Francia

Margarita de Borgoña, la reina adúltera cuya muerte todavía es un misterio

El 19 de junio de 1315, hoy hace 603 años, el rey Luis X de Francia contrajo matrimonio con la princesa Clementina de Hungría. La noticia hubiera sido motivo de grandes celebraciones de no ser porque, a pocos kilómetros de la ciudad donde tenían lugares las nupcias, casi al mismo tiempo era sepultada la primera esposa del rey, Margarita de Borgoña (1290-1315).

La que era reina consorte de Francia había sido encontrada cuatro días antes muerta en una celda helada, húmeda, ventosa y desprovista de comodidades del Castillo de Gaillard. Todas las miradas apuntaban a un asesino: el rey.

Una serie de desgracias familiares estremeció los últimos años de vida de Felipe IV El Hermoso de Francia. Aparentemente, una maldición habría sido lanzada en la hoguera por Jacques de Molay, el Gran Maestre de los Templarios a quien Felipe IV había condenado en complicidad con el papa Clemente V, en marzo de 1314.

Casado con Juana de Navarra, Felipe IV tenía tres hijos varones. El heredero era el futuro rey Luis X “el Obstinado”, quien apenas reinó dos años y cuyo hijo, Juan I, tuvo una vida tan corta que su reinado duró cuatro días.

El segundo hijo fue Felipe “el Largo”, conde de Borgoña, casado con Juana de Borgoña, mientras el menor era el príncipe Carlos “el Hermoso”, conde de La Marche, casado con Blanca de Borgoña, hermana de Juana. Los tres hijos ocuparon sucesivamente el trono de Francia entre 1314 y 1328, pero no tuvieron descendencia.

Reunidas en la corte, parece que las tres nueras de Felipe IV se convirtieron en grandes amigas, tan íntimas que, según se rumoreaba, compartían placeres y pecados por igual. Fue la hermosa Isabel, reina de Inglaterra, quien quizás por celos o ambición, destapó la trama de vicios que envolvía a sus tres cuñadas.

Isabel acusó a Margarita, Juana y Blanca de mantener relaciones con dos caballeros normandos que ejercían como escuderos de Felipe IV, Gauthier y su hermano Philippe d’Aunay. El rey ordenó detenerlos y, bajo tortura, los hermanos d’Aunay sorprendieron con su confesión: eran amantes de las princesas.

Cuando un tribunal comenzó a investigar, para sorpresa de todos, descubrieron que tras el adulterio se escondía una historia macabra: Margarita y Blanca fueron acusadas de la organización de fiestas clandestinas, en las que se bebía y fornicaba.

Aquellos encuentros ilegales se desarrollaban al abrigo de la noche en la Torre de Nesle, construida sobre la ribera del río Sena.

Cualquier forastero que tuviera elegancia y atractivo podía concretar una cita con Margarita y Blanca en la Torre, a la cual accedían por un pasadizo que empezaba en una oscura taberna. Sin embargo, el precio a pagar era muy alto: tras una noche de fiestas, entraban en escena un tabernero y un cómplice que mataban a puñaladas a los galanes.

Minutos después, los cuerpos eran arrojados por las ventanas de la torre al río Sena, sin dejar el menor rastro lo que había sucedido. Cada mañana, los habitantes de París podían encontrar un cuerpo flotando sobre el agua, hasta que se les hizo costumbre.

En cuanto a la tercera princesa, Juana, se dijo que podría haber estado presente en alguno de estos encuentros, en haber ayudado a que pudieran concretarse en la Torre y que sabía absolutamente todo lo que sucedía entre sus cuñadas y los dos caballeros.

El escándalo afectaba seriamente la imagen de la corona francesa, no solo porque Felipe IV se destacada por su sentido de la moralidad y su ferviente religiosidad, sino porque también ponía en entredicho la legitimidad de la familia: Carlos y Luis de Francia habían sido engañados por sus esposas.

Acusados de alta traición, los hermanos d’Aunay fueron llevados a Pontoise -norte de Francia-, donde fueron torturados ferozmente, castrados, colgados de las axilas en el cadalso y finalmente decapitados en público. Sus cuerpos destrozados fueron paseados por las calles de París mientras sus genitales fueron entregados a perros callejeros hambrientos.

Margarita de Borgoña y su cuñada fueron juzgadas y declaradas culpables de adulterio. Despojadas de sus honores principescos, se les afeitó la cabeza y se les sentenció a cadena perpetua. Juana, en tanto, fue declarada inocente, en gran parte gracias a la influencia de su marido Felipe, conde de Borgoña.

En un carruaje, Margarita y Blanca fueron enviadas a los helados calabozos de piedra del Castillo de Andelys y, más tarde, en noviembre, al morir el rey Felipe, al Castillo de Gaillard, en Normandía, por orden del nuevo rey, Luis X.

La que era, en teoría, la nueva reina de Francia, Margarita de Borgoña, considerada la principal responsable de poner en entredicho la filiación y paternidad real, fue enviada a la torre más alta del castillo, abierta al viento y a la intemperie por los cuatro costados.
Allí murió a los veinticuatro años de edad, según se dijo, a causa de una enfermedad que le provocaron el frío y la humedad de la torre.

El fantasma del asesinato sobrevuela su historia hasta nuestros días: ¿fue estrangulada por orden de su marido? El “Obstinado” Luis X no guardó luto ni asistió al entierro. Estaba ansioso por volver a casarse, esta vez con Clementina de Hungría, y lo hizo apenas cinco días después de la muerte de Margarita.

El destino de las otras dos cuñadas no fue menos desdichado. Recluida en los sótanos de la misma fortaleza, Blanca, de dieciocho años, fue trasladada a un convento, donde se la autorizó a tomar los hábitos, y nunca más pudo ver a su hermana. En 1322, su esposo fue coronado con el nombre de Carlos IV, le negó su pedido de liberación y consiguió anular el matrimonio, muriendo a los pocos años. Por último, la princesa Juana, de veinte años, fue recluida en un castillo y cuatro años más tarde, en 1317, fue liberada para ser coronada reina junto a su marido, Felipe V de Francia.

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