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La joya mágica y empeñada: la apasionante historia de la corona de los reyes de Hungría

Un 30 de noviembre, pero de 1916, Hungría presenció la coronación del último de sus reyes. Aquel día, la santa corona de oro de San Esteban -en húngaro, ‘Magyar Szent Korona’-, la preciada reliquia nacional húngara, se posó por última vez en su historia sobre la cabeza de un hombre ungido, Carlos I de Habsburgo, último rey húngaro.

La coronación del primer rey de la Hungría medieval, San Esteban (Itsvan) ocurrió en una fecha inolvidable, en el año 1000, cuando millones de persona de todo el mundo temían el fin del mundo. La corona recibió el nombre de parte del Papa Silvestre II, quien la obsequió a Esteban buscando que éste convirtiera a su reino del paganismo al catolicismo. Con la gran particularidad de tener torcida la cruz que le sirve de cimera, es una obra de rara perfección, de oro fino y con una multitud de perlas y de piedras, además de esmaltes, representando a la Virgen, a Jesucristo, a los Apóstoles.

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En 1072, el emperador de Oriente, Miguel Ducas, regaló al rey de Hungría una corona abierta, también muy rica, de estilo bizantino, y veinte años después las dos diademas fueron soldadas de modo que formaron una sola corona. A los ojos de los húngaros, la santa corona no es como un emblema de la realeza, sino en cierto modo la realeza misma, como si el toque santo de la corona convirtiera a un sapo en un príncipe.

Los reyes no eran verdaderos soberanos ni se consideraban como legales y definitivos sus actos, sino después de haber sido coronados. Si un rey moría entre su elección y su coronación, aunque cuando fuese combatiendo por Hungría, se anulaban sus actos y se borraba su nombre de la lista de reyes. En el acto de la coronación, se ponía la corona sobre el hombro derecho a la esposa del rey y sobre la frente a las reinas reinantes, las cuales no tomaban el título de reina, sino de rey.

El archiduque Otto, hijo del emperador Carlos, se refirió a la “mística” de la corona: “Hungría es un país muy especial desde este punto de vista, porque es el único, que yo conozca, donde el verdadero jefe de Estado es una reliquia histórica, la Corona de San Esteban, que no puede cambiar su punto de vista. El rey, en Hungría, es servidor de la Corona. Si jura lealtad, a la corona, debe asumir las consecuencias que se derivan de ese juramento inalterable”.

Para los húngaros la corona ha sido el símbolo milenario de la soberanía y de la independencia, del que era indispensable estar en poseción para reinar. En toda la historia solo hubo un rey que no se hizo coronar, por considerar la ceremonia poco seria para un monarca que comulgaba con la doctrina del absolutismo ilustrado, con cierto matiz de enciclopedista. Se trata de José II, hijo de María teresa y la desdichada María Antonieta. En la historia húngara figura como “el rey con sombrero”, o sea no coronado, y, como tal, no tuvo nunca la misma consideración, iguales derechos ni idéntico prestigio que sus sucesores o sucesores.

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Encerrada en una triple arca de hierro, detrás de murallas y rejas, bajo la guardia de una milicia numerosa y bien armada, dos prefectos eran responsables de cuidarla día y noche delante de la puerta del santuario del castillo de Budapest. Tales precauciones no fueron, sin embargo, lo suficientes para impedir ciertas aventuras que sufrió la santa corona durante las innumerables revueltas políticas de los siglos últimos siglos.

Los aspirantes al trono se disputaban sangrientamente la posesión de este preciado talismán, cuyo contacto dejaba sobre la frente el signo indeleble de la realeza. Fue robada multitud de veces de su santuario, entregada por traición, sacada fuera del reino de Hungría, vendida y vuelta a comprar, perdida y vuelta a encontrar, y el relato de sus aventuras llenaría un libro completo.

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Una vez la perdió en el camino un candidato nómada que se la había llevado oculta en un barril. Otra vez, en 1440, la emperatriz Isabel, madre de Ladislao el Póstumo, la robó para empeñarla en manos del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico III, el cual dio a cambio un papel como los que se expiden en las casa de empeño de la actualidad.

Cuando la causa nacional fue vencida, Kossuth y los otros jefes de la república, antes de expatriarse, enterraron piadosamente la corona al pie de un árbol, en un paraje solitario, para evitar que Austria la tomara. Pero un traidor la entregó por dinero, y el gobierno austríaco devolvió la corona solemnemente al castillo de Budapest.

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La joya, reverenciada por los húngaros como símbolo de su nacionalidad y tradición cristiana, fue llevada de Hungría durante la Segunda Guerra Mundial y entregada al ejército norteamericano para ser salvaguardada de las fuerzas soviéticas que habían tomado Budapest. Permaneció oculta en las cámaras acorazadas de Fort Knox hasta su devolución a Hungría en 1987.