Francia

La emperatriz Josefina era compradora compulsiva y casi fundió a Napoleón

Quise de verdad a Josefina, aunque no la estimaba… Era demasiado mentirosa. Pero tenía algo que me gustaba mucho… tenía el culo más bonito del mundo”. Así describió Napoleón Bonaparte sus sentimientos para con Josefina de Beauharnais (1763-1814), la primera de sus esposas. Aquel fue un amor arrebatador y marcado por la tragedia de no poder tener hijos: Nacida bajo el sol del Caribe, Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie había tenido dos vástagos de su primer marido, el vizconde de Beauharnais, pero no pudo darle hijos al emperador, lo que generó unos celos espantosos y, posteriormente, un divorcio.

Josèphe creció en un paraíso de placer, donde chapoteó en el mar como un delfín y comió toda la azúcar que quiso directamente de la caña de los campos. En 1779, su familia la envió a París para casarse con el vizconde de Alexandre de Beauharnais, un guarda negro y agresivo con el que tuvo dos hijos antes de separarse en 1785. Cuatro años después, estalló la revolución en París, seguida por la caída de la monarquía en septiembre de 1792 y por la ejecución de Luis XVI en enero de 1793.

En septiembre de 1793, los revolucionarios instituyeron el Reinado del Terror, acechando a presuntos realistas como enemigos del Estado. Como parte de esta purga, en abril de 1794 la ex vizcondesa de Beauharnais fue enviada a la cárcel, donde, según la biógrafa Kate Williams, “trató arduamente de conservar su belleza”. Un año más tarde, por intermedio de una de sus conquistas, el político Paul de Barras, Josèphe conoció a un general de 26 años, Napoleón Bonaparte.

La relación fue al principio muy apasionada, como lo revelan las cartas que el emperador enviaba a su mujer. Sin embargo, él era muy celoso. Le irritaba la idea de que su muy bella esposa fuera siquiera mirada por otro hombre y le escribía hasta tres cartas por día preguntándole si lo amaba, si le estaba siendo fiel y si le parecía era atractivo.

Como los chismes viajaban rápido, Bonaparte no quería que ningún hombre pudiera jactarse de haber hablado a solas ni dos minutos con Josefina. El modisto de la emperatriz no le probó nunca los trajes, que confeccionaba en un taller utilizando un maniquí con las mismas medidas de la emperatriz.

Las damas al servicio de Josefina le comunicaban las modificaciones que había de introducir en el vestido (y lo mismo debían hacer con el zapatero, el corsetero, etc…). Las damas de la consorte tenían a sus órdenes a seis camareras que entraban en la alcoba imperial previo aviso, obedeciendo instrucciones de Napoleón. La emperatriz, según la orden de su esposo, jamás debía estar sola.

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Pero además de por su electrizante belleza, Josefina pasó a la historia como una compradora compulsiva, una obsesión que la acompañó hasta final de sus días y casi fundió económicamente al emperador. A lo largo de su vida como esposa del cónsul y luego como emperatriz, Josefina derrochó dinero (propio y ajeno) en cosas que no necesitaba, se endeudó con medio mundo, pidió prestado con garantías endebles (y a veces inexistentes) y hasta el último día vivió de recursos extremos: se cuenta que en un solo año fue capaz de comprar 20 chales de cachemira, 73 corsés, 70 pares de medias de seda, 780 de guantes y 520 de zapatos que abonó con dinero que le había sido prestado
para pagar deudas.

En 1796, Josefina reconocía su debilidad y prometía controlar sus impulsos: “Debo más o menos 1.200 francos, pero solo puedo reconocer 200; por ello, no contraeré más deudas y
pagaré lo que resta poco a poco con mis ahorros”. No obstante, una vez saldada esa deuda, caía en los mismos errores y Napoleón terminaba pagando, convencido erróneamente de que ya no había otras cosas que pagar. “Su manía de gastar ha sido para ella la causa mayor de sus tormentos“, escribe su biógrafo Bernard Chevallier.

En 1798, mientras su esposo estaba en Egipto, Josefina pidió dinero prestado para comprar la Malmaison, un bonito château en las afueras de París con 120 hectáreas de jardines y bosques. Acto seguido, solicitó un préstamo para adornar el palacio con decenas plantas exóticas provenientes de todas partes del mundo y un zoológico que constituía el mayor de sus tesoros, compuesto por canguros, emúes, ardillas voladoras, gacelas, avestruces, llamas y cisnes. Entre sus mascotas favoritas había una pequeña y bonita cacatúa que repetía sin cesar la única palabra que sabía (“Napoleón”) y una orangután que se vestía con camisa blanca para sentarse a la mesa de Josefina a comer.

El Consulado, y luego el imperio le han abierto perspectivas ilimitadas“, dice Chevallier: “¿Cómo podría resistir la tentación cuando cada mañana acudían a su casa, a desplegar, para su agrado, las mercaderías más preciosas del comercio parisiense? Los proveedores, modistas, joyeros, orfebres conocen su debilidad y se aprovechan de ello de manera descarada”.

Según las cuentas oficiales, entre los años 1804 y 1809, Josefina gastó más de 4 millones de francos anuales, una cifra muy mayor a los 30.000 francos anuales que recibía como emperatriz: gastaba 1.800 francos por día, lo que un jardinero de Malmaison ganaba en un mes de trabajo. Harto de pagar sus excentricidades, en 1806 Napoleón prohibió la entrada a palacio a toda persona ajena al servicio imperial, y eso incluía a los mercaderes, modistos y joyeros que se morían por ofrecerle sus productos.

En cuanto a Josefina, le prohibió recibir muebles, cuadros, vajillas, alhajas y otros efectos que le enviaran como “muestras”. En 1809, un año antes de separarse, la emperatriz almacenaba 676 vestidos nuevos, 252 sombreros y multitud de cintas, flores de tela, plumas, tules y otros adornos y complementos. Su muerte, en 1814, reveló el lamentable estado de sus finanzas: hasta el último instante siguió comprando compulsivamente y sus deudas ascendían a 3 millones de francos.

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