Francia

El calvario de la reina de Francia que fue repudiada por ser muy fea

La princesa Juana de Valois (1464-1505), hija del rey Luis XI de Francia, era una jovencita delicada, culta y muy espiritual… pero era muy fea, un tipo de fealdad que obligó incluso a la Iglesia católica a separarla de su marido, a quien no atraía.

La princesa Juana nació en 1464 y decepcionó a todo el mundo, que esperaban que un varón viniera a salvar la corona de una crisis sucesoria. Su padre se repuso a la tragedia y, contrariamente a la costumbre, no culpó a su mujer por haber tenido una hija mujer.

A las tres semanas del nacimiento, comenzó a planear el matrimonio de la princesa bebé: al no tener hijos varones, esta niña sería la depositaria de los derechos sucesorios de Francia y, aunque no podría ser reina a causa de la Ley Sálica, su esposo heredaría el trono.

Así, Luis XI propuso a su “muy querido y amado tío” Carlos, duque de Orleáns, casar a su “muy querida y muy amada hija Juana de Francia” con su “muy querido y amado primo” el príncipe Luis. La mano de la hija del rey de Francia no se rechazaba: Juana tenía apenas 26 días de vida cuando fue comprometida con un niño de 23 meses de edad.

A medida que pasó el tiempo, los duques de Orleáns comenzaron a protestar ante la decisión de Luis XI de no enviar a su hija a educarla junto a su “novio”. Por el contrario, el rey había decidido enviar a la princesa bien lejos de la corte, al castillo de Linières, donde permaneció casi enclaustrada desde los cinco años de edad.

¿La razón? A medida que la niña nació se fue haciendo más fea de lo que era, tan fea que fue descrita por un cortesano como una mujer “marcada por la imperfección”. Se le diagnosticó escoliosis y raquitismo, deformación de la columna vertebral, desarrollo desigual de los miembros inferiores y de la pelvis, además de una debilidad osea generalizada.

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LUIS XII DE FRANCIA

Cuando llegó el momento de la boda, Juana tenía 12 años y por fin conoció a su novio, de 14. La sorpresa de la corte fue absoluta. La madre de la novia, la sufrida Carlota de Saboya, la había acostumbrado a usar vestidos amplios y aparejos que tenían por objeto disimular sus defectos, especialmente la cojera, pero no pudo hacer milagros.

La indeseada boda se llevó a cabo, para desgracia de ambos contrayentes. “Los contemporáneos compadecieron primero al bello joven encadenado a semejante esposa”, escribe la historiadora Simone Bertière. “No tenían por los discapacitados, muy numerosos en esos tiempos, la compasión que nosotros creemos deber manifestarles…”

El novio adolescente, hermoso y atlético, ya muy entregado a sus impulsos carnales, jamás quiso tocarle un solo pelo a su mujer durante los siguientes veinte años, pese a que todo el mundo trataba de convencerlo de que ella era, a pesar de todo, virtuosa, piadosa, inteligente, valiente, honesta, cariñosa…

Dos décadas tuvo que soportar Luis de Orleáns a su esposa: ¡todo sea por un trono! Su suegro ejerció sobre él una vigilancia absoluta, conminándolo bruscamente -y en todo momento- a cumplir con sus deberes maritales.

Tan solo la enfermedad, cuando un ataque de viruelas lo dejó en cama, acercó a Luis de Orleáns y su esposa. Juana, buena como el pan, pasó día y noche rezando junto a su marido y atendiéndolo en todo. Él no le dio ni las gracias.

Con frecuencia, el rey enviaba a los jóvenes a Liniéres durante un mes, amenazando a su yerno de ser ejecutado y arrojado a un río si no embarazaba a su esposa. “Preferiría que me cortaran la cabeza antes que hacerlo”, exclamaba el esposo.

Luis de Orleáns pensaba que la muerte de Luis XI lo liberaría de su tormento conyugal, pero no fue así: su cuñado Carlos VIII mantuvo la misma postura, aunque suavizó el espionaje y la vigilancia que pesaba sobre el matrimonio. La hija y hermana de un rey de Francia no podía ser repudiada.

Sin embargo, apenas fue coronado rey al morir Carlos, en 1498, Luis XII comenzó el vergonzoso proceso ante la Curia Romana para liberarse de su esposa. Siendo el nuevo amo y señor de Francia, no se mostraría dispuesto a dispensarle el trato de reina a Juana a quien, desde luego, se le prohibió la entrada a la consagración de Luis XII: ¡a ella, que había convertido a su marido en rey!

El rey envió un mensaje con el noble Louis de la Tremouille diciéndole a su esposa que ella tenía la culpa de la crisis: “Señora, el rey me encomienda vivamente a vos y me ha encargado decirle que la dama de este mundo que más ama es usted, su pariente más cercana, por las gracias y virtudes que en usted resplandecen, pero está muy disgustado porque usted no está dispuesta a tener descendencia, pues él desearía terminar sus días en tan santa compañía como la suya…”

Mientras Roma trataba el espinoso y complicado asunto, que duró nueve meses, Luis le retiró a su esposa el título de reina, a quien se refirió desde entonces como Madame Juana de Francia. La propia reina se presentó ante un tribunal para asegurar que ningún defecto físico le impedía la unión carnal y que su matrimonio había sido consumado, pero el rey tenía poder. El tribunal la llamaba “frígida”, “maldita” y otras cosas peores.

Fue finalmente el Papa Alejandro VI quien autorizó la disolución del matrimonio después de que unos testigos llevaran ante el tribunal una vieja carta de Luis cuando era un príncipe al Conde de Dammartin, en la que le afirmaba que estaba amenazado de muerte y que se mujer era esteril. Los cortesanos compitieron por el honor de certificar la autenticidad de la carta: ¡caso cerrado!

La despreciada Juana, oficialmente acusada de ser esteril, extraoficialmente demasiado fea para ser reina, se retiró de la vida cortesana, jamás volvió a ver a su marido (ni siquiera se despidieron) y se entregó a las obras caritativas y a los rezos, fundando una orden religiosa femenina. “Sintiéndose capaz de vivir en continencia y castidad”, escribió Brantome, “se retiró junto a Dios y lo desposó, tanto que nunca más tuvo otro marido: que mejor no podía tener”.

Luis XII, cuya imagen se vio seriamente perjudicada tras el proceso, fue bondadoso: le aseguró mediante cartas y documentos rentas de acuerdo a su rango, una pensión vitalicia y el título de duquesa de Berry. Desgastada por el ayuno y las oraciones, la reina Juana murió de hambre a los 40 años, en 1505. Mantenía clavado en su pecho un trozo de laúd, el que tocaba en su juventud, con cinco clavos de plata en recuerdo a las cinco llagas de Cristo. En 1950 Juana fue canonizada quedando convertida en Santa Juana de Valois.

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