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Las vergonzosas noches de Mesalina, la emperatriz con “entrañas de acero”

La cuarta esposa del emperador romano Claudio se llamó Valeria Mesalina (25-48) y fue uno de los personajes más disolutos de la Antigua Roma. De hecho, su fama llega a nuestros días, cuando la Real Academia Española define “mesalina” como “mujer poderosa o aristócrata y de costumbres disolutas”.

La consorte era hijastra de un cónsul y, como descendiente de Augusto, estaba emparentada con la aristocracia imperial, una posición que pudo llamar la atención de su primo Tiberio Claudio, tío del depravado emperador Calígula, que debido a su tartamudez y cojera no gozaba del respeto de nadie:

El tullido y deforme Claudio, de alrededor de 50 años, se casó con su prima lejana Mesalina cuando ella era una joven de 15 años de edad. El hombre daba pena: padecía brotes epilépticos, le fallaban las rodillas al caminar, tartamudeaba, le salía espuma por la boca, le temblaba la cabeza. Una porquería.

Se contaba que el degenerado emperador Calígula se divirtió mucho en sacrificar a Mesalina al darla en matrimonio a Claudio, con el único propósito de tenerla en la corte y acceder a su belleza corporal cada vez que se le antojara.

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ESTATUA DE LA EMPERATRIZ MESALINA

Dicen que al estrecharle la mano por primera vez Mesalina la notó blanda y pegajosa y después, en la noche de bodas, descubrió otras fealdades de su flamante esposo“, escribe Néstor Durigon. “Ni bien este quedó dormido, la joven abandonó el lecho para respirar aire fresco y descubrió en el jardín a un esclavo llamado Ithamar, de origen sirio. Sin dudarlo, se aproximó a él, desabrochó su túnica, y dio riendas sueltas a su pasión contenida“.

Pocos meses después, Mesalina tuvo una hija, Claudia Octavia, y en el año 41 nació un varón, Tiberio Claudio Germánico. Pese a todo lo que se insinúa sobre la emperatriz, parece que en los primeros tiempos Mesalina mimó y cuidó de su marido.

Pero todo cambió después de que Mesalina diera a luz a su segundo hijo, cuando una conjura acababa con la vida de Calígula y coronaba a su marido Claudio, con lo que aquella quedaba convertida en la mujer más poderosa del Imperio Romano.

“Ya coronada, Mesalina hizo y deshizo a su antojo”, escribe Susana Castellanos De Zubiría. “Hay decenas de anécdotas que demuestran cómo manejó los hilos del poder político y militar de Roma, pero cuidaba de no perder nunca el favor del emperador. Encandilado, el pobre Claudio hizo erigir estatuas en honor de la emperatriz, le otorgó un asiento en el teatro junto a las vestales (sacerdotisas) y ordenó que su cumpleaños fuera fiesta nacional”.

“En esta época el amor conyugal goza de nula importancia, no es la clave ni el propósito que une en matrimonio a una pareja”, relata Alejandra Vallejo-Nájera; “el entendimiento mutuo entre marido y mujer se considera algo agradable, aunque desde luego no esencial. Pero hete aquí que Claudio no tiene inconveniente en rendir pleitesía pública a su jovencísima mujer.

“Suetonio denomina a esta actitud amorem flagrantissimum, o lo que es lo mismo, amor ardiente a más no poder. El Emperador no disimula ni dentro ni fuera de palacio el fervor que le inspira Mesalina (…) A esto se añade un privilegio aún más escandaloso: Mesalina se coloca justo detrás del Emperador y delante de los generales que habían luchado y vencido”.

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CLAUDIO GOBERNÓ ENTRE LOS AÑOS 41 Y 54 D.C.

A sus espaldas, según cronistas como Tácito y Suetonio, Mesalina coleccionó amantes, entre los que hubo senadores, gladiadores, militares y cortesanos de altísimo rango, e incluso actores, como Mnéster, el amante de Calígula, y parientes. Quien no le servía, era eliminado eficaz pero discretamente, al igual que aquellos que descubrían sus secretos.

“Se deshizo de toda persona que pudiera hacer peligrar su posición o le negara cualquier cosa. Dentro de sus víctimas se contaron Julia Livia, a quien Mesalina acusó de adulterio con el filósofo Séneca por temor a que le explicara a su tío lo que estaba sucediendo. Ambos fueron desterrados, él a Córcega y ella a la isla de Pandataria”.

