Europa, Reyes peculiares

La historia del rey Augusto II el Fuerte y su fábrica de porcelana

Darío Silva D’Andrea

A Augusto II, rey de Polonia y elector de Sajonia, lo apodaron “el Fuerte” debido a su inmensa fuerza física como a su virilidad -se supone que tuvo un hijo por cada día del año, de los cuales solo uno era legítimo-, pero tenía una debilidad: el buen vino. ¡Se dice que este monarca acostumbraba consumir hasta ocho litros diarios de esta bebida! Sin embargo, también fue víctima de lo que él mismo denominó “la enfermedad de la porcelana”: apasionado por este fino material chino, hizo construir la primera fábrica europea de porcelana en Meissen.

A finales del siglo XVII, Augusto acogió en su corte a Johann Friedrich Böttger, un alquimista frustrado (un estafador, en realidad) que había huido de su Prusia natal a Sajonia, después de haberse jactado por todos lados que era capaz de producir oro de la nada. Al rey, que necesitaba fondos para solventar sus lujos y sus mujeres, le pareció sabio mantener a un alquimista a su servicio, y creyó que la mejor manera de hacerlo era bajo llave. De esta forma, Böttger (quien según su biógrafo era “negligente, olvidadizo y descuidado con el dinero”, “tenía mala salud” y “conducta infantil”) pasó cinco años prisionero en el lúgubre castillo de Albrechtsburg en Meissen.

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Después de años de confinamiento improductivo y una serie de crisis físicas y mentales, Böttger finalmente le prometió a Augusto que produciría dos toneladas de oro en cinco meses, una promesa que, como era de esperar, no cumplió. Para evitar la venganza del rey, el alquimista decidió probar suerte en la fabricación de porcelana, una sustancia igualmente valiosa para su carcelero real.

“…dedicó su existencia a encontrar la forma de fabricar una porcelana de un blanco excelso. Mandó construir un gigantesco horno en las entrañas de Albrechtsburg, tan enorme que las paredes del castillo tenían que ser continuamente regadas para evitar un posible incnedio. Y en él se encerró con sus pocos ayudantes. Casi podía decirse que no se conformaba con observar lo que ocurría en el interior de aquel honor, sino que lo vivía desde dentro en primera persona…” (Emilio Calderón, “El secreto de la porcelana”).

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Böttger probó sistemáticamente mezclas de arcilla y minerales y trabajó en condiciones absolutamente desoladoras. Él y sus ayudantes pasaron sus días respirando humos tóxicos en medio de un calor de hornos tan intenso que su pelo quedó chamuscado y sus pies ampollados. Finalemente, en 1709 Böttger llegó a la fórmula de la porcelana, una mezcla de una arcilla conocida como caolín o arcilla de China con alabastro calcinado y feldespato: “¡Dios, el creador, hizo un alfarero de un fabricante de oro!”.

Böttger, dotado de una cualidad innata para fingir optimismo en las situaciones más difíciles, fue convenciendo a los miembros de la comisión de las bondades y beneficios de su descubrimiento. Además de riquezas, buscarían fabricar obras de arte que el mundo admiraría boquiabierto. Los nombres de Sajonia, de Meissen y de su señor Augusto correrían como reguero de pólvora de un extremo a otro del orbe, para terminar estallando en los delicados oídos del mismísimo emperador Kangxi…”.

Como resultado del descubrimiento de su prisionero-alquimista, Augusto el Fuerte estableció el 23 de enero de 1710 la Manufactura de Porcelana Meissen, cerca de Dresde, la primera fábrica de porcelana de Europa. Además, invitó a los inversores privados que pudieran estar interesados a tomar parte en esta prometedora empresa, y contrató a varios artistas y artesanos -entre ellos, el pintor Johann Gregor Herold y el modelador Johann Joachim Kaendler- para producir artículos decorativos de este material. Böttger no obtuvo su libertad sino hasta 1714, cinco años antes de su muerte.

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La fábrica del rey de Sajonia comenzó a producir una amplia variedad de productos diferentes, desde platos y cuencos hasta jarrones, revolucionando el mercado de la porcelana en todo el mundo. Poseído de una legendaria “enfermedad de la porcelana” (Porzellankrankheit), Augusto II amasó lo que todavía es la mayor colección de porcelana china y japonesa en Occidente, y comenzó los planes para un palacio construido para almacenar la colección real, una ambición que en última instancia sigue siendo un sueño.

Para 1719, apenas una década del descubrimiento, y después de mucha experimentación, la fábrica de porcelana Meissen era en la primera comercialmente viable en producir un tipo de porcelana de alto horno que se parecía mucho a las codiciadas mercancías chinas y japonesas. Entonces, Augusto II ya había fabricado más de 20.000 obras de porcelana china y japonesa e incluso había comenzado a construir un pequeño palacio de porcelana en la ribera del río Elba. Las salas del segundo piso de este palacio, bautizado el Palacio Japonés, estaban reservadas para la porcelana.

 

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Figura de porcelana de Augusto II.

 

La exhibición más espectacular fue una gran galería que exhibía una colección de 400 figuras de animales casi de tamaño natural fabricados en porcelana. En 1753, durante el reinado de Augusto III, que heredó la pasión de su padre por la porcelana, un visitante inglés de Dresde describió así las cerámicas:

La próxima curiosidad es el palacio chino, llamado así por el estilo del edificio, y la intención de amueblar con porcelana… Aquí hay una gran cantidad de figuras de porcelana de perros, ardillas, monos, lobos, osos, leopardos, etc. algunos de ellos tan grandes como en vida, también elefantes y rinocerontes del tamaño de un perro grande, una variedad prodigiosa de aves, como gallos, gallinas, pavos, pavos reales, faisanes, halcones, águilas, además de loros y otras aves exóticas… La larga galería en la segunda planta ya había remolcado pedazos de chimenea de mármol, cada uno adornado con 40 piezas de porcelana muy grandes, de pájaros, bestias, jarrones con una altura de más de 20 pies y un estilo exquisito, todas las figuras están hechas de forma tan natural, que no podría concebir ninguna idea superior en este tipo“.

Aunque nunca se completó, el proyecto del Palacio Japonés sigue siendo uno de los logros artísticos sobresalientes del siglo XVIII. Augusto II quería adornar el palacio con 292 figuras de porcelana que representarían treinta y dos pájaros diferentes y 296 figuras que representarían treinta y siete animales de origen doméstico, exótico y fantástico. La creación de las figuras continuó hasta 1736.

Cuando murió, en 1733, Augusto el Fuerte dejó nueve hijos de seis diferentes mujeres (algunos dicen que fueron 3.000), un reino en ruina financiera y una colección de 35.798 valiosísimas piezas de porcelana, de las cuales 8.000 piezas se conservan actualmente en Dresde. Antes de morir, el rey víctima de la enfermedad de la porcelana escribió que “una vez uno se enferma, nunca puede tener demasiadas y desea tener más y más“.

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