Dinamarca, Europa

Helena de Dinamarca, la princesa nazi que se ganó el odio popular en la guerra

Cuando la princesa Helena regresó a Dinamarca en 1949, notó que todo había cambiado. Apenas desembarcó en Copenhague, la princesa pudo sentir el desprecio popular hacia ella y el vacío generado por las autoridades gubernamentales y cortesanas. Hacía nueve años que había abandonado Dinamarca pero nadie la había olvidado.

Helena de Schleswig-Holstein (1888-1962) volvió ese año para despedirse de su agonizante marido, el príncipe Harald de Dinamarca, hijo de Federico VIII y hermano del ya fallecido Christian X. La Dinamarca que la recibía ahora era muy distinta a la que la había recibido hacía cuarenta años, cuando su boda, o cuando los súbditos festejaron el nacimiento de sus hijos los príncipes Oluf y Gorm, y las princesas Feodora, Carolina Matilda y Alejandrina Luisa.

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¿Cuándo comenzó el problema?

La llegada de los nazis y la precaria neutralidad de Dinamarca habían supuesto el punto de inflexión en su vida. Helena estaba almorzando en la terraza de su palacio de Copenhague, en 1939, cuando los primeros aviones alemanes sobrevolaron amenazantes y exclamó, ante el asombro de todos los presentes, “¿no son maravillosos nuestros aviones?” A los daneses les avergonzó su descaro y más de una vez apedrearon la limusina de Helena.

A pesar de haber firmado un pacto de no agresión con Alemania, el 31 de mayo de 1939, el ejército nazi invadió Dinamarca y no hubo posibilidad de resistir con las armas. El entonces rey Christian X, cuñado de Helena, hizo notables esfuerzos para mantener la paz en una Dinamarca infestada de nazis y decidió permanecer en su país para afrontar con los daneses la ocupación.

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El monarca salía uniformado todas las tardes del palacio montado en su caballo en un serio desafío a las autoridades de la ocupación y para dejar claro a sus súbditos que no estaban solos en ese momento de oscuridad. Miles de daneses lo seguían a diario en bicicleta por las calles de Copenhague, por entonces jalonada de banderas nazis.

Helena, por su parte, se entregaba a ardientes proclamas nazis y organizaba en palacio cenas en honor al comandante Gunther Panke, jefe de la Gestapo en Copenhague. No comprendía la actitud de su cuñado hacia lo que consideraba la salvación y la esperanza de Europa -Hitler y su partido- y se burlaba de aquella vez en que el rey descubrió que una bandera nazi ondeaba sobre el palacio.

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Dirigiéndose a un oficial a cargo de la guardia nazi, Christian X dijo: “Esa bandera debe ser arriada”, a lo que el oficial se negó. El rey respondió: “Entonces enviaré un soldado para que lo derribe”. Cuando el oficial le informó que el soldado recibiría un disparo, el monarca subió el tono: “Muy bien. Seré ese soldado”. Y la bandera nazi desapareció.

El 18 de enero de 1942 Helena participó en el servicio conmemorativo del oficial de las SS C.E. von Schalburg, que había muerto en el frente ruso, un servicio al que el monarca se negó a asistir. Ese año, Helena hizo esfuerzos para convencer a su yerno, el príncipe Knud de Dinamarca, para persuadir al rey de permitir a los miembros nazis entrar en el gobierno danés.

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El príncipe Harald y sus hijos sentían vergüenza de Helena. Jamás asistían a las cenas que organizaba en honor a los jerarcas nazis que aterrorizaban a los daneses. El príncipe Harald siempre se declaraba enfermo; Gorm se mudó a Suecia y Oluf se unió a las fuerzas de la resistencia danesa. En ese momento, Oluf había expresado su opinión sobre su madre llamándola “loca”.

La germanofilia de aquella princesa no era algo nuevo para quienes la conocieron, ya que en 1914 su sobrino, el príncipe Aage, había escrito en una carta a la zarina de Rusia: “Estoy en casa de Harald. El pobre hombre apenas si puede hablar de la guerra cuando ella está presente. Es tan alemana que se pone enfermo. Por las noches, cuando lee en los periódicos lo que han hecho los alemanes, esos cerdos, yo siempre abandono la habitación“.

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El desafiante Christian X en plena ocupación nazi.

Hubo rumores de un divorcio entre Helena y Harald, pero parece que los nazis no lo permitieron. Tal acción, habían dicho, podría fortalecer la voluntad de los daneses para resistir la ocupación alemana “amistosa”. Por otro lado, la pertenencia de una princesa de raza aria a la familia real danesa era una oportunidad política innegable. Hitler había sabido usar, muy astutamente, a la nobleza y la realeza alemanas para alcanzar sus objetivos.

“¡Los nazis no eran realmente tan malos!”, dijo una vez Helena a su hijo Gorm. Fue el colmo. El 30 de mayo de 1945 ordenó que su cuñada fuera expulsada de Dinamarca pero colocada bajo arresto domiciliario en el Castillo de Glücksburg en Alemania. El príncipe Knud, su yerno, la escoltó con evidente disgusto hacia el aeropuerto y se libró de ella. Helena escuchó lo que él dijo cuando subía a su avión: “¡Gracias a Dios que se ha ido!”

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Helena pudo regresar brevemente a Dinamarca en 1947, cuando su marido enfermó de neumonía, pero el rey ordenó que su visita no durara más que unas horas. El 30 de marzo de 1949 estaba a la cabecera de su esposo cuando este murió y una hora más tarde fue llevada por guardias de la casa real al aeropuerto para que se fuera de Dinamarca.

A esta altura, para Helena de Schleswig-Holstein quedaba claro que no había lugar para ella en Dinamarca. La princesa más odiada que tuvo el país nórdico, que había brindado, bailado y había comido con los nazis mientras Europa y su país de adopción sufría, esto no le molestaba mucho: su verdadero hogar era Alemania.

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