por la CIA eliminó a su popular primer ministro, Mohammad Mossadegh, que estaba tratando de nacionalizar el petróleo del país. Repleto de “petrodólares”, el emperador se convirtió en uno de los mejores clientes de la industria de defensa de los Estados Unidos y en un baluarte contra la influencia soviética, pero sus reformas inspiradas en Occidente provocaron un cambio social tumultuoso que enfureció al clero, mientras que su consolidación del poder y la brutal policía secreta le valieron la reputación de tirano.

La oposición al shah y el aura de corrupción en torno a la élite tehrani reunió a una coalición de derecha, poco probable pero poderosa, y a estudiantes de izquierda motivados por movimientos anticoloniales en todo el mundo. El poder imperial empezó a desmoronarse en enero de 1978, el periódico “Etelat” recibió la orden de publicar un artículo considerado insultante para Jomeini. Las manifestaciones de los estudiantes de teología fueron aplastadas violentamente y los funerales de las víctimas provocaron un ciclo de nuevas protestas y represión. Los disturbios aumentaron hasta finales 1978.

Con lágrimas en los ojos, el que fuera “shah-an-shah” (rey de reyes) y su esposa, la emperatriz Farah, salieron de Teherán el martes 16 a las 9.45 de la mañana para un viaje desde el cual jamás regresarían. Varias horas antes, durante la noche, el parlamento había votado como primer ministro a Shapour Bakhtiar, que ahora tenía el poder en sus manos, pero muchos se preguntaban por cuánto tiempo sería capaz de sostenerlo. Semanas después, asumiría el poder el líder revolucionario, el ‘ayatollah’ Ruhollah Jomeini.

“ME SIENTO CANSADO”

“Me siento exhausto y necesito un descanso” había comunicado en un simple mensaje dirigido a sus súbditos en el que daba un voto de confianza al gobierno de Bakhtiar, afirmando que confiaba en que “corrigiera los errores del pasado y consolidara el futuro”. El shah insistió en que su exilio no era definitivo, sino tan sólo unas vacaciones, pero la realidad era diferente: Reza Phalevi padecía un severo cáncer linfático contra el que luchaba en secreto y que acabaría con su vida tan sólo un año después ya en El Cairo.

Estoy muy cansado“, repitió el soberano, antes de abordar el “Shahin”, un Boeing 707 azul cielo y blanco que él mismo piloteaba. A las 13.30, el avión aterrizó en Asuán, en el Alto Egipto, donde la pareja imperial fue recibida por el presidente egipcio Anwar Sadat antes de partir a los Estados Unidos después de una breve parada en Europa. Se trataba de la segunda vez que el shah, coronado en 1941, emprendía camino al exilio por motivos políticos pero muchos sabían que esta vez sería la definitiva. Sin dudas era el fin de lo que muchos veían como una monarquía prooccidental, megalómana y elitista.

Las únicas personas que acompañaron al emperador al aeropuerto de Teherán, custodiadas por un importante contingente de soldados, eran figuras cercanas a la corte, algunos oficiales militares y el primer ministro, flanqueado por los oradores de ambas cámaras del parlamento. Una breve conferencia de prensa que el propio “Rey de reyes” debía celebrar antes de partir se canceló en el último momento. Antes de subir a la pasarela, el shah, vestido con un traje azul, dijo: “Lo que ahora necesita el país es la cooperación entre todos sus habitantes para volver a encarrilar la economía”. La emperatriz Farah Diba agregó con voz temblorosa que ella creía en su país.

Cuando el avión desapareció en el cielo gris, un ayudante de campo dijo que se trataba de una batalla perdida, “pero la guerra no ha terminado”. En Teherán, como en el resto de Irán, sin embargo, la partida del shah, anunciada en la radio, significó su derrota definitiva. “¡El shah se ha ido, viva Jomeini!”, gritaban miles de manifestantes, quienes inmediatamente corrieron a las calles de la capital mientras las bocinas de los coches sonaban encantadas. Los soldados apostados en edificios oficiales, palacios imperiales e intersecciones estratégicas de Teherán, con un clavel rojo a veces en sus armas, observaron con calma la explosión de alegría.

¡LA DICTADURA HA CAÍDO!

Al caer la noche, calles de Teherán seguían inundadas por una oleada de júbilo: “¡La dictadura ha caído!” La alegría desbordada alcanzaba incluso a las mujeres, que, presas de un exaltado delirio, bailaban enloquecidas perdiendo incluso sus velos. Cientos de jóvenes recortaban con tijeras la efigie del emperador de los billetes de cien reales mientras los sacerdotes islámicos agradecían rezando en las mezquitas su marcha. Cientos de personas coreaban la frase “¡El Sha se ha ido! ¡Fuera el Sha!” y un gran grupo, más numeroso y violento, destruyó palacios reales y hasta el mausoleo del padre del shah, el emperador Reza Khan Pahlevi.

Mientras tanto, desde su residencia en Neauphle-le-Chateau, cerca de París, el más feroz oponente de la dinastía Pahlavi, el ayatollah Jomeini, felicitó al pueblo iraní por “este primer paso” hacia la “victoria”. Pero esa victoria, agregó el líder chií, no residía en el derrocamiento de un emperador pro-occidental, sino en el final de la dominación extranjera de Irán. Llamó “en este momento histórico” al pueblo y al ejército iraní para evitar todos los intentos de perturbar la economía y prometió regresar su país, de donde fue exiliado durante 15 años, “a su debido tiempo”. Para la que fue la primera y última emperatriz de Irán, las cosas no iban a mejorar: “Jomeini abrió la puerta del infierno”.

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