Rusia

Prisionero Nº1: el terrible destino del zar Iván VI de Rusia

Durante mucho tiempo el destino del zar Iván VI de Rusia fue un misterio. Su nombre figura en el árbol genealógico de la convulsionada dinastía Romanov junto a las fechas 1740 y 1764, pero se sabe poco acerca de su corta vida. La existencia de este monarca parece haber sido algo incómoda al haber desaparecido tan de repente y no fue sino hasta nuestro siglo cuando historiadores y arqueólogos se unieron en busca de los restos del emperador, encontrando los huesos de un hombre joven con un orificio en el omóplato izquierdo, producto de un golpe con espada.

Las investigaciones históricas indican que Iván VI murió antes de cumplir veinticuatro años y que, hasta entonces, había permanecido encerrado sin poder ver siquiera la luz del sol. Coronado en la cuna, encarcelado siendo un bebé, el infeliz yació medio desnudo y muerto de hambre en una celda fría y oscura, cuando debió haber estado cubierto de una capa de armiño y con una corona sobre su cabeza. Los guardias de la inexpugnable fortaleza de Schilessburg, a quienes se encargó su custodia no se dirigieron jamás a él como Majestad, sino como “cierto preso”, y poco pudieron hacer para darle una existencia más normal.

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IVÁN ANTONOVICH FUE ZAR BAJO LA TUTELA DE SU MADRE, ANA LEOPOLDOVNA, NIETA DEL ZAR IVÁN V.

“Durante un año y treinta y nueve días, es decir, cuatrocientos días, nuestro país fue gobernado en nombre de ese niño. Durante cuatrocientos días, en todo el imperio se leyó la fórmula: ‘Por la gracia de Dios, Nos, Iván VI, Emperador y Autócrata de todas las Rusias’. Y he aquí que este Emperador de todas las Rusias está tras los cerrojos como un criminal. Más miserable que un perro sarnoso. Guardado por dos brutos. Privado de la luz del día. Separado de su familia desde la edad de dos años. Ignora el murmullo del follaje, la risa de un amigo, el color del cielo…” [Henry Troyat]

La emperatriz Ana I de Rusia tuvo muchos hombres pero no tuvo hijos. En 1732 escribió en su testamento que deseaba que la corona pasara, tras su muerte, al primer descendiente masculino de su sobrina, Ana Leopoldovna, quien tenía entonces catorce años de edad. En 1739 Ana Leopoldovna se casó con el duque Antonio Ulrico de Brunswick-Wolfenbuttel y el 23 de agosto de 1740 nació su primer hijo, al que bautizaron Iván Antonovich. Dos meses después, la obesa emperatriz Ana murió a causa de sus excesos y el niño fue proclamado emperador aunque bajo la regencia de Ernest Johan von Buhren, el influyente amante de la fallecida emperatriz. El nuevo monarca era un bebé todavía en pañales pero fue tratado como tal:

“El trono del zar niño era una silla de ruedas con respaldo alto, como quien dice un cochecito imperial de niño. Cuando lo conducían del Palacio de Verano al Palacio de Invierno iba en una cunita plegable colocada en el regazo de su niñera en la carroza imperial, escoltado por un destacamento de la Guardia y varios chambelanes a pie” [Simon Sebag Montefiore]

Unos días más tarde, el pretencioso Buhren, que pensaba enviar a Siberia a Iván VI, fue expulsado de su cargo de regente por un centenar de guardias que pusieron en su lugar a la desinteresada Ana Leopoldovna. Durante un año, Iván VI “reinó” bajo la tutela de su juerguista madre, pero de repente el niño desapareció y nadie en Rusia se atrevió a preguntar qué sucedió con él. Las miradas apuntaron a su despiadada tía, la glotona y obscena Isabel Petrovna, hija del difunto Pedro el Grande. Para los rusos, era preferible ser gobernados por la hija de un gran emperador antes que por un bebé de espesa sangre alemana.

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IVÁN VI REINÓ DURANTE UN AÑO.

