Gran Bretaña

El príncipe más hermoso de su tiempo (según la reina Victoria), y otros Albertos de la monarquía británica

El nombre Alberto (Albert, en inglés) ha sido muy poco frecuente en la familia real británica, y sin embargo muy apreciado. Desde que murió el esposo de la reina Victoria, llamado Alberto, solo dos príncipes fueron bautizados con este nombre. Uno de ellos fue una verdadera desgracia para la familia: mujeriego, bebedor, vago, nada le importaba en la vida más que divertirse, y sus diversiones lo llevaron a la tumba siendo muy joven.

El siguiente Alberto, fue sin embargo todo lo contrario. Admirado como príncipe trabajador y discreto, llegó a ser Rey de Gran Bretaña (con el nombre de Jorge VI) durante los difíciles tiempos de la Segunda Guerra Mundial consiguiendo elevar el prestigio y la popularidad de la Corona a la cumbre.

EL PRÍNCIPE MÁS AMADO

En febrero de 1840, cuando ya llevaba tres años en el trono británico, la reina Victoria le pidió matrimonio al príncipe más hermoso de su tiempo, Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha. “Es un hombre hermoso”, dijo ella al verlo. Germánico como los reyes ingleses de la dinastía Hannover y sus consortes desde hacía siglo y medio, proveniente del reino de Sajonia y de una familia que gobernaba el ducado de Coburgo, Alberto era visto como el consorte ideal para la joven Victoria, de 19 años. Para ella, era el hombre de sus sueños.

Durante veintiún años, Victoria y Alberto gozaron de una dichosa vida familiar y dieron a la monarquía un total de nueve hijos que aportaban sangre fresca para la vieja y desprestigiada Casa de Hannover. Alberto era un hombre de carácter noble, de gran habilidad, y se dedicó devotamente a Gran Bretaña ayudando y aconsejando a su esposa en el gobierno, como ningún otro consorte lo había hecho antes. De hecho, la historia solamente recordaba un príncipe consorte, Jorge de Dinamarca, el fecundo esposo de la reina Ana Estuardo, que había tenido la astucia de no entrometerse en ninguna cuestión política.

La influencia moral y la severidad de la corte británica sobre las costumbres de la sociedad “victoriana” fue muy intensa. Alberto no quiso ningún honor -muy a regañadientes, aceptó el título de “Prince Consort”- honor, puesto o poder, diciendo que solo deseaba aligerar el duro trabajo de la soberana, tratando de convertirlo en algo más agradable y llevadero: “Mi ángel querido constituye un gran apoyo para mí”, escribió Victoria. “Pone un gran interés en todo lo que pasa, pero se abstiene de influirme”.

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Los británicos se acostumbraron a considerar a la pareja real como un reflejo de lo que debía ser la conducta familiar de sus súbditos. Como su sucesor en el siglo, Felipe de Edimburgo, Alberto dejó a Victoria reinar en sus dominios mientras él se dedicó a reinar en la familia y la casa real, especialmente por la reticencia de los ingleses a aceptar a “un extranjero” en el trono. En los palacios reales de Buckingham, St. James, Windsor, Osborne y Balmoral, Alberto y Victoria criaron a sus hijos con mucha severidad y mucho cariño.

Los primeros años, como cabe esperar, no fueron fáciles. Victoria todavía era una mujer muy joven, amaba las fiestas y bailar toda la noche. Alberto, simplemente alemán, odiaba trasnochar y prefería la conversación con hombres de ciencia o artistas. Por otra parte, Victoria solía tener explosiones de ira y era muy autoritaria, y Alberto, más pacífico, no deseaba doblegarse a la voluntad de una mujer.

En el plano público, Alberto protegió la industria, las artes, la ciencia y en 1851 pensó que sería beneficioso para los especialistas y los trabajadores tener la oportunidad de ver y conocer las obras realizadas en otros lugares. Fue así como creó en Hyde Park la Exposición Universal, que fue instalada dentro del Palacio de Cristal, una gigantesca estructura de hierro recubierta de vidrio.

Allí se exhibieron los productos elaborados, materias primas, máquinas, muebles y esculturas recoletadas en los más remotos rincones del Imperio británico y el extranjero. Todas las naciones fueron invitadas a exponer sus mejores y más interesantes manufacturas. Seis millones de personas visitaron este gran monumento y su éxito todavía atribuido al innovador príncipe Alberto.

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Victoria estuvo enamorada de Alberto toda su vida. El 14 de diciembre de 1861, el consorte murió consumido por la fiebre a los 43 años de edad. El país se mostró tan apesadumbrado como la viuda y sus jóvenes hijos, la menor de los cuales tenía 4 años de edad. “Me puse en pie, besé su frente amada y celestial”, escribió Victoria sobre aquella noche, “y exclamé con un grito amargo y doloroso ‘¡Oh! ¡Mi amado!, y después caí de rodillas en un gesto de muda y dolorosa desesperación, incapaz de pronunciar una palabra o derramar una lágrima”.

