Europa

#PalaceDay: Los secretos cortesanos de los palacios más esplendorosos de Europa

Hampton Court en Inglaterra, Versalles en Francia, Neuschwanstein en Baviera… son algunos de los palacios reales más esplendorosos de la Vieja Europa. Aquí desvelamos algunos secretos y detalles que te permitirán descubrir cómo era la vida en estas residencias cuando los monarcas vivían en ellos.

Los esplendores (y olores) de Hampton Court

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Digna hija de Enrique VIII, la reina Isabel I de Inglaterra puso todo su empeño en que su corte la más esplendorosa del siglo XVI. El epicentro era el magnífico Palacio de Hampton Court, en la campiña inglesa, con bellísimos salones, obras de arte y mucho más hermosos jardines. El diplomático veneciano Gaspar Spinelli admiraba “el orden, la regularidad, el decoro de las ceremonias” de la corte isabelina. Según el biógrafo Michel Duchein, “para ir a la capilla la reina iba precedida por 200 guardias vistiendo uniforme de gala, lores portando el cetro y la espada real, y seguida de damas de alto rango que levantaban la cola de su manto, mientras los asistentes se arrodillaban a su paso”. Las comidas, agrega Duchein, “eran servidas con el mismo ceremonial, al son de instrumentos y canciones, en medio de un gran despliegue de antorchas y de platería resplandeciente”.

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“Los palacios de Su Majestad suelen estar afeados por los olores, inevitables cuando tantas bocas se alimentaban en el mismo sitio”, escribió un cortesano.

Sin embargo, la vida en este palacio era difícil y muy distinta a la que podemos imaginar: la comodidad y la falta de higiene en Hampton Court eran famosas como su esplendor. Los pisos solían estar cubiertos de paja y los huesos que los cortesanos arrojaban durante las comidas, lo que provocaba que los perros merodearan (y dejaban “regalos”) entre los comensales a toda hora. “Los insectos pululaban también en los tapices y en la ropa de cama… en cuanto a los ‘servicios’, eran inexistentes”, agrega Duchein. “En Hampton Court los aposentos reales eran los únicos que disponían de una letrina que daba directamente… ¡al foso del castillo! En todas las demás habitaciones se utilizaban sillas perforadas, haciéndose las necesidades en el lugar”.

En Versalles, las cosas de palacio iban despacio

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El Palacio de Versalles, magnífica obra maestra del rey Luis XIV, era un auténtico parque de diversiones. La corte era numerosa y ociosa: la mayoría de los 5.000 personas que vivían en Versalles no tenían nada importante para hacer o tenían obligaciones absurdas, como alcanzarle la bata al rey. Para mantener a la gente ocupada, el “Rey Sol” ofrecía una amplia gama de actividades: fiestas al aire libre, meriendas campestres, conciertos sobre el agua, espectáculos de fuegos artificiales, cenas con conciertos de violines, bailes de disfraces y óperas, partidas de caza, largas caminatas, paseos en góndolas y juegos en los jardines como el “gallito ciego”, el tesoro escondido, el columpio y el trineo. Cuando llovía o hacía frío, la nobleza se divertía adentro: billar, lotería y conciertos de cámara.

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Lo malo llegaba a la hora de comer. La comida era servida a Luis XIV con una lentitud y una pompa que exasperaba a casi todos, excepto al rey, y cada cena exigía una puesta en escena espectacular: para cada comida de Luis XIV (y nadie más) eran necesarios los servicios de 498 personas. Cuenta el historiador Jacques Levron que cuatro guardias escoltaban la comida desde la cocina acompañados por un ujier, el ‘maître d’hôtel’ con su bastón de mando, el gentilhombre panadero, el inspector general, el empleado inspector de oficio, los oficiales (encargados de llevar la comida en bandejas), el maestro de cocina y el guardiavajilla. El protocolo establecía que cada noble tenía una misión específica en esta coreografiada ceremonia y los condes y duques se peleaban por servir al monarca. Siguiendo este protocolo, eran necesarias 3 personas y 8 minutos para servir simplemente al rey… ¡una copa de vino cortado con agua!

Tsarskoe Selo: tras los pasos de los zares

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La atmósfera cortesana del Palacio de Tsarskoe Selo parecía haber quedado detenida en el tiempo a principios del siglo XX, cuando reinaba Nicolás II, el último zar de Rusia. El interior de esta residencia era un hervidero de cortesanos, sirvientes, nobles, políticos y guardias que lo controlaban todo y que tenían la obligación de no dar jamas la espalda a sus majestades, hablarles o tocarlos. Un verdadero ejército de cientos de servidores de librea corrían por salas y pasillos. “Resplandecientes con sus calzones cortos y sus medias blancas, los lacayos corrían ante nosotros por las escaleras alfombradas”, escribió un visitante. “Pasamos por salas, antesalas, inmensos salones de banquetes. En cada puerta había lacayos como petrificados, en pareja, y vestidos de las maneras más variadas, según fuera la habitación a la que habían sido destinados”.

