El rey Fernando VII de España tuvo cuatro esposas, de las cuales la última fue la princesa María Cristina de Nápoles (1806-1878), quien gobernó como regente durante largos y turbulentos años. “Mujer linda, viuda a los veintisiete años, agobiada por los problemas que agitaron a España desde la muerte de su marido, su vida fue recta y sin un solo punto oscuro”, escribió la infanta Eulalia de Borbón sobre María Cristina, su abuela. “Con decir que no osó morderla la calumnia, reptil que duerme en los escaños del trono, está todo dicho. Tuvo en su vida, empero, una gran aventura amorosa y al amor se entregó por completo cuando, una vez cumplido su deber, volvió a ser dueña de sí misma…” Doña Eulalia siempre recordó con cariño a su abuela, y especialmente al segundo marido de aquella, a quien definió como “uno de los hombres mejor plantados de España”. La historia de aquellos parece una novela romántica.

Una boda entre un tío viejo y un sobrina hermosa

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En mayo de 1829, al morir la tercera esposa de Fernando VII sin haber tenido descendiente, su cuñada Luisa Carlota de Borbón influyó para que un familiar suyo se casara con el rey. La elegida fue María Cristina, ¡que era sobrina de Fernando VII y 22 años menor que él! El marqués de Villa-Urrutia la describió así: “Era considerada Cristina como hermosa, no por la corrección de sus facciones, sino por el conjunto, según se puede apreciar en el retrato de don Vicente López, cuyo pincel, como el de Goya, no pecó de cortesano y lisonjero (…) Cuando entró en Madrid, sin estar delgada, no era mujer de mucho volumen; pero al poco tiempo adquirió su cuerpo ciertas líneas curvas, En España como en Oriente muy apreciadas, por el mayor relieve que dan a la hermosura femenina…”.

La cuarta boda de Fernando VII se celebró el 11 de diciembre de 1829 y en los siguientes años su joven mujercita dio a luz a dos niñas sanas y fuertes, la futura reina Isabel II y Luisa Fernanda. El viejo y feo Fernando VII estaba encantado de casarse por cuarta vez con una joven tan hermosa y que le dio hijas. Aunque no se cree que tío y sobrina estuvieran enamorados, se quisieron mucho y sus cartas están repletas de diminutivos y apodos cariñosos: “Pichona mía, Cristina: Anoche, antes de cenar, recibí tu cariñosísima carta del 29 y tuve el mayor gusto en leer que tú, salero de mi vida, estabas buena y ya más cerca de quien te adora, y se desvive por ti, y no piensa más que en su novia, objeto de sus más dulces pensamientos”. Pero los días felices pasaron muy pronto.

En 1833, cuando Fernando vio que estaba cerca de la muerte, abolió la “Ley Sálica”, que prohibía la coronación de una mujer, y designó a la princesa Isabel como su sucesora. Al morir el rey, la viuda se vio obligada a hacerse cargo del gobierno porque la nueva reina, ahora Isabel II, era menor de edad. Pero la reina de ardiente sangre napolitana fracasó como gobernante, porque nunca logró comprender los problemas de España ni compenetrarse totalmente en los asuntos políticos. Su escaso tacto político hizo que fuera cada vez más impopular entre el pueblo y los políticos, y hasta la nobleza dejó de asistir a los eventos de la corte. Pero, sobre todo, María Cristina se hizo impopular a causa de su vida privada, sobre la que corrían ríos de tinta y dolorosos rumores sin fundamentos.

Un flechazo épico en pleno período de luto

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LA REINA GOBERNADORA CON SU HIJA, ISABEL II.

Pocos días después de quedar viuda, esta hermosa reina se enamoró fulminantemente de un joven capitán dos años menor que ella, Fernando Muñoz. Se dice que el flechazo surgió cuando, en un viaje, la reina tuvo una hemorragia nasal que no cesaba. Ante la escasez de pañuelos y la preocupación de sus damas, el oficial que la escoltaba a caballo sacó su pañuelo y lo introdujo por la ventanilla del coche para prestárselo. Un minuto después, agradecida y sonriente, ella se lo devolvió ensangrentado. El oficial, en un gesto considerado como una gravísima falta de respeto hacia la realeza, se llevó el pañuelo a los labios. María Cristina totalmente impresionada por aquel atrevido galán, que se llamaba Agustín Muñoz.

Según cuenta en sus ‘Memorias’ la infanta Eulalia, “la reina hizo llamar a su habitación al capitán de Guardias de Corps que tan osadamente había faltado el respeto a su soberana, y cuando conocían la severidad de mi abuela, su rectitud y sus costumbres, temblaron por la suerte de Muñoz. Pero no fue así. La reina contaba menos de treinta años, era una linda y sentimental italiana y no había amado nunca”. El capitán, dueño de un seductor bigote, era hermoso, entró al servicio de María Cristina y se hizo destinatario de los besos y las cartas románticas de la joven viuda: No hay mejor remedio para mis males que tus cartas. Te mando infinitos besos… “La historia terminó como esas historias ingenuas que se dan mucho en los libros y pocas veces en la vida”, dice la infanta Eulalia.