La reina Victoria quedó sumida en una profunda y lastimosa depresión. En la corte se suspendieron los banquetes reales, los bailes, las fiestas de jardín, las ceremonias de condecoraciones y los desfiles. Oculta de la mirada pública, ni la presencia de sus muchos nietos logró sacar a la viuda de su ostracismo por la ausencia de su “querido ángel”. En breves y concretas frases, Victoria transmitió el doloroso sentimiento que se había instalado en su ser desde el trágico día en que Alberto la abandonó. Quienes estaban cerca, solían escucharla decir “¡La felicidad ya no existe para mi!” o “¡Mi vida se ha terminado!”

Los súbditos del “Imperio donde el Sol nunca se ponía” casi olvidaron el rostro la
reina, quien permaneció enclaustrada durante casi una década. La reclusión absoluta de Victoria, en el Castillo de Windsor o en Osborne House (Isla de Wright), llevó a un súbdito inglés a colocar, en broma, un cartel en las puertas exteriores del Palacio de Buckingham: “Estas amplias instalaciones se venden o se alquilan. El último ocupante se ha jubilado”.

LA DECEPCIÓN DE LA FAMILIA

A la reina Victoria, ya mayor, viuda y amargada, no le gustó nada cuando su hijo, el príncipe de Gales, bautizó a su primer hijo con los nombres de Alberto Víctor en 1864. La soberana, que todavía llevaba luto por su “amado ángel”, creía que nadie merecía llamarse Alberto. Cuando le recordaron a Victoria que el bebé estaba destinado a ser rey en el futuro, se alegró: por fin habría un Rey Alberto en la monarquía inglesa, y aquello le parecía un homenaje muy apropiado a su finado esposo.

Pero Alberto Víctor (apodado “Eddy”) no tenía el futuro asegurado. De todos los hijos del príncipe y la princesa de Gales, fue el menos ilustrado: no le interesaba nada, solamente el cognac, los cigarrillos caros, y las mujeres de bajas categorías. Los burdeles para homosexuales de Londres se acostumbraron a verlo como cliente, borracho y protagonista de peleas. Las prostitutas del West End se peleaban por complacer al príncipe, que salía de incógnito pero no podía disimular su dinero. “Prefería francamente el placer a cualquier forma de trabajo”, escribió su biógrafo.

Cuando tenía veinte años, Eddy era un hombre arruinado. Padecía graves ataques de gota y se dice que contrajo todas las enfermedades venéreas conocidas en su época. En el invierno de 1892, poco después de que sus padres organizaran su compromiso matrimonial con una princesa de cuna inglesa, las defensas de Eddy colapsaron. Su madre, la princesa Alejandra, veló día y noche junto a su moribundo hijo mayor hasta que murió. Antes de morir, a los 28 años, se disculpó con sus padres por haberles causado tantos problemas.

EL REY QUE NO QUERÍA SERLO

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Dos años después de la muerte de “Eddy”, otro príncipe inglés sería bautizado Alberto. El hermano del difunto, el príncipe Jorge, terminó casado con la antigua prometida de Eddy, cumpliendo así la voluntad de la reina Victoria. En 1894 nació su segundo hijo, quien fue bautizado Alberto. Casualmente, nació el 14 de diciembre, en el aniversario de la muerte del príncipe consorte Alberto. La noticia alegró tanto a la viuda Victoria que consideró que, por fin, el estigma de esa fecha se había ido para siempre. Lo apodaron “Bertie”.

Tímido, introvertido y ferozmente tartamudo, tuvo una infancia triste porque su padre creía que sus hijos debían tenerle miedo y su madre fue una mujer fría e incapaz de demostrar sentimientos hacia sus hijos. En 1923 tuvo la suerte de casarse con una chica buena que lo ayudó a superar sus miedos y la tartamudez que lo dominaba, lady Elizabeth Bowes-Lyon, del linaje de los condes de Strathmore. Tuvieron dos hijas, la mayor de las cuales es la actual reina Isabel II.

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Su padre, el rey Jorge V, pasó los últimos años de su vida lamentándose por su heredero, el príncipe de Gales y futuro Eduardo VIII: “Dios quiera cuando yo muera nada se interponga entre ‘Bertie’, Lilibet y el trono”, suspiró. En otra ocasión, cuando ya estaba por morir, vaticinó refiriéndose a su heredero: “Cuando yo muera, el chico se arruinará en doce meses“. Dicho y hecho. Jorge V murió y con el advenimiento de Eduardo VIII estalló su aventura romántica con la estadounidense doblemente divorciada Wallis Simpson, que provocó una crisis constitucional sin precedentes. Era el año 1936, el año de los tres reyes.

Se dice que Bertie lloró desconsoladamente en el regazo de su madre cuando se conoció la noticia de que su hermano iba a abdicar: no quería serlo, afirmaba no estar preparado para semejante carga, y de hecho, se dice que este traumático hecho fue lo que lo condujo a la muerte temprana, a los 56 años. Sin embargo, hizo todo lo mejor que pudo: reinó durante la Segunda Guerra Mundial y, junto a Winston Churchill, llegó a ser considerado el héroe de la nación pese a sus pocas luces y su reticencia a portar una corona que nunca había deseado.

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