En los regimientos aumentó el descontento por el gobierno “prusiano” de la regente Ana y su marido. Los nobles más importantes de Rusia empezaron a mostrarse indignados por la “injusticia” cometida con la hija del magnánimo Pedro al privarla de la corona y muchos se atrevieron a afirmar que Ana y su familia eran unos usurpadores. Convencida de que Rusia necesitaba a un descendiente del gran Pedro en el trono (y ella era la única) Isabel llegó al poder el 25 de noviembre de 1741, luego de organizar un golpe de Estado que derrocó a su sobrino Iván VI, y a la regente, Ana Leopoldovna. Más de 300 soldados y oficiales rindieron pleitesía a la hija de Pedro el Grande que recobraba el poder de manos de la inepta regente, que durante ese año solamente se había dedicado a complacer su gusto por el juego de naipes y por deleitar a sus amantes sin discriminar su sexo.

Isabel en persona se dirigió hasta las habitaciones de la regente y la despertó: “Hermanita, es hora de levantarse”. La guardia no hizo nada para impedir que la regente y su esposo fueran desalojados. Acto seguido, la nueva emperatriz se dirigió a la habitación de los niños, donde el pequeño zar Iván dormía sobre una cuna de oro. “¡Pobre pequeñín, tu eres inocente!”, le dijo suavemente. “¡Tus padres son los únicos culpables!” La poderosa Isabel, con el ejército y la nobleza de su lado, consideró que Iván VI debía desaparecer: ordenó que se eliminaran todos los retratos, documentos y monedas del zar niño y lo sentenció al encierro. Poco después, Isabel fue coronada emperatriz.

En los primeros días 1742, Iván y sus padres fueron trasladados clandestinamente desde la cárcel a la fortaleza de Daugavgrīva, en los alrededores de Riga. Dos años después, por orden de Isabel, fueron enviados a la fortaleza de Oranienburg, a unos 400 kilómetros de Moscú, pero como el sitio no le pareció muy seguro a la emperatriz, los prisioneros fueron llevados a Kholmogori, norte de Rusia.

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EL ARRESTO DE IVÁN VI Y SU FAMILIA EN 1741.

Iván VI fue encerrado en una celda especial, mientras que sus padres fueron alojados en la casa del obispo. Isabel, temerosa de que la existencia de otro zar hiciera peligrar su legitimidad, ordenó que el pequeño, de apenas cuatro años, fuera mantenido en absoluto confinamiento y soledad, bajo el nombre de “Grigori” y que no volviera a ver a sus padres. Cuando una enfermó, Isabel ordenó que no se le diera tratamiento médico, aunque el niño sobrevivió. En tanto, el encierro afectó la salud de Ana Leopoldovna, que murió en 1746, a los 28 años.

En 1756 el refugio en Kholmogori no le pareció lo suficientemente seguro a Isabel, que seguía temiendo un golpe de Estado, y ordenó el traslado de Iván VI a la fortaleza de Shlisselburg, a 35 cinco kilómetros de San Petersburgo, donde fue encerrado en una celda solitaria, sin salida al exterior. La emperatriz sabía que el niño no podía ser asesinado, porque en definitiva era el primogénito de la dinastía Romanov. Su derecho a reinar era indudable, y la autócrata temía que los partidarios de Iván la derrocaran, por lo pensó que debía sobre él una condena aún peor, la del olvido. Lejos de todo y de todos, el zar niño debió permanecer enclaustrado de por vida.

El niño pasó a ser conocido por sus guardianes como el “Prisionero Número 1”. Durante las siguientes décadas, sometido a un régimen de aislamiento absoluto, el zar niño aprendió a comer como un animal, sobre el suelo helado y húmedo. Era un salvaje. Apenas aprendió a leer gracias a unos libros de oraciones que le habían entregado de contrabando. Su único contacto con el exterior eran los guardias que con frecuencia se burlaban de él y lo humillaban hasta provocarle la ira.