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A modo de guardia personal, Nicolás II y la zarina Alejandra contaban con un fantástico grupo de gigantescos negros, vestidos con pantalones rojos, levitas bordadas en oro, zapatos curvados en sus extremos y turbantes blancos. No dejaban a los emperadores ni a sol ni a sombra y, según Anna Vyrobova, amiga de Alejandra, “no tenían otra misión que la de abrir y cerrar puertas o señalar por medio de una silenciosa aparición el momento en que el zar y la zarina estaban a punto de llegar”. Aunque eran llamados “Los Etíopes”, cuenta el biógrafo Robert Massey que uno de ellos era norteamericano y se llamaba Jim Hercules y había estado al servicio del zar Alejandro III.

Neuschwanstein: el sueño del rey Luis

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Diseñado por el propio rey Luis II de Baviera con ayuda de un escenógrafo, el impresionante Castillo de Neuschwanstein empezó a construirse en 1869 y a la muerte del rey, en 1886, aún no estaba terminado. El castillo es un fiel reflejo de la imaginación de Luis II, “una pura fantasía romántica de un castillo medieval idealizado” en un paraje natural idílico entre las montañas de Pöllat y los lagos Alpsee y Schwan. El “Rey Loco” concibió este castillo como un paraíso terrenal donde cobrarían vida los sueños románticos de las óperas de Wagner y las historias épicas germánicas. Pero a pesar de su apodo, Luis II era un hombre con los pies en la tierra, y deseaba habitar en un castillo cómodo, confortable, tecnológico y moderno.

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Durante su construcción trabajaron 300 artesanos día y noche durante más de 20 años. Para su construcción se utilizaron 465 toneladas de mármol, 1.550 toneladas de piedras, 400.000 ladrillos, 3.600 m3 de arena, 600 toneladas de cemento, 2.000 m3 de madera.

“Gran glotón, sobre todo en sus últimos años”, escribe Jean des Cars, “Luis II hizo instalar dos asadores automáticos, uno para carnes rojas y otro para las aves. Al subir el calor, el fuego hace girar una turbina que anima los asadores. Esta invención ‘moderna’ es, sin embargo la obra de un genio que vivía en el siglo XV, Leonardo Da Vinci. Otra astucia técnica: el calientaplatos. El humo de la gran estufa, evacuado por abajo, pasa detrás del muro de la chimenea. La vajilla que se amontona allí queda entonces calentada…” Otro historiador destaca además que la comida era llevada en un moderno ascensor desde la cocina hasta la alcoba real, tres pisos más arriba, y que el castillo tenía un acuario para que el rey pudiera comer pescado fresco.

Las costumbres del Antiguo Régimen en Madrid

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Educada en un estilo de vida muy burgués en su Inglaterra natal, la princesa Victoria Eugenia de Battenberg quedó sumida en la sorpresa al instalarse en el Palacio Real de Madrid, tras su matrimonio en 1906 con el rey don Alfonso XIII. Le asombró el estricto protocolo reinante, que se mantenía inalterable porque los años de regencia de su suegra austriaca, María Cristina, habían transformado a la corte española en la más aburrida y religiosa de Europa. Además, a Victoria Eugenia le chocaba la falta de intimidad. Se dice que bastaba con que ella asomara un pie en el pasillo para que los numerosos alabarderos (guardias reales) apostados allí chocaran sus armas contra el suelo de mármol y gritaran al unísono “¡La Reina!”

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Con la llegada de la nueva reina a la corte, ese espectáculo tan poco estético cambia rotundamente”, escribió una de sus cuñadas. Victoria Eugenia, apoyada por el joven rey Alfonso, se dio a la tarea de modernizar el Palacio de Madrid. Para empezar, contrató damas jóvenes y bonitas. Luego, instaló en el majestuoso Salón de Columnas un moderno cinematógrafo para la familia real que pasaba películas después de la cena, lo que significó que, desde entonces, nadie se acostara antes de las 2 de la mañana. Lamentablemente, nadie pudo solucionar el tema de la comida: los platos de Alfonso XIII se servían en la cocina y llegaban a la mesa real absolutamente fríos a causa de las distancias. Los mayordomos podían tardar hasta 20 minutos en trasladar la comida, por lo que se decía que cualquier español comía en su casa mejor que el rey.


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