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LOS DUQUES DE RIANSARES

La historia, tan romántica como verídica, dio lugar al surgimiento de una atípica familia “irreal” instalada en palacio. Los novios acordaron evitarse el bochorno de una camada de hijos “bastardos” casándose morganáticamente en el mayor de los secretos: la ceremonia se celebró en un rincón del Palacio de Madrid el 28 de diciembre de 1833, con sólo el oficiante, el sacerdote Aniano González, amigo de la infancia del guardia, y los dos testigos de rigor (obligados a guardar celosamente el secreto). Hacía sólo tres meses que Fernando VII había bajado a la tumba y su viuda ya se convertía en la “Señora de Muñoz”, una situación comprometedora que durante años trató de ocultarse al pueblo.

María Cristina era una heroína romántica, pero ocultarlo le fue extremadamente difícil, ya que entre 1834 y 1844 el ardiente matrimonio tuvo nada menos que ocho hijos. El 17 de noviembre de 1834 la regente dio a luz a la mayor de sus hijos, una niña que fue bautizada con el nombre de María Amparo. Cada niño que nacía se entregaba secretamente a una nodriza instalada en algún pueblo cercano a un palacio, y a los pocos meses de vida un sacerdote lo trasladaba a París, donde la familia Muñoz-Borbón crecía al margen de la corte, al cuidado de parejas leales a María Cristina. Con sumo cuidado, María Cristina adoptó un nombre falso para un pasaporte (la “Condesa de la Isabela”) para viajar a París a ver a sus hijos. Nadie fuera de su círculo más íntimo debía saber que ella, madre de la reina de España y regente de la nación, pasaba temporadas en París con su esposo y sus hijos. Pero todos sabemos que mantener un secreto es muy complicado…

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GRABADO DE LA REINA MARÍA CRISTINA EN SUS ÚLTIMOS AÑOS.

Según historiadores, el gobierno, sumido en crisis, prefirió no intervenir, y durante los siguientes siete años se mantuvo la ficción de la viudedad de María Cristina. Pero en 1840, cuando dio a luz a su quinta hija, a la vez tuvo de levantarse de su cama de reposo y vestirse para pronunciar un discurso de apertura legislativa en las Cortes. Subió a la tribuna para recitar su discurso apenas cinco horas después de haber alumbrado, pero estaba tan debilitada por el cansancio y la pérdida de sangre que sufrió un desmayo ante las Cortes, lo que desató las habladurías. El secreto de la reina quedó en evidencia al poco tiempo e hizo recitar al populacho madrileño coplillas como: “María Cristina es una dama casada en privado pero embarazada en público” o “Clamaban los liberales que la reina no paría. ¡Y ha parido más Muñoces que liberales había!”

¡La noticia escandalizó a España!

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UNA RARA FOTOGRAFÍA DE LA REINA MA. CRISTINA

La reina Isabel II tenía un padrastro plebeyo (a quien los madrileños apodaron “Fernando VIII”) y una multitud de hermanitos plebeyos. La situación se hizo insostenible y Cristina fue forzada a abdicar. Con gran pena, la reina tuvo que abandonar a sus hijas Isabel y Luisa Fernanda en Madrid, y marchó a París, donde le esperaban sus hijos: “Antes de acostarse las niñas, las llamó a sí, indicándoles que se marchaba al día siguiente y que no las vería algún tiempo”, narró un historiador. “Dios y los españoles os hagan felices, y quieran a vuestra madre tanto como ella os quiere a vosotras”, les dijo entre lágrimas.

El exilio de Cristina duró varios años hasta que se le permitió regresar a Madrid. Isabel II, una reina adolescente al cuidado de hombres extraños, ambiciosos y dominantes, recibió a sus hermanastros con los brazos abiertos y le otorgó a su padrastro el título de Duque de Riansares. La “Señora de Muñoz” y el romántico capitán vivieron juntos hasta la vejez, rodeados por sus muchos hijos y sus recuerdos de novela romántica. Antes de morir, en 1878, María Cristina de Nápoles tuvo tiempo de defender su honor en una carta a su hija: “Pude ser flaca; no me avergüenzo de confesar un pecado que sepultó el arrepentimiento; pero jamás ofendí al esposo que me destinó la Providencia, y sólo cuando ningún vínculo me ataba a los deberes de una mujer dependiente di entrada en mi corazón a un amor que hice lícito ante Dios”.

S.C.

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