“Joven, alto, angosto de hombros, con un largo rostro encaramado por cabellos rojos y lacios, y una descuidada barba rubia (…) Su piel pálida no había conocido jamás los rayos del sol (…) Así como Cristo jamás fue tan grande como al ser crucificado, burlado y cubierto de pus y escupitajos, el descendiente de los Romanov afirmaba su legitimidad por la exhibición de su extrema decadencia. Escuálido, hediondo, cubierto de harapos, resplandecía de luz; su corona era a la vez la del monarca y la del mártir”. [Henry Troyat]

“En el fondo, [Iván VI] no cree que para él exista un universo distinto de este pozo de piedra, esta ventana de apretados barrotes y el vidrio manchado de tiza, esta escudilla abollada y los celosos guardianes. Ni siquiera concibe el espacio, el aire fresco, el viento, los juegos, el amor, la cabalgata en un bosque o la risa de un amigo. Hasta donde alcanzan sus recuerdos todo es soledad, fealdad y barbarie…” [Henry Troyat]

FORTALEZA DE SHLISSELBURG, DONDE MATARON A IVÁN VI.

En 1762, tras la muerte de Isabel y de su esposo, Pedro III, la emperatriz Catalina la Grande fue a visitar al niño de quien le habían hablado, impulsada por una inquieta curiosidad: “Fuera de un capurreo penoso y casi incomprendible, carecía de comprensión y entendimiento humanos”, escribió Catalina en sus Memorias, convencida de que Iván VI, a pesar de ser un inadaptado, era un peligro para su trono.

Cuando Catalina II supo que un arzobispo llamó al pueblo a revelarse contra “esa extranjera” y se refirió a Iván VI como “el glorioso mártir”, ordenó que el religioso fuera arrestado, pero no lo quiso enjuiciar por temor a la represalia divina. Poco después, tras enterarse de una trama para liberar a Iván VI, Catalina II decretó que se reforzara la vigilancia del prisionero imperial, redujo sus comida y prohibió que un médico lo visitara si enfermaba. Además, si por algún motivo una persona del exterior intentaba rescatarlo o acercarse para tener algún contacto con él, Iván VI debía ser fusilado inmediatamente y sin misericordia.

El complot para derrocar a la emperatriz y colocar en el trono al sufriente Iván VI se puso en marcha en 1764. Basil Mirovich, un joven teniente de veinticuatro años, había sido destinado a la custodia del joven Iván sin saber que se trataba del emperador. Creyendo que era su misión como cristiano, el 4 de julio de ese año decidió liberar a Iván. Arengó a sus compañeros, los armó y les ordenó que liberaran al auténtico emperador de su calvario. Después de un breve tiroteo, los asaltantes encontraron al ex emperador moribundo, desangrándose como consecuencia de múltiples puñaladas recibidas. Los leales, habían cumplido con la orden de Catalina: Iván VI no debía salir vivo de su jaula.

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BASIL MIROVICH, DE PIE, JUNTO AL CUERPO DE IVÁN VI EN LA FORTALEZA DE SCHLUSSELBURG.

“En medio del círculo de luz apareció una marioneta, tendida, la cara contra la tierra, los miembros sueltos. Llevaba un viejo traje de marinero, desgarrado y manchado. Una ancha mancha negra líquida, de reflejos rojos, rodeaba el cuerpo. Basil se inclinó sobre él, lo tomó por un hombro y lo volvió: Iván, con los ojos dados vuelta, la boca abierta y sangre en la barba. Doce golpes de espada habían atravesado su cuello, su pecho y su vientre. El cadáver estaba flexible y tibio todavía. Penetrado de horror, Basil tembló ante aquel sacrilegio. Un estremecimiento le corrió desde la raíz de los cabellos. Lo que asombraba más no era la ruina de la esperanza, sino la estupidez de la profanación. Habían matado a Cristo por segunda vez y los asesinos eran rusos como él…” [Henry Troyat]

El zar niño fue sepultado en una tumba sin nombre y olvidado. Mirovich fue condenado a muerte y muchos rusos se reunieron a venerar sus restos como si fuera un mártir. La emperatriz Catalina II ordenó que seguidores sufrieran el temido Spitsruten, castigo consistente en que el reo, desnudo de cintura para arriba, pasara corriendo entre dos filas de 1.000 soldados que lo azotaban con varas. Una condena a diez o doce de esas carreras podía resultar mortal. La emperatriz, aliviada por haber sido eliminado a otro de sus rivales, informó al pueblo que el Prisionero Número 1 era un alienado, incapaz de pensar, y que su muerte no debía entristecer a nadie.

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