“Mesalina jamás se privó en ningún momento de degustar todos los placeres del sexo, destacando en sus correrías su predilección por lo que hoy conocemos como masoquismo”, agrega Durigon.

“En efecto, en el mismo palacio imperial, además de recibir y disfrutar de sus amantes del momento, gozaba con los azotes que recibía (y a veces propinaba) como estímulo para conseguir un aún más alto grado de culmen sexual.

“Entre sus numerosos compañeros de lecho se puede mencionar a Narciso, por ejemplo. Fue una sola noche, pero esas horas alcanzaron para que la emperatriz se burlara de él y propagara ante todos su falencia como macho, lo que generó en el joven un odio eterno…”

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EL ASESINATO DE MESALINA.

Insatisfecha con sus constantes amoríos, un día Mesalina comenzó a visitar uno de los burdeles más famosos de Roma, situado en el barrio de peor fama, Suburra, y, bajo un nombre falso comenzó a vender sus favores a quien quisiera pagarlos, generalmente gladiadores y obreros portuarios. Aunque su relato no es muy confiable, Juvenal escribió muchas décadas después una obra donde relataba a Británico las aventuras de su madre:

“Prefiriendo un pajar a su cama palatina, la augusta puta se ocultaba en la noche bajo capa y capucha y se hacía acompañar de una sirviente, de una sola, nada más. Luego, ocultando su negra cabellera bajo una peluca rubia, entra en (…) el lupanar, en su habitación vacía, ¡en la habitación de su propiedad! Entonces ella se expone desnuda, los senos tras una rejilla de oro, bajo una inscripción que le otorga el falso nombre de «Lycisca»; ella exhibe, noble Británico, el vientre que te llevó. Ella acoge con caricias a aquellos que se presentan y les pide dinero. Y lánguida, acostada, recibe las embestidas de sus numerosos clientes (…) Es la última [prostituta] en cerrar su habitación, en marcharse. Toda encendida todavía por la tensión que su vulva irradia, fatigada de los hombres pero no satisfecha aún, regresa a casa. Repugnante con el rostro deshecho, ensuciado con el humo de la lámpara, aporta al palacio imperial el olor del lupanar”.

“Las noches en las que iba al prostíbulo”, relata Castellanos de Zubiría, “Mesalina volvía hasta el amanecer y antes de volver al palacio le daba al dueño del local el tributo estipulado sobre las ganancias de la noche como meretriz, impuesto conocido como ‘licencia stupri’. Luego, y aún con la indumentaria propia del oficio, una túnica corta y un tocado en forma de bonete frigio, la emperatriz volvía al palacio imperial”.

El punto álgido de este desenfreno queda reflejado en una anécdota muy comentada según la cual la emperatriz desafió a Escila, una conocida prostituta siciliana, a una competencia que consistía en acostarse con el mayor número de hombres durante una noche: se dice que ganó la emperatriz, habiéndose acostado con 200 hombres.

“¡Esa infeliz tiene las entrañas de acero!”, exclamó su rival. En palabras de Suetonio, esta actividad incesante dejaba a la emperatriz lassata, sed non satiata, es decir, “cansada, pero no saciada”.

En el año 48, Valeria Mesalina tramó incluso un golpe de estado para colocar en Roma a su amante, el cónsul Cayo Sillio, con el que se casó públicamente mientras Claudio estaba ausente. La bigamia era un exceso incluso en aquella Roma y más si se trataba de la esposa del emperador, quien reaccionó con rapidez. La Guardia Pretoriana capturó y ejecutó a Silio y los involucrados en el complot e invitados a la boda.

Aparte de ellos, 110 hombres que aparecían en la lista de amantes de la emperatri, entre ellos senadores, caballeros, cortesanos y militares, fueron ejecutados rápidamente por Claudio. Mesalina le había enviado una carta en la que le pedía que “no tomara su travesura en serio”, pero la misiva nunca llegó a manos del césar.

Claudio ordenó que Mesalina fuera obligada a suicidarse, pero, incapaz de clavarse un cuchillo, la emperatriz más obscena de la Antigua Roma tuvo que ser decapitada por un centurión. Al enterarse que la ejecución había tenido éxito, Claudio pidió vino, brindó en su honor y suspiró: “Siempre creí que Mesalina era la mujer más virtuosa de Roma”.

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