Gran Bretaña

El Monarca Alegre y sus favoritas: así se vivía en la alegre corte de Carlos II

El reinado de Carlos II de Inglaterra y Escocia (1630-1685) fue sinónimo de libertinaje y los jugosos rumores que llegaban desde palacio impactaban a sus súbditos, más acostumbrados al estricto puritanismo del gobierno de Oliver Cromwell, el hombre que lideró la revolución que le cortó la cabeza a Carlos I en 1649.

Nunca antes -ni después- un monarca inglés presumió tan abiertamente de sus múltiples amantes. Carlos incluso les dio reconocimiento público, no solo ubicándolas a su lado en la corte, sino encargando retratos oficiales de sus “reinas” en poses provocativas: su ropa se deslizaba para revelar hombros, escote y, a veces más…

Se cuenta que durante semanas el rey Carlos II persiguió a la señorita Frances Stuart, la última incorporación a la corte y, según el cronista real Samuel Pepys, “la chica más bonita del mundo“. Pero ella rechazó una y otra vez las insinuaciones del monarca, asegurando que no quería sacrificar su virginidad antes de casarse.

El “Monarca Alegre” no estaba acostumbrado al rechazo: la mayoría de las mujeres de la corte, damas nobles, sirvientas o actrices se mostraban felices de compartir la cama real si así lo solicitaban. A los 32 años Carlos II ya había disfrutado de los favores de docenas de mujeres, desde prostitutas hasta damas de la aristocracia.

Su amante oficial era entonces Barbara Palmer, Lady Castlemaine. Increíblemente hermosa, Barbara era incluso más voraz que el rey. Y, también como él, tenía poco respeto por la fidelidad. Pero una noche, cuando llegó a su habitación, se sorprendió al encontrar a Bárbara en la cama, no acostada con otro hombre, sino con la mismísima Frances Stuart.

A modo de broma, tal vez para excitar a su amante, Barbara había organizado antes de esa fogosa noche una ceremonia “de bodas” con Frances. Luego se fueron a la cama juntas. Después de un tiempo, según Pepys: “Lady Castlemaine, que fungía de novio, se levantó, y el rey se acercó y tomó su lugar en la cama”.

Lo que sucedió después no fue registrado por el cronista real, y aunque parece que la virginidad de Frances permaneció intacta, el acontecimiento avivó las llamas de la obsesión del rey Carlos. El descarado juego de Barbara había fallado: habiendo subestimado a su rival, ahora su puesto como favorita oficial del rey estaba en peligro.

Pronto la corte se acostumbró a ver al rey besando a Lady Frances en público e incluso se rumoreaba que podría divorciarse de su reina, la sufrida portuguesa Catalina de Braganza, quien desafortunadamente no había podido tener hijos, para casarse con su nueva amante.

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CARLOS II (1630-1685)

La venganza de Lady Barbara no se hizo esperar. Ingeniosamente movió los hilos para que el rey visitara el dormitorio de Frances una noche, donde encontró a la supuestamente virtuosa chica en la cama con el duque de Richmond. Reuniendo velozmente su ropa, el duque huyó avergonzado.

A pesar de su promiscuidad, sin embargo, Carlos II siempre trató a las mujeres con respeto. De hecho, el Monarca Alegre siempre se mostró dispuesto a escuchar sus demandas, por dinero, títulos y poder, y la costumbre de tratarlas a todas la misma manera que preocupaba a sus cortesanos.

Carlos Estuardo fue criado por mujeres fuertes, su madre francesa Enriqueta María de Orleáns y su bonita institutriz Christabella Wyndham, de quien se rumoreaba que había criado al príncipe cuando era niño y haberlo iniciado sexualmente cuando era adolescente. Como resultado, siempre se sintió atraído por las mujeres luchadoras.

Escapando de Inglaterra en 1646 después de la Guerra Civil, el entonces príncipe de Gales pasó catorce años en el exilio en los Países Bajos y Francia, donde conoció la esplendorosa y promiscua corte de su primo Luis XIV. Como recuperar la corona no era parte de sus propósitos, pasó toda su juventud buscando placer.

La primera amante importante de Carlos Estuardo fue Lucy Walter, una “bella ramera” que se había unido a la corte en el exilio en Holanda en 1648 y sedujo a Carlos, de 18 años. Rápidamente le dio un hijo ilegítimo, James Scott, más tarde el duque de Monmouth, quien sería ejectado por intentar apoderarse de la corona en 1685.

Ni Lucy ni Carlos eran fieles, y cuando su promiscuidad se hizo evidente, él la dejó poco antes de que ella muriera de sífilis en 1658. En los siguientes años, Carlos pasó por la cama de diversas amantes hasta que conoció a la seductora Barbara Palmer, en 1660.

Nacida como Barbara Villiers, en su adolescencia había tomado al conde de Chesterfield como su amante y una vez disfrutó de un “ménage-a-trois” con él y otra chica. A los 18 años se casó con Roger Palmer, un rico monárquico que arriesgó su vida trabajando para el “Sealed Knot”, el grupo que tramaba la restauración de Carlos en el trono.

Sin llegar a sospechar nada, Palmer envió a Barbara a Holanda para darle un mensaje criptado al príncipe Carlos, quien dijo haberse enamorado instantáneamente de esa chica de pelo castaño rojizo, ojos violetas y boca sensual.

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BARBARA VILLIERS

 

Barbara estuvo al lado de Carlos cuando regresó a Inglaterra para recuperar el trono en 1660. Después de su procesión triunfal por Londres, ella concibió al primero de sus cinco hijos habidos con el rey y los cortesanos y nobles ingleses pronto aprendieron que para ganarse el favor del monarca, primero debían ganar el de ella. Cualquiera que la despreciara sería desterrado de la corte.

