Gran Bretaña

Hace 200 años: dos bodas principescas y una esperanza para el trono británico

El 11 de julio de 1818, hace 200 años, el palacio de Kew en Inglaterra fue testigo de dos bodas reales simultáneas. Los príncipes Guillermo y Eduardo, hijos del rey Jorge III, se casaron respectivamente con las princesas alemanas Adelaida de Sajonia-Meiningen y Victoria María Luisa de Sajonia-Coburgo. La apresurada boda de los príncipes, que tenían entonces 53 y 55 años responían a un tema preocupante: la casa de Hannover necesitaba herederos después de la muerte de la princesa Carlota de Gales.

Carlota había fallecido muy joven después de dar a luz a un niño muerto, con lo que la corona pasó a depender de su padre, el príncipe de Gales, quien no tenía más hijos, y de una serie de tios avejentados, avaros y ociosos tapados de deudas, amantes e hijos bastardos. A cambio de una generosa pensión del Parlamento, Guillermo (duque de Clarence) y Eduardo (duque de Kent) abandonaron a sus amantes y sus hijos ilegítimos y se celebraron matrimonios apresuradamente. El rey Jorge III no asistió a la boda porque estaba confinado en Windsor, demasiado débil física y mentalmente.

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EL PALACIO DE KEW HACE 200 AÑOS | WIKI COMMONS

La boda se celebró en la pequeña Sala de Dibujos, o ‘Drawing Room’, del antiguo Palacio Real de Kew, a unos 10 kilómetros de Londres. Gravemente enferma de hidropesía, la reina Carlota, madre de los dos duques, no podía trasladarse a la corte de St. James para asistir a la boda de sus hijos, por lo que se escogió esta sala de su residencia campestre para que pudiera presenciar a la ceremonia. La reina moriría apenas cuatro meses más tarde.

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LOS PRÍNCIPES GUILLERMO Y EDUARDO CUANDO ERAN NIÑOS.

El espacio ofrecía un escenario extremadamente modesto si lo comparamos con el esplendor de las bodas reales que se celebrarían uno y dos siglos más tarde. Los tapiceros reales ‘France & Bantingerigieron un altar improvisado en un extremo de la sala, donde celebró la boda un obispo. Además, la sala fue adornada con un dosel y reclinatorios de terciopelo carmesí, y la platería litúrgica de la Torre de Londres, incluyendo el enorme plato de limosnas creado para la coronación de Carlos II en el siglo XVII.

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DRAWING ROOM DEL PALACIO DE KEW | HRP

Las dos princesas alemanas asistieron a su boda igualmente glamorosas. La princesa Adelaide, hija del duque de Meiningen, llevaba un vestido realizado en seda tejida con plata y adornada con encajes de plata. La futura duquesa de Kent, por su parte, llevaba un vestido similar, pero de oro, y ambas llevaban guirnaldas de diamantes en el pelo. Los novios, aunque se veían sofisticados con sus atuendos militar y naval, eran ya dos hombres calvos, avejentados y corpulentos. Fueron llevados al altar por su hermano mayor, el príncipe de Gales, quien ejercía la regencia por causa de la demencia de su padre. Solo miembros de la familia inmediata y los ministros del gobierno de más alto rango asistieron al servicio.

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LOS DUQUES DE KENT FUERON LOS PADRES DE LA REINA VICTORIA.

El futuro de las dos parejas de recién casados no ofreció muchas esperanzas al viejo trono británico. El duque de Clarence mantuvo siempre una pésima relación con su padre, el rey Jorge III, respetuoso de la institución familiar, quien le reprochaba sus aventuras sexuales con señoritas de toda condición social. Su hermano mayor, el Regente, lo detestaba a causa de su absoluta falta de cultura y refinamiento. Su relación con su madre, en honor a la verdad, fue malísima: “Solo deseaba que la maldita perra vomitara su alma hacia las alturas”, confesó Guillermo. “En ese caso, todos habríamos tenido un poco de paz en la casa”.

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LOS DUQUES DE CLARENCE TUVIERON DOS HIJAS QUE MURIERON PEQUEÑAS.

En el sorteo de novias, a Guillermo le tocó la peor parte: la princesa Adelaida sería definida por un un contemporáneo como “sin dudas la mujer más fea de sus dominios”. Nunca tuvieron hijos y Adelaida, aunque no deseada, cuidó con paciencia a su obeso y vicioso marido. Cuando llegó el momento de su coronación, en 1830, Guillermo IV era un hombre goloso, obeso y con frecuentes estallidos de ira. Bebía sin límites y eructaba en los banquetes de Estado. Durante mucho tiempo había sido ridiculizado por todos (la corte, la nobleza, su familia incluso), y todos se reían a sus espaldas con el apodo que se le había impuesto: “Coconut”, por la forma ovalada de su cabeza. Murió en 1837.

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GUILLERMO Y ADELAIDA REINARON ENTRE 1830 Y 1837.

El futuro de Eduardo, duque de Kent, tampoco fue muy glorioso. En 1819 nació la que sería su única hija, la princesa Alejandrina Victoria, a quien la historia recuerda como la reina Victoria. Una gitana le había anticipado a Eduardo que él jamás reinaría, pero sí lo haría su descendencia después de una serie de fallecimientos dentro de su familia. Y eso lo incluía a él. El duque de Kent murió en 1820, seis días antes de la muerte de su padre. Su pequeña hija tendría que esperar diecisiete años para convertirse en la gran monarca de Gran Bretaña durante 64 años. De alguna forma, aquella improvisada doble boda, que no ofrecía demasiadas esperanzas dinásticas, salvó a la monarquía británica.

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