Gran Bretaña

La muerte de Alberto Víctor, el príncipe que estaba destinado a ser rey en el siglo XX

A la reina Victoria de Gran Bretaña, ya mayor, viuda y amargada, no le gustó nada cuando su hijo, el príncipe de Gales, bautizó a su primer hijo con los nombres de Alberto Víctor en 1864. Aquel niño, nacido en enero de ese año, estaba destinado a rey en el prometedor siglo XX.

La soberana, que después de casi veinticinco años todavía llevaba luto por su “amado ángel”, creía que nadie merecía llamarse Alberto. Pero cuando le recordaron a Victoria que el bebé estaba destinado a ser rey, se alegró: por fin habría un “Rey Alberto” en la monarquía inglesa, y aquello le parecía un homenaje muy apropiado a su finado esposo. Cuando creció se le regaló el título de Duque de Clarence y se le buscó una novia apropiada.

Pero Alberto Víctor (apodado “Eddy”) no tenía el futuro asegurado. De todos los hijos del príncipe y la princesa de Gales, fue el menos ilustrado: no le interesaba nada, solamente el cognac, los cigarrillos caros, y las mujeres de bajas categorías. Cuando se lo enviaba al extranjero para conocer el Imperio, con la idea de que asumiera su responsabilidad, regresaba a Londres enfermo porque había dado rienda suelta a sus instintos en cada puerto. Su abuela creía que era “un joven bueno y sencillo” e hizo oídos sordos a los rumores sobre su vida disipada. 

Los burdeles para homosexuales de Londres se acostumbraron a verlo como cliente, borracho y protagonista de peleas. Las prostitutas del West End se peleaban por complacer al príncipe, que salía de incógnito pero no podía disimular su dinero. “Prefería francamente el placer a cualquier forma de trabajo”, escribió su biógrafo.

Cuando tenía veinte años, Eddy era un hombre arruinado. Padecía graves ataques de gota y se dice que contrajo todas las enfermedades venéreas conocidas en su época. En el invierno de 1892, poco después de que sus padres organizaran su compromiso matrimonial con una princesa de cuna inglesa, las defensas de Eddy colapsaron. Su madre, la princesa Alejandra, veló día y noche junto a su moribundo hijo mayor hasta que murió. Antes de morir el 14 de enero de 1893, a los 28 años, se disculpó con sus padres por haberles causado tantos problemas.

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