Entre los diversos títulos que Charles le otorgó a Barbara fue el de Lady Castlemaine, pero los nobles la llamaron la “Puta Real” o, como la llamó el cronista John Evelyn, “la maldición de la nación”.

Lady Bárbara era avara, reclamaba descaradamente a Carlos II títulos, joyas, tierra y dinero. Con frecuencia, el rey tenía que pagar con dinero público sus millonarias deudas de juego mientras que los marineros que habían luchado por la Restauración nunca fueron recompensados.

Los dramas de la favorita real eran tan legendarios como su destreza sexual: “Lady Castlemaine lo gobierna, conoce todos los trucos que deben practicarse para dar placer“, señaló Pepys. Sin embargo, lo que Barbara no sabía es que, a pesar de la tolerancia hacia las relaciones extramatrimoniales, un niño podría conducir a la ruina social de las mujeres solteras.

En la corte de los Estuardo, un marido tolerante o ausente era un accesorio esencial para una amante, pero no todos los cornudos eran complacientes. James, duque de York, que carecía de la apariencia y el encanto de su hermano pero compartía su apetito sexual, armó su propio harén de mujeres, entre las cuales estaba la bella recién casada Margaret Denham. Un año después de convertirse en la favorita del duque, murió. Según la rumorología de la corte, su celoso marido la había envenenado.

Lo mismo le pasó a la hermosa Elizabeth Butler. Su esposo, el conde de Chesterfield, se indignó cuando vio la mano del duque de York desapareciendo por la falda de su esposa en una fiesta. El conde desterró a su esposa de la corte, y ella murió al poco tiempo, presuntamente por el veneno.

Como a Carlos II le encantaba ser infiel, solía hacer la vista gorda hacia las aventuras de su amante con otros hombres, una extensa lista que incluía a un acróbata de la corte, a un actor (que había sido el primer amante de Nell Gwyn), a un dramaturgo, y a un hombre con quien le gustaba compartir un baño. Sin embargo, el rey se sintió molesto cuando la mirada lujuriosa de Bárbara se posó en su propio hijo, el duque de Monmouth, de 13 años. De inmediato, el rey organizó una boda de su hijo para alejarlo de las garras de Lady Barbara.

Aunque la corte estaba llena de mujeres hermosas y dispuestas, Carlos II con frecuencia se aventuraba más allá del palacio real para satisfacer sus deseos. Una cuadrilla de jóvenes libertinos, conocida como “Merry Gang”, lo ayudó en esta búsqueda. Este grupo, que incluían al duque de Buckingham, Charles Sackville, el conde de Dorset, Charles Sedley, John Wilmot y el duque de Rochester, se deleitaba superando a los demás en la depravación.

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FRANCES STUART

Rochester una vez llevó a Carlos II, disfrazado, a una visita a un burdel. Por una broma, luego robó la ropa y el dinero del Rey mientras estaba ocupado en el acto, dejándolo sin otra opción que pagar con el “Anillo Real” que le fue entregado en su coronación.

Fue Charles Sackville quien descubrió en el teatro por primera vez a la bella actriz Nell Gwyn, entonces de 15 años, y la tomó como amante antes de pasarla al rey. Esta muchacha era más honesta y menos ambiciosa que las otras amantes de Carlos y, a diferencia de ellas, era fiel. Pero el rey no lo era, y durante un lugar tiempo se entretuvo con ella, Barbara Villiers y otra actriz llamada Mary “Moll” Davis.

Nell, al enterarse de que el rey planeaba hacerle una visita a Moll una noche, invitó a su rival a tomar el té y untó su pastel con un laxante. Como resultado, Moll no pudo hacer nada y Carlos II decidió entonces visitar a Nell. Como resultado, ella se convirtió en su nueva favorita y Moll fue abandonada.

Para este tiempo, muchos cortesanos se mostraban desesperados porque el rey pasaba tanto tiempo de placer que tenía poco tiempo para asuntos de Estado. Algunos interpretaron la Gran Plaga de 1665 como una retribución divina por la conducta de la corte. Por otra parte, la enfermedad venérea era muy común, destruyendo la apariencia, la carrera y la salud de muchas cortesana: el conde de Rochester murió a los 33 años de la sífilis.

Barbara Palmer finalmente fue suplantada como amante principal por la bonita Louise de Keroualle, quien acumuló riquezas, honores y títulos como parte de los mimos del rey. Nell, que la despreciaba, difundió el rumor de que usaba ropa interior sucia. Mientras tanto, desde Francia llegó en 1676 la riquísima heredera Hortense Mancini, con un currículum colmado de aventuras amorosas con hombres (como Luis XIV) y muchas mujeres.

Carlos II se sintió complacido cuando Hortense se hizo amiga de la quinceañera Anne FitzRoy, hija de Barbara Villiers. Pero se sintió menos feliz cuando supo que Hortense y la joven Anne, que estaba casada y embarazada de su primer hijo, estaban teniendo una aventura amorosa y eran la comidilla de la corte. Anne fue enviada apresuradamente al campo.

Cuando Carlos II murió, en 1685, las últimas palabras que dijo fueron dedicadas a las mujeres a las que había amado más tiempo y mejor. Instó a su hermano James a cuidar de Bárbara y de Luisa, y le pidió específicamente que “la pobre Nelly no muera de hambre”.

A pesar de todos sus vicios, Carlos II había logrado mantener unido a un país profundamente dividido durante su reinado de 25 años. Había promovido la tolerancia, el teatro y las artes, lo cual no era un mal legado para un hombre que había pasado tanto tiempo “deleitándose, bebiendo y prostituyéndose”.

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NELL GWYN

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