Este 14 de diciembre se conmemoran 230 años de la muerte del rey don Carlos III, uno de los monarcas más longevos que se sentaron en el trono de España. Personaje atípico de la genealogía borbónica, fue bondadoso, generoso, trabajador, meticuloso al extremo, y se esforzó durante sus 40 años de reinado en alegrar la vida de sus súbditos. Fue además, caso insólito para su época, un hombre que amó verdaderamente a su esposa, la reina Amalia, a quien recordó hasta el último de sus instantes como la mujer de su vida.

La meticulosidad llegaban a la exageración en la persona de Carlos III, que no solo tenía su horario de trabajo y descanso totalmente planificado, sino que incluso comía y bebía todos los días exactamente lo mismo cada vez que se sentaba a la mesa y no tomaba agua si tenía que salir de palacio. “Le gustaba la pulcritud hasta el extremo de no tolerar ni una mancha”, escribe el historiador Fernando Díaz-Plaja. “Es persona extraordinariamente ordenada en su horario y muy puntual. Le han visto con la mano sobre el picaporte en la puerta de su cámara, esperando que sea la hora fijada para recibir a los que están afuera”.

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CARLOS III CON SU MADRE, ISABEL FARNESIO.

Rey de Nápoles antes de ser de España, don Carlos ya se había ganado el cariño de todos sus súbditos por su carácter tranquilo y servicial, según escribió uno de sus biógrafos: “Disfrutaba de las bendiciones de todos sus vasallos, que eran el fruto de su justicia, su afabilidad y del amor que no podía ni quería ocultar les profesaba, pues acomodado a las costumbres de su país y hablando a casa cual en su lengua, el noble y el último de los lazarones le miraba como padre y le amaba como tal, tratándole con la misma confianza que si fuese uno de ellos (…) y dando audiencias diarias a todo el mundo, sin distinción de clases, se granjeó las voluntades de todos”.

Quienes lo conocieron cuentan que don Carlos III era un hombre bondadoso y amante de la sencillez. A diferencia de otros monarcas de la época, muy aficionados al lujo y al placer, llevó una vida muy simple y siempre se preocupó por evitar gastos innecesarios y excesivos.

“Era naturalmente bueno, humano, virtuoso, familiar, sencillo en su trato, como en el vestido y en todo, y nada le era más contrario que la afectación, la ficción y la vanidad, llevando en algún modo al exceso su aborrecimiento a estos defectos”, escribió el conde Fernán Núñez. “Nada ofendía más al rey que la mentira y el engaño y así como todo lo perdonaría al que con verdad y franqueza le confesase su delito, así también el más leve era para él el más grave cuando le hallaba inculcado con la falsedad o la mentira”, continúa el relato.

Un viajero inglés elogió el carácter del rey: “Se trata sin duda de un hombre de de principios, universalmente reconocido como una de las personas más virtuosas que pueblan sus dominios. Pero él mismo atribuye era moral al hecho de que su mente siempre está entretenida y no a su carácter”. Fernán Núñez agrega: “En su interior era el hombre más suavev, humano y afable con todas las personas de su servidumbre, entrando en los intereses y asuntos familiares de cada uno, sobre todo con los que más lo necesitaban”.

Efectivamente, Carlos III procuraba mantenerse ocupado para evitar las tentaciones. El sentido de la disciplina desarrollado por el tercer monarca español de la Casa de Borbón tenía una explicación que para él mismo era muy sencilla: los españoles esperan que su soberano sea disciplinado, austero, discreto y laborioso. Su rutina empezaba a las 6, cuando su ayuda de cámara entraba a la alcoba real a despertarlo. Le seguían quince minutos de rezos y la llegada de los cortesanos que tenían el honor de ayudarlo a vestirse. El desayuno estaba compuesto, estrictamente, por chocolate, bebida que había hechizado a Carlos III.

Tras participar de la misa con sus hijos, a las 8 de la mañana Carlos III se sentaba en su escritorio a trabajar de una forma mecánica, tranquila y meticulosa. Terminadas las reuniones con consejeros y funcionarios, todo el mundo se reunía en el comedor para ver al rey almorzando en soledad. Un pequeño cambio en el menú hacía que el rey no comiera hasta que todo volviera a la normalidad, pero los errores de sus cortesanos nunca lo enojaban. “Jamás se le vio proferir una mala palabra y su enojo nunca pasó a ser cólera, porque como siempre era pacífico y dulce ensu trato, su seriedad bastaba para hacer aún más impresión de furia que la furia de otro cualquiera”.

Cazaba para no volverse loco

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Reuniones con embajadores y otros dignatarios de las provincias españolas daban paso al impostergable horario de descanso. En verano, Carlos III se quitaba la peluca y dormía 60 minutos para después salir de caza por los campos reales hasta el anochecer, soportando las inclemencias del tiempo con total compostura. Carlos III cazaba todos los días, pero no porque le gustara hacerlo. De hecho, una vez confesó a uno de sus guardias: “Si supieran lo poco que me divierto con la caza, me compadecerían más de lo que podrían envidiarme este inocente ejercicio”.

