¡Horror en Hampton Court! La reina que fue repudiada por fea

El 12 de octubre de 1537, en el palacio real de Hampton Court, la reina Jane de Inglaterra dio a luz al esperado heredero al trono. Un niño débil y de poca salud que reinaría por pocos años con el nombre de Eduardo VI. Doce días después, las complicaciones del posparto llevaron a la reina Jane a la muerte.

El viudo, el rey Enrique VIII, desolado ante la inesperada muerte de su amada, no fue capaz de acudir a su funeral. Deshecho por el dolor, en un extraño acto de amor, el rey dispuso que se le enterrara junto a ella en la capilla de St. George, del castillo de Windsor, y guardó tres años de luto antes de casarse de nuevo.

Enrique VIII se encerró durante un tiempo en la abadía de Westminster y se veía verdaderamente desconsolado. El luto lo mantuvo alejado de los asuntos del gobierno durante varios meses hasta que se vio obligado a salir del ostracismo. La dinastía Tudor necesitaba otro príncipe.

El afamado artista Hans Holbein fue enviado por Enrique VIII a las cortes reales de Europa para retratar a varias princesas que podían casarse con el rey de Inglaterra, de manera que este pudiera hacerse una idea de cómo lucían. En Le Havre, Holbein retrató a Luisa de Guisa; en Joinville y Nancy, a las hijas del duque de Lorena; en Cléves, a las hijas del duque de ese lugar, Ana y Amalia.

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ANA ERA HERMANA DEL DUQUE DE CLEVES.

Una de las más bonitas fue la duquesa Cristina de Milán, sobrina del emperador Carlos V, a quien Enrique le escribió para proponerle matrimonio. La astuta princesa no se mostró demasiado entusiasmada con la idea de ser reina de Inglaterra y le respondió, amable pero irónicamente, que tenía solo una cabeza y le era absolutamente necesaria.

Desilusionado, Enrique VIII le pidió al rey Francisco I de Francia que enviara a Calais a un grupo de las mujeres más bonitas de su dinastía para que él eligiera alguna, pero el francés se negó muy disgustado: “Las princesas franceses no son una manada de yeguas que se ponen a la venta”, le respondió. “¿O acaso, hermano mío, pretendes probarlas una tras una como un semental?”

Tras el fracaso de todos los buenos proyectos matrimoniales, el lord canciller, Thomas Cromwell, le aconsejó al rey casarse con Ana de Cléves (1515–1557), quien, según el lord, superaba en belleza a Cristina de Dinamarca “como el dorado sol supera a la plateada luna”.

A pesar de su carácter amable y dócil, y de ser retratada como dueña de una “absoluta belleza”, la historia no guarda agradables recuerdos de ella. Ana era la hermana del duque Guillermo de Cléves, un ducado antipapista ubicado entre los actuales Países Bajos y Alemania, que era favorable a la fe luterana.

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El divorcio de Enrique VIII y Catalina de Aragón le había creado dificultades diplomáticas con el sobrino de la reina esposa, el emperador Carlos V, y se temió que éste se aliara con la otra potencia católica de la época, Francia, para lanzar una cruzada contra Inglaterra.

Por ello, el rey aceptó la sugerencia de Cronwell de casarse con aquella princesa alemana y establecer, de esta forma, una alianza con los príncipes alemanes protestantes opuestos a la todopoderosa dinastía Habsburgo, que reinaba en España y Austria. Además, a Enrique le pareció buena idea tomar por esposa a una mujer a la que el embajador francés Charles de Marillac describía como “alta y delgada, de mediana belleza, y de apariencia bien segura y resuelta”.

De inmediato, Cromwell envió al pintor cortesano Hans Holbein al ducado de Cleves para encargarle un retrato de Ana. Allí, el pintor fue recibido con cierta reserva. La muchacha había sido criada en un ambiente austero, mediocre, casi espartano. Solo hablaba alemán y su única habilidad consistía en bordar.