Cazar era, para Carlos III, el modo de mantener la salud física y el equilibrio mental, escapando así de la “melancolía” (locura) en que habían caído personas de su familia como su padre, Felipe V, y su hermano, Fernando VI. El miedo a volverse loco como sus antepasados lo impulsó a dedicarse cada día al ejercicio físico en pleno contacto con la naturaleza, y gracias a ello llegó a ser uno de los Borbones más longevos que reinaron en España.

Carlos III cazaba tanto, que el historiador inglés William Coxe llegó a decir de él: “su deseo por disparar tiros pronto se convirtió en una pasión dominante que absorbía toda su atención, haciéndole olvidar sus demás ocupaciones (…) Tanta importancia daba a sus hazañas de cazador, que escribió un diario en el cual apuntaba todas las piezas de caza que se había cobrado. Poco tiempo antes de su muerte, se jactó ante un embajador extranjeros de haber dado muerte con su propia mano a 539 lobos y 5.323 zorras“.

“Me parece que sólo hay tres días en todo el año en que no va de caza, y los tiene apuntados en el calendario”, escribe un notable viajero de su época que conoció la corte. “Si esto sucediese con frecuencia, se resentiría de ello su salud. Si se hubiese visto obligado a permanecer en palacio, infaliblemente habría caído enfermo. Ni la tempestad, ni el calor, ni el frío le impedían salir; y cuando se le dice que hay un lobo en tal o cual sitio, no se para jamás en la distancia: recorrería gustozo la mitad del reino por matar esa fiera, objeto favorito de su caza”.

Antes de cenar, el rey, cuando era anciano, iba a las habitaciones de sus nietos para saludarlos y jugar con ellos. Prefería, eso sí, los trabajos manuales: “Era muy mañoso, y se había ocupado cuando joven en trabajar al torno, y el puño de su bastón y otras cosas eran hechas por él”, contó el conde. La cena era también en solitario: una sopa, un trozo de ternera asada, un huevo fresco, ensalada con azúcar, agua y vinagra, y pan mojado en una copa de vino. Llegada la hora señalada, los sirvientes hacían entrar a todos los perros de caza del rey, que los alimentaba personalmente, los acariciaba y abrazaba con sumo cariño.

Antes de dormir, Carlos III rezaba durante exactos quince minutos y daba las instrucciones a su mayordomo sobre la hora que lo tenía que despertar al día siguiente: siempre era la misma hora. Agonizando, sabiendo que estaba a las puertas de la muerte, cumplió con la rutina hasta el último momento, dándole la noche del 13 de diciembre de 1788 instrucciones a su mayordomo para que lo despertara al día siguiente, cosa que sabía que no sucedería.

El rey que amó mucho a su reina

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Cosa algo extraña en las monarquías de su tiempo, el rey amó mucho a su esposa, la alemana María Amalia de Sajonia, con quien se casó muy joven. Pero la reina, que fue muy feliz en Nápoles, se llevó un gran disgusto al convertirse en reina de España -sobre todo por el maltrato al que la sometió su suegra, Isabel Farnesio, a quien llamaba “la anciana”- y recordó siempre con mucha tristeza aquellos días en el trono napolitano.

La reina murió en 1760, a los jóvenes 37 años, y menos de un año después de llegar a Madrid. Las cartas que esos días escribió a un confidente prueban el amor que Carlos III profesaba a su esposa y el dolor que sintió al perderla: “La reina está desde ayer en los últimos instantes de su vida y ya sin la menor sombra de esperanza, lo cual te dejo considera cómo me tiene, amándola tan tiernamente como la he amado siempre“.

El rey quedó desolado: “Es el primer disgusto grande que me ha dado”, dicen que dijo. Tres días después de morir la reina, Carlos III volvió a escribir: “En medio de estar penetrado mi corazón del más extremo dolor y en la mayor aflicción por la pérdida que he hecho de lo que más amaba en este mundo, como bien sabes…” Mientras su esposa agonizaba, el rey le prometió que nunca volvería a contraer matrimonio, y jamás se oyó rumor alguno de que se haya acercado a una mujer después de enviudad.

Dueño de una moral muy estricta, como no tuvo relaciones antes de casarse, tampoco las mantuvo después, a diferencia de otros monarcas de su época, tan disolutos en su conducta íntima. “Su castidad era extrema”, escribe el historiador Fernán Núñez, “y, no obstante que su temperamento robusto y la costumbre contraída en su matrimonio exigía aún su continuación en la edad de cuarenta y cuatro años, jamás quiso volver a casarse, y para minorar y resistir las tentaciones de la carne, dormía siempre sobre una cama dura como una piedra, y si de noche se hallaba agitado, salía afuera y se paseaba descalzo por el cuarto”.

El bueno de Carlos III, uno de los pocos reyes Borbones que dejó buenos recuerdos en España, murió el 14 de diciembre de 1788.

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