No sabía cantar ni tocar ningún instrumento musical, talentos muy valorados en la corte Tudor, porque en Alemania esos pasatiempos no se consideraban propios de una dama. Holbein no pudo convencer al duque de Cleves de que su modelo se quitara el voluminoso velo que cubría su cara ni de que cambiara el pesado manto que la cubría por algún vestido que mostrara discretamente sus curvas. A pesar de este inconveniente, Holbein pudo retratar a una misteriosa chica con frente alta, de párpados caídos y una barbilla puntiaguda.

Lo cierto es que, según los cánones de la época, Ana era realmente fea y eso lo reconocía hasta su esposo: era demasiado alta y corpulenta; su rostro poco agraciado mostraba, además, cicatrices cutáneas de haber padecido la viruela. Impaciente ante los halagadores comentarios que en la corte se hacían sobre su futura esposa, Enrique VIII marchó a Rochester y quedó totalmente desilusionado.

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Sintió que había sido engañado, pues todo el mundo había alabado los atractivos de Ana: “No es en absoluto tan bella como me habían contado”, se quejó. “¡Me has engañado! ¡Me has engañado!”, le gritó Enrique a Cromwell. “¡Tu y ese maldito pintor me mintieron! No es rubia, no es bonita, ¡no me gusta! ¡No quiero casarme con ella!”

La boda se celebró de todos modos el 6 de enero de 1540, y la primera noche no fue nada agradable. Al día siguiente, Enrique VIII, acostumbrado a tener en su cama a las mujeres más bellas de sus dominios, confió avergonzado a su canciller los motivos por los cuales no había logrado consumar el matrimonio: “Antes no me gustaba mucho, pero ahora me gusta mucho menos. Esta vaca flamenca está picada de viruelas, es medio hombruna, de carnes marchitas y senos caídos”.

Después el rey le contó a sus médicos que el cuerpo de la reina era “tan deforme y poco agraciado que no me provocó la menor excitación”. Bastante hastiado y necesitado de herederos, Enrique VIII se deshizo amablemente de su fea consorte seis meses después, tratando de que ella se sintiera ofendida.

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El rey alegó que Ana no había llegado virgen al matrimonio, arguyendo como prueba que sus pechos eran demasiado grandes. Noche tras noche, Enrique y Ana se acostaban juntos pero no pasaba nada, mientras el rey no paraba de confesarle a Cromwell que su esposa era “todavía una doncella, tanto como cuando su madre la trajo al mundo”.

A pedido del rey, el Parlamento declaró el divorcio de Ana de Cleves. La anulación del matrimonio se decretó básicamente por su no consumación: la reina jamás había sido instruida sobre cómo debía perder la virginidad y no permitió en ningún momento que el rey la tocara. Cuando este lo hacía, sólo estallaba en grotescas carcajadas a causa de las cosquillas. La reina nunca fue coronada y aceptó con sumisión el divorcio.

En recompensa, se le otorgaron joyas, dos palacios lujosamente amueblados y unas tierras que producían cuatro mil libras de renta anual. Además, consintió en permanecer en Inglaterra como súbdita y recibió el trato oficial de “Muy Querida hermana del Rey” En la jerarquía cortesana, pasó a ocupar un lugar de preferencia después del rey, la reina y los tres hijos reales ¡Fue, sin dudas, la más afortunada de las seis reinas de Enrique VIII!

 

POST DATA. Por cierto, el matrimonio de Enrique y Ana terminó de forma amistosa y el único al que le fue mal es a Thomas Cromwell. El consejero del rey tuvo que pagar con su vida el terrible error de haber convencido al rey de que se casara con “la yegua de Flandes”. Acusado de traición y sin derecho a defensa, a causa de su origen plebeyo, Cromwell fue condenado a una muerte lenta y degradante, pero, en recompensa por sus muchos años de servicios, se le acordó el privilegio de una ejecución rápida. En 1542, después que la siguiente esposa del rey fuese decapitada, los Cléves presionaron a Enrique VIII para que volviera a casarse con Ana, a lo que el monarca respondió con un tajante, pero amable, “no”.

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